La lectura de Una vida sin principios (Ediciones Godot) invita a extraer de sus páginas una serie de memorables subrayados. Para conmemorar el bicentenario del nacimiento de Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817-ídem, 6 de mayo de 1862) enlistamos algunos de ellos.

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Retrato de Henry David Thoreau
Appletons’ Cyclopædia of American Biography, 1889, v. 6, p. 100

• Consideremos la forma en que pasamos nuestras vidas.

• Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana, está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta su día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano. Como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo.

• El objetivo del trabajador no debería ser ganarse la vida, o conseguir “un buen trabajo”, sino realizar bien una tarea. Incluso en un sentido monetario, sería beneficioso para un pueblo pagarles tan bien a sus trabajadores de manera que estos no sintieran que trabajan por lo mínimo o para ganarse la vida, sino que lo hacen con fines científicos o incluso morales. No contrates al hombre que trabaja por dinero, sino a aquel que lo hace por amor a la tarea.

• La sociedad no tiene sobornos que puedan tentar a un hombre sabio. Puedes juntar suficiente dinero para hacer un túnel en una montaña, pero no puedes juntar lo suficiente para contratar a un ser humano que se ocupe de sus propios asuntos. Un hombre eficiente y valorable hace lo que puede, ya sea que le paguen o no. Los ineficientes ofrecen su ineficiencia al mejor postor, y siempre están esperando a ser puestos en una oficina. Uno supondría que rara vez son decepcionados.

• Para hablar imparcialmente, los mejores hombres que conozco no son serenos, no son un mundo en sí mismos. En su mayor parte, habitan en las formas, adulan y solo estudian las situaciones más finamente que el resto. Seleccionamos el granito para los cimientos de nuestras casas y graneros: construimos cercos de piedra, pero nosotros no asentamos nuestros cimientos sobre el granito de la verdad, la más elemental roca primitiva. Nuestras vigas están podridas. ¿De qué sustancia está hecho el hombre que no coexiste en nuestro pensamiento con la más pura y sutil verdad? Frecuentemente acuso a mis mejores amigos de una inmensa frivolidad; ya que, mientras hay buenos modales que no cumplimos y halagos a cuya altura no estamos, no nos enseñamos mutuamente las lecciones de honestidad y sinceridad que se enseñan los brutos, o las de solidez que se dan las piedras cuando se relacionan. La culpa, sin embargo, es frecuentemente mutua, pues por lo general no nos exigimos más unos a otros.

• Así de vacía e ineficaz es, en su mayor parte, nuestra conversación cotidiana. La superficie se junta con la superficie. Cuando nuestra vida deja de ser íntima y privada, la conversación degenera en mero chisme. Rara vez conocemos a un hombre que pueda contar noticias que no haya leído recién en el diario, o que no le haya contado su vecino y, generalmente, la única diferencia entre nosotros y nuestro amigo es que él ha leído el periódico, o ha salido a tomar el té, y nosotros no. En proporción, a medida que nuestra vida interior fracasa, vamos con más constancia y desesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro de que el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgulloso de su abultada correspondencia, no ha escuchado de sí mismo mucho tiempo.

• Leer un periódico por semana es ya un exceso. Lo intenté y me pareció que todo ese tiempo no vivía en mi región natal. El sol, las nubes, la nieve, los árboles no me dicen tanto. No se puede servir a dos amos. Se requiere más que la devoción de un día entero para conocer y poseer la riqueza de un solo día.

• Con respecto a una verdadera cultura y madurez, somos esencialmente aún provincianos, no metropolitanos, meros Jonathans2. Somos provincianos, porque no encontramos nuestros estándares en el hogar, porque no adoramos a la verdad, sino al reflejo de esta; porque estamos deformados y limitados por una devoción exclusiva al negocio y al comercio, y a las fábricas y a la agricultura y cosas semejantes, que son nada más que medios, y no el fin.

• En resumen, tal como una ventisca se forma cuando hay una pausa en el viento, se podría decir que, cuando hay una pausa en la verdad, se forma una institución. La verdad, sin embargo, sopla justo por sobre ella y a la larga termina destruyéndola.

• Las cosas que hoy en día acaparan principalmente la atención de las personas, como la política y la rutina diaria, son, es cierto, funciones vitales de la sociedad humana, pero deberían ser realizadas de forma inconsciente, como ocurre con las correspondientes funciones del cuerpo físico. Son infrahumanas, algo vegetativo. A veces me despierto en un estado de seminconsciencia y las siento funcionar, como una persona pudiera sentir los mórbidos procesos de su digestión que le señalan que contrajo una dispepsia. Es como si un pensador se sometiera a sí mismo a ser digerido por la gran molleja de la creación. La política es, por así decirlo, la molleja de la sociedad, llena de arena y grava; y los dos partidos políticos son sus dos mitades opuestas2, a veces divididas en cuatro, restregándose unas contra otras. No sólo los individuos, sino también los Estados tienen así una dispepsia confirmada, que se manifiesta, ya pueden imaginar con qué tipo de elocuencia. Así, nuestra vida no es tan sólo un olvidar, sino un recordar aquello de lo que nunca debimos ser conscientes, al menos no mientras estamos despiertos. ¿Por qué no deberíamos reunirnos, no siempre como dispépticos para contar nuestras pesadillas, sino a veces como eupépticos, para felicitarnos mutuamente por el siempre glorioso amanecer? Seguramente no es demasiado pedir.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción de Macarena Solís.


1 Cita a la última parte de Walden: “I do not say that John or Jonathan, that this generation or the next, will realize all this”. Literalmente: “No digo que sea John o Jonathan, esta generación o la siguiente, quienes realizarán esto.” En este sentido, Jonathan representa al estadounidense común, bienintencionado pero todavía demasiado provinciano para alcanzar las altas metas que propone Thoreau. [N. de T.]

2 Thoreau alude al Partido Republicano, que en 1860 consigue obtener la presidencia con su candidato Abraham Lincoln, y al Partido Demócrata, que tras esa elección sufre una división interna.