futuro

Presentamos un fragmento de Inventar el futuro. Postcapitalismo y mundo sin trabajo (Malpaso). Nick Srnicek y Alex Williams muestran en su nuevo libro las fisuras de la izquierda contemporánea y analizan por qué las luchas de resistencia no han podido establecer objetivos a largo plazo.


Nuestro sentido común político: introducción a la política folk

 

La siguiente jugada era nuestra y nos quedamos ahí,
esperando que pasara algo, como buenos objetores
de conciencia esperando nuestro castigo
tras haber señalado algo puramente simbólico.
Dave Mitchell

 

Actualmente, parece que se necesita la mayor cantidad de esfuerzo para lograr el menor grado de cambio. Millones de personas marchan contra la guerra de Irak, pero la guerra sigue adelante como estaba planeada. Cientos de miles protestan contra la austeridad, pero sigue habiendo recortes presupuestales sin precedentes. Las protestas, ocupaciones y revueltas estudiantiles en contra del alza en las matrículas se repiten una y otra vez, pero éstas siguen su avance inexorable. Por todo el mundo, la gente establece campos de protesta y se moviliza contra la desigualdad económica, pero el abismo entre los ricos y los pobres sigue creciendo. Desde las luchas alterglobalizadoras de fines de la década de 1990, pasando por las coaliciones antiguerra y ecológicas de principios del siglo XX, hasta los nuevos levantamientos estudiantiles y movimientos de Occupy desde 2008, ha surgido un nuevo patrón: las luchas de resistencia aparecen rápido, movilizan a cantidades cada vez mayores de personas y, sin embargo, terminan por palidecer para ser sustituidas por un sentimiento renovado de apatía, melancolía y derrota. A pesar de que millones de personas desean un mundo mejor, los efectos de estos movimientos son mínimos.

Algo gracioso pasó camino a la protesta

El fracaso impregna este ciclo de luchas y, en consecuencia, muchas de las tácticas de la izquierda contemporánea han adoptado una naturaleza ritualista, cargada de una pesada dosis de fatalismo. Las tácticas dominantes —protestar, marchar, ocupar y varias otras formas de acción directa— se han vuelto parte de una narrativa bien establecida, en la cual la gente y la policía desempeñan cada uno sus papeles asignados. Los límites de estas acciones son particularmente visibles en esos breves momentos cuando el guion cambia. En palabras de un activista en torno a una protesta en la Cumbre de las Américas de 2001:

El 20 de abril, el primer día de las protestas, miles marchamos hacia la valla, detrás de la cual se habían reunido treinta y cuatro jefes de Estado para sacar adelante un acuerdo de comercio mundial. Bajo una granizada de osos de peluche lanzados con catapultas, los activistas vestidos de negro no tardaron en quitar los soportes de la valla con cizallas y derrumbarla con ganchos mientras los observadores los alentaban. Por un momento, nada se interpuso entre nosotros y el centro de convenciones. Trepamos a la valla derrumbada, pero la mayoría no pasó de ahí, como si nuestra intención hubiera sido simplemente sustituir la barrera de alambre y concreto con una barrera humana hecha por nosotros mismos.1

Aquí podemos ver la naturaleza simbólica y ritualista de las acciones, combinada con la emoción de haber hecho algo, pero con una profunda incertidumbre que surge en cuanto se rompe la narrativa esperada. El papel de manifestantes diligentes no les había brindado a estos activistas ninguna indicación de qué hacer cuando cayeran las barreras. Las confrontaciones políticas espectaculares, como las marchas para detener la guerra, las ahora famosas aglomeraciones contra el G20 o la Organización Mundial del Comercio, así como las conmovedoras escenas de democracia en Occupy Wall Street, parecen ser muy significativas, como si algo estuviera de verdad en juego.2 Sin embargo, no cambió nada y las victorias a largo plazo se canjearon por una simple anotación de descontento.

A menudo, los observadores externos ni siquiera alcanzan a entender qué busca el movimiento, más allá de expresar un descontento generalizado con el mundo. Las protestas contemporáneas se han convertido en una mezcla de demandas diversas y desenfrenadas. Quienes se manifestaron en la cumbre del G20 de 2009 en Londres, por ejemplo, marcharon por temas que iban desde el planteamiento de aparatosas exigencias anticapitalistas hasta objetivos modestos centrados en problemas más concretos y cercanos. Cuando las demandas alcanzan a discernirse, a menudo no logran articular nada sustancial. No suelen ser sino eslóganes vacíos, tan significativos como pedir la paz mundial. El movimiento Occupy hizo lo indecible por articular objetivos relevantes, preocupado por si algo demasiado sustancial pudiera causar divisiones.3 Además, ocupaciones estudiantiles muy diversas en el mundo occidental adoptaron el mantra “sin demandas”, en la creencia errónea de que no pedir nada es una acción radical.4

Cuando se les pregunta cuál ha sido el principal resultado de estas acciones, algunos participantes aceptan un sentimiento generalizado de futilidad, mientras que otros señalan una radicalización de los asistentes. Si vemos las protestas actuales como un ejercicio de conciencia pública, su éxito parece ser, a lo sumo, desigual. Sus mensajes son distorsionados por los medios, poco solidarios y amantes de las imágenes de destrucción de la propiedad privada —suponiendo que los medios siquiera reconocen esa forma de disputa que se ha vuelto cada vez más repetitiva y aburrida—. Hay quienes argumentan que estos movimientos, protestas y ocupaciones, en lugar de plantearse un objetivo específico sólo existen, en realidad, para sí mismos.5 El propósito en este caso es alcanzar cierta transformación de los participantes, así como crear un espacio fuera de las operaciones de poder habituales. Si bien hay cierto grado de verdad en ello, cosas como los campamentos de protesta tienden a ser efímeras, de pequeña escala y, en última instancia, incapaces de desafiar las estructuras más amplias del sistema económico neoliberal. Es una política convertida en pasatiempo —quizá una experiencia de la política como droga— y no algo que sea capaz de transformar a la sociedad. Estas protestas sólo quedan grabadas en la mente de los participantes y dan la vuelta a cualquier transformación de las estructuras sociales. Si bien estos esfuerzos de radicalización y concientización son, en cierta medida, indudablemente importantes, queda la pregunta de en qué momento exacto darán resultado. ¿Existirá un punto en el que una masa crítica de concientización esté lista para actuar? Las protestas pueden establecer conexiones, alentar la esperanza y recordar a la gente que tiene poder. Sin embargo, más allá de estos sentimientos transitorios, si no queremos que esos lazos afectivos se desperdicien, la política aún exige el ejercicio de ese poder. Si no actuamos después de una de las mayores crisis del capitalismo, entonces, ¿cuándo?

El énfasis en los aspectos afectivos de las protestas ayuda a sustentar una tendencia más amplia que ha llegado a privilegiar lo afectivo como la sede de la política real. Los elementos corporales, emocionales y viscerales sustituyen y obstaculizan (en lugar de complementar y mejorar) los análisis más abstractos. Por ejemplo, el paisaje contemporáneo de los medios sociales está contaminado por los amargos efectos secundarios de un interminable torrente de indignación y enojo. Dado el individualismo de las actuales plataformas de los medios sociales —fundadas en el mantenimiento de una identidad online—, quizá no nos sorprenda ver que la “política” online tiende a una autopresentación de pureza moral. Nos preocupa más estar en lo correcto que pensar sobre las condiciones del cambio político. No obstante, esta ira cotidiana desaparece tan pronto como surge y no tardamos en pasar a la siguiente cruzada corrosiva. En otros lugares, las manifestaciones públicas de empatía con quienes sufren sustituyen análisis más refinados, lo cual trae como resultado acciones apresuradas o descaminadas o la ausencia de acciones. Si bien la política siempre está relacionada con las emociones y las sensaciones (la esperanza o el enojo, el temor o la indignación), cuando se adoptan como la forma principal de la política estos impulsos pueden conducir a resultados profundamente perversos. En un famoso ejemplo, el Live Aid de 1985 reunió, mediante una combinación de imágenes que tocaban nuestras fibras más sensibles con eventos emocionalmente manipuladores encabezados por celebridades, una enorme cantidad de dinero para aliviar la hambruna. La sensación de apremio exigía acciones urgentes, a expensas de la razón. Sin embargo, lo que logró el dinero reunido fue extender la guerra civil que había provocado la hambruna, pues permitió que las milicias rebeldes utilizaran la asistencia alimentaria para sostenerse a sí mismas.6 Si bien el público en casa se sintió reconfortado por estar haciendo algo en lugar de nada, un análisis desapasionado reveló que en realidad había contribuido a agravar el problema. Estos resultados inesperados se generalizan aún más a medida que los objetivos de la acción se vuelven más amplios y abstractos. Si la política sin pasión conduce a una tecnocracia burocrática desalmada, la pasión desprovista de análisis corre el riesgo de convertirse en un sustituto libidinosamente motivado de la acción efectiva. Entonces, la política comienza a girar en torno a sentimientos de empoderamiento personal que ocultan la ausencia de ganancias estratégicas.

Quizá lo más deprimente sea que, aun cuando algunos movimientos tienen éxito, lo consiguen en contextos de pérdidas abrumadoras. Por ejemplo, varios residentes del Reino Unido se han movilizado con éxito en casos particulares para detener el cierre de hospitales locales. Sin embargo, estas victorias reales se ven superadas por los planes más amplios de eviscerar y privatizar los servicios de salud (el National Health Service). De igual manera, algunos movimientos recientes en contra del fracking han logrado detener la perforación exploratoria en varias localidades, pero los gobiernos continúan buscando gas de esquisto y apoyando a compañías para que lo hagan.7 En Estados Unidos, varios movimientos para detener los desalojos tras la crisis hipotecaria han obtenido triunfos reales en tanto han logrado que la gente permanezca en su casa.8 No obstante, los culpables de la debacle de las hipotecas de alto riesgo siguen cosechando beneficios, olas de acciones hipotecarias siguen arrasando el país y los alquileres no dejan de aumentar en todas las ciudades. Los pequeños éxitos —que sin duda son útiles para infundir esperanza— palidecen frente a las pérdidas apabullantes. Incluso los activistas más optimistas titubean al ver que las luchas siguen fracasando. En otros casos, proyectos bien intencionados, como el Rolling Jubilee, luchan por escapar del conjuro del sentido común capitalista.9 El objetivo aparentemente radical de recaudar dinero para pagar las deudas de los menos privilegiados implica creer en un sistema de caridad y redistribución voluntaria, así como aceptar la legitimidad de la deuda en primer lugar. En este sentido, la iniciativa forma parte de un conjunto más amplio de proyectos que sólo actúan como respuestas a los vacilantes servicios del Estado en tiempos de crisis. Se trata de mecanismos de supervivencia, no de una visión deseable del futuro.

¿Qué podemos concluir de todo esto? El reciente ciclo de luchas debe identificarse como predominantemente fallido, a pesar de los numerosos éxitos de pequeña escala y los momentos de movilización de gran escala. La pregunta que cualquier análisis de la izquierda debe tratar de resolver es simplemente: ¿qué ha salido mal? Es indiscutible que la represión intensificada de los Estados y el creciente poder de las corporaciones han desempeñado un papel significativo en el debilitamiento del poder de la izquierda. Con todo, la pregunta de si la represión que enfrentan los trabajadores, la precariedad de las masas y el poder de los capitalistas es mayor de lo que era a finales del siglo XIX sigue siendo objeto de debate. Por aquel entonces, los trabajadores aún estaban luchando por sus derechos básicos, a menudo en contra de Estados más dispuestos a valerse de la violencia letal.10 Sin embargo, mientras que en ese periodo hubo movilizaciones masivas, huelgas generales, organizaciones laborales militantes y feministas radicales, todas ellas con éxitos reales y duraderos, la actualidad se define por su ausencia. La debilidad reciente de la izquierda no puede atribuirse sólo a una mayor represión estatal y capitalista: una evaluación honesta debe aceptar que los problemas también están dentro de la izquierda. Un problema clave es la aceptación extendida y poco crítica de lo que llamamos «forma de pensar de la política folk».

Definición de la política folk

¿Qué es la política folk? La política folk identifica una constelación de ideas e intuiciones dentro de la izquierda contemporánea que moldea las formas de organizarse, actuar y pensar la política dentro del sentido común. Es un conjunto de supuestos estratégicos que amenaza con debilitar a la izquierda, volviéndola incapaz de crecer, generar cambios duraderos o expandirse más allá de los intereses particulares. Los movimientos de izquierda influidos por la política folk no sólo tienen pocas probabilidades de ser exitosos: a decir verdad, son incapaces de transformar el capitalismo. El término mismo se deriva de dos sentidos de “folk”. En primer lugar, evoca algunas críticas a la psicología folk según las cuales nuestras concepciones intuitivas del mundo están construidas históricamente y a menudo equivocadas.11 En segundo lugar, se refiere a “folk” como la sede de la pequeña escala, lo auténtico, lo tradicional y lo natural. La idea de la política folk comprende estas dos dimensiones.

Así pues, en una primera aproximación podemos definir la política folk como un sentido común político construido de manera colectiva e histórica que se ha descoyuntado con los actuales mecanismos de poder. A medida que nuestro mundo político, económico, social y tecnológico va cambiando, las tácticas y estrategias que antes eran capaces de transformar el poder colectivo en ganancias emancipadoras han perdido su efectividad. En tanto sentido común de la izquierda actual, la política folk suele operar de manera intuitiva, poco crítica e inconsciente. Empero, el sentido común también es histórico y mutable. Cabe recordar que las formas conocidas de organización y las tácticas actuales, lejos de ser naturales o estar dadas, se han ido desarrollando con el tiempo en respuesta a problemas políticos específicos. Las peticiones, ocupaciones, huelgas, los partidos de vanguardia, grupos afines, sindicatos: todos surgieron a partir de condiciones históricas particulares.12 Sin embargo, el hecho de que algunas formas de organización y actuación hayan sido útiles en algún momento, no garantiza que conserven su relevancia. Muchas de las tácticas y estructuras organizativas que dominan la izquierda contemporánea surgieron como respuestas a la experiencia del comunismo de Estado, a los sindicatos exclusivistas y al colapso de los partidos socialdemócratas. Con todo, las ideas que tenían una razón de ser en esos momentos ya no ofrecen herramientas efectivas para la transformación política. Nuestro mundo ha cambiado, se ha vuelto más complejo que nunca, más abstracto, no lineal y global.

Contra la abstracción y la inhumanidad del capitalismo, la política folk busca acercar la política a una “escala humana” enfatizando la inmediatez temporal, espacial y conceptual. En su centro, la política folk es la intuición conductora según la cual la inmediatez es siempre mejor y a menudo más auténtica, lo cual trae como consecuencia una profunda sospecha de la abstracción y la mediación. En términos de la inmediatez temporal, la política folk contemporánea se muestra típicamente reactiva (responde a acciones iniciadas por corporaciones y gobiernos, en lugar de iniciar acciones);13 ignora los objetivos estratégicos a largo plazo en favor de las tácticas (se moviliza en torno a políticas sobre temas únicos o enfatiza el proceso);14 prefiere prácticas que suelen ser inherentemente fugaces (como las ocupaciones y las zonas autónomas temporales);15 elige lo que ya conoce del pasado rechazando lo que desconoce del futuro (por ejemplo, los sueños reiterados del retorno al «buen» capitalismo keynesiano),16 y se expresa como una predilección por lo voluntarista y espontáneo sobre lo institucional (como cuando idealiza los disturbios y la insurrección).17

En términos de la inmediatez especial, la política folk privilegia lo local como la sede de la autenticidad (como en la dieta de las 100 millas o las monedas locales);18 por lo general elige lo pequeño sobre lo grande (como en la veneración de las comunidades o negocios locales de pequeña escala);19 favorece proyectos que no puedan crecer más allá de una pequeña comunidad (por ejemplo, las asambleas generales y la democracia directa),20 y a menudo rechaza el proyecto de la hegemonía, por lo que valora el retiro o la salida, en lugar de la construcción de una amplia contrahegemonía.21 De la misma forma, la política folk prefiere que sean los propios participantes quienes lleven a cabo las acciones —en su énfasis en la acción directa, por ejemplo— y considera la toma de decisiones como algo que debe efectuar cada individuo y no un representante. La forma de pensar de la política folk ignora o suaviza los problemas de escala y extensión.

Por último, en términos de inmediatez conceptual, existe una preferencia por lo cotidiano sobre lo estructural, así como una valoración de la experiencia personal sobre el pensamiento sistemático; del sentimiento sobre el pensamiento, con un énfasis en el sufrimiento individual, o las sensaciones de entusiasmo y enojo que se experimentan durante las acciones políticas; por lo particular sobre lo universal, donde esto último se considera intrínsecamente totalitario, y por lo ético sobre lo político, como en el consumo ético o las críticas moralizantes a la avaricia de los banqueros.22 Las organizaciones y comunidades deben ser transparentes y rechazar de entrada cualquier mediación conceptual e incluso grados modestos de complejidad. Las imágenes clásicas de la emancipación universal y el cambio global se han transformado en una priorización del sufrimiento de lo particular y la autenticidad de lo local. Como resultado, cualquier proceso de construcción de una política universal es rechazado de entrada.

Así entendida, podemos detectar rastros de política folk en organizaciones y movimientos como Occupy, el 15M de España, las ocupaciones estudiantiles, los insurreccionistas comunistas de izquierda como Tiqqun y el Comité Invisible, buena parte de las formas de horizontalidad, los zapatistas y políticas contemporáneas de tintes anarquistas, así como una variedad de tendencias como el localismo político, el movimiento de la comida lenta y el consumo ético, entre muchas otras. Sin embargo, ninguna postura incluye a todas estas tendencias, lo cual nos conduce a una primera puntualización: en tanto sentido común poco crítico y a menudo inconsciente, la política folk se ve ejemplificada, en distintos grados, en posturas políticas concretas, es decir, la política folk no designa una postura explícita sino sólo una tendencia implícita. Las ideas que caracterizan esta tendencia están ampliamente dispersas en toda la izquierda contemporánea, pero algunas posturas se apegan más a ella que otras. Esto nos lleva a una segunda puntualización importante: el problema con la política folk no es que comience por lo local, pues todas las políticas comienzan así. El problema es que la forma de pensar de la política folk se conforma con permanecer en ese ámbito (e incluso lo privilegia), en pasajero, la pequeña escala, lo no mediado y lo particular. Considera que éstos son momentos suficientes y no simplemente necesarios. Por tanto, aquí no se trata sólo de rechazar la política folk. Éste es un componente necesario de cualquier proyecto político exitoso, pero sólo puede ser un punto de partida. Una tercera puntualización es que la política folk sólo constituye un problema para cierto tipo de proyectos: aquellos que buscan llegar más allá del capitalismo. La forma de pensar de la política folk puede adaptarse perfectamente bien a otros proyectos políticos: aquellos que buscan sólo la resistencia, movimientos organizados en torno a problemas locales y proyectos de pequeña escala. Si bien los movimientos políticos fundados en la necesidad de mantener abierto un hospital o evitar desalojos son admirables, son muy distintos de los movimientos que intentan desafiar al capitalismo neoliberal. La idea de que una organización, una táctica o una estrategia funciona igual de bien para cualquier tipo de lucha es la creencia más prevalente y dañina de la izquierda actual. Antes de abordar cualquier proyecto político es necesaria una reflexión estratégica —sobre los medios y los fines, los enemigos y los aliados—. Dada la naturaleza del capitalismo global; cualquier proyecto poscapitalista requerirá de un enfoque ambicioso, abstracto, mediado, complejo y global; un proyecto que los enfoques de la política folk son incapaces de ofrecer.

Al combinar estas puntualizaciones podemos decir que la política folk es necesaria, pero insuficiente para un proyecto político poscapitalista. Al enfatizar y permanecer en el ámbito de lo inmediato, la política folk carece de las herramientas para transformar el neoliberalismo en otra cosa. Si bien este tipo de política puede, sin duda, llevar a cabo intervenciones importantes en las luchas locales, nos estaríamos engañando si pensamos que éstas pueden cambiar el curso del capitalismo global. Estas luchas representan, a lo mucho, un alivio temporal contra su arremetida. El proyecto de este libro es comenzar a esbozar una alternativa, una forma de que la izquierda navegue de lo local a lo global y sintetice lo particular con lo universal. Dicha alternativa no puede ser sólo un retorno conservador a la política de la clase trabajadora del siglo pasado. En su lugar, debe combinar una forma actualizada de pensar la política (un desplazamiento de la inmediatez al análisis estructural) con un medio renovado de hacer política (que dirija la acción hacia la construcción de plataformas y la expansión de escalas).

 

Alex Williams y Nick Srnicek


Reproducimos este fragmento de Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (trad. Adriana Santoveña) con autorización de la editorial Malpaso.


1 Dave Mitchell, “Stuff White People Smash”, Rabble, 26 de junio de 2011.

2 Es revelador que la razón principal del fracaso de las negociaciones de la Ronda de Doha en la OMC sean la divisiones entre los Estados y no algún movimiento social de resistencia.

3 Astra Taylor y Keith Gessen, eds., Occupy! Scenes from Occupied America (Londres: Verso, 2011), profundiza en algunos debates internos de Occupy en torno al tema de demandas. En Marco Desiriis y Jodi Jean, “A Movement Without Demands?”, Possible Futures, 3 de enero de 2012, puede encontrarse una crítica detallada de la postura “sin demandas”.

4 Zach Schwartz-Weinstein, “Not your Academy: Occupation and the Future of Student Struggles”, en Is This What Democracy Looks Like?, eds. A. J. Bauer, Christina Beltran, Rana Jaleel y Andrew Ross, Social Text E-Book, 2012. Guy Aitchison, “Reform, Rupture or Re-Imagination: Understanding the Purpose of an Occupation”, Social Movement Studies 10, num. 4 (2011): 431-439, estudia cómo fue disminuyendo la importancia de las demandas concretas a lo largo del tiempo dentro de una ocupación estudiantil específica en el University College London en 2010.

5 La obra de Hakim Bey es quizá el ejemplo más infame de esta autosuficiencia de la protesta autónoma. Véase Hakim Bey, TAZ: The Temporary Autonomus Zone, Ontological Anarchy, Poetic Terrorism (Brroklyn: Automedia, 2011 [T.A.Z.: Zona temporalmente autónoma, trad. Guadalupe Sordo (Madrid: Talasa, 1996)]. Véase también Jeremy Gilbert, Anti-Capitalism and Culture: Radical Theory and Popular Politics  (Oxford y Nueva York: Berg, 2008), 203-209, que ofrece una crítica comprensiva a los peligros del “Imaginario activista” desde dentro del espacio del movimiento social.

6 Linda Polman, The Crisis Caravan:What’s Wrong with Humanitarian Aid? (Nueva York: Metropolitan Books, 2010).

7 Radix, Fracking Sussex: The Threath of Shale Oil & Gas”, Frack off, 2013. En realidad, la fuerza que más éxito ha tenido para detener el fracking ha sido el mercado, gracias a la reciente caída en los precios del petróleo crudo.

8 Eviction Free Zone, “Direct Action, Occupy Wall Street, and the Future of Housing Justice: An Interview with Noam Chomsky”, 2013.

9 Adam Gabatt, “Activists Buy $15m of Americans’ Personal Debt”,  Guardian, 12 de noviembre de 2013.

10 Paul Mason, Live Working or Die Fighting: How the Working Class Went Global  (Londres: Vintage, 2008).

11 Stephen Stich, From Folk Psychology to Cognitive Science: The Case Against Belief (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1983).; Patricia Churchland, Neurophilosophy: Towards a Unified Science of the Mind-Brain (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1986). Si bien buscamos

12 Véase Charles Tilly, Social Movements, 1768-2004 (Boulder, California: Paradigm, 2004), que ofrece una historia de estos “repertorios de contención” [Los movimientossociales 1768-2008: Desde sus orígenes a Facebook, trad. Ferran Esteve (Barcelona: Crítica, 2010)].

13 James Doward, Tracy McVeigh, Mark Townsend y Matthew Taylor, “March for the Alternative Sends a Noisy Message to the Government”, Guardian, 26 de marzo de 2011.

14 Liza Featherstone, Doug Henwood y Christian Parenti, “Left Anti-Intellectualismans Its Discontents”, en Confronting Capitalism: Dispatches from a Global Movement, eds. Eddie Yuen, George Katsiaficas y Daniel Burton Rose (Nueva York: Soft Skull, 2004).

15 Bey, TAZ.

16 Paul Davidson, The Keynes Solution: The Path to Global Economic Prosperity (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2009).

17 The Invisible Committe, The Coming Insurrection (Los Ánngeles, California, y Cambridge, Mass.: Semiotext(e), distribuido por MIT Press, 2009).

18 Greg Sharzer, No Local: Why Small-Scale Alternatives Wont’n Change the World (Winchester: Zero, 2012).

19 Ernst Schumacher, Small Is Beautiful. Economics as if People Mattered (Nueva York: Harper & Row, 1973) [Lo pequeño es hermoso, trad. Óscar Margenet (Madrid: Akal, 2011).

20 Taylor y Gessen, Occupy!

21 Richard J. F. Day, GRamsci Is Dead: Anarchist Currents in the Newest Social Movements (Londres: Pluto, 2005); Jon Beasley-Murray, Posthegemony: Political Theory and Latin America (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2010) [Poshegemonía: Teoría política y América Latina, trad. Fermín Rodríguez (Buenos Aires y México: Paidós, 2010).

22 Justin Healey, Ethical Consumerism (Thirroul, Australia: Spinney, 2013).