Me detengo en la puerta bajo las chispas de una lluvia que no quiere despedirse. Estoy parada en un pequeño charco. Toda la tarde ha caído agua. Y todo el mes. Mejor así que a secas pero, a veces, quisiera uno abrir el cielo. Y que salga el sol a las nueve de la noche, para que trabaje, porque ha estado flojeando todo el día. Ahora, bajo el paraguas con el que acompaño a Lilia hasta su coche, sigue chispeando. Así como nosotros seguimos suelta y suelta palabras como destellos. “Soy viuda, amiga, ni modo. Y tampoco voy a presumirte de nada más”. “Ya nos iremos a viajar”, le digo con voz segura y cabeza dudando.

Creo que este año no iré más allá de los volcanes, pero la quiero consolar porque las cosas la han tomado contra ella en los últimos tiempos.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Atropellamos nuestra salida, y nos atropella un hombre joven al que jala un perro. No protesto porque es común sentencia que es mejor no entrar en pleito con extraños, pero querría decirle que yo tuve un perro gris como el suyo, aunque sin cola. Y que lo quise mucho, pero que se me perdió porque fui una estúpida que lo llevaba sin correa. Todo eso, en cambio, se lo resumo a Lilia en tres palabras: “Igual al Gioco”, digo tristeando.

El muchacho sigue de frente sin mirarnos. Entre los dedos de la mano aprieta un cigarro de marihuana. Ya que la legalicen para que la regulen, pienso. Lilia pasó la tarde inhibida de fumar un tabaco para no darme guerra. Pero si el muchacho entrara a mi casa y yo le pidiera que dejara en el patio su peste a petate quedaría yo como una retrógrada fomentadora del narcotráfico del que son responsables los que prohíben. Y sería injusto, porque si yo tuviera algún poder permitiría todas las drogas. Incluidos el café, el azúcar, el chocolate y la cocaína. Sin duda el éxtasis que, dicen, es una maravilla de cuyo conocimiento no sabré nunca, porque la epilepsia prohíbe los excesos y mi dosis de tan bella palabra la produzco sin más. Cada quien, me digo. A mí la marihuana me huele horrible. Y no la necesito porque me basta con mis viajes a la luna y las drogas duras que se toman en pastillas tres veces la día.

Pienso que el aroma de la marihuana me recuerda el jardín de la Facultad de Ciencias Políticas y las bancas de atrás durante las clases de Teoría de la Comunicación con el querido profesor López Narváez. Ahí en donde lo mismo se hablaba de psicología que de novelas, filósofos y rumba. No huele tan mal.

“Ay, Mastre qué buen olfato tienes, yo no huelo a nada”, dice Lilia cuando con la nariz resumo esta digresión. Hoy Lilia me ha contado muchas cosas. Algunas repetidas, ya tenemos derecho, no puede uno contar novedades todos los días. Pero en nuestra conversación sin punta ni cabo hemos llegado a recordar canciones, y me ha dicho entre un recuerdo y otro que la canción de su juventud fue “Popotitos”, que la bailaba como nadie porque todas sus amigas tenían cuerpos de divas y admiraban a Enrique Guzmán, pero sólo ella era personaje de su canción.

Lilia es una cascada. Es un cuento de cuentos y un personaje sin sosiego que les cree a los demás y les descree a los de menos. Siempre que algo malo le pasa dice que es por su culpa. Y no sabe descansar más que en el hospital.

“Lilia, súbete al coche”, le digo. “Sí, ya, pero tú entra que no está la calle como para estar fuera”. “¿O sí?” “Sí, claro. A nosotros no nos da miedo la calle. Apenas son las nueve”.

Nos decimos adiós con la boca y adiós con la mano y otra vez adiós y adiós. La de veces que nos dieron las mil de la noche platicando en la calle. Una de tantas la llevé a su casa en Las Águilas, donde vivía con su marido el doctor Pérez Gay. Por ahí de las dos de la mañana lo vimos asomarse a la puerta apoyado en un libro gordo, escrito en alemán. “¡Liiiiliiiiaa! ¿Qué hacen afuera? ¡Entreeeen!”. Hace más de treinta años él ya pensaba que en la calle había peligros inauditos. Por eso nos regañó como si fuera el director de una academia militar.

Otra vez nos decimos adiós y adiós mientras la lluvia vuelve a crecer empujándome a entrar.

La calle se queda callada. Y ni un paso, ni un grito, ni un te quiero. Nadie. Sólo el agua y la luna que no quiso salir de entre las nubes. Nadie. Ni el miedo anda en la calle cuando cierro la puerta y la dejo a solas.

Al día siguiente viene Virginia, que cura o ensombrece con toda clase de historias. Con ella entra otra vez la lluvia. Me cuenta que su vecina la fue a ver para preguntarle con qué cara estaba lavando tantas sábanas y gastándose el agua de todo el barrio, cuando a veces no tenían con qué bañarse. ¿Cómo supo que ella estaba lavando? Porque había colgado todas sus sábanas y el viento las estaba meneando como banderas. ¿No eran blancas las de la tregua? En este caso no. El agua ahí trae guerra. La llamaron desperdiciada. No fueron a ninguna parte por la respuesta. Las subió a ver al piso de su azotea. La tiene llena de tinajas, una pegada a la otra recogiendo la lluvia que de tanto caer se ha puesto limpia. Con esa lava. Y con esa se baña todos los días. Porque al final de la fila de tinajas, su marido puso una manguera que conecta con un tubo ancho por el cual cae el agua hasta la cisterna del primer piso y de ahí pasa al calentador. Su casa tiene los cien metros de terreno mejor aprovechados que pueda imaginar mi cabeza.

“Así que yo sí tengo agua”, me dice Virginia.

“¿Por qué no das clases de recolección?”.

“No tengo nada qué enseñar. No más con que vean”, dice mientras saca de su bolsa una sombrilla cuyo bastón crece al doble. Y se va con ella entre la llovizna. La veo desde la ventana doblar la esquina y perderse en el agua. Tampoco ella le teme a la calle.

Voy caminando por la Condesa con mi’ja la cineasta. Miro las calles recién mojadas. Hay ahí un tiradero de trascabos, camiones, asfalto, arena y sin razón. Dizque están arreglando las banquetas. Yo veo que las crecen y que han dejado las calles tan angostas que si una ambulancia chilla detrás de un auto no hay cómo hacerse a un lado. Pero ¿con qué cabeza se me ocurre que van a pensar en ambulancias, si por ahí todo es juventud y gente sana? Todo es lo que yo era, cuando no sabía que lo era.

“¡Mira!”, digo, “este fue mi Superama cuando vivíamos en Cadereyta. Dejaban sacar el carrito. Un niño me lo llevaba dos calles hasta el departamento. Luego entre los dos subíamos las compras al tercer piso. Y figúrate lo que eran las cosas…”, sigo y sigo diciendo mientras miro todo de abajo arriba y voy echando pestes contra los “bolardos” que, recién puestos, ya están rotos. Luego me detengo en el puesto con flores a decirle cuánto me gusta andar con ella por esas calles.

“Mamá, por favor, fíjate en los que haces y camina más rápido. Estás en tu nube”, dice la criaturita. “¿Yo? Pero si vengo fijándome bien en los letreros de se renta y caminando a tu paso”. “Venías a mi paso porque yo venía a tu paso. Y no te apurabas, ni cuenta te has dado de que nos venía siguiendo un señor que se sacó el pene y se puso a hacer pipí mientras tú andabas con lo de las flores”. “¡Qué! ¿Mi nube?”.

Los hijos saben decir cosas que el alma se calla. Finjo que me concentro y camino menos despacio. Recuerdo que el cubo de la escalera era oscuro y angosto, pero yo no lo notaba mucho. No he vuelto a pasar por la callecita, quedó en el lado al que le falta glamour y le sobra mugre. ¿De verdad un señor se había sacado el pene (¡qué palabra tan mensa para nombrar algo tan rebuscado!) en la puerta del Superama de Michoacán? ¿Cómo es que no vi esa extravagancia? Luego por eso no encuentro los sustantivos. Sí, ando en mi nube. Qué vergüenza. “Mira, digo: se renta, hija. A ver en qué piso está y si tiene buena vista”.

“En el sexto. Ya lo renté. No te va a gustar”.

Tengo muy mala fama con eso de la vista. ¿Será que en esta ciudad a cada rato se me pierde el horizonte y por eso me empeño en buscarlo? Me he ido volviendo obsesiva. Mi departamento de Cadereyta veía a un edificio horrible, en el que nunca me fijé.

“No tiene vista, no te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”. “¿Qué piso me dijiste?”. “Sexto. No te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”.

Subimos en un elevador viejito. Por el cubo de luz entra la lluvia. Se abre la puerta. Al fondo de la estancia hay una ventana. Tras la lluvia y las azoteas está el horizonte, con las puntas de los árboles entrelazadas. “Te dije que sí me iba a gustar”.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “Acuarelas urbanas

  1. Tan cercana y sencilla. Recoge la vida de todos los días y la convierte en prodigios.
    Gracias Ángeles. Leerte siempre es un deleite.

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