Enrique Florescano es uno de los más grandes historiadores mexicanos actuales y a nadie escapa que sus aportaciones han abarcado y marcado todos los periodos de nuestra historia: el prehispánico, el colonial y el independiente. Su reflexión histórica se prolongó en una reflexión historiográfica, a la vez valoración apreciativa, crítica y heurística de los estudios históricos, así como estudio y reflexión sobre el papel del conocimiento histórico, de la memoria, en la historia de México. Enrique Florescano también es conocido por su trabajo permanente al frente de diversas instituciones dedicadas a la producción de la historia, a su difusión, a su conservación, y en todas y cada una de las instituciones que dirigió siempre dejó su marca, un sello distintivo de vigor, rigor, amplitud y responsabilidad social.

Menos conocida es la generosa labor que Enrique Florescano ha realizado como maestro, consciente de la necesaria naturaleza colectiva y transgeneracional de la producción del saber histórico.1 Igualmente menos conocida ha sido la importancia e influencia del trabajo de Florescano como editor, en el que confluyen con feliz y fertilizante fuerza el Florescano historiador, director de instituciones y profesor. La fuerza de su labor como editor se deriva de que como historiador está al tanto de los avances más recientes y relevantes de la historiografía en México, América Latina, Estados Unidos y Europa.

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En Machu Pichu, Perú, 1970.

Editor de libros

A lo largo de su carrera, en los puestos públicos que ha desempeñado, como asesor o coordinador de series, el aporte y la influencia de Enrique Florescano han sido de gran importancia, no sólo para la disciplina histórica, sino para todo el país. El momento más importante y poderoso de su aportación editorial se ubica en los años setenta. No podía ser de otro modo, considerando la confluencia del momento histórico con la inteligencia y los conocimientos de Florescano. Después del movimiento juvenil y popular de 1968 el país se abrió a una reflexión profunda de lo que quiere y puede ser. Se abrió el camino, largo e inseguro, para la democratización de la sociedad mexicana, y el apoyo a la educación y la cultura del presidente Luis Echeverría propició un esfuerzo colectivo de conocimiento y comprensión de “los grandes problemas nacionales”, para así superarlos. Parte de esta confluencia educativa y cultural fue la política editorial de la Secretaría de Educación Pública (SEP) encabezada por Víctor Bravo Ahuja, que hizo posible un programa tan ambicioso, amplio y generoso, de clara inspiración vasconcelista, como lo fue la colección SepSetentas, dirigida por María del Carmen Millán, directora general de Divulgación, que durante todo el sexenio editó un libro por semana —esto es, seis años multiplicados por 52 semanas, más de 300 libros—, de tirajes de 10 mil ejemplares, vendidos en la calle y librerías por el módico precio de 10 pesos, pequeños pero de excelente calidad, física e intelectual. El joven doctor Enrique Florescano, de 33 años, fungió como asesor y consejero para la selección y edición de los libros de historia y ciencias sociales, y su aportación fue decisiva.

La reflexión que propició el año de 1968 incluyó de manera central la cuestión agraria, la económica y la pobreza. Pese a los notables esfuerzos previos, como la revista Problemas Agrícolas e Industriales de México, dirigida por Manuel Marcué Pardiñas, el debate sobre el problema agrario se vio circunscrito a la ideología revolucionaria priista prevaleciente, con sus buenos y sus malos variopintos. Enrique Florescano tuvo entonces el tino de poner los problemas agrarios y económicos del país en el centro de sus propuestas editoriales, precisamente cuando cobraba fuerza la historia económica, muy poco practicada en México. El enfoque pausado y crítico del historiador resultó determinante para extraer los problemas económicos y políticos de la retórica providencial revolucionaria juvenil. Por ello, fue de vital importancia encontrar el origen de nuestros problemas agrarios, económicos, políticos y sociales —sin olvidar nunca los periodos prehispánico y colonial, ni los siglos XIX y XX— de manera propiamente histórica, lo cual era una novedad.

Desde el comienzo Florescano marcó fuertemente la orientación de la colección SepSetentas hacia la reflexión sobre el problema agrario en México, pues el segundo título de la colección fue precisamente un libro suyo, Estructuras y problemas agrarios en México (1500-1821), que puso a disposición del público una presentación de los avances de los conocimientos sobre el tema (muchos de ellos investigados de primera mano por Florescano en Precios del maíz y crisis agrícolas). Por cierto, Estructura y problemas agrarios en México inaugura una de las vetas más importantes de la actividad de Enrique Florescano, más allá de sus aportaciones, a saber, su labor como divulgador (en este caso, sobre todo de los trabajos de Luis Chávez Orozco, François Chevalier y los de él mismo). Florescano siempre está al tanto de los aportes más recientes de la historia y los expone con rigor y, sobre todo, con vigor interpretativo afirmativo.

Los SepSetentas incluyeron ediciones nuevas y buenas de libros importantes de varios de los grandes historiadores y antropólogos mexicanos (y españoles transterrados): Gonzalo Aguirre Beltrán, Ignacio Bernal, Alfonso Caso, Daniel Cosío Villegas, Luis Chávez Orozco, Luis González, Ramón Iglesia, Miguel León-Portilla, José Luis Martínez, José Miranda, Alejandra Moreno Toscano, Ángel Palerm, Arturo Warman y Silvio Zavala, entre otros.

Pero la aportación de Florescano a la colección consistió, sobre todo, en poner a disposición del público la gran cantidad de investigaciones académicas realizadas por extranjeros, en particular estadunidenses, que daban una imagen de México rica, rigurosa, novedosa, desinhibida y desprejuiciada. Como bien lo observó James Lockhart, México tiene la ventaja sobre otros países de ser estudiado no sólo por historiadores locales, sino también por extranjeros, lo cual ayuda a romper los grandes mitos inveterados de la historia nacional. Pero esta historia de México realizada en el extranjero apenas era conocida en México; incluía libros publicados, pero también tesis de doctorado inéditas, y la conocían muy pocos especialistas. Tardaban décadas antes de pasar al canon de la historia patria de los libros de texto gratuitos, si es que alguna vez llegaban.

Debe observarse la selección muy atinada de libros y autores extranjeros realizada por Enrique Florescano, relevantes tanto para el momento como para la reflexión histórica posterior. Menciono, entre varios otros: Los orígenes del nacionalismo mexicano de David Brading, traducido por Soledad Loaeza (qué sano fue encontrar los orígenes de nuestro patriotismo entre los españoles criollos de la Nueva España); La servidumbre agraria en México en la época porfiriana de Friedrich Katz; y El impacto económico de los ferrocarriles en el porfiriato: crecimiento contra desarrollo de William Coatsworth (qué sano fue ver los aspectos positivos y negativos del crecimiento económico durante el hasta entonces demonizado porfiriato); Problemas campesinos y revueltas agrarias en el siglo XIX de Jean Meyer (qué sano fue saber de otras rebeliones indígenas, no sólo contra el régimen colonial y el porfiriato, sino en el patriótico siglo XIX, y saber además de su fuerte orientación religiosa y tradicional); Las ciudades latinoamericanas de Richard M. Morse (qué sano conocer la profunda innovadora reflexión e investigación de Morse sobre la polis y las ciudades latinoamericanas); La gran inundación. Vida y sociedad en México, 1629-1638 de Richard Boyer (qué sano aproximarnos a los orígenes de los problemas ecológicos de la Ciudad de México, y entender las catástrofes desde una perspectiva social y política); El México perdido. Ensayos escogidos sobre el antiguo norte de México (1540-1821), editado por David J. Weber (qué sano conocer los orígenes prehispánicos y coloniales de la relación del México central con el norte y Estados Unidos); La Hacienda de Hueyapan de Edith Couturier y Hacendados jesuitas en México de James Denson Riley (qué sano saber de la vitalidad económica de las haciendas mexicanas en el denostado periodo colonial).

Menciono de manera particular otro libro de la colección SepSetentas: El siglo de la depresión en Nueva España de Woodrow Borah (qué sano fue saber de la catástrofe demográfica indígena que trajo la Conquista, no por culpa de los malos españoles, sino de las epidemias que ellos trajeron, y de los efectos económicos que produjo el desplome demográfico, particularmente la formación de las grandes haciendas, hasta entonces casi siempre asociadas al porfiriato). Es notable que el fundacional librito de Borah (pues funda la historia económica del México colonial), publicado en 1951, tardara casi 25 años en ser traducido al español en México. Quisiera comentar sobre el magnífico trabajo editorial que realizó Enrique Florescano sobre el libro de Borah. Como el libro es relativamente breve y dio lugar a interesantes controversias e investigaciones en cuanto a la depresión económica del siglo XVII, “el siglo olvidado de México”, Florescano le agregó varios elementos que enriquecieron fuertemente el mensaje de Borah. En primer lugar solicitó a Peter J. Bakewell que redactara una breve introducción que resumiera los debates y los avances de nuestros conocimientos desatados por el libro de Borah, y que llevaron a una caracterización más rica de nuestra apreciación del siglo XVII y de la historia económica posterior de México (Bakewell acababa de mencionar estas aportaciones y críticas en su texto recién publicado sobre la minería en Zacatecas). Florescano también incluyó a manera de apéndice el olvidado artículo de Lesley B. Simpson, el colega de Borah en la Universidad de California en Berkeley, sobre “El siglo olvidado de México” de 1952. Finalmente Florescano agregó valiosas gráficas y estadísticas tomadas de los libros de Borah y de sus colegas Simpson y Sherburne F. Cook, Pierre y Huguette Chaunu, y fotos de conventos tomadas por George Kubler. La edición de SepSetentas de El siglo de la depresión en Nueva España sigue siendo la que verdaderamente recomiendo a mis alumnos, pues las ediciones de Era y del Fondo de Cultura Económica (FCE) omiten todos estos materiales adicionales.

Podrían mencionarse otros libros mexicanos y extranjeros editados bajo la influencia de Enrique Florescano precisamente en esos años. Uno de los primeros y más importantes fue promover con insistencia ante el gran editor Arnoldo Orfila, al frente entonces de la nueva editorial Siglo XXI, la traducción de Los aztecas bajo el dominio español de Charles Gibson, que abrió el estudio histórico riguroso de los pueblos de indios en sí mismos durante el periodo colonial.

Al mismo tiempo que influía en los libros de historia y ciencias sociales en la colección SepSetentas, Enrique Florescano dirigió otras series de libros que comenzaron a publicar organismos públicos, primero el Instituto Mexicano del Comercio Exterior y poco después el Instituto Mexicano del Seguro Social, series en las que dio a conocer libros escritos o compilados por innovadores autores mexicanos y extranjeros. Asimismo, su influencia en el FCE propició la publicación de libros tan importantes y fundantes como Mineros y comerciantes en el México borbónico de Brading, y el ya mencionado Minería y sociedad en el México colonial, Zacatecas, de Bakewell. En los mismos años setenta Florescano estuvo al frente de la Dirección de Estudios Históricos del INAH y después del INAH mismo. Allí influyó también en la publicación de libros importantes, como en la famosa serie de Cuadernos de Trabajo de la DEH, donde se publicaron los dos grandes tomos del Diccionario de conquistadores de Víctor M. Álvarez. En el INAH continuó su promoción de libros importantes como los 15 tomos de La antropología en México, coordinados por Carlos García Mora, insuficientemente valorados, y que no desmerecen ante los imprescindibles 20 tomos del Handbook of Middle American Indians, publicados por la Universidad de Texas.

Después de los setenta continuó la benéfica influencia de Enrique Florescano sobre la edición de libros. En el FCE promovió libros de autores como David Brading, Serge Gruzinski, Linda Schele, entre otros. En la colección Pasado y presente de la editorial Taurus publicó, entre otros, el libro de Brading sobre La virgen de Guadalupe. En la Dirección General Adjunta de Proyectos Históricos del Conaculta, ahora Secretaría de Cultura, donde actualmente labora, coordina la colección Biblioteca Mexicana, así como dos series veracruzanas, una para la conmemoración del Centenario y el Bicentenario de 2010, y otra denominada Colección Veracruz Siglo XXI. Uno de los libros más importantes cuya publicación impulsó Florescano con el Gobierno de Veracruz y el FCE, es el de Antonio García de León sobre el puerto Veracruz y su litoral durante el periodo colonial.

Pocos historiadores e intelectuales como Enrique Florescano han tenido tanta y tan buena influencia en la edición de libros que ayuden a abrir los ojos de los mexicanos para conocerse a sí mismos.

Editor de revistas

Enrique Florescano participó en los consejos de redacción de varias revistas históricas y culturales. En este rubro su momento de mayor influencia se dio también durante los años setenta, particularmente en su trabajo al frente de las revistas Historia Mexicana, entre 1971 y 1973, y Nexos; esta última, que aún existe y de la que nunca se separó, la fundó en 1978 y la dirigió junto con Pablo González Casanova en sus primeros años.

Recién regresado de Francia con el título de doctor en historia, de la prestigiosa y exigente École Pratique des Hautes Études, Florescano publicó en 1969 su tesis de doctorado sobre los Precios del maíz y crisis agrícolas en México en el siglo XVIII, que le permitió articular de manera novedosa y enriquecedora la historia económica, climatológica, epidemiológica, social, delincuencial, política, cultural y religiosa todo dentro de una perspectiva profundamente nacionalista y social; ello debido a su interés por el maíz, los indios y el sustento de las clases populares. Es premonitoria para entender nuestro presente la descripción que hizo Florescano de la relación entre la baja en el nivel de vida de la gente y la criminalidad.

Este amplio espectro de saberes articulados fue vital para infundir a la revista Historia Mexicana, del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México (donde Florescano realizó su maestría), un nuevo aliento de vigor aliado a las nuevas corrientes de la historia, que se abrían a nuevas fuentes y problemáticas. Lamentablemente, no puedo dar ahora una muestra mínima de los principales artículos publicados en esa revista bajo el impulso de Florescano. Como hemos señalado, tanto en su trabajo como editor de Historia Mexicana, como en su influencia en la edi- ción de libros de historia de México, Florescano no dejó de impulsar la traducción y edición de los libros de David Brading. Es notable que en Historia Mexicana se publicaron no una, sino dos reseñas, ambas extensas, de Mineros y comerciantes en el México borbónico de Brading: una, muy positiva, del propio Florescano; otra, apreciativa pero al mismo tiempo crítica, escrita por el joven historiador canadiense Claude Morin, quien abrió junto con Florescano la corriente revisionista sobre el siglo XVIII, que vio la pobreza y la desigualdad que trajo el crecimiento económico. Esta revisión trajo una re-visión del siglo XVIII que muchos historiadores estadunidenses siguieron, sin reconocer plenamente la preeminencia de Florescano y Morin.

Como prolongación lógica de su empeño en la promoción de libros importantes para conocer y entender los grandes problemas nacionales, surgió la necesidad de comunicar a la sociedad de manera más inmediata la producción de saberes no sólo históricos, sino de todas las ciencias sociales y humanas, y de las ciencias naturales y exactas. Así nació la revista Nexos, que buscaba establecer, precisamente, nexos entre las ciencias mencionadas, y entre éstas y la sociedad y los poderes públicos.

Editor de libros colectivos y documentos

Además de promover la publicación de libros y artículos escritos por una multitud de valiosos investigadores, en las colecciones y revistas que ha dirigido, Enrique Florescano también ha editado, coordinado o compilado libros compuestos por los trabajos de varios investigadores, o por documentos antiguos, muchos de ellos inéditos, que le interesa dar a conocer.

La edición de documentos antiguos fue un propósito que, sobre todo, ocupó a Florescano en sus primeros años; los más importantes corresponden a descripciones económicas y documentos sobre las crisis agrícolas del siglo XVIII. Pero no puedo dejar de mencionar que Alejandra Moreno Toscano, esposa y compañera de Florescano a lo largo de toda su vida, al frente entonces del Archivo General de la Nación (AGN), publicó una edición facsimilar perfecta del Códice Florentino o Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas, que sin duda es el libro más importante sobre el México prehispánico y acaso también el más valioso de todos los libros de historia de México.

Los libros colectivos que ha coordinado Florescano han tenido siempre un fuerte sentido de necesidad, de urgencia; cumplen una obligación no sólo científica e intelectual, sino también social, política y, por ello mismo, moral. Los libros más importantes y que marcaron la pauta de sus compilaciones posteriores se pueden ubicar en 1980, y poco antes y después de 1980, muchos de ellos publicados por la todavía joven y vigorosa editorial Siglo XXI.

El primero y uno de los libros más importantes fue México hoy, que orientó la mirada de la historia y de las ciencias sociales no hacia el pasado, sino hacia el presente, una vez más con el fin de comprender los grandes problemas nacionales para así resolverlos y crear un país mejor.

La apertura política del régimen priista obligó también a un replanteamiento de lo que cabría denominar el “régimen historiográfico” de la Revolución mexicana. La función de la historia en una sociedad cada vez más democrática requirió una reflexión, la cual se organizó alrededor del libro Historia, ¿para qué?, con ensayos de Carlos Pereyra, Luis Villoro, Luis González, José Joaquín Blanco, Enrique Florescano, Arnaldo Córdoba, Héctor Aguilar Camín, Carlos Monsiváis, Adolfo Gilly y Guillermo Bonfil Batalla. Florescano no aparece como coordinador del libro, pero ciertamente fue uno de sus principales promotores. Historia, ¿para qué? propició un sano debate que abrió una reseña del historiador y editor Enrique Krauze, quien criticó la politización de la historia propuesta por Florescano. Tal vez ahora podamos entender mejor que Florescano busca entender los vínculos entre la historia y la política (el presente), para superar la relación entre ambas que prevaleció en sociedades no democráticas (del México prehispánico al hispánico, hasta el México pripánico), y que, precisamente, debía ser superada. Un compromiso más fuerte de la historia con la objetividad y la comprensión verdadera no contradice la reafirmación de la función social de la historia en una sociedad democrática que debe buscar conocer para resolver sus grandes problemas.

Éste es el sentido profundo que anima varios de los muchos otros libros que Florescano coordinó por esos años, y en los siguientes hasta la actualidad, entre los que menciono sólo unos pocos: Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina; México en 500 libros; Análisis histórico de las sequías en México; el tomo I, sobre el periodo colonial, de La clase obrera en la historia de México, coordinada por Pablo González Casanova; Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, en colaboración con Elsa Malvido; el Atlas histórico de México; Origen y desarrollo de la bur- guesía en América Latina; el Atlas cultural de México, en 12 volúmenes; la Historia gráfica de México, en 10 volúmenes; los 4 volúmenes de la Historia general de Michoacán; El patrimonio cultural de México, 2 volúmenes; Historiadores de México en el siglo XX, con Ricardo Pérez Montfort; Mitos mexicanos; Mestizajes tecnológicos y cambios culturales en México, con Virginia García Acosta; y ahora El patrimonio histórico y cultural de México, con Pablo Escalante Gonzalbo, entre otros, en varios volúmenes, iniciado en 2011.

No menciono muchos otros libros que Florescano coordinó de manera indirecta, dejando a colegas aparecer como coordinadores en la portada. Pero no puedo dejar de mencionar su papel en la coordinación de los libros de texto gratuitos de Historia de México de cuarto, quinto y sexto grados de 1992, que ocasionaron un fuerte y aun feroz debate a nivel nacional, marcado en parte por las contiendas políticas y electorales del momento (la izquierda contra el PRI, Camacho contra Zedillo, el sindicato contra la SEP, entre otros), pero también por la aún irreductible distancia que existía, y existe, entre la historia profesional, de los historiadores, y la mitológica “historia de bronce” del común de los mexicanos: ¡Cómo!, dedicarle tan pocas líneas a Cuauhtémoc; destacar la importancia de la Iglesia en el México colonial; no ver como un acto heroico la inútilmente cruel toma de la alhóndiga de Granaditas; no mencionar a los “niños héroes”; mostrar el papel de Agustín de Iturbide en la Independencia de México; destacar la expoliación de los indios en el siglo XIX, peor que la de la Colonia; no enfatizar que don Porfirio fue un dictador; mencionar el movimiento de 1968 y su represión.

Ciertamente no ha concluido, no puede concluir, el esfuerzo de Enrique Florescano por unir ciencia y conciencia, por ayudarnos a lograr un mejor conocimiento de nosotros mismos para ser mejores.

Bibliografía

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Rodrigo Martínez Baracs
Investigador del INAH-Dirección de Estudios Históricos.

 

Este texto forma parte del libro Enrique Florescano: Semblanzas de un historiador (coordinadores Juan Ortiz Escamilla y Nelly Palafox López), editado por la Universidad Veracruzana.


1 En 1944 Pedro Laín Entralgo escribía una nota para justificar el uso de la palabra “generacional” (Las generaciones en la historia, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1945, p. 15). Ahora utilizo la palabra “transgeneracional” para enfatizar el paso de unas generaciones a otras.