Ahora que, en mis años de bella decadencia, he dejado de encarnar en un ser humano para convertirme en un ser humeano, intento aproximarme lo más posible a las nociones de conocimiento, sociedad y justicia de David Hume. Él era un ser amable y tolerante e incluso logró fraguar amistad con el hombre que no inventó nada nuevo, pero lo incendió todo (Rousseau). Yo, en honor a mi continua desgracia, tengo amigos no tan brillantes como Rousseau, pero sí tan intratables, quisquillosos e insoportables como él. Para David Hume el hombre es menos egoísta que parcial, y si quiere evitar la violencia y la contradicción moral debe cultivar la conversación y extender la simpatía hacia los extraños. Buena parte de la filosofía de John Dewey, Hans-Georg Gadamer, Gilles Deleuze, W.V. Quine o Richard Rorty tiene sus fundamentos en la prudencia empírica de Hume. A menudo le espeto a la pobre gente que tiene la mala suerte de escucharme: “No me importa lo que pienses, sino lo que haces”; sus ideas y acciones pueden contradecirse, como sucede con algunos conocidos míos que se consideran filósofos morales y, sin embargo, predican estrictas normas de comportamiento precisamente porque los vicios que desean combatir representan la mayor piedra dentro de sus zapatos. En otras palabras, cojean de su pie moral. ¿O ustedes le creen a alguien que predica la fidelidad matrimonial como un principio inquebrantable? Por fortuna existe la risa y la ironía.

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Ilustración: Daniela Martín del Campo

La justicia no es una divinidad o un concepto abstracto, sino que se construye por necesidad; y si entramos a formar parte de una sociedad no es porque tengamos derechos universales (¿qué es eso?), sino que lo hacemos precisamente porque no tenemos derechos y dicha sociedad los compartirá con nosotros para cobijarnos. Todo lo anterior es pura disertación humeana, y yo sólo me he dedicado a seguir las huellas de un pensador alerta y nada escandaloso en sus juicios y certidumbres. Estoy cansado de buscar la originalidad imposible y de tratar de escribir con una gracia y humor de los que carezco. Las reglas sociales tienen que ser inteligentes y estrictas para que de ese modo podamos olvidarnos de los demás. Si cumplimos esas reglas nuestro miedo por el extraño se atenúa y, de forma significativa, el ser humano (esa mancha indeleble) desaparecerá de nuestro horizonte. Nos organizamos con el fin de desaparecer; no veo mejor razón que ésa para comportarse en sociedad. “Los hombres no pueden cambiar su naturaleza, pero pueden cambiar su situación”, escribió Hume. Y para cambiar tal situación se requiere artificio (no verdad), invención, imaginación, propiedad (para amenguar la avidez) y extensión de la simpatía. Envidio en David Hume su mesura e inclinación a la frugalidad, y también me congratulo con el hecho de que este hombre, nacido en Edimburgo, se decantara por una moral “positiva” y en apariencia poco revolucionaria; tuvo que haber sido feliz y ello es un motivo para admirar a un filósofo cuyo estilo es más elocuente y bello que el de muchos escritores de ficción. Cualquier persona, por más bruta o inteligente que sea, puede leerlo con provecho.

Es verdad, tengo la impresión de que Hume tuvo que haber sido feliz. Mi admiración es aún mayor en cuanto a que he leído con devoción a demasiados escritores torturados y tirados a la desgracia (a Remy de Gourmont el lupus lo deformó y destruyó al grado de transformar su vida en una amarga penitencia; Blaise Cendrars perdió medio brazo en la Primera Guerra Mundial; a Paul Feyerabend le acertaron dos balazos y tuvo que andar con bastón y arrastrar los pies la mitad de su vida; Otto Weininger —a quien los despistados acusan de misógino— se suicidó a los 23 años; y qué decir de Dostoievski, John Fante, Cesare Pavese o Alberto Caraco, sólo por nombrar a unos pocos que aparecen de pronto en mi memoria). En fin, varios siglos después de que Hume escribiera su gran obra y nos despertara del letargo racional y metafísico (Descartes y los medievales) de su tiempo, alabo y me complazco por la certidumbre filosófica y la tranquilidad meditativa del escocés que nos convirtió (a algunos) en seres humeanos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.