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En Más de lo que te imaginas. Cuentos perversos (Cal y arena), libro compilado por Paola Tinoco, las costumbres se corrompen y el orden habitual de las cosas se fractura. Presentamos un relato en el que un vaquero es despojado de su imagen de hombre fuerte.


Esa mañana el vaquero yacía tendido en la arenosa inmensidad del desierto. A pocos metros, el cadáver de su fiel caballo Espuelas era devorado por los buitres. Una serpiente cascabel se enrosca alrededor de su bota. En el crepúsculo declinante, todavía puede distinguir la oscura mancha de su cantimplora derramada sobre ese paisaje de cactus que se multiplican hasta el horizonte. Pasa la lengua escaldada por el polvo de los labios resecos. Empieza a recordar.

—¡Oh, no! —susurra—. ¡Mary!

La última vez que la vio, ella gritaba su nombre desesperadamente, atrapada en la grupa veloz de la yegua de Cara de Azufre. Billy no alcanza a comprender cómo esa flecha maldita pudo inmovilizar su brazo certero, dejándolo en la lamentable postura en que se halla, tan impotente entonces como ahora. También se había llevado el revólver. Un eco espeluznante resuena en el milenario silencio del desierto.

—¡Maldito seas, Cara de Azufre! ¡Juro que acabaré contigo!

El vaquero remueve, busca en las profundidades de su flemosa garganta y lanza un escupitajo duro y seco que desnuca a la serpiente. Su odio le hace recuperar una fuerza inaudita: se incorpora de un salto. Cura la herida del bíceps empleando como hilo los filamentos verdes de los cactus, y como aguja los colmillos arrancados de la boca al ofidio muerto. Tiembla la tierra y surge en medio de la arena un oasis de floridos pensiles y pajarillos cantores que abrevan en los reflejos cristalinos de los arroyuelos. A la orilla del manantial, se dibuja la silueta de Mary como una náyade providencial. Viste una túnica blanca y sus cabellos áureos se mueven sobre la superficie del agua al compás de su danza de sirena. Extiende sus brazos ondulantes y lo llama:

—¡Ven, Billy, ven!

El cascabeleo de la víbora que se aleja para sumergirse junto a una piedra rompe el espejismo. Billy, adolorido, se apoya sobre el brazo bueno y vuelve la cabeza hacia todas direcciones. Sólo vislumbra la soledad cactácea de la llanura; la carcasa de su viejo amigo Espuelas, de la que aún cuelgan trozos de carne; los pajarracos inmundos. Se restriega los ojos con el dorso lijoso de la mano. El sol crepuscular imprime en la atmósfera un sofocante efecto de ondas desdobladas. Parpadea y frunce el entrecejo para enfocar mejor. No puede creer lo que ve. Ahora, frente a él, hay tres hombres gigantes. Ninguno de ellos es Cara de Azufre. No son apaches ni cherokees ni mohicanos. Lo contemplan con ternura maternal, envueltos en penumbrosas reverberaciones naranja, recortándose contra la claridad celeste de las primeras estrellas.

Al despertar, Billy notó que su brazo había sanado. No estaba en una tienda sino dentro de una especie de amplio cilindro de aluminio refrigerado, como pudo comprobar cuando salió a la luminosidad calcinante de otro nuevo día en el desierto. Había una cama circular que seguía el trazo interior de las paredes, con almohadas y cobertores. Le habían dejado comida dentro de una nevera cuya fuente de energía era un misterio. Y había también una cocineta a gas y botellas de agua sobre un estante atornillado.

Cuando anocheció, los tres gigantes se introdujeron en el cilindro. Billy quería agradecer a esos extraños hombretones, de corazón, su gentileza. A la luz de la bombilla que colgaba del techo parecían desnudos, pues no se veía nada que cubriera sus pieles rojizas y escamosas, de donde salían unas mangueras anilladas y con antenas. Se quedó con la palabra en la boca al presenciar que sus propias ropas se esfumaban por arte de magia, y de piedra cuando lo levantaron en vilo. Sintió en el recto un dolor punzante, rítmico. Casi se ahoga con sus propias arcadas cuando le hicieron simultáneamente lo mismo por la boca.

Cada amanecer sus prendas reaparecían dobladas y limpias sobre una sillita. Las visitas no menudeaban y Billy, tembloroso, en ocasiones mejor optaba por desmayarse; hasta que cesaron, de improviso. Otra mañana, se calzó las botas. Con timidez, la mitad del cuerpo apoyado a la entrada, tanteó con la suela la rigidez familiar de los guijarros desmenuzados. Afuera, el resplandor de otra jornada candente lo deslumbró. El cilindro, lo juraría, salió disparado hacia arriba, y se diluyó entre las nubes. A unos pasos, con las riendas sujetas a una roca y un fusil en la funda de la silla, lo esperaba un brioso caballo blanco. Era tiempo de recobrar a Mary y ajustar cuentas con Cara de Azufre. Mientras atizaba con el fuete las ancas de la bestia, a todo galope, se decía que era una suerte que en el desierto nadie lo conociera. Se llevaría a la tumba su secreto. Después de todo, había salido ileso de esa aberrante aventura. Aunque sentía una sutil inflamación en el vientre, a la altura de las níveas crines desmelenadas por la fuerza del viento. Como si portara la semilla de algo indefinible, una maldición, alguna inenarrable perversidad.

 

Adrián Curiel Rivera
Doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de BogavanteEl Señor Amarillo A bocajarro, entre otros libros.

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