La prisa del mundo contemporáneo es una enfermedad innominada. Aunque ya hay muertos por tomarse selfies, suicidios por mostrar los senos en la red y convertirse en víctimas de bullying o menosprecio por lo dicho o no dicho en Facebook, por ahora, las enfermedades asociadas a esos y otros medios carece de nombre. La prisa de los vivos para sepultar con celeridad a sus seres queridos es también enfermedad. Los muertos no tienen prisa. Tuvieron vida y con suerte dignidad.

Poco se piensa en el binomio conformado por duelo y dignidad. Médicos, con frecuencia inopinados y ceñidos a los dictados de las compañías farmacéuticas, medican al deudo como si el duelo fuese una situación anormal. La dignidad, fenómeno harto complejo, atañe tanto al cadáver como a sus personas cercanas. Enterrar sin decir adiós es una nueva enfermedad.

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Ilustración: Kathia Recio

La sociedad moderna limita los instintos humanos. El ser humano contemporáneo toca cada vez menos a sus congéneres. La parafernalia actual, dotada de ruidos y luces, ocupa porciones largas del día y le exige a la persona esfuerzos cotidianos para no alejarse de la modernidad, esfuerzos que lo alejan de sus pares.

La celeridad para enterrar a los muertos es un ejemplo de la prisa de los tiempos actuales. Esa velocidad milita contra la dignidad del finado e impide iniciar el duelo como se debe: al lado del cadáver, rodeado de seres queridos, con el tiempo necesario para facilitar la despedida. Cuando muere un ser querido y se tiene la suerte de estar a su lado mientras se apaga, sobre todo si durante el proceso final el enfermo estuvo consciente, el duelo arranca al lado del vivo/muerto. Interrumpir el duelo es erróneo. Interrumpirlo por medio de fármacos o visitas al médico es negocio y falta de sabiduría.

El cuerpo caliente, después frío, las manos rojas, después blancas, las órbitas pobladas, después hundidas, los últimos estertores, luego el silencio, la cabeza erguida, después, en un segundo interminable, gacha y, con suerte, algunas palabras —“Sí, hijito”. “Adiós”—, es, aunque desgarrador, escenario óptimo para aceptar el final. Antaño, antes de que la medicina “esterilizase” la muerte, la mayoría fallecía en casa, con la familia, arropado por el calor de los suyos.

Al lado de la cama del enfermo el duelo empieza y continúa junto al cuerpo inerte. Ese dolor sirve. Gracias a él se inicia la despedida. Acompañar al cadáver significa proporcionarle calidad a su final. Cada vez es menos frecuente despedir al enfermo en casa sin autoridades médicas o eclesiásticas que pugnen por dosificar tiempo y afecto. La muerte debería exaltar la dignidad. No es así. Los deudos y el finado merecen tiempo y cercanía. Palabras, cariños, recuerdos. Otorgarle al cadáver lugar y tiempo implica respetar su vida y honrar su muerte.

El cadáver puede propiciar desencuentros; es fuente de miedo y paradigma de las incapacidades del ser humano, entre ellas, acercarse, tocar, compartir. El cuerpo sin vida le recuerda a la persona su vulnerabilidad y lo confronta con sus debilidades; cada vez menos entienden el valor del duelo y pocos la idea de la dignidad frente a la muerte. Esas incapacidades retratan la ausencia de reflexión sobre el proceso final. Los desencuentros entre el muerto y la persona, y entre las mismas personas ejemplifican esas distancias. El cadáver es fuente de ambivalencias: o se honra, cuida y se respeta —en Occidente pocos lo hacen—, o se dispone de él, con celeridad, para que no incomode.

En Los hermanos Karamazov, Dostoievski expone esa ambivalencia. En la novela, el cuerpo inerte del stárets Zosima, emana un olor insoportable. Los monjes, reunidos frente al santo, se dividen: un grupo, mayoritario, siente repulsión y se aleja; el cuerpo putrefacto los repele; la santidad de su vida queda en entredicho. El segundo grupo no se aleja y no emite juicios: no se trata de cuestiones éticas, se trata de asuntos humanos. En la antigua Rusia los stárets eran guías espirituales en monasterios ortodoxos. Debido a su ascetismo y vida ejemplar eran venerados por clérigos y laicos. El hedor de Zosima dividió a los monjes: unos no dignificaron su muerte. Otros lo acompañaron.

Zosima habita entre nosotros. Los hermanos Karamazov se publicó en 1880. La dicotomía planteada por Dostoievski es vigente. La sociedad moderna y las tendencias médicas no refuerzan la convivencia con el cadáver. El peso de la modernidad oscurece los significados del cuerpo sin vida; pocos, como sucedió con el stárets, honran el final e inician el duelo enalteciendo el suspiro postrero de su muerto. Muchos se someten a los dictados médicos actuales: medicar y modificar el duelo es erróneo. Vivir la muerte es necesario.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

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