Entrada de Urgencias. Hospital General Balbuena.

Llueve de manera intermitente y unas cincuenta personas esperan noticias apostadas en la banqueta. Algunas se escudan bajo sus paraguas; otras solo bajan la cabeza, resistiendo, esperando.

En un árbol del camellón de Cecilio Robelo, dentro de un altar de vidrio iluminado, un Niño Dios vestido de enfermero —el rostro cubierto con tapabocas— parece observar con ojos de vidrio la entrada del hospital en donde dos mujeres lloran, abrazadas e inconsolables.

Acaban de avisarles que el hijo de una de ellas murió. Lo acuchillaron varias veces en una calle cercana para robarle el celular. Era apenas un adolescente. Llegó con vida al hospital, hubo esperanza durante una hora.

Ahora sólo se escucha el llanto de las mujeres y la sirena de una ambulancia que se acerca.

—En esta banqueta sólo hay malas noches —dice un vendedor de sándwiches y gelatinas.

Varios hombres duermen, tendidos junto a la reja del estacionamiento: también ellos esperan noticias, pero no las tendrán hasta el amanecer. Algunos desarmaron cajas de cartón y las colocaron en el suelo mojado como esteras. Otros sólo pudieron envolverse en colchas y cobijas de algodón.

El resto de la gente mira, espera, fuma, habla en voz baja.

31-hospital

Ilustración: Patricio Betteo

Hay un ambiente de desolación acentuado por la lluvia, por la luz del alumbrado que se refleja en los charcos, y en las hojas mojadas de los árboles.

“Supervisión de Enfermería, comunicarse a Quirófano”, dice una voz de mujer por el altavoz.

El llanto de las mujeres continúa. Acaba de llegar una tía del muchacho muerto y el dolor entonces se vuelve más vivo.

Un hombre con una gorra de estambre y una chamarra de cuadros espera junto a un poste. Ha colocado en la banqueta un sillón, una sombrilla y un anuncio en que se lee: “Se cargan celulares, se guardan mochilas”. Colocó también, en un altar iluminado por las artes de un “diablito”, una imagen de la Santísima Virgen de la Escalera.

A lo largo de la calle, tras los cristales empañados de los autos, hay hombres, mujeres y niños dormidos.

—Llevan días ahí —me dice el vendedor de gelatinas.

Una señora ofrece café y chilaquiles, que sus clientes comen de pie en platos y vasos de unicel. Dos de ellos conversan en voz baja.

—Tal vez mañana —dice uno, en tono compungido.

Se aproxima el aullido brutal de una ambulancia y las rejas de Urgencias se abren para permitirle la entrada. Un taxi se detiene frente al hospital y un hombre ebrio desciende. Tiene la mano derecha metida en una bolsa de plástico que chorrea sangre. El hombre camina tambaleante hacia la puerta, el guardia lo deja pasar y se lo lleva del brazo.

Todo aquí es un misterio, salvo el dolor. Observo a alguien que espera junto a la reja con dos tenis en la mano. La imagen es desoladora bajo la luz del farol.

Una mujer revisa la publicidad pegada en el teléfono público más cercano: anota luego el número de unas “Ambulancias López” que ofrecen “traslados de urgencia”.

La madre del muchacho muerto llora y seis personas descienden del auto compacto en el que llegaron indeciblemente apretujadas. Entre ellas, un adulto mayor bastante enfermo, que aún puede caminar si se le sostiene de los brazos. Tiene la tez amarilla y los labios secos, y camina dando pasitos. El enfermo desaparece tras las puertas de Urgencias, dejando atrás las miradas de angustia de quienes lo acompañan.

—Sólo puede pasar un familiar —dice el guardia.

El tío del muchacho muerto baja de un taxi. Alcanzó a ponerse una chamarra de mezclilla y una gorra. Desde que ve a sus familiares junto a la reja se quiebra en un dolor que no se puede decir.

—Hermana, hermana… —murmura.

Ella lo abraza, se desgarra:

—Mi niño, me lo picaron, me lo mataron. ¿Qué estoy pagando?

Hay un silencio. Quienes esperan bajan la cara, cercanos, ajenos, y como avergonzados.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

 

8 comentarios en “02:00
Hospital Balbuena

  1. Una historia como tantas otras, donde el dolor de la muerte de un hijo esposo a un padre, mata sigilosamente a los familiares, víctimas de la inseguridad del País, y no queda más que aguantar,la injusticia en silencio, para la autoridad es un número más en la Estadística .Por otro lado las condiciones inhumanas que viven dentro y fuera de los hospitales , algo que al gobierno , solo es un tema de publicidad, La SALUD , un privilegio de ricos. Una historia que eriza la piel, demostrarnos que aún las letras nos transmiten sentimientos.

  2. Extraordinario Héctor !!!
    Retrata lo que efectivamente ocurre en aquellos santuarios de dolor
    Pero además combina con el ejemplo del apuñalado lo que vive nuestra sociedad, sé que el comentario iba en ese sentido
    Ojalá se pudiera retratar la insensibilidad de muchos cuidadores de la salud
    Salas de espera donde en ocasiones días sin saber noticias del que está dentro, verdadera agonía

  3. No sólo afuera se viven esas historias de angustia. Pasando la puerta de urgencias los que ahí laboran , también la pasan mal con el desabasto, falta de personal y el número creciente de pacientes demandando la atención.

  4. Un clásico ejemplo de lo que se vive a diario, solo cambian los nombres y las caras, y faltaría por narrar lo que pasa en el interior con los servicios públicos de salud, que tristemente merecen miles de crónicas negativas por el alto grado de insensibilidad e irresponsabilidad, hoy me encontré con una de ellas en el Hospital de Ginecología del CM La Raza, en la fachada se muestra un gran anuncio de la Semana de la Lactancia y hasta con vídeos lo pasan en las TVs del mismo, pero cual sería mi sorpresa que a las madres de lis recién nacidos les niegan amamantar a sus hijos desde el primer día, dándoles un vaso para q se las den o de plano con leche de fórmula, algo desagradable y desafortunado para todos, sin que padres y familiares puedan inconformarse por la represalia a recibir aún todavía una peor atención y riesgo para los bebés, alguien tiene que hacer algo al respecto, Hector tal vez a través de ti muchas madres te lo agradecerán para toda la vida !!!

  5. Todos los Centros de SALUD??? Son iguales¡ Es lógico que uno lleve bolsa o mochila (se lleva monedero, papel lapiz, celular)y pretenden que uno no entre con ellos¡ Solo 1 familiar (en ese momento en que alguien adicional esté con uno es básico¡) Y cuando no se tiene vehículo (como sucede en el 90%) se está afuera, en la calle como se mencionó: la lluvia, el sol intenso (ya uno está angustiado, preocupado y todavía soportar las inclemencias del tiempo¡) Nunca me he explicado como son tan irracionales y no designan un área para los familiares, generalmente los patios de estos lugares son muy grandes, bueno pues allí, acondicionar para la gente que espera, sobre todo en urgencias¡

  6. Estoy en la sala de atención de urgencias del Hospital Fernando Quiroz, asistiendo a una enfermera quien atiende a mi mujer, después de esperar poco más de una hora para que la atiendan. No nos decimos nada, pero nos sentimos desafortunados por su lesión. A medio metro de nosotros, en medio de esa pequeña sala apretujada -lugar donde la privacidad no existe- y donde hay por lo menos otros 5 pacientes, hay una anciana que sufre, devuelve el estómago y varios enfermeros la cambian presurosos ante la mirada de una señora madura que aparenta ser su hija. Se parecen.

    Me entero que tiene 94 años y tiene la presión tan alta que hay una gran probabilidad de que esté sufriendo daño cerebral. Intentan colocar una sonda por la nariz y la anciana se queja del dolor y sangra. He presenciado algunos eventos fuertes y sangrientos en mi vida, creo que hoy hay algo distinto. Los gritos de dolor y el denso calor que envuelve el aroma del coctel químico de las salas de urgencias hacen que pierda las fuerzas y empiece a marearme. Después de buscar aire fresco y beber el yogurth de una oficial de seguridad vuelvo y terminan de atender a mi mujer rápidamente.

    Mientras esperamos que el médico nos llene documentos en el pasillo escucho murmurar a un grupo de personas (todos entre 50 y 60 años), entre ellos la primera mujer que acompañaba a la anciana. Conversan con dos médicos.

    — Ya no queremos que sufra — dijo que la mujer.

    De pronto, todo fue murmullos.

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