Me ocurrió, cuando era muchacho, lo que supongo que a cualquier estudiante le pasa: me enganché con la historia, la literatura y los problemas de México por medio de unas primeras lecturas en la preparatoria. Así me abrieron la puerta a la literatura mexicana José Emilio Pacheco y Juan José Arreola, y a la historia de México Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla. Entre mis libros favoritos estaban los de formato pequeño, que además me imponían menos; sentía que si empezaba a leerlos no los iba a dejar a la mitad. Hubo tres colecciones que fueron importantísimas en mi primer acercamiento a la historia: la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica (FCE), la Biblioteca del Estudiante Universitario y la Colección SepSetentas. En la Colección Popular leí Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares de León-Portilla, que considero uno de los libros más influyentes en la formación de nuestra conciencia histórica. Y en SepSetentas descubrí a muchos de los grandes autores y temas de la historia de México: Ramón Iglesia y José Miranda; Ángel Palerm, David Brading, Luis González… Mi primera lectura sobre la esclavitud fue el libro de Rolando Mellafe; y me enteré de que mi ciudad había pasado cinco años bajo el agua gracias al libro de Richard Boyer sobre la inundación de 1630. Tardaría muchos años en saber que el editor encargado de conducir esos libros, y varias decenas más a la imprenta, se llamaba Enrique Florescano. Hoy sé que tengo esa deuda con él.

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En los veinte años del Museo Nacional de Antropología, 1984.

Al menos desde aquellos años, Florescano hizo algo que quizá no estaba del todo bien visto, y que a otros colegas les costaría trabajo todavía, esto es, reconocer el mérito de las investigaciones sobre México que se realizaban fuera de nuestro país, especialmente en Estados Unidos.

Creo que, todavía en la actualidad, la mejor manera de enterarse de las novedades publicadas en el extranjero sobre la historia de México es conversar con Enrique Florescano.

Entre la preparatoria y el inicio de la carrera yo asociaba el nombre de Enrique Florescano con los estudios coloniales, de historia económica e historia agraria; leí Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México antes de conocer la obra de Chevalier. Descubrí a John Murra gracias a los Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América Latina que reunió Florescano. Y me quedé para siempre interesado en la demografía histórica después de leer los Ensayos sobre historia de las epidemias en México.

Hoy sé que en los años sesenta Florescano había publicado al menos dos trabajos de tema prehispánico. En Historia Mexicana, en 1963, publicó un artículo titulado “Tula, Teotihuacán, Quetzalcóatl y la Toltecáyotl”. Unos meses después, en la revista Cuadernos Americanos, apareció un trabajo suyo que llevaba por título “La serpiente emplumada, Tláloc y Quetzalcóatl”.

Por tanto, cuando en 1987 Enrique Florescano empezó a escribir extensamente sobre el pasado prehispánico hacía en realidad mucho tiempo que estaba interesado en uno de los temas centrales para la historia de Mesoamérica y del orden político mesoamericano: el de Quetzalcóatl.

La obra de 1987 a la que me refiero es, por supuesto, Memoria mexicana. Hoy releo el libro y encuentro en él más cosas de las que podía ver hace 25 años. Muy especialmente me llama la atención una observación de Florescano que considero merecería estar en el centro de algunas de las discusiones sobre la transformación colonial de la cultura indígena; me refiero a la disolución, digámoslo así, de la memoria étnica y su sustitución por la memoria local. El predominio de lo local sobre lo étnico es uno de los rasgos decisivos de la cultura indígena colonial, al menos desde mediados del siglo XVII. Y es decisivo, entre otras cosas, porque da un nuevo significado a la identidad indígena hasta la actualidad.

Sin embargo, en la reseña que escribí en 1987 de aquel libro lo que más me interesaba discutir tenía que ver con el proceso de expropiación de las memorias comunitarias por los órdenes políticos. Haciendo honor a los viejos maestros, hay que reconocer que algunas de las observaciones de León-Portilla sobre la historiografía mexica y su carácter hegemónico frente a las diversas historias comunitarias están presentes de alguna manera en otras obras, como la Memoria mexicana de Florescano, que, por otra parte, tiene otras líneas de argumentación y otras bases también. En fin, yo me afanaba en aquella reseña en argumentar sobre la supervivencia de la memoria comunitaria; en cuestionar lo exitoso de los modelos políticos frente a la voluntad autonomista de los calpullis, nunca completamente extinta, etcétera. Estoy seguro de que la discusión sería interesante; la radicalizaba para romper una lanza a favor de la postura de un maestro mío. Afortunadamente, el editor de la revista decidió no publicar la reseña, y con el tiempo he dejado de pelear pleitos ajenos y entiendo que temas como el de los calpullis frente a los señoríos indígenas son complejos y no admiten una postura dogmática.

Recientemente se han publicado dos libros de Enrique Florescano sobre el México prehispánico. En realidad uno de ellos es la versión final, mucho más completa y extensa que las anteriores, de una larga reflexión sobre el mito de Quetzalcóatl y sus múltiples implicaciones culturales y políticas. El otro, Los orígenes del poder en Mesoamérica, es al mismo tiempo un ensayo sobre los fundamentos del poder político en Mesoamérica y una síntesis histórica que abarca desde el Preclásico medio, o etapa olmeca, hasta la época de la Conquista española. El libro tiene el enorme interés de recuperar el hilo de los temas fundamentales de la historia de Mesoamérica, y de actualizar discusiones antiguas con las interpretaciones que ofrecen los estudios más recientes.

En Los orígenes del poder aparece buena parte de las polémicas que han ocupado a los especialistas en Mesoamérica desde hace décadas. Polémicas construidas con datos relativamente escasos, fuertemente condicionados por las estrategias de interpretación, y a menudo emparentadas con discusiones generales de las ciencias sociales, como es, por supuesto, la del origen del Estado. Florescano construye su explicación pronunciándose claramente por algunas posturas dentro de los debates que su obra convoca. Al final de la lectura pesa tanto la sensación de que se ha logrado una explicación coherente y completa, como la de que valdría la pena reanimar algunos de esos debates ahora que, como este libro demuestra, hay muchos más elementos para comprender a las sociedades mesoamericanas.

Entiendo que el asunto que más preocupa a Florescano es la mediación religiosa de las relaciones políticas; la ritualización de los hechos de poder; el reflejo mítico de las prácticas y funciones de gobierno. Una de las contribuciones más importantes del libro es precisamente su explicación de la función integradora de la ideología y de los ritos. El espacio mismo de cada altépetl y la organización de su centro urbano estaban, en efecto, marcados por recorridos rituales, sitios y construcciones sagrados, e imágenes que evocaban el origen del reino y el nexo entre los linajes gobernantes y los hechos míticos.

Uno de los protagonistas de la historia mesoamericana, tal como la reconstruye Florescano, es Teotihuacan. Estoy completamente de acuerdo con esa interpretación, que suele inconformar a algunos mayistas. Otros, por el contrario, han leído en las estelas de las ciudades del Usumacinta y del Petén el relato de la invasión teotihuacana, y han visto en el lenguaje de esas estelas la presencia de ciertos símbolos teotihuacanos, como el que podría ser el glifo emblema de la gran metrópoli del valle de México.

Comparto la idea de que Teotihuacan debió ser la ciudad que diera origen al concepto de Tula; que seguramente fue la primera Tula y la primera gran metrópoli nahua, recordada y evocada por todas las ciudades nahuas que vinieron después. O quizá, para ser más exactos, una metrópoli dirigida por una nobleza nahua, y con una mayoría de población nahua; pues sabemos que contaba también con barrios de zapotecos y de otras etnias, y con muchos súbditos otomíes. Sugeriría, sin embargo, para enriquecer la historia del origen del Estado en el valle de México, reconsiderar las dimensiones reales de Cuicuilco, que no fue sólo una pirámide, sino un conjunto de plazas y pirámides de gran magnitud, con una necrópolis que pudo vislumbrarse mientras se cimentaba la Villa Olímpica; en suma, un conjunto religioso que debe haber sido el centro de una urbanización que fue sepultada por la lava. En Los orígenes del poder en Mesoamérica Florescano aborda un problema interesantísimo de la historia teotihuacana y con repercusiones importantes para la historia de Mesoamérica en su conjunto: ¿cómo es posible que no se haya conservado un solo retrato de los soberanos de la metrópoli más importante del México antiguo, del Estado expansionista que fue capaz de realizar conquistas lo mismo en la Huasteca que en la selva maya? Florescano propone que una destrucción atroz, ocurrida en los últimos días del esplendor teotihuacano, habría acabado con esos retratos. Comparto la impresión de que la destrucción operada en esos últimos días fue bestial, inclemente. Cuando me acerqué al tema me sorprendió, por ejemplo, la información de un reporte arqueológico que permite reconstruir el asalto al monasterio de la Ciudadela, donde dos individuos fueron asesinados y cuyos cuerpos quedaron allí, con profundos cortes, aplastados por el edificio que se desplomó tras el asalto e incendio perpetrados por los intrusos.

Sin embargo, yo sería partidario de considerar otras explicaciones para la ausencia de imágenes de soberanos. En realidad, la idea del retrato, o la representación más o menos naturalista de alguna figura que identifique a un gobernante específico, fue muy característica de los señoríos mayas, pero rara fuera de aquella región. La tendencia dominante del estilo artístico teotihuacano iba en dirección opuesta al lenguaje que necesitaría un retrato. Pero es más que eso: es probable que el tipo de Estado que era el teotihuacano fuera también menos propicio para el culto a la personalidad del soberano, incluso si los teotihuacanos pensaban que el monarca en turno tenía poderes sagrados como los tenía el tlatoani mexica.

El tema del calpulli, por el que inevitablemente transita Florescano, admitiría también nuevos análisis. Coincido con él en caracterizar al calpulli como una unidad administrativa y como una subdivisión del altépetl, pero no debemos subestimar la vida interna del calpulli, su autonomía para repartir el espacio habitacional (que hemos podido demostrar, tanto en Teotihuacan como en Tenochtitlan), para definir las áreas de producción, así como su vida religiosa propia. El hecho de que tengamos calpullis migrantes cada vez que un altépetl entra en crisis y su área urbana es abandonada es un claro indicio de la fortaleza de los lazos que mantenían cohesionados a los calpullis. Dicho en otros términos: tenemos indicios del calpulli antes y después del Estado. En Teotihuacan mismo los estudios de genética practicados sobre los restos óseos indican que cada conjunto habitacional y cada barrio estaban integrados por parientes; y tanto en los conjuntos habitacionales como en los barrios había estructuras para un culto religioso local. Los hermanos y primos reunidos en un patio cerrado, frente a un altar, rodeados por los restos de sus ancestros que yacían bajo el pavimento, realizaban allí una ceremonia distinta de las grandes fiestas públicas que ocurrían en las grandes plazas de la ciudad.

Esto significa que el rey divino no tenía tanto poder como para manipular o trastornar ciertas estructuras comunitarias. Significa que el Estado mesoamericano convivía con una forma de organización anterior no específicamente política, sino de carácter gentilicio; que podía someterla bajo un orden urbano a ciertas reglas, pero no diluirla ni remplazarla por otra forma de organización.

Varios de los hilos que forman la trama de Los orígenes del poder están presentes también en Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica. Uno de ellos es el tema de la relación entre Tula y Chichén Itzá, que figura en ambas obras, pero sólo en esta última versión de Quetzalcóatl se lleva hasta sus últimas consecuencias. Una de las labores que se habían vuelto indispensables era una revisión exhaustiva de la información arqueológica, los problemas de cronología y las posibilidades históricas reales a favor de las diferentes hipótesis sobre la dirección de la influencia apreciable en el vínculo entre ambas ciudades. Sé que no soy el único que ha cambiado de opinión y ha considerado más viable la influencia de Chichén sobre Tula después de la rigurosa revisión de argumentos y datos que realizó Florescano en la última edición de su Quetzalcóatl, casi 50 años después de haber escrito las primeras líneas dedicadas al dios de la nobleza mesoamericana.

En ambas obras Florescano manifiesta su interés en reconstruir procesos de muy larga duración. El afán de alumbrar los nexos entre religión y poder lo conduce a dos figuras míticas que acaso sean dos facetas de un mismo dios civilizador: el dios del maíz y la serpiente emplumada. Florescano reconoce la riqueza de las fuentes epigráficas e iconográficas mayas, y también la de estudios académicos sobre los mayas, así que no duda en explorar fenómenos del sureste y buscar su integración estructural en el conjunto de Mesoamérica. En las obras que comento no aparece la barrera que suele separar a los mayistas de los otros mesoamericanistas. El uso a profundidad de las imágenes como fuentes históricas, al lado de las lecturas epigráficas, los códices y los textos coloniales, es otro rasgo que distingue a la obra de Florescano sobre el pasado indígena.

En cambio, se advierte la prudencia de evitar la práctica, muy en boga para los estudios sobre cosmovisión y religión, de usar tal cantidad de datos etnográficos ya que se pierde toda noción de los procesos históricos en el estudio del pensamiento y el mundo simbólico. La obra de Florescano es una obra histórica.

Para la historiografía de un periodo en el cual abundan las polémicas detenidas o atoradas, los debates no resueltos, con antagonismos proverbiales, es saludable apreciar, como ocurre en las obras de Florescano, un sentido de la posibilidad del avance del conocimiento. En sus obras nunca concluye el examen de una polémica en el mismo punto en el que lo inició. Y en varios temas cruciales prevalece esa sensación de que es posible avanzar en alguna dirección.

 

Pablo Escalante Gonzalbo
Investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)-Instituto de Investigaciones Estéticas.

 

Este texto forma parte del libro Enrique Florescano: Semblanzas de un historiador (coordinadores Juan Ortiz Escamilla y Nelly Palafox López), editado por la Universidad Veracruzana.