La vejez anuncia la muerte. Hay millones de muertes prematuras, pero ello no invalida la primera afirmación.

Fredrik Welin es el personaje de dos novelas de Henning Mankell, el escritor sueco que puso a circular al detective Kurt Wallander. El año de su muerte (2015) publicó una continuación de Zapatos italianos (2006), titulada Botas de lluvia suecas. Welin, un médico retirado por una falla estrepitosa en el ejercicio de su profesión, vive solo en una isla que forma parte de un archipiélago y un buen día despierta porque su casa se incendia. Salva la vida pero el fuego consume, además de su hogar, todas sus pertenencias.

El personaje sirve a Mankell, condenado a muerte por cáncer, para pensar en la condición de la vejez. A los 70 años Welin no tiene nada. Los rastros de su vida anterior han sido incinerados. Alumbra alguna esperanza cuando una periodista se acerca a él para dar cuenta del incendio, e intentará —y logrará— restablecer un vínculo con su hija que vive en París. Pero está consciente que vegeta sus últimos días, que su pasado es más robusto que su escuálido futuro, y no está seguro de que la estructura que lo ha sostenido no se encuentre quebrada. “También las personas pueden tener vigas maestras que se rompen”.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Hay una edad en la que no es posible desandar el camino, mucho menos iniciar nuevos proyectos. El futuro pinta escuálido, no sólo incierto (como todo porvenir), sino inercial, insípido pero cargado de acechanzas. Se niega a mimetizarse a esos viejos cuyo resorte mejor aceitado es el de la queja, pero el horizonte no le pinta nada bien, entre otras cosas porque él aparece como sospechoso de haber prendido fuego a su propia casa.

El espejo le devuelve una imagen perturbadora. Es la constatación flagrante de que el tiempo no ha transcurrido sin dejar huella y con él ha llegado el deterioro, los quebrantos. “Evité observar mi cuerpo, que con los años me parece cada vez más repulsivo. Aquella mañana me sentí más decrépito que nunca”. Es un hombre independiente. No está enfermo ni achacoso, pero resiente la erosión anímica que produce la vida que se apaga. Siente lástima por él, pero no soporta que otros le manifiesten ese sentimiento. Sólo él tiene derecho a ser compasivo consigo mismo.

La edad hace que demasiados acontecimientos le parezcan incomprensibles. Carece del código para entenderlos y sabe que por más esfuerzo que haga son y serán asuntos fuera de su alcance. Su mundo ha dejado de existir. Vive o sobrevive en otro. Contempla cómo los deseos se apagan, prevé la humillación que acompaña a la vejez y no encuentra el combustible capaz de ofrecer sentido a sus últimos años. Las décadas se han desplomado sobre él de manera abrupta; han pasado de forma “imperceptible”, de manera “lenta”, pero contundente.

Vive una mutación espiritual. Se trata de una experiencia intransferible. Sabe que millones han pasado por ese trance, pero vive como si se tratara del primer viejo sobre la tierra. Las noches y los días lo han precedido y seguirán su curso luego de su partida. “Es un pasajero en la oscuridad”. La intensidad del pasado ha desaparecido y ahora carece de la prisa que le imprimía tensión dramática a la existencia. Escucha la sabiduría gratuita de una vieja vecina: “No hay que tomarse la vida tan en serio, porque de todos modos nadie sobrevive a ella”.

Teme al eventual deterioro físico y mental, a ser dependiente, “a que el cerebro y la memoria funcionen cada vez peor”. No sólo demasiadas cosas han desaparecido, sino que quizá en unos años tampoco su memoria las pueda resucitar. Teme a “las miserias de la vejez” que es todo lo que le queda y sabe que después de ella “no existirá nada”. El paso del tiempo es como el viento que lentamente erosiona la piedra.

Es “la fugacidad de la vida” lo que le produce malestar, ansiedad. “Una sensación de abatimiento”, una desazón sin rostro, producto quizá de “una vida equivocada”. El tiempo se convierte en una mochila que carga sobre la espalda y cada vez resulta más pesada, por lo que dormir —tranquilo— se convierte en la tierra prometida. El mundo circundante y su barullo sólo le producen desánimo; se trata de un escenario en el que “todas las personas que veía, salvo contadas excepciones, eran más jóvenes”. La vejez lo coloca al margen de la vida. Es más: “pertenecía a un grupo que se encaminaba a dejar la vida”.

“Envejecer es como caminar sobre un hielo cada vez más fino” y eso produce zozobra. Por ello no teme a la  muerte. Cuando llegue deberá significar “liberarse del miedo”. Algunas personas viven solas y las más acompañadas. Pero la muerte se “experimenta” en la más insondable soledad. “No aprendemos a morir”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

5 comentarios en “Vejez

  1. Esta artículo me hace llorar, pero es real, hay mucho desprecio de la sociedad joven y por eso uno se isla busca el desierto como soledad que es una de las hermanas más buenas que existen en esta tierra. este artículo duele pero a la vez da gusto leerlo. felicidades Sr. José WOLDENVER

  2. El animal humano, llegada esa hora, abandonaba el clan y sin rumbo fijo daba su última caminata a la montaña, desierto o playa… En soledad del los demás, en compañía de la naturaleza, moría.
    Ahora somos huérfanos de la naturaleza, de ahi la confusión y temor.

  3. Interesante y muy reflexiva esta nota de Woldenberg. En esta cada vez más personalista comunidad en que vivimos, los viejos sentimos incertidumbre por lo que viene, por lo que tenemos que reflexionar y empezar a aprender cómo pasar la última etapa…

  4. Gran acierto esta reflexión, Pepe. Aprovecho para recordarte que tienes un hermoso libro sobre tu abuelo y que es un desperdicio que no lo vuelvas a publicar. Angeles

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