Reclamaba Fernando Savater a sus musas el no haberle concedido el don aforístico. Disfrutaba enormemente de las breverías pero reconocía su torpeza en el manejo de esos dardos. Para escribir aforismos, decía, hace falta fervor por la concisión, un “saber empaquetar con elegancia la lucidez”. Pero era necesario algo más: el poder contentarse con una sola perspectiva. Ahí es donde naufragaba el afán aforístico de Savater: el filósofo podría abreviar pero no sabría cómo sacrificar el argumento; el profesor lograba la miniatura pero no la simplificación que oculta el ángulo opuesto. En la captura de la esencia, no en la brevedad, está la esencia del aforismo.

El aforismo no es un simple logro de la síntesis. Es una decantación de esencias. Bien decía Nicolás Gómez Dávila que hay dos maneras de escribir. Una es pausada y meticulosa, otra breve y elíptica. El sabio colombiano sabía de lo que hablaba. Sus Escolios son seguramente la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma. “Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es este ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica.

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Ilustración: Adrián Pérez

La otra forma, la de la brevedad implica “asir el tema en su forma más abstracta, cuando apenas nace, o cuando muere dejando un puro esquema. La idea es aquí un centro ardiente, un foco de seca luz. De ella provendrán consecuencias infinitas, pero no es aún, sino germen, y promesa en sí encerrada. Quien así escribe no toca sino las cimas de la idea, una dura punta de diamante. Entre las ideas juega el aire y se extiende el espacio. Sus relaciones son secretas, sus raíces escondidas. El pensamiento que las une y las lleva no se revela en su trabajo, sino en sus frutos, en ellas, desatadas y solas archipiélagos que afloran en un mar desconocido. Así escribe Nietzsche, así quiso la muerte que Pascal escribiese”.

Las ideas son, en el aforista, plantas de aire. Cápsulas de luz. En la sabiduría que contienen no hay ocurrencia, lo que se disipa en ellos es el argumento. La verdad adquiere forma de revelación. En el aforismo puede encontrarse el último permiso de la autoridad: una razón que se prueba al proclamarse. Una sentencia inobjetable. Pedirle explicación al aforismo es pedírsela al chiste. Es que en el argumento, el reaccionario colombiano no encontraba cortesía sino traición. Quien se explica se traiciona porque en la elaboración del argumento, en la aclaración de las palabras, en la ponderación de las afirmaciones se confiesa una intención de complacer. “Respetar al interlocutor es la traición que no perdona ni el interlocutor respetado”. La misión del aforismo no es la comunicación sino la depuración del lenguaje, la purga de la inteligencia. Ese cultivo de lo primordial era la tarea cotidiana de Gómez Dávila: “Quisiera obligarme a no dejar morir un solo día en la inconsciencia hebetada con que lo vivo. Quisiera que, en la noche, su esencia se concentrara en una gota pura de lucidez”.

Escolios a un texto implícito es el libro de Gómez Dávila que recoge unas nueve mil máximas. El título es elocuente. Escolios: notas al margen para explicar algún escrito. El texto sobreentendido es el universo, la historia humana, la existencia moral de la especie. Eso son estos aforismos: la Verdad en goteo. La parcialidad más rabiosa se expone como expresión del ser. Verdad desvestida de circunstancia. Por eso el aforismo no aclara, deslumbra. Nunca es la verdad, como alertaba Karl Kraus: a veces es media verdad; a veces, verdad y media. Tiene razón W. H. Auden al advertir el carácter aristocrático del aforismo. El aforista no rinde cuentas. Incomoda, ofende, provoca otorgándose un privilegio. Se concede el permiso de afirmar sin aportar prueba. Sus sentencias asumen superioridad frente al lector. Si el lector no entiende la sentencia, peor para el lector. Por eso un aforista democrático es un hipócrita. El colombiano no cargaba con esas culpas. Más que conservador, reaccionario; antidemocrático, antiliberal, ultracatólico, antimoderno. Pero su arcaísmo no es melancólico. Es, más bien, el de un escritor que, para pensar, pretende emanciparse del tiempo. La conversación con las esencias no es sólo un escape del presente, es horror al cambio. Lo que cambia está podrido. Lo que importa es lo inalterable. “Hay que vivir para el instante y para la eternidad. No para la deslealtad del tiempo”. Platón revive en los hielos de Gómez Dávila. El aforismo es el instrumento perfecto para negar el tránsito: nombrar lo inmutable.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

6 comentarios en “Gotas de lucidez

  1. En una ocasión llegué de malas del trabajo, y al saborear unas deliciosas habas preparadas por mi suegra q.e.p.d., como por arte de magia me puse de buenas, es increíble que un delicioso alimento preparado con amor nos ponga de buenas, leer un Artículo tan magistralmente elaborado, es parecido a saborear un rico y delicioso alimento, Se agradece mucho, alimenta las neuronas y alegra el corazón. FELICIDADES!!!!

  2. Es un exquisito artículo y disfruté mucho la lectura. Tengo algunos años disfrutando mucho de los aforistas, pero a mí me parece que afirmar que ” la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma” es un exceso. Me parece, y es una mera opinión, que las Voces de Antonio Porchia deberían sustentar ese título.
    Saludos

  3. El aforismo es lo probado, la sabiduria popular y del genio expresa en una rafaga de luz, de claridad, de entendimiento, permite centrar la idea y dar guía. Es perla del pensamiento, que delicias.
    Saludos

  4. Gotas de lucidez: un verdadero deleite. Me quedo con “verdad desvestida de circunstancia”, como el mejor aforismo acerca del aforismo.