En agosto de 1969, un mes antes de que entráramos a fatigar los deberes anticuarios de la historia en El Colegio de México, Álvaro López Miramontes, conversador impune de las madrugadas en la casa de estudiantes que mi madre sostenía, me guió por vez primera al territorio físico de su infancia: la utópica planicie campirana en que había nacido, alzada como un milagro sobre las barrancas tenaces que dividen los estados de Jalisco y Zacatecas. El viaje que emprendimos aún navega en mi recuerdo con los fulgores de un sueño. Así como el viajero de la máquina del tiempo trajo como prueba de su viaje al futuro dos flores, yo puedo probar ahora que estuve en la Meseta de Atolinga porque recuerdo la historia de Antonio Bugarin.

Viajamos a Guadalajara haciendo escala en San José de Gracia, el pueblo michoacano del historiador Luis González, que habría de ser nuestro maestro en El Colegio de México y por el resto de nuestros días. En la última semana de agosto, salimos de Guadalajara a Tlaltenango por una carretera cacariza. De allí, en otro autobús, por una brecha lodosa, seguimos al pueblo de Colotlán, centro económico del norte de Jalisco hace cien años, ahora un punto perdido de la geografía que ni siquiera aparece en los mapas federales: una población fantasma, de casas tapiadas y tradiciones dichas en voz baja, alegrada en los días de tianguis por un eco maltrecho de sus antiguas dichas agrícolas y comerciales.

Dormimos un viernes ahí, sometidos a una oscuridad propicia a las conversaciones de los muertos. Todavía rodeados de fantasmas y murmullos, con el amanecer resplandeciente, iniciamos la ascención a la Meseta de Atolinga, unos mil metros arriba, por una cuesta cortada sobre el farallón del desfiladero de Bolaños. El autobús tuberculoso que nos llevaba, entre jaulas de gallinas y rancheros blancos con barbas erizas de tres días, sorteó una última curva, al final de la cual nos topamos, sin aviso previo, como sucede también en Machu Pichu, con la insólita llanura junto al cielo.

Casi veinte años después de nuestro viaje, mi memoria se empeña en recordar ese lugar como el más hermoso de la tierra. Sólo la pampa puede ofrecer un espectáculo de infinitud y grandeza equivalente al de esa meseta verde, alzada sobre dos cañones profundos, dispuesta a encontrarse, donde se pierde la vista, con un cielo azul igual de terso que la planicie paralela de tierra lisa, verde, fina, como una gigantesca mesa de billar. Sobre esa planicie prosperan dormitando, diminutos, casi invisibles, hombres y animales, potreros y rancherías, y las rectas cercas de piedra apiladas a mano, una a una, por largas generaciones de propietarios a la vez  intransigentes y apacibles.

En el extremo poniente de la llanura, dormita el pueblo de Atolinga, con sus calles empedradas y su altiva parroquia de cúpulas amarillas. Las muescas de tiros que ostenta la parroquia recuerdan los tiempos en que el cielo y la tierra de Atolinga pelearon a muerte por su vida. Hasta esas alturas seráficas, casi inhumanas, llegó hace muchos años el grito destemplado de la rebelión cristera;  hasta estas tierras apacibles, dignas como ninguna de su silencio, subió la lengua de fuego de la religión agraviada, clamando venganza, en nombre de Cristo Rey.

—Ahora te darás mejor una idea de lo que fue —me dijo Alvaro, mientras saltábamos en los asientos duros del camión rumbo al pueblo de Atolinga. —Iban y venían partidas armadas de un lado a otro de la meseta. Los cristeros buscaban agraristas, callistas o “pelones”, como siguen llamando por aquí a los soldados federales. Los del gobierno buscaban cristeros y curas, rebeldes, “robavacas” o “infidentes”, como llamaban, absurdamente, a estos rancheros que se habían levantado en defensa de su fe. Dondequiera se hincaban a rezar unos, antes de colgar y destripar a sus cautivos; dondequiera colgaban los otros a cristianos rasos y sacerdotes guerrilleros. A lado y lado, toda la meseta se hizo el infierno. Los cristeros cortaban orejas y lenguas de maestros rurales; los agraristas rebanaban dedos de sacerdotes, y gargantas cantadoras del Angelus. Meses duró ese incendio aquí arriba. Allá abajo duró años. Pero todavía en los años cincuenta, que yo recuerdo, tres decenios después de aquellos meses, había que mirar a los lados antes de persignarse. Y se pagaba con la hostilidad de medio pueblo cualquier trato con el gobierno. En tiempos de la guerra civil se mataron primos con primos, familias con familias. El apocalipsis en el potrero, digo yo. “Una pesadilla en medio de la siesta”, como decía mi papá. Eso es lo que tenemos que aprender aquí: cómo, lueguito debajo de la siesta, puede estar el infierno. Vas a ver.

Yo tenía entonces un respeto ritual por los hechos impresos y  su asepsia ilustrada. No había venido a Atolinga a recibir lecciones de historia de la vida —era demasiado joven para esa pedagogia elemental—, sino para completar el ciclo recíproco de mi afecto por Alvaro y mi fascinación por sus historias nocturnas. Pero la lectura del libro de Luis González, Pueblo en vilo, la historia universal de un anónimo pueblo michoacano, había inflamado la imaginación de Alvaro hasta el punto de creer que no tendría sentido estudiar a Toynbee y a Braudel, si no era para darle vida a la historia olvidada de nuestras tierras nativas, la suya en el Occidente, sobre las sierras mineras de Bolaños, la mía en el Sureste, junto a la dársena más lodosa que registra el litoral turquesa del Caribe mexicano.

Pasamos dos días en Atolinga visitando las minucias de aquella posible historia universal. Reconocimos la traza española en la plaza de armas, la impronta de los patios andaluces en los huertos interiores de las casas, el fuerte resto criollo en las rojas pieles asturianas y en los frecuentes ojos azul siena de la mata étnica de Atolinga, detenida, como la meseta misma, en un sitio intocado de la historia. Caminamos sin parar el pueblo de tres calles por cuatro, oyendo historias, probando dulces caseros, estudiando portones comidos por el tiempo, huertos de azaleas, apellidos españoles llegados a la zona en las últimas décadas del siglo XVI. Ibamos del rastro, que mostraba el ritual del sacrificio con sangrientas escenas que Goya hubiera podido pintar dos siglos antes, al mostrador de la farmacia, donde subsistían jarabes reconstituyentes de principios de siglo, vitrioleros con yerbas y caramelos como extraídos de las crónicas decimonónicas de Guillermo Prieto. Escuchábamos al cura combinar, en su sermón, las más puras metáforas bíblicas con los más tiernos mensajes enviados a parroquias vecinas sobre negocios pendientes: pollos que no habían sido entregados al criador de Colotlán, becerros que alguien podía pasar a recoger en alguna ranchería del valle de Juchipila. Al atardecer, empapados los dos como por una llovizna salida de las memorias infantiles de Álvaro, caminábamos un kilómetro hacia el mirador de la barranca, dejábamos por fin de hablar, o de oír, y sólo veíamos, en un recogimiento religioso, el juego de las luces del atardecer sobre los filos de la barranca, las verduras aradas del valle abajo, ondulado, húmedo como sólo pueden ser las colinas colombianas o el perfecto ajedrez, fértil y humano, de las terrazas del Piamonte italiano.

Quizá nada hubiera quedado en mí de aquella levitación luminosa de no habernos cruzado una mañana, en un banco ruinoso de la plaza, con la figura anciana, raída, pero imponente y melancólica, de Antonio Bugarín. Vestía calzones charros de listas marrón y una camisa de hilo con botones ovalados de hueso. Un sombrero negro, con cintillo plateado, reposaba sobre sus piernas, dejando al aire limpio y juguetón de la plaza las hebras sudadas de un cabello blanco que no había perdido el brillo, aunque empezaba a escasear, desamparando filones de sonrosado cuero cabelludo. Un bigote también blanco, finamente cortado, sostenía la curva de la nariz recta, grande, afilada por los años. Bajo las cejas pobladas del mismo color platino, ardían aún dos ojos vivos, que nada querían saber de su vejez. Todo en Antonio Bugarín, de hecho, no sólo la mirada, recusaba la evidencia de sus años; sus mismas ropas, ceñidas, juveniles; la coquetería galante del paliacate rojo que envolvía su cuello curtido, el brillo de las espuelas que ornaban los talones de sus bien pulidas botas. Las espaldas anchas, los muslos fuertes de Bugarín parecían estar reposando en el banco no para reparar su cansancio, sino a la espera de una voz de marcha. Quiero decir: no como el anciano que calienta al sol sus huesos, sino como el joven que vela, dispuesto, la inminencia fugaz de su destino.

—Pregúntale de la Cristera —me dijo Álvaro, cuando nos acercamos a ese anciano, tocado en su alma por la gana de la eterna juventud. Lo saludó después, con un beso en la mano, llamándolo tío y me presentó sin más preámbulo, amarrando los hilos de la conversación que buscaba: —Un amigo de México. Quiere estudiar la Cristera en esta zona. Le dije que usted puede contarle lo que sabe.

—De la Cristera, tú sabes todo lo que hay que saber —respondió Antonio Bugarín a su sobrino, luego de saludarme. —¿Qué puedo agregar yo que no se sepa?

—Ahora hay nuevas disciplinas en el estudio de la historia en México —respondió Álvaro. —Interesan los dichos de los testigos presenciales, más que lo escrito en documentos.

—¿Qué se puede agregar a lo cierto? —alegó Bugarín, imponiendo a nuestros trucos la mesura intemporal de sus frases. —Nomás mentiras.

—Se pueden agregar versiones —dije yo. —Formas distintas de contar lo mismo.

—Un buey es un buey desde donde lo vea —dijo Bugarín, riendo apenas, con sus labios delgados y blancos, dibujados por el bigote. —Pero estoy a sus órdenes. Si piensan que algo agrega lo que yo pueda decir, los leídos son ustedes, ustedes sabrán.

—Cuéntenos de la Cristera en la Meseta —dijo Alvaro. —¿Cómo empezó?

—Con el cura de Colotlán empezó —dijo Antonio Bugarín. —Cuando el gobierno prohibió los cultos en las iglesias, el cura de Colotlán empezó allá abajo a hacer su guerra.

—El culto en las iglesias lo suspendieron los sacerdotes —dije yo.

En efecto, los obispos, indignados, habían respondido con esa decisión a una ley de cultos limitativa y jacobina del gobierno.

—Eso habrá sido donde usted leyó —me dijo Antonio Bugarín.— Pero en  toda esta región los cultos los suspendió el gobiemo. Por eso la gente se fue al llano con su escopeta, a buscar lo que decían “una nueva casa” para Cristo Rey.

—Pero el culto lo suspendieron los curas —dijo Álvaro.

—Ellos fueron —admitió Antonio Bugarín. —Lo sé yo mejor que nadie en esta parte del mundo. Lo que quiero decir es que no hubo cristiano leal o improvisado de esta zona que no pensara entonces, y piense todavía, que fue Calles quien cerró la casa del Divino. Discutiéndoles eso fue que nos dimos de balazos cuatro meses. Les ganamos tres a uno, pero ni así se convencieron. ¿Qué quieren saber de ese enredo?

—Todo lo que usted recuerde —dijo Álvaro.

—Entonces ha de ser muy poco, sobrino —contestó Antonio Bugarín. —Porque recuerdo la misma historia con unos pocos cambios. Aquí, bajo ese huizache que ahí se ve, mataron a Ramón Fernández. Bajo aquel otro, ajustaron a su primo Donaciano. Y uno estaba en nuestro bando y el otro en el bando de ellos. Eso fue todo: un perseguirnos de acá para allá, unos a otros, y luego de regreso. Y los muertos y los gritos de las mujeres, las jaculatorias y las mentadas. Lo único que recuerdo mejor es cuando les pusimos el retén a los que subían de abajo con refuerzos para los cristeros de acá arriba. Ya estaba todo en paz acá arriba, les habíamos ganado tres a uno, como les digo, y supimos que venían de Colotlán con el cura al frente para incendiar de nuevo la meseta. Dije entre mí: “Eso no”. Y así fue. Una partida montada subía por el sendero de Juchipila y otros a pie trepaban como monos por la escarpa del ojo de agua, allá del lado de Jalisco. No habían alcanzado la mitad del cañón cuando, en un recodo, encañoné de frente al cura de Colotlán.

—Cuéntenos del cura de Colotlán—pidió Alvaro, sabedor del guion de la memoria de su tío.

—Hombre vanidoso el señor cura—dijo Antonio Bugarín, sonriendo. —Subía esa noche de luna montando un caballo blanco. Pude verlo de lejos y atajarlo con premeditación. Lo apergollé del cogote y le dije: "Viva Cristo yo", para que supiera a qué atenerse con el blasfemo que le había tocado. Supo. No sé si por el apretón o por la blasfemia. El caso es que se puso blandito entre mis brazos, rendido, arrepentido a lo mejor de haber usado su caballo blanco. Luego les grité a los que seguían escarpando: “Aquí tengo al cura. Si se mueven lo mando al otro mundo. Les habla Antonio Bugarín”. Entonces mi nombre valía algo entre esa gente porque les habíamos matado tres a uno acá arriba, y eso cuenta cuando se anda de guerra. Pararon su ascensión y les dije: “Si quieren ver vivo otra vez al señor cura, acá no suban. Hagan su guerra abajo. Cuando acabe el incendio de su Cristo, les devuelvo a su cura intacto. Y hasta bien comido’”. Eso fue con los que venían a caballo. Los que venían a pie, por el otro lado del desfiladero, esos murieron o huyeron, de modo que les fue peor. El caso es que yo me llevé al cura y ellos dejaron de subir. Cada semana les escribía el señor cura a sus fieles de allá abajo. “Estoy bien con Bugarín”. Y muy bien estaba el vividor, aunque siempre queriéndose escapar. Se sentía Miguel Hidalgo, el nuevo padre de la patria. Y algo se parecía en lo necio, digo yo. ¿Qué más quieren saber?

—¿Usted era ateo, tío? —preguntó Álvaro.

—Católico como el que más —respondió Antonio Bugarín.

—¿Por qué se metió entonces a pelear contra los cristeros?

—Tuve mis razones —dijo Bugarín. —Y tú las sabes mejor que nadie, de modo que si quieres contarlas no tienes más que empezar. Pero aquí, a tu amigo, puedo decirle que yo estaba en la cárcel y me fueron a ver para proponerme que me dejaban libre y limpio si limpiaba de cristeros la meseta. Yo dije: “Bueno”, y me fui por mis hombres de siempre, que también eran católicos pero no tenían cabecilla y estaban aburridos de que llevábamos años de la quietud ésta del cielo que usted ve, y ninguna otra cosa.

—Ellos pacificaron la zona luego de la revolución, en 1917 —me explicó Álvaro. —Quedaron más bandidos sueltos que hubo revolucionarios. Los pueblos aquí se defendieron solos de los bandoleros. Allá en el desfiladero de Juchipila, mi tío y su gente echaron para atrás a Inés García. ¿Te acuerdas de Inés García?

Me acordaba. Inés García había sido el bandolero más temido del Occidente, un ranchero hijo de la guerra, cruel y desalmado como sólo las guerras pueden procrear. Su diversión favorita fue consignada magistralmente en uno de los cuentos magistrales de Juan Rulfo. Le gustaba jugar “al toreo” con sus prisioneros, casi siempre los hombres, jóvenes o viejos, de pueblos indefensos: los soltaban amarrados de manos a la espalda frente al propio Inés García que hacía las veces de “toro”: con un verduguillo en la mano y les iba dando piquetes, “cornadas”, hasta que los remataba.

—Era un payaso —dijo Antonio Bugarín, sin alarde ni vanidad extemporánea. —Unos cuantos tiros le echamos, nada más. Salió corriendo como ladrón de feria.

—¿Y a los cristeros? —pregunté yo.

—Más tiros hicieron falta para esos amigos —dijo Bugarín. —Porque a ellos no les importaba morirse. Se santificaban, según esto, muriendo por Cristo Rey. Pero los barrimos de la meseta ranchería por ranchería. Fuimos haciendo colección de curas presos. Aparte del de Colotlán llegué a tener aquí en la comisaría del pueblo al de Juchipila, al de Tlaltenango y desde luego al de Atolinga. Descubrimos que venían a las calladas para dar los sacramentos donde se pudiera. Los fuimos pepenando uno por uno. Ya cuando tuvimos nuestra colección de curitas y la gente vio que no les hacíamos nada pero que estaban en nuestras manos, pasó el furor, bajó la rabia. Luego, un día, yo mismo les llevé al cura que les diera misa y comunión en la ranchería de Los Azomiates, la más dura de pelar. Así se fue acabando la Cristera en la meseta. Pero antes de eso, como les digo: muchos tiros, muchas emboscadas, muchas barbaridades. Sangre llama sangre y aquí, en unos meses, corrió suficiente. Ahora —dijo Bugarín, volteando a mirarme con sus ojos claros, veteados por un resplandor juvenil —yo digo que hay al menos una historia en Atolinga más digna de ser contada que las matazones de la Cristera.

—¿Cuál? —pregunté yo.

—La historia de los amigos que se mataron en la barranca —dijo Bugarín, mirando ahora a Álvaro, con risueño entendimiento.

—¿Cómo es esa historia? —pregunté.

—Pida que se la cuenten acá en el pueblo —dijo Bugarín. —Cualquiera la conoce y cualquiera se la va a contar mejor que yo. ¿No es así, sobrino?

—Así es, tío —respondió Álvaro.—¿Pero usted nos completa lo que falte?

—Nada va a faltar, sobrino —dijo Bugarín. —Nada.

Cerró entonces los ojos y alzó la cara al sol, suave y translúcido de la meseta, para dar por terminada la entrevista.

—Vamos a ver a mi tío Cosme—dijo Alvaro, cuando nos alejamos de la banca donde Bugarín calentaba sus memorias. —Ven, verás cómo nos cuenta la historia de la barranca.

—¿Tú te la sabes?—le pregunté a Alvaro, sospechando ya que la espontaneidad de nuestros encuentros era fruto de su previsión meticulosa, más que del azar propicio.

—Me sé parte—dijo.—Pero creo que ahora voy a conocerla toda.

Don Cosme Estrada veía pasar la vida de Atolinga desde las ventanas enrejadas de una notaría que guardaba en sus archivos toda la historia de la propiedad de la meseta. Era un anciano terso y pulcro, de cuidadosos espejuelos dorados, al que Alvaro saludó besándole la mano, antes de presentarme. No elaboró coartadas para facilitar nuestro interrogatorio. Le soltó sin más:

—Nos dijo mi tío Antonio que le preguntáramos la historia de la barranca.

—¿Tu tío Antonio? —respingó Cosme Estrada, abriendo los ojos y balanceándose en su mecedora. —¿Te dijo que yo te contara?

—Que preguntáramos en el pueblo —dijo Alvaro. —Pero yo sé que sólo usted sabe bien esa historia en el pueblo. Y también sé que mi tío Antonio estaba pensando en usted.

—Yo soy notario —bromeó Cosme Estrada. —¿Traes una constancia por escrito de que esa fue la voluntad de tu tío Antonio?

—Traigo este testigo —me señaló Álvaro —de que los ojitos de mi tío Antonio dijeron el nombre de Cosme Estrada.

—¿Usted atestigua eso, señor? —dijo Cosme Estrada mirándome.—¿Atestigua usted que vio mi nombre salir de los ojos de Antonio Bugarín, cuando les dijo que preguntaran en el pueblo por la historia de la barranca?

—Salió impreso —dije yo.

—Vamos adentro —se rió Cosme Estrada. —Ya es hora de cerrar la notaría.

Pasamos a un patio interior, con corredores de mosaico y macetas de plantas alineadas en derredor de una fuente de piedra. Eran las dos de la tarde. En un rincón espacioso del corredor, había una mesa servida con platones de queso, salsas, tortillas y cuatro equipales.

—Desde que murió tu tía, no me hallo de comer en el comedor — le explicó Cosme a su sobrino Álvaro. —Le digo a Chabela que me ponga aquí las cosas, como hacíamos cuando había invitados, por ver si llegan los invitados de a de veras. Vean hasta qué punto son bienvenidos.

Chabela apareció en la puerta de la cocina, atrás de nosotros. Cosme Estrada le pidió que trajera unas botellas de tequila y mezcal. Nos servimos en unas ollitas de barro.

—Ayer, precisamente, estuve viendo periódicos viejos de Tlaltenango y Guadalajara sobre la época aquella de la Cristera —dijo Cosme Estrada. —Todavía se oyen tiros en esas lecturas. No sé cómo nos metimos en eso. Sería de veras cosa de la voluntad de Dios. Estoy haciendo apuntes para una historia de la meseta, pero ahí me trabo. No sé qué pasó, pasaron demasiadas cosas. La misma historia de la barranca que quiere Bugarín que les cuente, sólo puede entenderse porque ya estuviera hablado allá arriba, en el cielo, que había que matarse acá abajo.

—¿Qué pasó en la barranca?—pregunté.

—Se mataron dos amigos por una mujer —resumió Cosme Estrada. —Los mejores amigos del mundo y la mejor mujer del mundo. Qué pasó, no lo sabemos. Tenían los dos amigos pretensiones sobre ella. Un día uno le traía de regalo un venado de cuernos completos cazado en la sierra y el otro traía al día siguiente un venado más grande. Aquel encontraba un rebozo de percal en la feria de Colotlán y el otro iba matándose, hasta Guadalajara si era necesario, para traerle un color más bonito. Pero ella no se le brindaba a ninguno. No aceptaba los regalos, ni atendía a los requiebros. Sino que era una mujer de su casa, muy jovencita entonces, pero ya entregada al rezo y a las cosas de Dios. Sobre todo, había puesto sus ojos en otro desde niña, y puedo decir que en él los tuvo puestos hasta que murió. Porque era mujer simple, de querencias fijas toda la vida. Ya de niña usaba trenzas y trenzas usó hasta que bajó al sepulcro. De niña había elegido a su pareja, y su pareja a ella, y pareja son ahora todavía después de su muerte. Pero aquellos amigos no veían en el fondo de ese corazón y creían turbarlo con sus hazañas. Finalmente, un día la mujer se enfrentó a uno de ellos y le dijo: “No he de ser trofeo de nadie. Ni aunque se maten por mí”, a lo cual el más necio de los dos, desairado y violento como era, concluyó la más torcida de las fábulas y dijo para sí: “Lo que quiere esta china, es que nos matemos por ella y que la gane el mejor”. Con la misma, fue a la cantina donde libaba el otro y le dijo, en voz alta para que todos oyeran: “Nos hemos de matar por esa china y se la quede el mejor. A menos que tengas miedo”. Miedo no tenía nadie en ese tiempo, la sola insinuación era un agravio. De modo que el otro le dijo: “Por los muchos años de amistad que nos tenemos voy a hacer como que no dijiste nada. Si así fue aquí te sientas, nos bebemos un trago y asunto concluido”. Pero el otro contestó: “Lo dicho, dicho está. Por la noche te espero en la barranca”. Eso fue todo —dijo Cosme Estrada, quitándose los espejuelos para frotarles las nubes de grasa con su servilleta. —Cerca de las doce de la noche, se oyeron los tiros. Como a la media hora, entró al pueblo y paró en la cantina el caballo de uno de ellos. Llevaba al dueño moribundo arriba. Fue el que sobrevivió. Todavía le encanta que cuenten su historia: era Antonio Bugarin.

—¿Qué pasó entonces? —preguntó Álvaro.

—Pasó que metieron preso a Bugarín, con sentencia de nueve años —dijo Cosme Estrada, volviendo a ponerse los lentes, con toda pulcritud, tras las orejas carnosas, agrandadas por los años. —Y ahí empezó la historia de la Cristera en la meseta de Atolinga. Mejor dicho: la historia del fracaso de la Cristera en Atolinga.

—Cuéntenos eso —pidió Alvaro.

—Es la historia de otro malentendido, sobrino —dijo Cosme Estrada. —Por eso te digo que busco en los papeles de entonces y no encuentro el hilo. Muy complicados son a veces los caminos de Dios. Voy a decirle a Chabela que sirva.

Fue rumbo a la cocina y siguió hacia una habitación del fondo.

—¿Cuántos tíos faltan para completar esta historia? —le pregunté a Álvaro, cuando Cosme Estrada desapareció en el corredor. —¿Cuántos tíos tienes?

—La meseta es la cuna del incesto universal —explicó Álvaro. —Todo viene aquí de cinco o seis familias, cinco o seis apellidos. Lo demás es el puro paridero de parientes. Aquí todos somos tíos, primos y sobrinos. Cosme es primo hermano de mi mamá. Antonio Bugarín primo segundo de mi papá. Y el segundo apellido de Cosme, ¿cuál piensas que es?

—Bugarín—le dije.

—Ya ves que no es tan difícil. Sólo que mi tío Cosme se hizo letrado y mi tío Bugarín se quedó a caballo.

—¿Quieren cecina o carnitas?—volvió Cosme Estrada desde la cocina, con una fuente de chicharrón entre las manos.

—Cecina y carnitas—dije yo.

—Para ser intelectual tiene usted buen diente—se rió Cosme Estrada.

Además del chicharrón, traía una foto vieja a que la viéramos. Dentro del marco de madera apolillada, miraban con altivez hacia la cámara, pasándose los brazos sobre el hombro, un charro enorme, rubio, de ojos claros, y un civil de levitón oscuro, lentes finos y corbata de cintas atadas en mariposa.—Bugarín y un servidor en 1925 —dijo Cosme Estrada. —Un año antes del pudridero.

Chabela trajo los platones de carne con una fuente de frijoles.

—Traiga cecina también —le pidió Cosme Estrada.—Y un poco de crema, con las rajas de ayer.

—Habló usted de un malentendido —le dije, cuando engullimos el primer taco.

—El peor de todos —dijo Cosme Estrada. —Todo el tiempo que tardó en reponerse Bugarín en la cárcel, la mujer se mantuvo junto a él curándole la herida y llevándole de comer. Estaba corroida por la culpa de haber ocasionado esa tragedia, nada más. Pero a]go en el cerebro de Bugarín, como antes en el de su amigo, lo llevó a creer que la mujer se le estaba brindando. Y que habría de esperarlo a que saliera de las rejas, para hacer su vida juntos. Aquellos cuidados no decían sentimientos de amor, sino de penitencia cristiana, ¿me entiende usted? Esa es una cosa que el mismo pueblo de Atolinga tardó en entender. La abnegación cristiana linda con la pasión amorosa. Vea usted las miradas de los santos en las iglesias. Si no supiéramos lo que expresan, podríamos decir que están teniendo  éxtasis amorosos, dicho sea con todo respeto a nuestros santos. El caso es que Antonio vivió en ese malentendido casi un año, hasta la fecha que cambió nuestras vidas, la de él, la nuestra y la de toda la grey de la meseta. Esa fecha no fue otra que la del 31 de julio del año de 1926.

—¿Por qué esa fecha?—pregunté yo.

—En esa fecha se suspendieron los cultos en todo el país —explicó Cosme Estrada. —Nadie puede imaginar ahora lo que fue esa noche para la grey católica y para los católicos de Atolinga. Desde días antes había estado llegando la gente a la parroquia, a fin de arreglar sus conciencias. De todos los ranchos vecinos acudía el pueblo pálido, triste, callado, en busca del confesor para decir sus pecados, del señor cura para adelantar sus sacramentos. Venían los que tenían hijos sin bautismo o primeta comunión, los que estaban pendientes de ser confirmados, los que llevaban años viviendo sin la bendición del señor. Se formaban colas  en los confesionarios, había tumultos en la sacristía para arreglar los pendientes con el cielo. Estaba en el ánimo de todos que había llegado el fin del mundo y que no habría más casa de Dios en la tierra. Como es natural, también se aceleraron las nupcias de muchas parejas. Se casaron en esos días todos los solteros y las solteras de Atolinga que estaban comprometidos, y hasta algunos que no. Bueno, la mujer que había atendido a Bugarín por penitencia cristiana, llamó a su prometido al altar y se casaron, sin pompa, pero con una dicha pura, concentrada por la desgracia, precisamente el 31 de julio. No hubo quien durmiera esa noche. Terminó la misa y se dio como despedida la bendición con el Santísimo Sacramento, luego de lo cual quedó el templo a oscuras y empezó a retirarse la gente en medio de las tinieblas. Unas mujeres gritaron: “Huérfanas somos, sin padre nos hemos quedado”. Nadie durmió esa noche, pero menos que nadie Antonio Bugarín. Gritó  sin parar su desgracia y su despecho por la boda de la mujer que había creído suya y que sin querer, eso sí, le había marcado la vida. Tres días después de esa noche abominable, el gobierno dio instrucción de que se cerraran los templos; prohibió también el culto fuera de ellos. Entonces sí vino la cólera de la gente, la desesperación de la gente. Porque, aunque no hubiera sacerdotes ni misas en las iglesias, que estuvieran abiertas era un consuelo. La gente entraba sola a rezar, sentía que estaba en la casa de Dios. Cuando los soldados tomaron las iglesias y los policías ahuyentaron a los fieles, los católicos decidieron alzarse y pelear contra el gobierno. Fue el verdadero principio de la Cristera. Al menos en Atolinga, así fue.

—Se alzó la gente —dijo Alvaro.

—Nos alzamos —precisó Cosme, incluyéndose sin vanagloria en el incendio. —Antes de que tuvieran a bien darnos el santo y seña, ya teníamos la meseta en nuestras manos: del cañón a la escarpa y del lindero occidental a las goteras del pueblo de Atolinga. Como si una mano invisible guiara las cosas, como si fuéramos sus soldaditos de plomo y nos hubiera puesto a todos de un lado, con un fusil en la mano, y del otro lado a nadie, salvo a la guarnición militar de Atolinga y al capitán que llegó con un pelotón de pelones a defender el pueblo. En cuanto vio la situación, el capitán mandó decir que estaba la causa perdida. Pero le regresaron por el telégrafo un mensaje diciéndole que la caída del pueblo sería juzgada como deserción y los fusilarían a todos. Pensando en cómo salvar el pellejo fue que el capitán dio con la cólera santa de Antonio Bugarín, una rabia digna de la nuestra, que tampoco era de este mundo.

—¿Rabia contra los cristeros? —pregunté.

—Contra el jefe de los cristeros en la región —respondió Cosme Estrada.

—¿Por qué contra el jefe? —pregunté.

—Porque fue hecho jefe de los cristeros de Atolinga el mismo hombre a quien la mujer ansiada por Bugarín llevó al altar —dijo Cosme Estrada.

Echó la servilleta sobre la mesa, para dar por terminada su comida y se la quedó viendo, como quien mira el infinito.

—Era la mano invisible que jugaba con nosotros —dijo, con voz ronca, perdido aún en ese punto de la nada. —Como si fuéramos sus soldaditos, sus criaturas de papel, y hubiera decidido incendiarnos. Lo merecíamos quizá, aunque no alcanzo a pensar por qué. Quizá sólo estaba aburrido, como los niños que un día tiran sus juguetes al fuego por ninguna razón, porque son sus juguetes, porque es su soberana voluntad. Tráenos licor de dátil, Chabela —le pidió a Chabela, que hacía rato estaba sentada atrás de nuestra mesa, en su propio equipal, escuchando la historia.

—¿Y qué hizo el capitán para salvarse? —quiso saber Alvaro.

—Pues, sobre todo, descubrió el tamaño de la ira de Antonio Bugarín —dijo Cosme, luego de sonarse las narices, irritadas por el chile, con su paliacate rojo. —Le  propuso el famoso pacto de las rejas. Fue un pacto muy sencillo: “Si estás dispuesto a pelear contra la cristianada”, le dijo el capitán a Bugarín, “te dejo libre y te doy un grado del ejército”. “No hace faltan grados”, le contestó Bugarín al capitán. “Yo salgo a pelear contra esa gente, aunque me encierres después de nueva cuenta”. “Tengo poco parque y poca gente”, le dijo el capitán. “Dame el parque que tengas”, dijo Antonio Bugarín. “De la gente me encargo yo”. Así fue.

—¿Cómo fue? —preguntó Alvaro.

—Se hizo cargo de su gente —repitió Cosme Estrada, ofreciéndonos unos dedales de licor de dátil que él mismo preparaba. —Y de la nuestra también. Antes de que nos diéramos cuenta, teníamos enfrente a la partida de Antonio, barriéndonos ranchería por ranchería. No sabíamos cómo y ya lo teníamos  encima, repartiendo tiros y muertes. Él empezó a colgar cristeros en los pirús de la meseta, luego que la partida de Leoncio Esquivel enterró vivo a un lugarteniente de Bugarín. Luego dijeron que lo habían dado por muerto y por eso lo enterraron. Pero la verdad parece ser que lo enterraron vivo a sabiendas, aprovechando que en una emboscada lo habían tirado del caballo y se quedó desmayado en el suelo. El caso es que Bugarín limpió la meseta en tres meses. Respetó mujeres y niños, pero ni un cristiano más. Fue en verdad, como dijeron entonces, el azote de Dios. Yo digo para mí que era también portador de la ira divina, igual que nosotros: soldaditos todos de la mano invisible. No importa. Por fin, cerca de la Nochebuena, un día Antonio cayó con su partida sobre el grupo de cristeros que mandaba su rival, el que él pensaba su rival, y los trajo atados a una cuerda, caminando en la madrugada, hasta el pueblo de Atolinga. Entraron al pueblo al amanecer, llagados, casi muertos. Los dejó recuperarse en la cárcel donde él mismo había estado. Dispuso  que serían fusilados en público, en la mismísima plaza de armas, un domingo de año nuevo, a las doce del día, para que todo el mundo viera. Tenía también preso al cura de Tlaltenango, que lo habia atrapado dando misa y repartiendo fusiles en las rancherías del ojo de agua. Puso al cura también en el orden del día. Como quien anuncia una corrida de toros: “Toreará también Rodolfo Gaona”, así anunció Bugarín: “Morirá fusilado también el cura de Tlaltenango”. Cómo nos salvamos de ésa, es cosa que no me toca contar a mí.

—¿Usted estaba en ésa? —pregunté yo, escalando mi asombro.

—En la cuerda de presos estaba yo —dijo Cosme Estrada. —Y estaban también Leoncio Esquivel, que según esto había enterrado vivo al segundo de Antonio, y el papá de este hombre —señaló a Alvaro—, mi primo Alvaro López Estrada.

—Cuéntenos cómo se salvaron —pidió Alvaro, con avidez infantil.

—Tú sabes cómo —respondió Cosme Estrada. —Te lo ha contado tu padre mil veces. Vé que se los cuente él.

—No me sabe en su boca —dijo Álvaro, jugueteando. —Ahora es la primera vez que la oigo de usted y es una historia nueva.

—Que te la complete entonces Antonio Bugarín —dijo Cosme Estrada. —A él le toca completarla más que a nadie.

Aligerados y altivos por los efectos del licor de dátil, salimos al atardecer de la notaría de Cosme Estrada para sumirnos, como todas las tardes, en la luz llana y dulce de la meseta.

—¿Cuántos tíos faltan para completar la historia? —volví a preguntarle a Álvaro.

—Ya están todos los que son —dijo Álvaro.—Si quieres te la termino yo, pero creo que preferirás esperar a que te la cuente mi tío Antonio.

Acechamos a Antonio Bugarín los siguientes dos días en la plaza, para no forzar la situación yendo a buscarlo a su casa. Vivía con modestia que lindaba en la pobreza. Pero era un hombre orgulloso, resentía la humildad económica de su vejez y lo irritaban por igual la compasión y el desdén. Al tercer día, lo vimos venir por el fondo de la calle empedrada, caminando con dificultad, las piernas zambas, los tobillos reumáticos, pero el pecho y la cabeza erguidos como de quien posa para un cuadro y se alza con orgullo ante el pintor.

—¿Ya les contaron la historia de la barranca? —nos abordó en cuanto pudo quitarse el sombrero y poner, como tres días antes, el perfil aquilino frente al sol acariciador de la meseta.

—Nos contaron hasta el día del fusilamiento de los cristeros, un año nuevo —le dije.

—No hubo fusilamiento —dijo Bugarín, cerrando los ojos ante el altar de calor donde se ofrendaba, helado por sus años.

—Queremos que nos cuente cómo no los fusiló —dijo Álvaro, usando ese usted familiar, común incluso entre marido y mujer en ciertas zonas de la geografía mexicana, sierras y pueblos fieles a su espejo diario, como quería López Velarde, cuyo terco presente es mero sueño de ayer, tiempo detenido con  nostalgias y muletas.

—¿No les contaron eso? —descreyó Bugarín.

—Nos dijeron que usted debía contarlo —expliqué yo.

—¿Quien les dijo? —murmuró Bugarín.

—Mi tío Cosme Estrada —dijo Alvaro.

—No los fusilé, porque abogaron por ellos —dijo Bugarín. —La mejor abogada del mundo abogó por ellos. Apenas los hicimos entrar por la calle mayor del pueblo, apenas los pusimos en los establos de la cárcel, porque no cabían en las celdas, y ya se estaba presentando ella a pedir que no los mataran.

—¿Ella, la de la barranca? —pregunté.

—Ella —asintió, exhausto y suspirante, Bugarín. —Lloraba como una Magdalena, pidiendo. Por eso no los fusilé.

—¿Lo conmovió a usted su llanto?—preguntó Alvaro.

—No, sobrino —dijo Bugarín. —No eran tiempos de conmoverse con los llantos de nadie.

—¿Entonces? —siguió Alvaro.

—Entonces lo que pasa es que entendí, sobrino —dijo Bugarín.

—¿Qué entendió? —preguntó Alvaro.

—Entendí lo que no había entendido. —Dijo Bugarín. —Les va a dar risa, pero hasta ese momento yo había pensado que iba a salirme con la mía, que le estaba ganando la partida a Dios. Cuando yo caí en la cárcel y ella vino a curarme y a traerme de comer, creí que la había ganado. Cuando vino la suspensión de cultos y supe que se casaba, pensé que se había casado por niña. Por miedo de quedarse soltera, luego de haber escuchado toda la vida que mujer sin hombre mujer sin nombre, como se dice por aquí. La rabia que me dio aquel percance, no es para contarse. No pude desahogarme, ni tragar ese trago. Tanto no pude, que me fui enrareciendo, amargando. De ahí mismo fui tomando mi pleito con Dios. Así como suena. Pensé entre mí cuántas cosas imposibles no habían tenido que pasar para que se cerraran las iglesias y se suspendiera el culto aquí en Atolinga. Y para que esta tonta se casara con el primer jamelgo que le pasó por el frente. Entonces llegué a la conclusión que todo era una inmensa broma de Dios, una broma hecha contra mí, que así perdía lo único que de verdad me había importado en la vida, o sea, esa mujer por la que, sin querer, hasta había matado a mi mejor amigo. Luego vino la rebelión. Y quiso el mismo Dios que su jefe en esta zona fuese el  que se había llevado a mi mujer. De modo que cuando el capitán Fernández vino a ofrecerme la libertad si hacía armas contra la rebelión, yo vi mi puerta abierta. Salí a vengarme de la broma de Dios. Dije entre mí: “Esto me has quitado, aquello te quitaré”. Hasta el día en que entré con los cabecillas cristeros presos por las calles de Atolinga, siempre pensé lo mismo: “Esto me has quitado, esto te quitaré. Pusiste este matrimonio en mi camino, yo lo quitaré de mi camino. Una soltera te llevaste de mi lado, una viuda me regresaré para que viva conmigo”. Pero entonces, la víspera del fusilamiento que iba a arreglar mis cuentas con Dios, ella vino a pedir.

Antonio Bugarín se puso de pie. Una gran sonrisa pobló su rostro de charro asturiano:

—¿Y qué vino a pedir esta mujer? —nos preguntó, ajustándose el pantalón sobre las caderas y las ingles. —¿Vino a pedir que yo no me manchara más las manos con sangre inocente? No. ¿Vino a pedir que no violara más el santo mandamiento que prohibe matar a nuestro prójimo? Tampoco. ¿Vino a pedir por los parientes cristeros que habían caído en la recua y que luchaban limpiamente por su causa? No, mis amigos. Por ninguna de esas cosas vino a pedir. Ni por la caridad cristiana, ni por los lazos familiares que nos unían con casi todos los sentenciados. Vino a pedir por su hombre, mis amigos. Vino a pedir por su marido. Me dijo: “Mata a los que quieras si tienes que hacerlo, al cura de Tlaltenango si tienes que hacerlo, síguete manchando las manos de sangre y tocando con ellas las puertas del infierno, si eso te hace feliz”. Eso me dijo: “Pero no mates a mi marido, que es lo único que he querido en este mundo y es lo único que puede mantenerme viva en este mundo. Si lo matas mañana en la plaza, mátame con él”. Entonces entendí. Nada quería en la vida esa mujer, ni a Cristo Rey ni a Antonio Bugarín. Nada que no fuera el amor de ese jefe cristero.

Calló Bugarín y se quedó de pie con los brazos en jarras, mirando el confín de Atolinga por las guías de la calle que daba a la plaza de armas.

—¿Quién era el jefe cristero? —pregunté.

—No era otro que mi primo Cosme Estrada —dijo Bugarín.

—¿El notario? —pregunté yo.

—El letrado —dijo Antonio Bugarín.

Volteé a mirar a Alvaro. Reconocí en el brillo de su rostro hasta qué punto había cumplido su designio de llevarme por un laberinto transparente, cuyas paredes sólo eran opacas para mí.

Nos quedamos en silencio un largo rato, como si el peso de la revelación nos envolviera a los tres, con el aura de su misterio.

—Los solté a todos —dijo Bugarín. —Menos al cura de Tlaltenango.  Me dediqué luego luego a cazar curitas,  a cebarlos en la cárcel y a llevarlos a dar misa ora aquí, ora allá. Así esperamos aquí arriba que acabaran las guerras allá abajo, haciéndonos los buenos disimulados. Con los años, por todo el país pasó lo mismo. De modo que les pusimos el ejemplo —presumió Bugarín.

Volvió a sentarse en el banco de la plaza, extendió otra vez su perfil  sonrosado al sol acariciante de la meseta, cerró los ojos, la boca, la memoria. Nos quedamos unos minutos haciendo lo mismo. Nos fuimos luego sin decir palabra.

Regresamos a ver a Cosme Estrada al día siguiente.

—Quiere ver el retrato de mi tía —le dijo Alvaro López, señalándome.

Cosme Estrada  nos pasó por los corredores de su casa, hasta el comedor que ya no usaba. Olía a encierro, a iglesia. Tras la cabecera de la mesa labrada, había un óleo mal hecho de una mujer. Miraba hacia el frente con los ojos inyectados, ardientes, espejos del ardor su alma o de la impericia del pintor, mal mezclador de blancos y fulgores. Tenía los labios carnosos, un pelo azul de trenzas gruesas  caía sobre sus hombros con una liberalidad voluptuosa  desmentida por el cuello blanco, ceñido, altivo centinela de la intimidad monogámica de sus pechos.

—¿Cómo se llamaba? —dije yo, susurrando como en un templo.

—Armida —musitó Cosme Estrada, aceptando mi tono.

—Armida Miramontes —completó Alvaro López, su sobrino.

—De todos nuestros respetos —murmuré yo para mí, antes de escabullirme al corredor y a la calle, donde seguían esperando, impasibles y eternos, el cielo y la planicie de la meseta de Atolinga, que no sabían del reino de su luz ni recordaban nuestros nombres.

Para Alvaro López Miramontes

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).