En 1791, a los dieciséis años de su edad y para divertir a su familia, Jane Austen escribió las páginas que siguen. El facsimilar fue conservado por la British Library años después de la muerte de Jane Austen en 1817, pero no se publicó sino hasta 1993, anticipando el reciente boom de Jane Austen por las adaptaciones cinematográficas de varias de sus novelas. El texto de Jane Austen parodia los cuatro tomos de la Historia de Inglaterra de Goldsmith que, como todos los niños ingleses de su tiempo, la novelista debió soplarse obligatoriamente. Ofrezco la traducción de esas páginas. 


La historia de Inglaterra
Desde el reinado de Enrique IV
a la muerte de Carlos I
Por un historiador parcial, prejuiciado e ignorante
N.B.  En esta Historia habrá muy pocas fechas

ENRIQUE IV

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Enrique IV ascendió al trono de Inglaterra muy satisfecho en el año 1399, luego de conseguir que su primo y predecesor Ricardo II renunciara a él, y se retirara por el resto de su vida al Castillo Pomfret, donde ocurrió que lo asesinaron. Es de suponerse que Enrique estaba casado, puesto que en efecto tuvo cuatro hijos, pero no está en mi poder informarle al lector quién era su esposa. Como sea, él no vivió para siempre sino que, al enfermarse, vino su hijo el Príncipe de Gales y le quitó la corona; acto seguido el Rey hizo un largo discurso, para el cual debo referir al lector a las obras de Shakespeare, y el Príncipe hizo un discurso todavía más largo. Una vez asuntadas las cosas entre ellos, el Rey murió, y fue sucedido por su hijo Enrique quien con anterioridad había golpeado a Sir William Gascoigne.

ENRIQUE V

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Luego de acceder al trono el Príncipe se volvió muy bien portado y amable, se deshizo de todas sus malas compañías y no volvió a pegarle a Sir William. Durante su reinado quemaron vivo a Lord Cobham, pero ya se me olvidó para qué. Los pensamientos de Su Majestad se dirigieron entonces a Francia, donde fue y peleó la famosa batalla de Agincourt. Después se casó con la hija del rey Catherine, una mujer muy agradable según el registro de Shakespeare. A pesar de todo esto, sin embargo, él murió, y fue sucedido por su hijo Enrique.

ENRIQUE VI

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No puedo decir mucho sobre la sensatez de este monarca. Y aunque pudiera no lo haría, porque era un lancasteriano. Supongo que ustedes ya saben todo sobre las guerras entre él y el Duque de York que estaba del lado bueno; si no es así, mejor lean otra Historia, porque no seré muy prolija al respecto, pues sólo lanzaría mi Spleen contra, y mostraría mi Odio hacia toda esa gente cuyos partidos o principios no cuadran con los míos, y no ofrecería ninguna información. Este Rey se casó con Margarita de Anjou, una mujer cuyas aflicciones e infortunios fueron tan grandes como para hacer que yo, que la odio, casi la compadezca. Fue durante este reinado que Juana de Arco vivió y creó tanto alboroto entre los ingleses. No debieron quemarla, pero la quemaron. Hubo numerosas batallas entre los yorkistas y los lancasterianos, en las que los primeros (cual debía ser) ganaron por lo general. A la larga fueron derrotados por completo; el Rey fue asesinado, la Reina fue enviada a su casa, y Eduardo IV ascendió al trono.

EDUARDO IV

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Este monaca fue famoso sólo por su belleza y su valentía, de las cuales son prueba suficiente el retrato que damos aquí de él y su denodado esfuerzo por casarse con una mujer mientras estaba comprometido con otra. Su esposa era Isabel Woodville, una viuda que, ¡pobre mujer!, después fue confinada en un convento por ese Monstruo de Avaricia e Iniquidad que fue Enrique VII. Una de las queridas de Edward fue Jane Shore, quien cuenta con una obra escrita sobre ella, pero es una tragedia y por tanto no vale la pena leerla. Habiendo ejecutado todas estas nobles acciones, su Majestad murió y fue sucedido por su hijo.

EDUARDO V

Este infortunado Príncipe vivió tan poco que nadie tuvo tiempo de hacerle su retrato. Fue asesinado por un plan de su tío, cuyo nombre era Ricardo III.

RICARDO III

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Por lo general los historiadores han tratado con mucha severidad el carácter de este Príncipe, pero como era un York, más bien me inclino a suponer que era un hombre muy respetable. De hecho se ha afirmado con mucha seguridad que él mató a sus dos sobrinos y a su esposa, pero también se ha declarado que no mató a sus dos sobrinos, lo cual me inclino a creer como cierto; y si tal es el caso, puede afirmarse también que no mató a su esposa, puesto que si Perkin Warbeck era realmente el Duque de York, por qué no podría Lambert Simnel ser la viuda de Ricardo. Ya fuera inocente o culpable, no reinó en paz por mucho tiempo, porque Enrique Tudor Conde de Richmond, grandísimo villano si alguno hubo, armó un gran escándalo para obtener la corona y luego de matar al Rey en la batalla de Bosworth, lo sucedió en el trono.

ENRIQUE VII

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En cuanto accedió al trono este monarca se casó con la princesa Isabel de York, por cuya alianza demostró llanamente que consideraba su propio derecho inferior al de ella, aunque pretendiera lo contrario. De este matrimonio tuvo dos hijos y dos hijas, la mayor de cuyas hijas se casó con el Rey de Escocia y tuvo la felicidad de ser abuela de uno de los primeros Personajes en el Mundo. Pero de ella, tendré ocasión de hablar más extensamente en el futuro. La más joven, María, se casó primero con el rey de Francia y luego con el Duque de Suffolk, de quien tuvo una hija, después la madre de Lady Jane Grey, quien aunque inferior a su adorable prima la Reina de Escocia fue sin embargo una mujer amable y famosa por leer en griego mientras otros estaban de caza. Fue durante el reinado de Enrique VII que hicieron su primera aparición los antes mencionados Perkin Warbeck y Lambert Simnel, el primero de los cuales fue puesto en un cepo, se refugió en la abadía de Beaulieu y fue decapitado junto con el conde de Warwick, y el segundo fue llevado a la cocina del Rey. Su Majestad murió y fue sucedido por su hijo Enrique cuyo único mérito fue no ser tan  malo como su hija Isabel.

ENRIQUE VIII

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Sería una afrenta para mis lectores suponer que no están ya tan familiarizados como yo con el reinado de este monarca. Por tanto les ahorraré la tarea de leer de nuevo lo que ya han leído antes, y me ahorraré yo misma el problema de escribir sobre algo que no recuerdo muy bien, dando sólo un ligero esbozo de los principales eventos que marcaron su reinado. Entre ellos puede destacarse al cardenal Wolsey diciéndole al padre Abbott de la Abadía de Leicester que “había venido para esparcir sus huesos entre ellos”, la reforma religiosa, y los paseos del rey por las calles de Londres con Ana Bolena. Sin embargo es un acto de justicia, y es mi deber declarar que esta amable mujer fue del todo inocente de los crímenes de los que se le acusaba, de lo cual fueron prueba suficiente su belleza, su elegancia y su vivacidad, para no mencionar sus juramentos solemnes de inocencia, la debilidad de los cargos contra ella y el carácter del Rey; todo lo cual añade una confirmación, aunque quizá ligera si se compara con las anteriores alegadas en su favor. Aunque me propongo no dar muchas fechas, sin embargo considero apropiado ofrecer algunas y escogeré por supuesto las que el lector más necesite conocer; creo que es adecuado informarle que la carta al Rey estaba fechada el 6 de mayo. Los crímenes y crueldades de este Rey fueron muy numerosos para mencionarlos (como confío que esta historia lo ha mostrado a profundidad), y nada puede decirse en su defensa, sino que su abolición de las casas religiosas y el abandonarlas a la ruina depredadora del tiempo le ha sido de una utilidad infinita al paisaje de Inglaterra en general, lo cual probablemente fue uno de sus motivos principales para hacerlo, ya que de otro modo por qué un hombre que no tenía religión se tomaría tanto trabajo en abolir una que durante décadas se había establecido en el reino. La quinta esposa de su Majestad fue la sobrina del duque de Norfolk, y de quien, aunque universalmente absuelta de los crímenes por los cuales la decapitaron, muchos suponen que llevó una vida disipada antes de su matrimonio —sobre esto, sin embargo, tengo muchas dudas, ya que tenía parentesco con aquel noble duque de Norfolk quien defendió con tanto ardor la causa de la reina de Escocia, y que al final fue víctima de eso. La última esposa del Rey planeaba sobrevivirlo, pero lo llevó a cabo con dificultad. A él lo sucedió su único hijo, Eduardo.

EDUARDO VI

Como este Príncipe tenía tan sólo nueve años de edad cuando murió su padre, mucha gente lo consideraba demasiado joven para gobernar, y como el rey finado tenía casualmente la misma opinión, durante su minoría de edad el hermano de su madre el Duque de Somerset fue elegido protector del reino. En general este hombre era un personaje muy amable, y de algún modo es uno de mis favoritos, aunque de ninguna manera pretendo afirmar que puede igualarse a aquellos primerísimos hombres: Robert Conde de Essex, Delamare, o Gilpin. Fue decapitado, de lo cual y con razón pudo estar orgulloso, de haber sabido que esa sería la muerte de María Reina de Escocia; pero como era imposible que él fuera consciente de algo que aún no había ocurrido, no parece que lo deleitara mucho la manera en que murió. Luego de su deceso el Duque de Northumberland se encargó del rey y del reino, y respondió tan bien a la confianza de ambos que el rey murió y el reino fue a manos de su nuera, Lady Juana Grey, a quien ya se mencionó como lectora de griego. Si de veras entendía esa lengua o si tal estudio provenía tan sólo de un exceso de vanidad por el cual a mi parecer siempre se distinguió, no se sabe. Cualquiera que sea la causa, ella mantuvo la misma apariencia de conocimiento y desprecio por aquello que en general se consideraba placer, durante toda su vida, ya que declaró su disgusto de ser nombrada reina, y rumbo al patíbulo escribió una sentencia en latín y otra en griego al ver el cuerpo muerto de su esposo que accidentalmente pasaba por ahí.

MARIA

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Esta mujer tuvo la buena suerte de ascender al trono de Inglaterra, a pesar de la superioridad en aspiraciones, mérito y belleza de sus primas María Reina de Escocia y Juana Grey. Tampoco puedo sentir pena por el reino a causa de los infortunios que conocieron durante su reinado, ya que se los merecían por completo al haber permitido que ella sucediera al hermano —lo cual fue una locura doble, puesto que debieron predecir que como ella moría sin hijos, la sucedería aquella desgracia para la humanidad, aquella peste de la sociedad, Isabel. Mucha fue la gente que murió mártir de la religión protestante en su reinado; supongo que no menos de una docena. Se casó con Felipe rey de España quien durante el reinado de su hermana se hizo famoso por construir Armadas. Murió sin progenie, y entonces vino el espantoso momento en el cual la destructora de todo alivio, la engañosa traidora logró su confianza, y la asesina de su prima ascendió al trono.

ISABEL

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Una desgracia peculiar de esta señora fue el hecho de tener malos ministros —aunque pérfida como era, no pudo haber cometido tantos y tan extendidos males de no ser porque estos hombres viles y viciados fueron cómplices y alentadores de sus crímenes. Sé que mucha gente ha afirmado y creído que Lord Burleigh, Sir Francis Walsingham y el resto de aquellos que ocuparon las principales oficinas del Estado eran ministros merecedores, experimentados y capaces. ¡Oh!, pero qué ciegos deben ser tales autores y lectores ante el mérito verdadero, frente al mérito despreciado, desatendido, difamado, si pueden persistir en tales opiniones luego de reflexionar en que estos hombres, estos vanidosos hombres fueron tal escándalo para su país y sexo como para permitir y ayudar a que la reina confinara, por el espacio de diecinueve años, a una mujer que, si de nada sirvieran los llamados al parentesco y al mérito, aún así como reina y como alguien que condescendió a confiar en ella tenía todos los motivos para esperar ayuda y protección; y a fin de cuentas tales hombres le permitieron a Isabel que le deparara a esta amable mujer una muerte intempestiva, inmerecida, escandalosa. ¿Puede cualquiera que reflexione mínimamente sobre esta mancha, sobre esta eterna mancha que ensucia el entendimiento y el carácter de Lord Burleigh o Sir Francis Walsingham, permitirse algún elogio hacia cualquiera de ellos? ¡Oh! ¡Qué no debió sentir esta princesa infortunada cuyo único amigo era entonces el duque de Norfolk, y cuyos únicos amigos somos ahora el señor Whitaker, la señora Lefroy, la señora Knight y yo misma; esta princesa abandonada por su hijo, confinada por su prima, escarnecida y difamada por todos; cuánto debió sufrir su noble cabeza cuando le informaron que Isabel había ordenado su muerte! Pero ella lo soportó con fortaleza inamovible, firme en sus pensamientos, constante en su religión, y se dispuso al encuentro con el destino cruel al que estaba condenada con una magnanimidad que sólo podría provenir de la conciencia de ser inocente. Y aún así, ¿podrías creer tú, lector, que fuera posible que algunos protestantes rígidos y celosos incluso la ultrajaran por mostrar su firmeza en la religión católica, cosa que habla tan bien de ella? Pero esta es una prueba rotunda de la estrechez de alma y los razonamientos prejuiciosos de quienes la acusaron. Fue ejecutada en el Gran Salón del castillo de Fotheringay (¡sagrado lugar!) el miércoles ocho de febrero –1585— para el oprobio eterno de Isabel, sus ministros, y de Inglaterra en general. Quizá no sea del todo innecesario, antes de concluir mi registro de esta desafortunada reina, observar que la habían acusado de varios crímenes durante su reinado en Escocia, sobre lo cual le aseguro seriamente a mi lector que ella era inocente por completo; nunca fue culpable sino de algunas imprudencias a que la llevaban su corazón abierto, su juventud y su educación. Habiendo disipado así cualquier sospecha y duda que pudiera haber en la mente del lector, a partir de lo que otros historiadores han escrito sobre ella, pasaré a mencionar los eventos restantes que marcaron el reinado de Isabel. Fue por esta época cuando vivió Sir Francis Drake, el primer navegante inglés que viajó alrededor del mundo para ser la honra de este país y de su profesión. No obstante, grande como él fue, y celebrado con justicia como Marino, no puedo sino predecir que en este siglo o en el siguiente será igualado por alguien1 que, aunque joven todavía, ya promete responder a todas las expectativas ardientes e impetuosas de sus parientes y amigos, entre los cuales puedo incluir a la amable dama a quien esta obra está dedicada,2 y a mi no menos amable Yo.

Aunque de profesión distinta, y brillando en una esfera distinta de la vida, pero igualmente destacado en el papel de Conde, como Drake lo fue en el de Marino, encontramos a Robert Devereux Lord Essex. El carácter de este joven desafortunado no difería mucho de aquel igualmente desafortunado Frederic Delamere. El símil puede llevarse más lejos, para comparar a Isabel, el tormento de Essex, con la Emelina de Delamere. Sería interminable el recuento de los infortunios de este conde noble y galante. Basta decir que fue decapitado el 25 de febrero, después de ser Señor Lugarteniente de Irlanda, después de blandir su espada y haberle hecho muchos otros servicios a su país. Isabel no sobrevivió mucho a su pérdida, y murió tan miserablemente que no sería una afrenta a la memoria de María el condolerme de ella.

JACOBO I

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Aunque este rey tuvo algunas faltas, entre las cuales y la principal fue permitir la muerte de su madre, si lo considero en general no puedo evitar que me guste. Se casó con Ana de Dinamarca, y tuvo muchos hijos; por suerte para él su hijo mayor el príncipe Enrique murió antes que su padre puesto que pudo sufrir los males que cayeron sobre su desafortunado hermano.

Como yo misma soy parcial hacia la religión católica romana, es con pena infinita que me veo obligada a condenar la conducta de cualquier miembro de ella; y aunque creo que la Verdad es algo muy disculpable en un historiador, debo decir que en este reino los católicos romanos no se portaron como caballeros con los protestantes. De hecho la familia real y ambas casas del parlamento podrían con justicia considerar su conducta hacia ellas como muy incivil, e incluso Sir Henry Percy, aunque ciertamente era el hombre mejor educado del partido, no tenía nada de esa cortesía general que resulta tan agradable para todos, ya que sus atenciones se confinaron por entero a Lord Mounteagle.

Sir Walter Raleigh floreció en este reino y en el precedente, y muchas personas le tienen gran veneración y respeto —pero como era un enemigo del noble Essex, y no tengo nada que decir en su elogio, debo referir a todos aquellos que quieran saber sobre las particularidades de su vida a la comedia The Critic de Mr Sheridan, donde encontrarán muchas anécdotas interesantes tanto de él como de su amigo Sir Christopher Hatton. La amable disposición del rey lo hacía proclive a la amistad, y en tales aspectos tenía una mayor agudeza para encontrar méritos que otras personas. Los favoritos de su majestad fueron Car, después nombrado conde de Somerset, y George Villiers, luego Duque de Buckingham. A la muerte de su majestad, subió al trono su hijo Carlos.

CARLOS I

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Este amable monarca pareció nacido para sufrir desgracias iguales a las de su encantadora abuela; infortunios que no se merecía puesto que era su descendiente. Nunca, con certeza, hubo a un mismo tiempo en Inglaterra tantos personajes detestables como en este periodo de la Historia; nunca escacearon tanto los hombres amables. El número de ellos a lo largo de todo el reino cuenta sólo hasta cinco, además de los habitantes de Oxford que siempre fueron leales al rey y fieles a sus intereses. Los nombres de estos cinco nobles que nunca olvidaron el deber del súbdito, ni se desviaron un momento de su adhesión al rey, fueron los siguientes: El mismo rey, siempre firme para acudir en su propia ayuda; el arzobispo Laud, el conde de Strafford, el vizconde Faulkland y el duque de Ormond, quienes no eran menos tenaces y celosos de la causa que el rey. Por el contrario, los villanos de aquel tiempo darían una lista muy larga de escribir o leer; me conformaré por tanto con mencionar a los líderes de la pandilla. Cromwell, Fairfax, Hampden y Pym pueden considerarse como los causantes originales de todos los disturbios, penurias y guerras civiles en los que Inglaterra se vio envuelta por muchos años. En este reinado, lo mismo que en el de Isabel, a pesar de mi adhesión a los escoceses me veo obligado a considerarlos igualmente culpables junto con los ingleses en general, ya que se atrevieron a pensar de un modo distinto al de sus soberanos, olvidaron la adoración que, como Estuardos, era su deber rendirles; se rebelaron contra, destronaron y encarcelaron a la infortunada María; se opusieron, engañaron y vendieron al no menos infortunado Carlos. Los eventos del reinado de este monarca son demasiado numerosos para mi pluma, y de hecho la relación de los eventos (excepto la que hago yo mismo) no me interesa; siendo mi motivo principal para ocuparme de la Historia de Inglaterra probar la inocencia de la reina de Escocia, lo cual me complazco de haber hecho con eficacia, e injuriar a Isabel, aunque estoy más bien temeroso de haberme quedado corto en la parte final de mi proyecto. Como, por tanto, no es mi intención dar ningún registro particular de las congojas en las que el rey se vio envuelto por la mala conducta y la crueldad de su parlamento, me conformaré con vindicarlo de la acusación que se le hace de haber gobernado en la arbitrariedad y la tiranía. Esto, siento, no es difícil de hacer, porque estoy seguro de que basta un argumento para dejar satisfechos a todas las personas sensatas y bien preparadas cuyas opiniones provienen de una buena educación. Y este argumento es que él era un ESTUARDO.

Finis                                Sábado Nov: 26, 1791

 

Jane Austen
Escritora inglesa. Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Lady Susan, entre otros libros.


1 Jane Austen se refiere a su hermano Francis, que a los diecisiete años se había hecho marino.

2 Jane Austen se refiere a su hermana Casandra, que ilustró su Historia de Inglaterra.