Londres, diciembre de 2056. 

John se despertó agobiado. Esa noche tenía la cena de Navidad con su familia y se le había olvidado comprar un regalo.

Se levantó de la cama mientras los cristales opacos de su habitación se tornaban translúcidos. Eran las 6 de la mañana y hacía un sol radiante. Eligió su desayuno y se puso a preparar el café.

¿Qué se le regalaba a una bisabuela? Sólo él tenía tanta mala suerte como para que le tocase en el sorteo de amigo invisible la única persona a la que no sabía qué regalarle.

Mientras sorbía el café ojeaba regalos para imprimir. No se le ocurría nada. Además a su bisabuela no le gustaban el tipo de regalos que se podían hacer en casa. Era de otra generación. ¿Qué le podría gustar?

Los huevos revueltos con tocino ya estaban listos y John todavía no había encontrado nada. Desayunó y decidió seguir pensando después de trabajar.

Mientras se dirigía al centro de su barrio para dar una clase, seguía dándole vueltas al regalo. Por la calle había varios carteles anunciando un nuevo debate horario. Seguro que en la cena de esa noche su familia no hablaría de otra cosa.

Su bisabuela pertenecía a esa generación que creció sin energías renovables. Era de esas personas que tuvo que vivir entre humo y polución, pagando mensualmente por una energía primitiva y dañina. Por lo tanto, todavía conservaba la anticuada costumbre de dar paseos en bicicleta los fines de semana. ¡Ya está! ¡Le podría regalar una bici! Era un regalo perfecto.

Llegó al centro, impartió la clase que le tocaba y volvió a casa corriendo para comer e imprimir el regalo.

Encontró varios modelos que le gustaban, pero tendría que imprimirlo pieza por pieza y John no tenía la paciencia como para montar una bicicleta en su casa. De hecho, ni siquiera le daría tiempo. La cena era demasiado temprano, a las 6 de la tarde. Como sus tíos vivían lejos, siempre pedían quedar pronto para poder volver a casa antes de las tormentas de las 10. John odiaba tener que cenar tan pronto. ¿Por qué no se quedaban a dormir? Eso es lo que hacía la mayoría de la gente.

Se paró a pensar en la cena: probablemente habría una discusión. En algún momento alguien sacaría el debate horario y su tío empezaría a hablar de ampliar las horas de sol; que si las tormentas eran absurdas, que si la energía eólica era una risa, que si lo único que hacen es limitarnos. Pero entonces su otra tía le recriminaría que él es accionista de la energía solar y que más horas de sol eran una locura y que suficiente habían hecho con eliminar la noche y que las seis horas de tormenta al día eran la única oscuridad que teníamos y sería estúpido reducirlas.

A John le daba igual. Él solo tenía 26 años y nunca había conocido la noche. Por lo que le habían contado, tampoco le llamaba mucho la atención. De pequeño tenía una luna de peluche y las ventanas de su casa estaban programadas para simular una noche del siglo XVIII, antes de que existiese la luz eléctrica.

Pero por algún motivo, a sus tíos y sus padres ese tema los volvía muy violentos.

Volvió a pensar en el regalo de su bisabuela y de pronto tuvo una idea: todavía no se había gastado el dinero que tenía para ese mes, podría comprar la bici entera y olvidarse del lío de montarla.

Agarró el Metro a una de las antiguas tiendas que había en el centro de la ciudad, eligió una bicicleta y encargó que la entregasen a casa de su bisabuela, justo durante la cena. Así sería mayor la sorpresa.

Mientras volvía a casa, John sonreía con satisfacción: misión cumplida. En cuanto llegase se ducharía y cambiaría de ropa; durante la tarde la temperatura subía de los 25 grados y hacía que Londres pareciese una sauna. Según su bisabuela antes solía hacer muchísimo frío, pero John era incapaz de imaginárselo.

La cena fue tal y como había imaginado. Se produjo una acalorada discusión entre sus tíos, reprochándose sus puntos de vista. Al fin y al cabo, Alguien es claramente culpable de todo lo que está pasando, Sí pero quizá no deberías quejarte, Bueno nadie me preguntó mi opinión en el momento, Pero al menos te libraste del Reajuste Horario gracias a tu familia y deberías estar más agradecida, Eso ya lo decidiré yo, Siempre has sido una desagradecida, Estaría bien preguntarle a los millones ¿eh? millones de personas que no pudieron decidir, Era lo mejor para todos y lo sabes; y así durante más de una hora.

La llegada del regalo de John aplacó la pelea y consiguió aliviar un poco de tensión. A su bisabuela le encantó la bicicleta y su madre le felicitó; era un regalo fantástico. Se intercambiaron los demás los suyos y hacia las 9, después de una larga ronda de despedidas, John caminaba de vuelta a su casa.

Mientras cruzaba las calles residenciales del oeste de Londres, John no podía evitar pensar en el Reajuste Horario. Le parecía una era increíble, casi imposible de imaginar a pesar de que sólo habían pasado unas décadas; no mucho antes de nacer él. Le costaba imaginar las calles llenas, las tiendas por todas partes, gente con empleos, autobuses de gasolina, el gas, los salarios, la inmigración, tecnología retrógrada, los cines, ¡una Gran Bretaña de decenas de millones de habitantes!

A su paso, las casas victorianas vacías y congeladas en el tiempo le contemplaban en silencio. A pesar de estar inhabitadas se conservaban en perfectas condiciones, esperando pacientemente a unos nuevos inquilinos que quizá tardarían años en llegar.

John estaba sudando de nuevo. Su sombra se alargaba en el asfalto bajo un sol impertérrito en su sitio, parpadeando de vez en vez ante los nubarrones que comenzaban a agruparse. Como un reloj, las nubes aparecían a las nueve y media y desatarían una tormenta ensordecedora a las diez en punto.

Era difícil creer que hacía no tanto, estos árboles eran verdes y los parques estaban cubiertos de césped en vez de tierra. Era increíble pensar que existían estaciones, clima, luna y noche. John se empezó a preguntar cómo habría sido el mundo, qué habría pasado si su familia (junto con el otro puñado de familias) hubiese tomado una decisión distinta; si todo el dinero, esfuerzo, sacrificio y empeño que se puso en el Reajuste Horario se hubiese invertido en otra solución.

Llegó a casa, se puso el pijama y se metió en la cama. “Supongo que todo esto era inevitable”, concluyó con un suspiro.

Apagó la luz y, tras sus ventanas opacas, la tormenta empezó a rugir.

 

Nicolás Prados
Ha publicado en ViceEl País y Beatburger.

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