Hace ya muchos años, en diciembre del año 2001, la Universidad Nacional Autónoma de México, organizó una serie de conferencias en celebración de El oficio de historiar de Luis González y González. Comparecí al homenaje y empecé por decir, con Perogrullo, que Luis González y González era en esos momentos el mayor historiador vivo de México. Probablemente lo era ya cuando lo conocí, en el verano de 1969, antes de entrar como alumno al doctorado que empezó ese año en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.

Por insistencia de José Gaos, el gran maestro del Centro, hubo la posibilidad de hacer un doctorado en historia para gente que no hubiera tenido ningún trato previo con ella. Gracias a esa rendija aventurera, nos colamos en aquella generación, junto a estudiosos de historia con todos los agravantes, como Carmen Castañeda, amiga queridísima, distintos improvisados que veníamos de cosas tan ajenas a la historia como la contabilidad, la ingeniería, el sacerdocio y la publicidad.

Luis González ya era entonces el autor de dos obras clásicas, que el tiempo ha mejorado y mejora cada día: la historia macro de la vida social durante la república restaurada y la vida micro de su pueblo michoacano, San José de Gracia.

Llegué a El Colegio de México habiendo leído pocos libros de historia. Toda la visión histórica que pudiera haber adquirido entonces, venía de la literatura. Mi paisaje de México era el de los escritores de la revolución y el México contemporáneo. Había leído como historia viva a Mariano Azuela, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. A partir de ahí, en sucesión desordenada, a Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Revueltas, Octavio Paz y Agustín Yáñez. Había hecho en la universidad, cursos de historia de las ideas y la cultura, pero mi visión del mundo venía de los escritores.

La lectura de Pueblo en vilo me abrió los ojos a la historia como un espacio de altos registros literarios. Pueblo en vilo llegó a mis manos por las de Álvaro López Miramontes, un estudiante de economía de El Colegio, más tarde compañero del mismo doctorado. Álvaro vivía en mi casa de la colonia Condesa, habilitada por mi madre como casa de huéspedes para completar el ingreso familiar. Hablábamos del libro y lo leíamos por las noches, deslumbrados por sus historias, entre grandes carcajadas. Leyendo y comentando Pueblo en vilo, Alvaro me convenció de hacer nuestra solicitud de ingreso al doctorado aventurero de El Colegio, donde Luis González oficiaba como investigador y maestro.

En las páginas de Pueblo en vilo aprendí que era posible reunir la expresión literaria y la revelación histórica. Supe ahí que tal mezcla era posible y que se había intentado felizmente en México, a unos pasos de mi casa, pues El Colegio estaba entonces en las calles de Guanajuato, en la colonia Roma, a escasas doce cuadras del Parque México, donde vivíamos Alvaro y yo, y donde vivió más tarde Carmen Castañeda.

Pueblo en vilo tuvo en nosotros un efecto equivalente al de Cien años de soledad, con la diferencia de que el pueblo michoacano de Luis González era real y podía visitarse, mientras Macondo quedaba en todas partes y en ninguna. Tal como escribí después en un relato llamado Meseta en llamas, durante las vacaciones escolares de 1969, poco antes de entrar a El Colegio de México, Álvaro López Miramontes y yo fuimos a visitar el pueblo en vilo de nuestras lecturas, San José de Gracia.

Queríamos conocer el pueblo pero queríamos sobre todo conocer a Luis González, que iba a ser nuestro maestro en el doctorado y por el resto de nuestros días. Llegamos a San José de Gracia sin avisar, sin saber siquiera la dirección del autor que buscábamos. Pero en San José de Gracia bien a bien no había direcciones y Luis González era tan conocido en su pueblo como cualquier otro lugareño, así que luego de ningún trámite, de pronto estuvimos tocando en la puerta de la casa de Luis González preguntándonos: “¿Qué hacemos aquí? Venimos a interrumpir en sus vacaciones al único autor que nos interesa del lugar donde vamos a estudiar, nos va a mandar al diablo por impertinentes”.

Pero en respuesta a nuestros toquidos vino a la puerta el propio Luis González, oyó nuestras balbucientes explicaciones, nos dio la bienvenida y se ofreció ahí mismo a mostrarnos el pueblo.

Durante las siguientes dos horas nos guió con minucia de pastor por todos sus orgullos lugareños: el rancho de su tío Bernardo en las afueras del pueblo, la secundaria técnica que acababan de inaugurar, la esquina donde habían matado a uno, su propia casa que tenía un gran huerto interior y una biblioteca monumental desparramada por todas las paredes.

Descubrimos en ese paseo que el libro Pueblo en vilo era mejor que el pueblo San José de Gracia, y que el josefino Luis González era casi mejor que el autor del libro, lo cual siguió siendo toda su vida. Es uno de esos raros casos de autor que justifica el aforismo de Pound: “Debes ser superior a lo que escribes”.

Mientras caminábamos por una vereda de las afueras, comenté la increíble colección de aplausos cortesanos que había recibido días antes el presidente Díaz Ordaz, bestia negra de mi generación, durante su informe de cada año, el primero de septiembre. Rodeando mi indignación con un comentario, Luis González dijo: “Sí. A los presidentes, siempre les han aplaudido a rabiar en sus informes. Hasta a Victoriano Huerta le aplaudieron a rabiar. Así ha sido. Cómo no”.

Pensé que no se hacía cargo de la forma como esos aplausos excesivos mostraban la crisis de legitimidad de Díaz Ordaz, cuyos corifeos prodigaban su adulación para disfrazar el desprestigio del mandatario. Años después, di en la biblioteca de El Colegio de México con una edición conmemorativa de la Cámara de Diputados que llevaba por título Los presidentes ante la nación. Recogía todos los informes presidenciales que se habían rendido ante el Congreso desde la independencia, incluido el del dictador Victoriano Huerta. La edición de los informes había sido hecha por Luis González y González.

Entendí entonces que tras aquel comentario llano de Luis González sobre los aplausos en los informes presidenciales el día que nos mostró San José de Gracia, había un conocimiento enciclopédico de ellos. Ninguna anécdota que recuerde compendia tan bien para mí los admirables polos de la aleación intelectual de Luis González: el saber y la modestia, el conocimiento y la sencillez. Es una aleación extraña. En la vida intelectual y académica, lo normal es que el saber sea pareja la vanidad, y la oscuridad, el disfraz del conocimiento.

Me llevé una gran sorpresa cuando supe después, aquel mismo año de 1969 en los corrillos de El Colegio que Luis González había escrito Pueblo en vilo como si dijéramos a contracorriente, en su año sabático y ante la ironía de alguno de sus colegas: “Sólo a Luis se le ocurre que son interesantes las cosas de su pueblo”. Para quienes veníamos del vicio literario, era lo más interesante que se podía escribir.

Hay una astucia universalista en eso de estudiar un pequeño pueblo. Un pueblo pequeño, una sociedad alcanzable con la vista en la memoria, es como un aleph donde pueden leerse todas las trazas del comportamiento humano, su variedad de pasiones, necesidades , intereses y esperanzas.

Movido por el ejemplo de Luis González, yo intenté una historia pueblerina, pueblo por pueblo, de la Sonora prerrevolucionaria. Llegué a conocer los apellidos de un pueblo o una región y a veces podía decir a qué se dedicaban los dueños del apellido, distinguir sus ramas y sus diferencias políticas. Fue uno de mis aprendizajes esenciales: tocar apellido por apellido la trama de una sociedad, un conocimiento propiamente pueblerino que no puede enseñar ninguna experiencia académica que no sea la microhistoria de cualquier cosa.

De su vasta obra, que recorre todos los tiempos de México, Luis González y González dedicó una docena de libros a su terruño, vale decir: su pueblo, su comarca y las regiones de su estado natal, Michoacán. Desde ese mirador particular pudo mostrar cosas esenciales del comportamiento humano y ofrecer una mirada universal sobre la sociedad mexicana.

En las primeras líneas de su fresco Michoacán. Muestrario de México, puede leerse:

Todo cabe en la jícara michoacana sabiéndolo acomodar. Un amigo trotamundos que ha recorrido con pies y ojos montes, valles, llanuras, desfiladeros, cumbres nevadas, simas calurosas, desiertos, selvas, bosques, mares, ríos, lagunas, sementeras, rebaños, vías de comunicación y desliz, cabañas, palacetes, torres, rascacielos, subterráneos, caseríos, pueblos, villas, ciudades, megalópolis, fábricas, mercados, hoteles, plazas, museos y edificios públicos de todas partes, me dice que Michoacán, donde se pierden hoy muchas oportunidades de placer (panza llena, convivencia armoniosa y luces de la razón), podría merecer el epíteto de muestrario universal y no únicamente el de escaparate de México. Según mi amigo trotamundos, un recorrido por Michoacán es ya, en buena medida, hacer lo que los franceses llaman el tour du monde, y nosotros, en buen galicismo, la vuelta al mundo.

El párrafo anterior da cuenta del mayor rasgo universal de la obra de Luis González, el rasgo que puede gozar y compartir cualquiera. Me refiero a la felicidad de la escritura, hija de la risueña ironía de su mirada y de la libertad absoluta del autor respecto de toda convención académica.

Hace años, en el curso de una entrevista sobre mis días de El Colegio de México, un joven historiador me preguntó cuánto quedaba en mí de mis maestros de aquel tiempo, en particular, ¿qué de don Luis González, qué de don Daniel Cosío Villegas?

Es una buena pregunta. Cosío Villegas era la brillantez pública. Nadie competía con su imagen en El Colegio de México. Además del historiador monumental del porfiriato, era el intelectual valiente y crítico. El tema de la valentía lo hacía sentirse incómodo. Que lo elogiaran por ser valiente le parecía un síntoma de la excepción que era la crítica política en México. Solía quejarse: “Nadie me elogia por la calidad de un razonamiento o la verdad de una reflexión. El elogio normal es: ‘¡Qué güevos tiene usted don Daniel!’ ”.

Daniel Cosío Villegas marcó a mi generación en el sentido de que fue el ejemplo a seguir del intelectual como figura pública. El intelectual como analista político y como conciencia crítica.

Luis González era el polo opuesto de esa actitud. No quería visibilidad pública. No quería mezclar su trabajo de historiador con el de profeta. Un día le escuché decir que alguna vez , con un grupo de jóvenes, había abordado a José Vasconcelos para manifestarle su admiración por algunos artículos que había publicado en la prensa. Vasconcelos les respondió: ‘No hagan caso de los artículos de prensa. Son puras pendejadas’.

Mi impresión es que Luis González siempre creyó un poco lo que Vasconcelos. Era entonces y lo fue hasta el fin de sus días un historiador no contaminado por el acontecer diario de la política o por las urgencias de definición pública de un intelectual. Creo que había y hay en su actitud tanta verdad y tanto compromiso como en la de Cosío Villegas.

Andando el tiempo, sin embargo, tiendo a creer que la actitud de Luis González es más sabia, de más larga duración diría Braudel, porque atiende a hechos menos volátiles de la vida pública: al pueblo “municipal y espeso”, a la anónima construcción social de las familias y las comunidades, a la vida a ras de suelo de los hombres antes y después de los presídiums donde unos hablan y otros oyen.

Cuando acabé mi tesis sobre los jefes sonorenses en la revolución mexicana, Luis González me dijo: “Este libro tiene la ventaja de que usted agarró a esos caudillos antes de que se subieran a la estatua”. Yo diría que él ha agarrado la historia de México antes y también después de que la subiéramos a la historia de bronce, la historia de las grandes fechas y los grandes hombres, los grandes acontecimientos, las banderas y los himnos.

Como ningún otro historiador mexicano, creo yo, Luis González ha hurgado con mano maestra en todos los tiempos y todos los rincones de nuestra historia. La risueña tranquilidad de su mirada, su buen humor y la fortaleza de sus fuentes, ha dejado llegar hasta el lector, sin escándalo, algunas de las visiones más certeras y más heterodoxas de la historia de México —heterodoxas digo, con relación a la historia oficial, la cual suele ser a la historia lo que los astrólogos a la astronomía.

Visiones certeras y heterodoxas, digo.

Por ejemplo, que la historia de México empieza en el siglo XVI, con la conquista española , y no en la primera escultura olmeca. Es decir, que México es una entidad histórica más reciente que su pasado prehispánico. Es decir, que no debe confundirse la historia de México con todas las cosas que han sucedido en el territorio que hoy llamamos México.

Nadie pudo decir esta blasfemia con tanto conocimiento de causa como Luis González y González. Entró con mano maestra en todas las épocas de la historia de la nación, desde el entuerto de la conquista hasta los últimos cambios de México, pasando por la colonización española, la magia de la nueva España, el optimista terremoto de la independencia, el siglo de luchas que le siguió, los triunfos y miserias del liberalismo mexicano, las densidades del subsuelo indígena, la historia de la Revolución Mexicana y de su epítome popular, el cardenismo, la ronda de las generaciones que construyó el siglo XX mexicano Luis González y González fue un maestro de la historia patria y de la historia matria, en este caso el mirador universal de su querencia michoacana por donde hizo y vio pasar la historia toda del país.

La revolución sutil de Luis González y González, dice con elocuencia el título de este encuentro. Es una revolución en marcha. Los historiadores saben que el tiempo termina por decir lo que el presente calla o no sabe ver. Creo que el tiempo dirá no sólo lo que fue obvio en sus últimos años, que Luis González era nuestro mayor historiador vivo. Dirá también, lisa y llanamente, que es el mayor historiador de nuestra historia.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).