El 2 de octubre de 1937, en un baile en su honor, en Dajabón, Rafael Leónidas Trujillo prometió remediar el problema haitiano. La policía había comenzado a remediarlo unos días antes.

La frontera entre Haití y República Dominicana había sido siempre problemática. El tratado de límites de 1874 no terminó de arreglar las cosas, el de 1929 las arregló en el papel, a falta de que una comisión recorriese el territorio. Pero el problema no era la línea, sino la población en la zona fronteriza: una región periférica, mal comunicada, con escasa presencia del Estado. La presión demográfica, la falta de tierras en Haití, junto con el auge de la industria azucarera dominicana, habían propiciado un intenso movimiento migratorio.

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Ilustración: Estelí Meza

El resultado fue una sociedad bilingüe, de cultura mezclada, transnacional, que dependía de una intensa red de intercambios cotidianos entre los dos países. O sea, una sociedad de frontera. En la que eran frecuentes los matrimonios mixtos, donde el parentesco no tenía nada que ver con la nacionalidad. La moneda haitiana circulaba normalmente en los mercados de Mao y Puerto Plata, en casi todo el Cibao, y hasta en Barahona y Azua, en el sur.

Muchos haitianos trabajaban como braceros, en las haciendas azucareras. Pero había también pequeños propietarios, comerciantes, artesanos: zapateros, hojalateros, sastres. Muchos tenían hijos nacidos en Dominicana, muchos habían vivido por generaciones sin preocuparse de papeles ni registros.

No eran años buenos, los treinta, ni en Haití ni en Dominicana. Estados Unidos se había retirado de Haití en 1934, tras veinte años de ocupación. La caída del precio internacional del azúcar, después del auge de la Gran Guerra, afectaba a toda la economía dominicana. Y a Trujillo todavía le faltaba un trecho para consolidar su control de la República —sobre todo le preocupaba el tercio noroccidental del territorio, y la frontera, donde los opositores tenían un refugio muy a mano.

La retórica de Trujillo tuvo siempre una inclinación antihaitiana, a tenor del nacionalismo dominicano. En los primeros años adoptó una serie de medidas contra los haitianos: esporádicas, inconsistentes, teatrales. Porque hacía falta el trabajo de los inmigrantes para la industria azucarera. Más de una vez intentó favorecer la inmigración de europeos, para “blanquear” el país. Sin mucho éxito. Por otra parte, era útil, políticamente, culturalmente, que siguiera habiendo esa mancha de haitianos dentro de la república.

La elite urbana de Santo Domingo se había hecho una imagen de la sociedad dominicana homogénea, cerrada, blanca y europea. Y necesitaba a Haití como contraste. Haití era la barbarie, África. En Haití se condensaban todos sus temores. Era la imagen en negativo del país. Los núcleos de población haitiana, o mezclada, eran un peligro que la imaginación hacía monstruoso: el retroceso, la degeneración, la negritud. Hay que sumar el clima de los treinta. Necesitado de controlar la frontera, y afirmar su autoridad, Trujillo ordenó a la policía, y al ejército, matar a todos los haitianos residentes en la región del Cibao. Y así comenzó la masacre, el 28 de septiembre de 1937.

El ejército, la policía, comenzaron a recorrer los pueblos para identificar a los haitianos: hombres y mujeres, ancianos, niños. Normalmente los engañaban, les decían que iban a ser deportados, y así los detenían sin mayor resistencia, y los llevaban en grupos a algún lugar aislado, donde matarlos.

Ayudaron los alcaldes pedáneos, propietarios locales, algunos vecinos. Pero era muy difícil distinguir a un haitiano de un dominicano, porque eran igualmente pobres, de tez oscura, parecidos en todo: indistinguibles. Los soldados recurrieron a un expediente muy simple: exigir que pronunciasen la palabra “perejil”. Porque los haitianos, hablantes de creole, no podían pronunciar ni la erre ni la jota. Los que no podían decir correctamente “perejil” eran asesinados.

La mayoría murieron a golpes de machete, para que fuese obvio que se trataba de un episodio de violencia popular, incontrolada. Es imposible tener cifras ni siquiera aproximadas de las víctimas de esos días, es parte de la tragedia: era una población inexistente. A partir de los registros parroquiales se puede conjeturar que  fueron al menos entre 12 y 15 mil muertos en los primeros diez días. La tradición dice que 30 mil. Los cadáveres fueron arrojados al río que hace frontera, el Río Masacre (René Philoctéte escribió un libro con ese título, donde hay algunas de las páginas más conmovedoras que conozco de la literatura del Caribe).

A veces es difícil distinguir a los enemigos. Le sucedió a Jefté: “cuando alguno de los de Ephraim que había huido decía, ¿pasaré? los de Galaad le preguntaban: ¿eres tú ephrateo? Si él respondía, No, entonces le decían: Ahora pues, di, Shiboleth. Y él decía, Siboleth; porque no podía pronunciar de aquella suerte. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Ephraim cuarenta y dos mil” (Jueces 12: 6). Así está en la Biblia.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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