El momento máximo de observación del eclipse parcial de sol de este 21 de agosto proyectó en la explanada del Museo de Historia Natural algunas sombras tenues en las que se observaba cómo la luna había despertado en horario equivocado.

Filas de madres con niños y bebés en brazos, jóvenes con gorras y mochilas colgando en la espalda, parejas de turistas, corredores en short, oficinistas con traje y corbata. Todos lucían ansiosos por usar uno de los visores de cartón que el personal del museo prestaba durante quince segundos o por colocar un ojo en el lente de alguno de los telescopios que también estaban disponibles para los asistentes.

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Para el uso del visor se tenían que seguir las siguientes instrucciones: “Recuerden que sólo deben dejarlo por 15 segundos para que no se dañen la vista. El lado plateado va hacia el suelo. Acercamos la mirada y vemos el cielo”. El visor era un rectángulo de cartón de aproximadamente 20 centímetros de largo y 15 centímetros de ancho, con una ranura en medio como de 8 centímetros, en donde pegaron el filtro especial.

Cuanto más cerca estaba el momento máximo de observación (13:19 horas), más personas se sumaban a las filas. El tiempo de espera para un obtener un visor era de casi treinta minutos. Los madres con bebés y niños no mayores de cinco años tuvieron que contener la emoción de sus hijos y obligarlos a usar el instrumento de cartón de manera adecuada. Era la primera vez en su vida que veían este fenómeno astronómico. Era la primera vez que les explicaban por qué el resplandor del sol estaba menguando. Hubo quien no pudo evitar distraerse mientras su bebé levantó el rostro sin ninguna protección. Otras madres escucharon frases de asombro: “¡Ya lo vi!”. En distintos momentos se escucharon coros de voces infantiles que contaban los segundos que podían observar el eclipse: “¡uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince!”.

Los adultos tenían distintas maneras de entretenerse mientras llegaba su turno. Un hombre hizo un orificio en medio de una tarjeta de presentación que traía en su cartera y se sentó en una jardinera. Tomó con su mano derecha la tarjeta y la dejó suspendida en el aire, a una distancia suficiente para que en el piso se reflejara lo que sucedía en el cielo. Otra mujer compartió unos invaluables lentes para ver el eclipse: con ellos había observado el eclipse total de sol de 1991. Pasaron de mano en mano al menos diez veces. Los afortunados se sorprendían al leer que los había distribuido la marca de refrescos Manzanita Sol.

Los mayores no hacían aspavientos. Se quedaban en silencio observando el sol. Tampoco contaban en voz alta. Avanzaban, usaban el visor y lo devolvían. ¿Qué habrán pensado?

En una de las filas de espera para los telescopios había tres jóvenes metiendo la mano a pequeñas bolsas de papas fritas y uno masticando gomitas de azúcar sabor fresa. Una de sus amigas les había vendido minutos antes lo que le habían regalado en un baby shower el fin de semana. A las 13:15 horas, el sol estaba pasando por un momento comprometedor con la luna, pero eso no evitaba que su radiación causara efectos en los brazos de quienes no tenían otra opción más que esperar su turno.

Los relojes marcaron las 13:19 horas. Quienes colocaron su ojo frente al lente de un telescopio justo en ese instante, pudieron observar cómo la luna cubría un cuarto del sol en el cielo de la Ciudad de México. El encargado explicaba: “coloca tu ojo y muévete hasta que logres centrar la imagen”. Y agregaba: “Hoy tuvieron suerte: se pueden observar manchas en el sol”. No mentía, ahí estaban el sol con sus manchas y la luna que en esta ocasión no fue el espejo de la noche.

 

Kathya Millares
Editora.

 

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