Los yanomami son un grupo indígena, de unos 20 mil individuos, que viven dispersos en pequeños pueblos en la selva del Amazonas, entre Venezuela y Brasil. Es seguramente el grupo amazónico más conocido: las fotografías están en todas partes y son el ejemplo perfecto de la vida primitiva, el símbolo de la vida primitiva.

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Ilustración: Estelí Meza

El antropólogo Napoleon Chagnon fue el primer occidental que tuvo contacto con ellos. El relato de ese primer encuentro está en su libro Yanomamo: el pueblo feroz, de 1968. Es seguramente uno de los libros más vendidos de la disciplina, más de tres millones de ejemplares. Importa sobre todo el subtítulo. Según lo explica Chagnon, los yanomami viven en un “estado de guerra crónico”, y eso se refleja en su mitología, en sus valores, en las pautas de sus asentamientos, en sus estrategias matrimoniales. En ediciones posteriores cambió el título porque alguien le dijo que en las traducciones, en español, en portugués, el adjetivo se asociaba con los animales. Y no.

Pero la explicación no cambió. La violencia es la experiencia central para la vida de los yanomami. Y puede argumentarse, eso argumenta Chagnon, que es una estrategia adaptativa. En un texto demoledor, muestra que los varones que han asesinado a alguien tienen más mujeres, y más hijos, que quienes no han matado a nadie, es decir, que los asesinos tienen más éxito para reproducirse —y la evolución los favorece (a ellos o a sus genes).

En una sociedad así el trabajo de campo es arriesgado. Estuve a punto de ser asesinado varias veces, dice Chagnon, pero el peligro hacía más intenso el placer de la experiencia, y yo estaba dispuesto a correr el riesgo. Tenía que hacerlo, porque la experiencia de ese primer contacto de una sociedad primitiva es algo cada vez más raro, si no imposible, porque ya no hay grupos que vivan así de aislados.

Todo eso contribuyó al éxito del libro de Chagnon. Y es muy impresionante lo que cuenta. Salvo que no es del todo cierto. La verdad es que el primer contacto que relata Chagnon, eléctrico, no fue en realidad el primer contacto. Los yanomami, tan primitivos como se ven en las fotos, han tenido relación con el mundo moderno, occidental, desde hace siglos, y emplean normalmente herramientas de hierro, y de acero, que no podrían haber fabricado ellos. En todo caso, el principal problema es el de la violencia.

Después de Chagnon han estudiado a los yanomami muchos otros: Brian Ferguson, Jacques Lizot, Ken Good, Terry Turner, Patrick Tierney, Manuela Carneiro da Cunha. Y nadie ha encontrado esos niveles de violencia. De hecho, comparados con otros grupos similares, y con otros grupos amazónicos, los yanomami tienen una tasa de homicidios relativamente baja, incluso muy baja. Desde luego, podría ser que los yanomami hubiesen desorientado a propósito a Chagnon, y que hubiesen alardeado de su fiereza precisamente porque eran más pacíficos, más vulnerables —como un intento de intimidar a los vecinos. Algunos estudios sugieren algo un poco más desagradable. La violencia entre los yanomami es esporádica, pero sí se registran periodos de mayor belicosidad, algunos alrededor de las fechas en que estuvo allí Napoleon Chagnon, y según lo más probable, motivados por los regalos, sobre todo machetes, objetos de hierro, que repartía el propio Chagnon.

Por otra parte, la correlación entre el homicidio y el éxito reproductivo, que es lo más rotundo, definitivo y matemático de todo, resulta ser un poco endeble. Es imposible identificar los pueblos a los que se refiere ni cotejar seriamente los datos. O sea que no hay modo de refutar la idea. Pero los intentos que se han hecho de reproducir el ejercicio dan resultados bastante diferentes —y la imagen que ofrecen de los salvajes primitivos es un poco más aburrida. Según Chagnon, no son más que “cuentos de hadas políticamente correctos”. Y él, desde luego, no es correcto: se atreve, llama a las cosas por su nombre.

El gobierno de Brasil, de inclinación siempre científica (ordem e progresso), tomó muy en cuenta los hallazgos de Chagnon a la hora de decidir el destino de los yanomami. El jefe de Estado Mayor, general Bayna Denis, explicó que era necesario reducir las dimensiones de la reservación proyectada para los yanomami, y dividirlos en varias pequeñas reservaciones, porque eran demasiado violentos —y era imposible civilizarlos si no se les separaba. La noticia, triste, tenía un lado positivo: las compañías mineras podían explotar los yacimientos de oro que se habían descubierto en los territorios que hubieran sido de los yanomami.

La historia casi heroica de Napoleon Chagnon en el Amazonas tiene un momento un poco oscuro. Junto con un empresario minero venezolano, Charles Brewer-Carias, y una probable amante del presidente Carlos Andrés Pérez, Cecilia Matos, intentó crear una reserva natural privada de unos 15 mil kilómetros cuadrados en territorio yanomami. Pero eso es ya la civilización, es otra historia.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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