Este ensayo es un acercamiento historiográfico pero también celebra los 50 años como historiador de Enrique Florescano; comenzaré con una anécdota personal. Aunque mexicana, no crecí ni estudié en México y aunque en un principio me dediqué a estudiar la Edad Media y el Renacimiento europeo fue imposible, al comienzo de la década de los setenta y a mis 23 años, conseguir trabajo alguno. Después de muchos intentos fallidos en varias instituciones me recibió Enrique, entonces director de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Como es su costumbre, me recibió amablemente, me escuchó y me ofreció consejos a pesar de no conocerme. El consejo que me dio cambió mi vida. Me dijo que si pensaba residir en México era conveniente que me especializara en la historia de México, que podría comparar la historia de México con la de Europa y que las herramientas que adquiriría en Inglaterra me servirían para posteriormente trabajar aquí. Regresé a Inglaterra, en donde cursé la maestría en estudios latinoamericanos con especialidad en México y, posteriormente, en el doctorado, me dediqué al estudio de la historia novohispana. Éstos fueron los años del boom de la historia colonial pero también de los análisis nutridos acerca de la transición del feudalismo al capitalismo cuando la sociología y la economía se empataron con la historia generando debates acalorados y ricos en la academia mexicana y extranjera que no se han vuelto a ver. Era la época de la historia como ciencia social. Al regresar de Inglaterra ingresé a la Dirección y de inmediato comencé mi primer trabajo como profesora-investigadora. Aquel consejo y posterior empleo me colocó sobre un camino certero y me integró a México como nada más ha podido hacerlo antes o después. Allí, bajo la dirección de Enrique e integrada a un seminario de investigación, aprendí día con día los avatares y las problemáticas de la historia de México, y cómo y en dónde buscar las fuentes en los archivos y bibliotecas nacionales. Adquirí un gran gusto por la historia de México. Con mis compañeros y colegas, a quienes también agradezco, me integré a la aventura de ser mexicana por medio del oficio de hacer la historia de México. La historia que yo aprendí y que escribí como integrante de los seminarios colectivos, sistema de investigación que había implantado Enrique, me integró al país que, aunque mío, no conocía. El hacer historia allí me dio un propósito y un sentido de pertenencia que me habían hecho falta ya que el oficio del historiador, junto con la saga de la historia, también son asuntos personales. Eso es precisamente lo que hace a la historia pertinente. La labor de Enrique, por tanto, como profesor, creador de instituciones, promotor cultural, impulsor de jóvenes profesionistas y editor, entre otros, no se puede divorciar de su trabajo como historiador, de su impactante obra histórica y pública, ni mucho menos de él mismo como persona. La historia es importante por la sencilla razón de que es una actividad eminentemente humana.

Al hacer un ensayo necesariamente somero sobre la obra historiográfica de Enrique creo importante mencionar algunas de las muchas influencias que tuvo y que lo llevaron a lo largo de su trayectoria a escribir acerca de dos grandes temas: los usos de la historia y del poder tanto  en su sentido amplio como en sus múltiples características en diferentes momentos. Pero Enrique, un voraz lector de la historia y otras disciplinas afines, sobre todo, escribe con una insaciable curiosidad contagiosa y una generosidad acerca del pasado mexicano, que es el suyo, porque su obra es en muchos sentidos autorreferencial.

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Enrique Florescano en 1960.

 

I. Las  influencias y trayectorias

A) Mexicanas

La historia es formativa y generacional por lo que haré una revisión somera de algunos de los historiadores que, a mi modo de ver, tuvieron un impacto en la obra histórica florescaniana, especialmente en sus inicios. Mucho se ha hablado de sus vínculos con la historiografía francesa pero no lo suficiente acerca de las inspiraciones ofrecidas por la historiografía mexicana que, junto con sus propias inquietudes e intereses, lo prepararon, tanto en temas como en métodos y derroteros, para su estancia en Francia.

El médico, antropólogo, historiador y hombre público veracruzano Gonzalo Aguirre Beltrán (1908-1996) fue pionero de los estudios de las poblaciones afromexicanas y estuvo consciente, como Florescano más tarde, de la necesidad de combinar la vida pública con la investigación y la docencia para hacer una diferencia.1 Indigenista de convicción cultivó un amplio abanico de intereses que partieron desde la perspectiva regional y local, pasando por temas como las luchas agrarias frente a los grandes terratenientes, la dominación del indio, la resistencia y la aculturación, hasta las transformaciones culturales y la organización sociopolítica local frente a la nacional. En su obra Regiones del refugio (1967) ya presentaba un estudio sobre las formas de resistencia comunitarias indígenas al explicar cómo al abandonar su hábitat por uno más agreste los indígenas no huían, sino que se refugiaban para poder mantener su memoria y tradiciones a pesar de las presiones económicas y culturales. Así, con la propuesta de estas zonas de refugio donde sobrevivieron las comunidades, Aguirre Beltrán anticipó líneas de pensamiento posteriores y liberó al indio de la historia negra que lo pintaba como sumiso y débil frente a las nuevas fuerzas productivas y culturales que lo explotaban. El indio se convirtió en un agente de su propia historia que fue capaz de mantener sus formas de vida por medio de, entre otros mecanismos, complejos procesos que involucraban la religiosidad y lo ceremonial.2

El profesor de Florescano, Luis Chávez Orozco (1901-1961), fue otro hombre público e investigador con gran impacto en la formación de su obra. Convencido de la necesidad de recopilar y divulgar las fuentes para el estudio de las problemáticas, especialmente sociales y económicas, se convirtió en el gran compilador de colecciones documentales que marcaron derroteros para el estudio de la historia económica de México. Destacan sus dos colecciones monumentales la primera de 11 volúmenes —Documentos para la Historia Económica de México (1933-1936)—, editadas por la Secretaría de Economía Nacional, en donde se resaltan temas económicos como los salarios y el trabajo, la siempre presente problemática agraria y tópicos en torno al comercio. Esta serie fue decisiva ya que sacó a luz muchos documentos sobre el siglo XVIII mexicano e inauguró una furia por los temas de ese siglo, los cuales se retomarían después en el renacimiento de la década de los sesenta.3 Su otra magna compilación fue la aún no superada serie de 31 volúmenes de Documentos para la Historia Económica de México (1954-1958), editada por el Banco Nacional de Crédito Agrícola, en la que destacan el tema de la crisis en la Nueva España, retomado posteriormente por Florescano, y una historia agrícola.4 Los libros de Chávez Orozco también se centraron en temas económicos y de la vida material de la historia prehispánica; el autor elaboró, asimismo, una síntesis sobre la historia de México,5 toda vez que combinó su trabajo académico con varios cargos públicos.6

Daniel Cosío Villegas (1898-1976), el historiador, periodista, intelectual vuelto hombre público, fue otro gran ascendiente en la trayectoria histórica de Florescano.7 Estudioso del poder, coordinó y editó gran parte de la monumental Historia moderna de México (1955-1972)8 para explicar, en gran parte, la historia de la República liberal desde Juárez hasta Díaz con la finalidad de comprender las raíces del fracaso de los ideales revolucionarios que, según él, habían desembocado en un neoporfirismo. En su ensayo “La crisis de México” (1947) se refiere a otra crisis que la referida por Chávez Orozco: la crisis política provocada, según su punto de vista, por una falta de justicia y libertades políticas dentro de un sistema fallido con una clase política revolucionaria narcisista y un presidencialismo sin límites.9

El gran “¿por qué?” lo buscó en la historia monumental de los grandes problemas nacionales, temática elaborada por Andrés Molina Enríquez a principios del siglo XX, pero desde la óptica del círculo encantado del poder.10 El último análisis fue una historia del poder desde el poder. Dentro de este contexto nacieron dos proyectos colectivos de largo alcance que analizaron las problemáticas centrales a partir de parcelas temáticas y cronológicas para que por medio de las partes se llegara a una explicación más comprehensiva: por una parte, la gran Revolución y, por otra, la larga historia de México; una transicional y la otra de continuidad pero ambas, al fin, historias universales. Los resultados se publicaron como Historia de la Revolución mexicana11 e Historia general de México,12 en los que Florescano participó siguiendo la tendencia del estudio de la Nueva España dieciochesca con uno de los primeros análisis sobre las reformas borbónicas que se estableció como un estudio clásico.13 Cosío Villegas también dirigió una historia de México novedosa, por resumida, escrita por historiadores profesionales para un público masivo: Historia mínima de México, que ha sido hasta hoy un éxito editorial.14 Estas grandes y pequeñas historias colectivas, que se elaboraron entre los años cincuenta y sesenta, ayudaron a formar a muchos estudiantes que trabajaron en conjunto con sus profesores aprendiendo el oficio en la teoría y en la práctica, y proporcionaron obras de conjunto y de larga duración para explicar periodos clave de la historia reciente de México.

Por su parte, Luis González y González (1925-2003) quien, como Florescano, estudió en Francia, participó en la Historia moderna de México y se preocupó por temas historiográficos. Su libro seminal, Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia,15 inició el método de la microhistoria y de la historia regional en México. Esta obra presentó una forma alternativa de hacer la historia por medio de un análisis histórico de lo local, ya no desde la óptica de las élites o de los grandes acontecimientos, sino desde la gente de a pie, o del pueblo, en este caso el pueblo del propio Luis González y González. Además de proponer una metodología diferente —trabajar la historia de los lugares sin historia y de las tradiciones locales— su propuesta tuvo el ánimo de hacer más accesible la historia para el público en general sin jerga profesional; es decir, ofrecer una historia más personal que se compartiera con todos.

Pueblo en vilo es un libro de la historia de las memorias y nostalgias, una geografía del territorio y de los objetos y sentimientos cotidianos que remite al criollismo patriótico de Francisco Xavier Clavijero en su Historia antigua de México (1780).16 A pesar de las controversias políticas, de los acontecimientos violentos como las guerras de Independencia, las guerras invasivas del siglo xix, las guerras civiles, la Revolución y la Cristiada, que fueron momentos de ruptura, hablar de una historia total “desde abajo” demostró los beneficios de las continuidades en la historia y ofreció cierta seguridad comunicada por los valores y tradiciones de la pertenencia. El examen de la mexicanidad, el estudio del poder, los mecanismos de la memoria, la preocupación por los temas agrarios y prehispánicos, y la cuestión étnica; la necesidad de aplicar la historia a la vida pública, la explicación de los usos de la historia, los valores y la ética en la historia, historiar la nación, teorizar la identidad y la pertinencia serían características sobresalientes de la obra florescaniana. Pero también lo fueron el impulso de elaborar obras colectivas con historiadores tanto consagrados como jóvenes, nacionales y extranjeros; de abrir nuevas líneas de investigación, dirigir y fundar revistas y editar libros para la divulgación de la historia, fundar instituciones para el estudio de la historia y la pasión por escribir libros de historia que contuvieran los análisis más novedosos pero, al mismo tiempo, hacerlos accesibles tanto a los académicos como a los estudiantes. Estas características son la marca y el legado de Florescano. Es pertinente mencionar que en su obra temprana detentó la influencia de las corrientes marxistas que entendieron las problemáticas económicas como determinantes en la historia. La historiografía marxista contribuyó de manera importante al análisis de la clase obrera en particular, tanto del campo como de la ciudad; a la historia “desde abajo”; a la explicación de las relaciones de poder, dominación, explotación y resistencia; y a las teorías de las fuerzas y relaciones de producción y de los modos de producción. Estas problemáticas se discutieron en los años formativos de Florescano, quien también aprendió de sus profesores y de la metodología marxista la importancia del uso empírico de las fuentes.

Pero Enrique Florescano también fue producto de los procesos intelectuales encabezados por profesores e historiadores que, siguiendo tendencias mundiales a partir de los años cuarenta y a lo largo de los cincuenta y sesenta, marcaron e identificaron a la generación de Florescano como pionera de la llamada nueva historia profesional. Esta historia, que se veía a sí misma como más analítica, en tanto que se basaba en el uso exhaustivo de fuentes primarias y secundarias, fue producto,  a su vez, de una historia erudita ejemplificada por Silvio Zavala en México y por la escuela marxista fundamentada en gran parte en la historia cuantitativa.

 

B) Extranjeras

De igual manera jugó un papel significativo el resto del mundo, especialmente Estados Unidos y Europa, en donde por los acontecimientos de aquellos tiempos se había desarrollado un interés por la historia de América Latina. Como consecuencia, a partir de los años sesenta las universidades mexicanas como El Colegio de México comenzaron a enviar a sus estudiantes a cursar posgrados en el extranjero, especialmente a Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Los flamantes doctores regresaron con nuevos debates y métodos que difundieron por medio de sus investigaciones y sus pupilos.

La Escuela de los Annales francesa marcó directamente el trabajo de Florescano por medio de sus profesores Fernand Braudel, Ruggiero Romano y Pierre Vilar.17 Esta escuela revisionista planteó una nueva forma de historiar alejada de la historia política e institucional más tradicional, por lo que fomentó la historia social para analizar todos los aspectos de la vida por medio del estudio de las mentalidades. En este sentido, Braudel, uno de los fundadores, destacó el impacto social de los efectos económicos en la vida cotidiana. Aplicó a su obra el concepto novedoso de ciclos a largo plazo en la economía capitalista, a diferencia de la historia tradicional que, afirmaba, se había centrado en la duración corta o la historia de los eventos. La historia tradicional analizaba lo diplomático o institucional pero la nueva historia utilizaría el concepto de larga duración para explicar periodos más extendidos en donde los cambios formaban parte de procesos más lentos e imperceptibles. La idea del cambio lento frente a una transformación violenta surgió dentro del contexto de un mundo europeo devastado por dos guerras mundiales. Esta nueva forma de historiar combinó las ciencias sociales y los métodos científicos para estudiar las características y los procesos sociales como alternativa al más clásico análisis marxista de clase. La vida de la gente común se estudiaría utilizando métodos cuantitativos y demográficos, por ser herramientas más exactas, con el fin de producir una sociología histórica basada en datos duros provenientes de los censos y los registros locales de nacimientos, matrimonios y muertes, así como de los registros fiscales. Florescano fue uno de los introductores más destacados de esta metodología en México.

Otros profesores como Ruggiero Romano quien participó en el seminario de Braudel sobre precios, comercio y rutas en el mundo mediterráneo y que luego se dedicó a la historia monetaria y de la producción americana durante la época colonial, así como el geógrafo Pierre Vilar, estudioso de la historia económica y social y de la metodología de la historia, encaminaron a Florescano hacia la escritura de su tesis doctoral. Los intereses de Florescano en temas agrarios del siglo XVIII fueron compatibles con esta corriente historiográfica que se enfocó en las problemáticas de las sociedades anteriores a la Revolución francesa. Así, se convirtió en una suerte de mediador cultural entre las academias de historia de México y Francia.

 

II. Tendencias tempranas

Uno de los aspectos que se puede resaltar de la obra de Florescano es su continuidad. Desde épocas tempranas le quedaron claros los temas que elaboraría a lo largo de su trayectoria. Entre sus primeros estudios en la Revista de la Universidad Veracruzana ya se aprecian los temas que le apasionarían a lo largo de los años. Estos ensayos del joven historiador exponen lo que serían sus grandes temas de investigación: los usos de la historia y el estudio del poder referido a las comunidades a lo largo de los siglos. Dentro de estos macrotemas hacen su aparición distintos periodos cronológicos, diversos tópicos recurrentes e intereses disciplinarios como la historia prehispánica, la problemática agraria, el indigenismo, los procesos de aculturación, la historia cultural, la sociología histórica, la etnohistoria, la antropología, la arqueología, la historia del arte, la historia de los mitos y de las identidades, los cuales enriquecieron su obra con una perspectiva interdisciplinaria.

Precios del maíz fue su obra seminal basada en su tesis doctoral. Aquí confluyeron sus preocupaciones académicas y sus influencias mexicanas y francesas, como lo dejó en claro en la ponencia impartida en la III Reunión de Historiadores Mexicanos y Norteamericanos, en Oaxtepec, Morelos (noviembre de 1968), intitulada “Perspectivas de la historia económica en México”. En gran parte, este estudio fue la obra maestra que lo reintrodujo a México como el profeta de la historia cuantitativa.

Este libro quedó como un estudio clásico de los precios del maíz, el cereal básico de gran parte de la población novohispana. Fue novedoso precisamente porque propuso para la historia de México el método cuantitativo para el estudio de la estructura agraria novohispana.18 Reconstruyó los precios del maíz con base en fuentes seriadas y vinculó las variaciones de los precios de este grano con las crisis económicas y sociales de finales del siglo XVIII y principios del XIX que, en parte, afirmó, desembocaron en el movimiento de Independencia. Así, analiza la relación entre crisis y revolución; las crisis y los ciclos con sus rupturas y continuidades estarían siempre presentes en su obra. En Precios del maíz explica cómo la recuperación demográfica alzó la demanda que, a su vez, provocó el alza de precios antes de la Independencia, situación que afectó profundamente la vida de los pequeños productores y de los pueblos indígenas. Como resultado se desencadenó una crisis debida a la especulación de los hacendados-comerciantes, el desempleo y la hambruna generalizada. La influencia más directa para la elaboración de su tesis provino del trabajo de Ernest Labrousse, profesor de Vilar, quien postuló que las crisis agrícolas del siglo XVIII desembocaron en la Revolución francesa.19 De hecho, Florescano comienza su obra con una cita de Labrousse. “La sociedad política puede reducirse a un estrecho grupo de individuos, a una clase, a una casta. La sociedad económica es universal: todo el mundo  es comprador o vendedor, todo el mundo vive de un ingreso”.20

Por medio del dato duro, entonces, hace un análisis de la vida material inmediatamente antes de la Independencia.21

El tiempo es el actor principal de esta historia dividida en tres ciclos: uno anual, otro decenal y el último secular, que corresponden al vaivén desigual de los precios y de la condición estacional de las cosechas. Los tiempos cíclicos determinarían las condiciones del alza de los precios hasta establecer su precio “natural” basado en su costo de producción. Pero en su introducción Florescano advierte que la reconstrucción de una serie de precios “(…) no es un fin en sí mismo. Es hacer una historia de los cambios lentos, indecisos o radicales que han afectado la vida de los hombres”,22 por lo que es también un estudio acerca de las crisis sociales y materiales que padeció la sociedad novohispana.

Esta historia “desde abajo” demuestra que fueron las crisis temporales y no los conflictos entre las élites y las estructuras de poder las que afectaron a las poblaciones novohispanas a tal punto que llevaron sus demandas sociales y políticas hacia una revolución.

Una vez más, los golpes de la coyuntura agudizan los desequilibrios de la estructura. Si las deformaciones estructurales de la sociedad colonial arrojan a esa masa enorme de marginados de todos los grupos étnicos hacia la desocupación, la vagancia y el crimen, las inflexiones de la coyuntura precipitan la descomposición y la tensión social. El alza de larga duración que muestra la curva de la delincuencia, un resultado de factores estructurales, revela por ello una gran sensibilidad a los estímulos de la coyuntura, que la violentan y la hacen avanzar en grandes oleadas.23

Florescano concluye dejando el tema abierto hacia el futuro:

La masa de documentos manejados y el carácter “universal” que revelan esos movimientos, autorizan la generalización. Sin embargo, dado el carácter “pionero” de este estudio, nuestras conclusiones generales deben aceptarse sobre todo como hipótesis que la investigación futura habrá de confirmar o modificar.24

Efectivamente, se puede confirmar o modificar porque al libro lo acompañan un balance sobre el tema de los precios, así como la propia “fuente para el estudio de los precios: los libros de cuentas de pósito y alhóndiga”. Esta obra ya evidencia una de las características distintivas de los trabajos de Florescano: la divulgación de fuentes primarias y la presentación y discusión de los centenares de fuentes secundarias que utiliza para escribir sus libros y artículos. Su interés por la historia cuantitativa y el efecto de la economía en la sociedad lo llevó a producir una serie de publicaciones, algunas de ellas colectivas, sobre la estructura agraria centrada en la gran propiedad y su impacto en la mano de obra y en los procesos de transición, la cuestión de la libertad de comercio en la Nueva España, la situación de la clase obrera y las fuentes sobre las condiciones económicas novohispanas, entre otros temas.25

Sin embargo, es interesante cómo en sus artículos tempranos, publicados en la Revista de la Universidad Veracruzana, ya se observan sus tendencias intelectuales y temáticas que no necesariamente pasarían por lo cuantitativo, pero sí por el estudio de la cultura material. Por ejemplo, en la sección de reseñas “Los libros nuevos” da a conocer la obra del filósofo Lucien Goldmann quien aparecerá citado en partes de su obra posteriormente.26 Dice Florescano que:

En los últimos tiempos, a la par que en el mundo se exacerba la disputa entre dos sistemas sociales antagónicos, se agudiza la lucha de clases y se contempla el esfuerzo de los pueblos coloniales y semicoloniales por alcanzar su independencia plena —acontecimientos que dan todo un carácter a nuestra época—, nos percatamos de que, en el campo de las ciencias humanas, la investigación científica exhibe una gran confusión en sus resultados, una diversidad de tendencias en su metodología y una intromisión cada vez más acentuada de lo irracional y de lo ideológico en la investigación estrictamente científica.27

Deseaba abundar el debate metodológico acerca de la verdad, la conciencia y los acontecimientos que se libraban en las ciencias sociales sobre todo desde la lógica marxista. Según Florescano, Goldmann atacaba el problema de la verdad con un método sistemático “coherente y científico” aplicado a las ciencias humanas.28

Por medio de la reseña de este libro Florescano afirma que el fin único de la historia no es llegar a la verdad, sino buscar los valores y los fines de la sociedad. Florescano, como Goldmann, incluye en la definición del objetivo de la historia las dimensiones de lo pasado, lo presente y lo futuro para obtener una comprensión total del acontecer histórico y  no negar el pasado ni rechazar el porvenir, de modo que el presente no quede en un vacío. La dialéctica realizaría la síntesis para entender al pasado como un camino para “realizar una comunidad auténtica y universal en el porvenir”.29 Pero, además, el historiador debe entender la realidad material y subjetiva de los hechos para lograr una verdadera comprensión. Florescano aplicó este método a sus obras, que serían una combinación de lo objetivo con lo subjetivo.

En la misma revista aparece, en los años sesenta, otro artículo sobre Tomás Moro, la Utopía y Vasco de Quiroga, tema que había examinado intensamente Silvio Zavala30 y que les había comunicado en las aulas a sus estudiantes; este artículo deja constancia del interés temprano de Florescano por la historia del pensamiento novohispano, pero también por la naturaleza de las comunidades.31

Se busca caracterizar, muy generalmente, el pensamiento llamado utópico, así como elaborar un breve examen del pensamiento comunista primitivo y de las comunidades ideales surgidas en la Antigüedad y en la Edad Media, en tanto que el pensamiento que da lugar a estas ideas se prolonga hasta Moro y lo influye decisivamente.

El artículo describe cómo la comunidad en la Utopía se rige por el uso de la razón y que, por tanto, se puede convivir por medio de la tolerancia, otro leitmotiv en la obra de Florescano. Citando a Max Beer, resume el punto:

La Utopía de Moro es la aplicación de la ética y la política de los padres de la Iglesia y de la filosofía del Humanismo, al más grande problema secular: la organización de la sociedad humana (…) se diferencia de las doctrinas comunistas tempranas, por el hecho de que, mientras los padres de la Iglesia y los sabios razonaban desde una moralidad abstracta, o apoyándose en un texto de las Escrituras, y deploraban los vicios de la humanidad, que ellos consideraban como el efecto de la desaparición del estado natural y divino, el punto de partida de Moro fue el de un estadista patriótico y católico, quien, después de examinar las actuales condiciones de su país, buscó la solución en una reforma social.32

Un tercer ejemplo de cómo sus publicaciones tempranas prefigurarían su obra posterior es el de “Política y religión en el antiguo Egipto”, que trata acerca de los mitos fundadores y las relaciones entre el pensamiento religioso y los desarrollos político-sociales del Egipto antiguo.33 Dice Florescano: “a medida en que avanzábamos en la investigación surgieron ante nosotros claras o encubiertas las ligas y relaciones entre las prácticas mágico-religiosas y lo que se podría llamar ‘la política del poder’”. Aquí no sólo es rescatable su ya manifiesto interés por las sociedades antiguas y por el funcionamiento de sus comunidades, sino también la importancia de los mitos y las religiones en el proceso de la legitimación del poder. Así, afirma su deseo de demostrar:

[…] que el esfuerzo más maravilloso y persistente de todo el pensamiento y la práctica política del antiguo Egipto: consolidar y fortalecer el poder absoluto del monarca, se lleva a cabo a través de la participación muy destacada de una conciencia ideológica religiosa, que identifica primero sus intereses con los de la realeza para luego oponerse a ella como un poder autónomo e intenta la conquista del supremo poder político.

Su método de explicación es “el análisis por medio de las etapas más sobresalientes intentando conectar la realidad histórica con los desarrollos de la conciencia y con los procesos socioeconómicos que la conforman”. Este método se utilizaría a lo largo de sus obras.34

Si la geografía fue determinante para Braudel, para Florescano las antiguas sociedades fueron producto de su entorno natural. En el antiguo Egipto el sol, como en la sociedad mexica, fue un elemento clave ya que cotidianamente nacía en el Oriente, se ponía en el Occidente y vencía la oscuridad para anunciar el nuevo día; asimismo, el agua, ya fuera el Nilo o los lagos alrededor de México-Tenochtitlan, es la vida. La naturaleza se impone y determina la vida por medio de sus ciclos de abundancia o escasez, de furia o benevolencia. En este trabajo ya describe la manera en la cual la vida se regía por prácticas mágicas, ritos y cultos, por lo que la religión era necesaria para el crecimiento y la continuidad del pueblo. Su análisis del mito de Osiris es precursor de lo que luego sería su obra sobre Quetzalcóatl, ya que demuestra cómo redimió a los egipcios del salvajismo y fundó la civilización.35 Junto con su mujer y hermana, Isis, introdujo la agricultura al descubrir e iniciar el cultivo del trigo y la cebada, así como el de la vid, lo que cimentó la cultura no sólo egipcia, sino también mediterránea. Posteriormente, Osiris peregrinó difundiendo los conocimientos de la vida y a su regreso fue aclamado como deidad. Esta reflexión resalta un punto que Florescano repetiría en su obra madura: el carácter adaptable y cambiante del mito según sus condiciones y procesos políticos.

Este artículo escrito en los años sesenta examina un texto que compila el sistema doctrinal llamado “la teología menfita” que explica la relación de los dioses con el rey en la Tierra; es decir, la relación de la tradición religiosa con la tradición histórica. El análisis de un texto fundacional y los relatos del poder se verá en los estudios posteriores de Florescano dedicados al análisis de los códices y de relatos como el Popol Vuh y el Nican mopohua. Florescano llama la atención al “(…) esfuerzo prodigioso y brillante por trasmutar una serie de desarrollos históricos reales, cuyos actores fueron los hombres, en un proceso mistificado donde los actores son los dioses”.36 Así, demuestra la continuidad y el poder creador del mito junto con las coyunturas que propiciaron los cambios a lo largo de la historia.

Finalmente, sus “Notas sobre la producción histórica en México”37 comienzan su fructífero camino en las reflexiones sobre la producción y la pertinencia de la historia, así como en la función social del historiador. Este artículo hace un recuento resumido de las tendencias historiográficas mexicanas hasta ese momento, aunque también es una suerte de microhistoria intelectual del propio Florescano, además de un reconocimiento a los historiadores, profesores, colegas e instituciones que contextualizaron su educación y formación, y que hicieron posible su obra y la de muchos otros de su generación. Aquí, de nuevo, aparecen los ciclos que impulsan y dividen los diversos momentos de la producción histórica.

[…] en México la producción histórica, y en buena medida las tendencias y características que adopta ese quehacer, han sido activadas por dos tipos de acontecimientos: por los impactos bruscos y radicales que en un momento han revolucionado la historia toda del país, y por los periodos de transformación lenta, de relativa paz y estabilidad, generadores de ambientes propicios a la meditación y la creación históricas.38

Un gran cambio en la historiografía se dio a partir de los años cuarenta, cambio que según Florescano revolucionó los hábitos del quehacer de la historia propiciando una nueva historiografía (de la cual él es protagonista) basada en nuevos métodos, ideas, temas y periodos cronológicos. Recogiendo sus experiencias y sus convicciones plantea que el esfuerzo individual suele terminar en obra colectiva en los periodos largos de estabilidad que él ha vivido. En la larga duración fue posible, en México, fortalecer las universidades, crear centros de investigación, formar estudiantes, promover al historiador profesional y fundar revistas y editoriales que dieran salida a las nutridas investigaciones históricas.39

El artículo toca temas que se analizarán en Memoria mexicana; tal es el caso de la identificación de las diferentes escuelas como las emanadas de los productores de los códices sobrevivientes de la Antigüedad mexicana, de la etnografía cristiana de las crónicas de los frailes, de las historias etnográficas mestizas de la nobleza indígena, así como de la historiografía “humanista” dieciochesca de las grandes historias generales de México. Indica que el punto sobresaliente de estas escuelas es que en menor o mayor medida conservaron o revalorizaron el pasado prehispánico en sus historias de la patria criolla, especialmente en las del siglo XVIII. Para Florescano, el desarrollo y el estudio de estas escuelas señalan “el despertar de una nación, representan un momento destacado de la historiografía mexicana”.40

En los tiempos cortos del siglo XIX, interrumpido por guerras, invasiones, inestabilidad económica y social (1810-1867), la historia es polémica e ideológica porque refleja los debates políticos del momento. Las obras de historia “inauguran el gran ciclo-debate que opondrá (…) a hispanófilos contra indigenistas, conservadores contra liberales, reaccionarios contra revolucionarios”. La excepción, nos dice, es la gran obra de Alexander von Humboldt que, con base en una sólida labor de investigación y recopilación de datos, escribió un análisis social y económico, antecedente de la historia científica que se profesionalizó en la última mitad del siglo XX.41 El siglo XIX es también el siglo “del ciclo historiográfico de las revoluciones”, de las revueltas y los caudillos. Es la época de la historia política en el sentido real,42 aunque hay excepciones como José Fernando Ramírez quien escribió la historia de los historiadores novohispanos; o Lerdo de Tejada quien analizó el comercio exterior. Ambos temas serían retomados por Florescano casi un siglo más adelante.

Después de los tiempos cortos vuelve el tiempo largo que comprende el lapso entre la República Restaurada y la caída de Porfirio Díaz (1867-1910), periodo que, según Florescano, fue uno de los más creativos de la historiografía mexicana. Se produjeron obras de referencia como el Diccionario universal de historia y geografía (1853-1856) que resumía buena parte del conocimiento histórico-geográfico de la época con el propósito de conseguir un mejor entendimiento de la nación; obras que abarcaban grandes periodos, como la Historia antigua de la Conquista de México de Manuel Orozco y Berra; y enormes compilaciones bibliográficas sobre el conocimiento del pasado, como la Bibliografía mexicana del siglo XVI   de Joaquín García Icazbalceta.43 La culminación de esta historia erudita que dio una importancia renovada a la publicación y el uso de fuentes y documentos para la historia fue la publicación de dos magnas obras colectivas: México a través de los siglos y México, su evolución social, y un libro “profético”, Los grandes problemas nacionales de Andrés Molina Enríquez.44 Este artículo pionero, además de reflejar los intereses fundacionales de Florescano, lo identificó como uno de los herederos y continuadores de la indagación acerca de los grandes problemas nacionales por medio del enfoque de la sociología histórica dividida en ciclos de corta y larga duración, y de los procesos de cambio y continuidad. De su convicción de la importancia de la historia como disciplina y como vía de formación de las conciencias, y de la necesidad de difundir el conocimiento a públicos académicos y generales, surgiría su interés por impulsar y editar colecciones y trabajos colectivos, así como análisis de larga duración, estudios geográficos y cartográficos para mapear la historia de México; y grandes síntesis que proporcionan una visión panorámica de los procesos históricos. Pero más que nada surgió su preocupación por el análisis, en sus propios términos, del México prehispánico como parte integral de la historia de México. Al seguir esta tendencia, Florescano recogió el legado de Clavijero y de los historiadores de finales del siglo XIX y principios del XX que estudiaron la historia de México desde el punto de vista de la nación; no obstante, a diferencia de estos historiadores, Florescano reconoció la pluralidad de las comunidades indígenas frente a la unidad de la nación y se dio a la tarea de explicar estas historias para así elucidar las difíciles relaciones entre las milenarias tradiciones y el sistema, relativamente joven, nacional.

Al entender la historia de la historia de México como “una sucesión de tiempos cortos y largos, de rompimientos y recuperaciones y síntesis”, 1910 fue un hito importante para Florescano, inauguró el ciclo de las grandes revoluciones y perfiló una “nueva conciencia social” basada en el nacionalismo. La nueva cultura del país estaría basada en un movimiento nacionalista con raíces nativas que incorporaría a los indígenas a la nación revolucionaria y, a la vez, reivindicaría su explotación. El movimiento nacionalista indigenista se comunicó por medio de la palabra impresa, pero más espectacular y masivamente por medio de la pintura narrativa mural. La importancia de los códices, los murales prehispánicos y los revolucionarios tuvieron un impacto en Florescano, quien también se dedicó a estudiar el poder narrativo de la imagen al ilustrar sus obras profusamente y publicar estudios de iconografía narrativa acerca de la patria y la nación.45

La nueva corriente revolucionaria fue interdisciplinaria ya que se nutrió de trabajos de antropología y arqueología; de este modo, se dedicó a estudiar las problemáticas étnicas, sociales y agrarias a la par de las económicas. Dentro de esta corriente se sitúan Chávez Orozco y Alfonso Teja Zabre quien publicó una historia de México aplicando el método marxista para explicar la historia económica del país.46 Muchos historiadores nacionalistas de la época utilizaron el enfoque de la lucha de clases y los modos cambiantes de producción para explicar la historia de México. Para Florescano ésta fue la época de la historia económica y social, pero también de la institucional y jurídica. Ambas, sin embargo, se interesaron por la cuestión social.

Florescano opina que los años treinta representaron un periodo de transición que anunciaron “(…) la fundación de las primeras instituciones que estimulan los estudios históricos” y “una de las épocas más dinámicas y productivas de la historiografía mexicana”.47

Asimismo, continúa su reflexión sobre los ciclos de la historia al afirmar que a partir de la década de los cuarenta “una característica distingue a este periodo de todos los precedentes: la investigación y la producción históricas se desarrollan bajo el signo de las instituciones”.48

El Colegio de México fundado en 1940, y su Centro de Estudios Históricos, organizaron los nuevos estudios históricos en seminarios dirigidos por Zavala, Cosío Villegas, José Gaos y José Miranda. Por otra parte, en 1945 se fundó el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM con seminarios filosóficos, bibliográficos, historiográficos y estudios de la cultura náhuatl. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fundado en 1939, y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), establecida en 1942, se dedicaron a su vez a estudiar el pasado mexicano remoto, la arqueología, la antropología física y social y la historia, así como a explorar y conservar monumentos, y a crear museos, bibliotecas, centros de investigación y archivos documentales y fotográficos. Desde los años cuarenta, la fundación de instituciones que se ocupan de la historia ha favorecido el desarrollo de la disciplina, la formación de historiadores y la publicación de obras en revistas como Historia Mexicana y Estudios Novohispanos, y en editoriales como el Fondo de Cultura Económica (FCE). La relación entre las instituciones, la docencia y la investigación y la obligación moral de explicar para entender los problemas de la nación quedarían plasmadas en el ADN de Florescano.

 

III. El cuarteto de la  memoria

El cuarteto se encuentra integrado por la magna obra Memoria mexicana, Etnia, Estado y nación; Memoria indígena e Historia de los historiadores, aunque también incluiría las dos obras de narrativa iconográfica, Imágenes de la patria y La bandera mexicana.49

Con este ciclo de libros, Florescano dejó atrás la historia económica mas no abandonó las corrientes analistas, ahora enfocadas en el estudio de las mentalidades y la epistemología. Tampoco abandonó sus líneas tempranas que se ocuparon de las crisis y los ciclos, las sociedades agrarias, las sociedades antiguas, la historia de las comunidades indígenas, el papel del mito, de la religión y su relación con el poder. Este cuarteto se ocupa principalmente de la recuperación del pasado y de su relación con la formación de la identidad nacional. Memoria analiza “(…) las innumerables memorias del pasado construidas por distintos grupos y pueblos que habitan el territorio que hoy llamamos México”. La reflexión se lleva a cabo con un ojo fino interpretativo sobre el pasado, los mitos, la historia, la memoria y el desarrollo de las comunidades y su relación con el poder.

Los grupos y los pueblos acuden al pasado para exorcizar el fluir corrosivo del tiempo sobre las creaciones humanas; para tejer solidaridades fundadas en orígenes comunes; para demarcar la posesión de un territorio: para afirmar identidades nacidas de tradiciones remotas; para sancionar el poder establecido; para respaldar, con el prestigio del pasado, vindicaciones del presente; para construir una patria o una nación fundadas en el basamento de un pasado compartido; o para darle sustento a proyectos disparados hacia la incertidumbre del futuro. Cualquiera que sea el motivo que suscita la recuperación del pasado ésta siempre se manifiesta como una compulsión irreprimible cuyo fin último es afirmar la existencia histórica del grupo, el pueblo, la patria o la nación.50

Para ilustrar su punto, Florescano cita a Isaiah Berlin sobre Gianbattista Vico quien expresó que “el hombre puede entenderse a sí mismo porque entiende, en el proceso, su pasado; porque es capaz de reconstruir imaginativamente lo que hizo y lo que sufrió”.51 Entonces, la historia y las historias de las sociedades humanas son el juego entre la objetividad y la subjetividad.

Este estudio examina las cosmogonías mesoamericanas, la concepción nahua del tiempo, los usos del pasado y el mito e historia protagonizado por Quetzalcóatl. Narra el mito de los orígenes y señala cómo la Conquista elaboró un nuevo discurso que inició otro ciclo basado, como en el pasado, en la religión (ahora cristiana), pero donde el indígena no era bienvenido. La subsiguiente resistencia indígena se ejerció mediante la sobrevivencia de la memoria y el resurgimiento del mito de Quetzalcóatl, y de la construcción de las genealogías elaboradas por la nobleza indígena para contrarrestar las crónicas fundacionales del cristianismo y las historias oficiales imperiales de la Corona. A lo largo del tiempo, estas resistencias también se externaron por medio de los movimientos milenarios y míticos ligados a las manifestaciones religiosas, especialmente la del culto Tonantzin-Guadalupe. Florescano analiza las reflexiones sobre estas temáticas desde diferentes perspectivas, de modo que se van enriqueciendo, entrelazando y complementando hasta formar muchas historias dentro de una sola. De la misma manera, la memoria mítica surge y resurge según las circunstancias; así, Florescano demuestra cómo uno de esos resurgimientos inaugura un nuevo ciclo con la Independencia, suceso que contextualiza con el discurso mítico de la insurgencia, a la vez que fundamenta la aparición de una historia nacional.

En Etnia, Estado y nación, Florescano examina el desenvolvimiento histórico de las organizaciones políticas por medio de las relaciones entre las etnias, el Estado y la nación. Éste es un libro de historia y, a la vez, un estudio etnohistórico ya que hace un análisis de las etnias del presente a partir de la perspectiva histórica. La obra tiene un impacto importante porque ofrece un análisis profundo de conjunto y, especialmente, porque detecta uno de los problemas más paradigmáticos de la cuestión. Florescano entiende “etnia” como un grupo de personas establecido históricamente en un territorio que posee un lenguaje y una cultura en común, que ostenta características particulares frente a otros, y que se reconoce con un nombre propio. La etnia, afirma, cohesionó a las sociedades por milenios. Por lo mismo, las etnias tuvieron conflictos con el Estado, que aparece tempranamente en Mesoamérica y al cual Florescano define como “(…) un ordenamiento jurídico que ejerce el poder soberano sobre un territorio al que están subordinados los individuos al que les pertenece”.52 Los conflictos continuarían a lo largo de la época de la monarquía católica y de la nación. Por su parte, la nación, que originalmente denominaba un grupo étnico, cambió de concepto después de la Revolución francesa y llegó a significar: una colección de miembros que “se reconocen mutuamente ciertos deberes y derechos en virtud de su calidad de miembros (…) una nación de ciudadanos regidos por leyes iguales unidos por valores comunes y con el propósito de crear un Estado soberano”.53

Así, Florescano identifica diferencias aparentemente irreconciliables entre lo plural —las etnias colectivas tradicionales con sus derechos y costumbres históricas— y lo unitario —la nación, con una base igualitaria pero con la tendencia de homogenizar a todas las comunidades dentro de una sola identidad mexicana—. En muchos sentidos Etnia, Estado y nación es un estudio sobre los valores mexicanos y la ética; Florescano lo escribe con el deseo de ofrecer un mayor conocimiento acerca de las historias complejas y ricas del indígena del pasado y del presente.

Para lograr su cometido, Florescano parte de lo que llama la matriz nativa, pasando por la organización política y el papel que jugaron las comunidades indígenas en la época colonial, sus varias estrategias de resistencia y la embestida ilustrada en su contra, hasta llegar al momento nacional que analiza por medio de las estrategias de integración o resistencia de las comunidades frente a la nueva política postulada por la nación. En el último capítulo del libro, Florescano intenta recrear la sublevación zapatista de 1994 a la luz de la historia de las comunidades tradicionales y reinterpretar el debate clásico entre calidad o clase; es decir, trata de entender si las sublevaciones indígenas fueron luchas de clase o guerras de casta como consecuencia de las fricciones entre las etnias, el Estado y la nación. Hace un esfuerzo, en esta síntesis explicativa, por señalar los efectos de las luchas campesinas en la formación de la nación y se pregunta cómo resolver su aparente fragmentación. Para explicar la razón por la cual el proyecto de nación no fue tan exitoso, comenta sobre el fracaso de las propuestas de Molina Enríquez:

Como sabemos, el cambio pacífico que Molina Enríquez predicaba para cohesionar las diversas partes de la población no pudo realizarse. El huracán revolucionario, cuyos aires violentos él mismo había barruntado, se anticipó en otro libro (el de John Kenneth Turner, México bárbaro)54 de tono más amargo e indignado, que dio a conocer la barbarie perpetrada contra los indios yaquis y mayas a nombre de la civilización y el progreso.

Por su parte, en Memoria indígena Florescano aborda con más detalle el tema de la memoria al estudiar los primeros relatos, la creación del cosmos y el principio de los reinos con base en los textos maya, mixteco, k’iche’ y nahua; estos textos, afirma, muestran la unidad de contenido y forma que habían alcanzado los pueblos americanos para transmitir sus mensajes: “(…) estos mitos comparten una estructura narrativa común cuyo propósito es contar el origen de tres acontecimientos fundadores; primero la creación del cosmos, luego el origen de los seres humanos, las plantas cultivadas y el Sol, y por último el nacimiento de los reinos”.55

En este libro se retoma la importancia que Florescano les atribuye a los mitos en la formación de la memoria, así como la centralidad de las imágenes y ritos de la creación del cosmos y del principio de los reinos, por ejemplo, la creación del reino maravilloso y la propagación de las tradiciones toltecas hasta el sur de Mesoamérica. Demuestra la versatilidad y la permanencia del mito al ser reinterpretado por cada uno de los pueblos que lo adopta a lo largo del tiempo y del espacio.

Muchos años más tarde la relación entre la mítica Tollán y los reinos que florecieron en tiempos posteriores fue reforzada por la interpretación que los mexicas hicieron del pasado Tolteca. Los mexicas discurrieron varios procedimientos para erradicar la presencia de los toltecas de las tierras que invadieron.56

De esta manera, se creó una nueva narrativa que adaptó la leyenda tolteca a las necesidades del pueblo mexica que llegó a establecerse, después de un largo peregrinar, a tierras despobladas. El mito alimentó la identidad del pueblo recién establecido; asimismo con el surgimiento del reino apareció la escritura, la cual fue capaz de sistematizar y perpetuar el lenguaje del poder en Mesoamérica.

Florescano define la memoria, que se expresa por medio de muchas formas (la oral, la escrita, la plástica, la musical, la ritual, entre otras), al declarar que “(…) la memoria no es un conjunto de expresiones que heredamos del pasado, sino una reconstrucción continua, hecha por los actores individuales y colectivos de la historia”.57 Compara las coincidencias entre las formas de construir la memoria mesoamericana y las que caracterizan a las culturas orales donde se repiten continuamente los mismos temas para mantener la continuidad del relato.58 El hilo conductor de Memoria indígena es la continuidad consoladora de la narrativa. Este libro vincula de cierta manera a Memoria mexicana y a Etnia, Estado y nación al recordar cómo la memoria indígena, cambiante y continuamente reconstruida, está viva y pasa por momentos de transición, por ejemplo, con la llegada de los calendarios y ritos cristianos, y con la reelaboración de la memoria en los nuevos pueblos de la posconquista a partir de las narrativas cristianas e imperiales. Las diversas formas narrativas son precisamente las que permiten que perdure la memoria étnica. Por otra parte, con el ciclo iniciado por la Revolución se formula una memoria ya no indígena sino indigenista, que recrea la visión del cosmos de los indígenas para demostrar la continuidad de la cosmogonía antigua, pero también la discontinuidad a lo largo de los diferentes periodos en la historia, así como las formas y razones por las cuales los pueblos indígenas han sido capaces de conservar y adaptar su memoria a partir de sus tradiciones orales, sus costumbres y lenguajes. En el último análisis la identidad étnica se mantuvo por la transmisión de la memoria colectiva.

Desde otra perspectiva, el autor narra las diferentes interpretaciones de la nación por medio de las representaciones plásticas de la bandera como símbolo unificador. Así, señala que: “Lo distintivo de la bandera mexicana es que en su hechura participaron tres tradiciones diferentes: la indígena, la herencia religiosa hispánica y colonial, y la tradición liberal que propuso fundar estados autónomos y soberanos”.59

Florescano toca el tema recurrente de la interacción entre las diferentes identidades que integran la nación y aprovecha la ocasión para explicar la función de la historia; para ello, trata de comprender cómo las identidades colectivas siguen el camino de la historia en constante cambio, por lo que los distintos actores colectivos, al hacer valer sus propias reivindicaciones, “mudaron y renovaron los antiguos emblemas de identidad”.60

Asimismo, Imágenes de la patria es otra narrativa plástica de larga duración que comienza con representaciones de la diosa madre mítica, pasa por los símbolos del patriotismo criollo, los patriotismos republicanos, de la Reforma y del Porfiriato; los símbolos revolucionarios y posrevolucionarios, y llega hasta lo que Florescano denomina “el colapso de las imágenes de la patria y la nación” a partir de 1960, cuando entran en crisis por la contradicción entre la pluralidad social y la homogeneidad política. Aparte de ser un análisis espléndido de la relación entre cultura y política es también una historia general de México en donde los centros de reflexión son las variaciones de la memoria, las identidades comunitarias y la identidad nacional.

En México, podría decirse, los signos de descomposición de la nación cívica son aún más acentuados y preocupantes. La comunidad de ciudadanos con iguales derechos y deberes que imaginaron los liberales de la primera mitad del siglo XIX no se realizó nunca, y actualmente es desafiada por diversas propuestas multiculturalistas, por la diseminación desbordada de “comunidades emocionales”. Entre los años 2002 y 2004 algunos historiadores rompieron lanzas contra el nacionalismo.61

Florescano nos recuerda que la crisis política que vive el país en la actualidad tiene raíces históricas irresueltas, por lo que la nación y las comunidades diversas que la integran sufren una crisis de identidad por falta de entendimiento de las problemáticas.

 

IV. El historiador de la memoria: la historia y su función social

Todas las explicaciones y reflexiones acerca de las problemáticas nacionales se logran mediante un juicioso estudio de la historia. Este ciclo está integrado por algunos artículos destacados y, principalmente, por otro cuarteto de libros: La historia y el historiador, Para qué enseñar y estudiar la historia, Historia de las historias de la nación mexicana y La función social de la historia.62

Como en el caso del cuarteto anterior, se trata del desarrollo de varios puntos en el contexto de una interpretación más amplia. Didácticas y a la vez narrativas las obras discuten acerca del oficio del historiador, del propio oficio de Florescano, y hacen una revisión de la trayectoria de la narrativa histórica desde su origen como memoria del poder hasta la historia contemporánea basada en el análisis crítico. Este planteamiento lo habría discutido en el célebre ensayo publicado en Historia, ¿para qué?63 Sin embargo, sus ciclos de pensamiento lo llevan a revaluar cada vez más incisivamente la importancia de la historia.

Para Florescano, la recuperación del pasado siempre ha tenido un matiz político, como se observa claramente en el cuarteto de la memoria. Reitera que el pasado ataja el correr del tiempo, pero también teje solidaridades fundadas en orígenes comunes, demarca la posición de un territorio, afirma identidades nacidas de tradiciones remotas y sanciona el poder establecido. La historia respalda con el prestigio del pasado vindicaciones del presente para construir una patria y una nación fundadas en un pasado compartido o para darle sustento a proyectos futuros.64

En “Breve incursión a los sótanos del oficio” la función de la historia está ligada a la formación de la nación, pero también a la memoria del pasado. En este sentido, a Florescano no se le puede asignar una simple etiqueta como historiador económico o intelectual ya que su obra es narrativa, explicativa, analítica y total. Es universal y, a la vez, particular; su historia se inscribe en la tradición liberal caminando hacia un futuro mejor con tropiezos y, también, con aciertos; al mismo tiempo, es cíclica en sus momentos de crisis, sus reinvenciones y adaptaciones. Pero más que nada Florescano es un humanista que entiende la historia como una explicación de la humanidad colectiva paradójica y maravillosa donde la memoria conserva los movimientos necesarios para sobrevivir. La historia se enseña precisamente para transmitir los valores, la experiencia y los conocimientos necesarios para asegurar la supervivencia del grupo o la nación. Es por estas razones que Florescano enaltece a la sociedad plural y democrática más que al Estado fuerte. La historia tiene un papel activo que jugar, una función social que la perfila a tomar parte en los acontecimientos y a no estar por encima de ellos. Florescano aplaude la profesionalización de la historia pero, al mismo tiempo, lamenta que el historiador científico se haya convertido en un especialista excluyente. Exhorta a que la historia se convierta de nuevo en una disciplina amplia e incluyente que se ocupe de los aspectos más profundos de la experiencia humana, y lanza el desafío de reconsiderar la enseñanza, los propósitos y los métodos de la historia.

 

Clara García Ayluardo
Miembro del Centro de Investigaciones y Docencia Económicas-División de Historia.

La autora agradece la valiosa ayuda de su asistente, Daniel Rivera Rodríguez, en la elaboración de este ensayo.

 

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Este texto forma parte del libro Enrique Florescano: Semblanzas de un historiador (coordinadores Juan Ortiz Escamilla y Nelly Palafox López), editado por la Universidad Veracruzana.


1 Entre otros cargos fue rector de la Universidad Veracruzana (1956-1963), diputado federal (1961-1964), subsecretario de Cultura Popular (1970-1974) y director del Instituto Nacional Indigenista (1971-1972).

2 Gonzalo Aguirre Beltrán, El señorío de Cuautochco: luchas agrarias en México durante el Virreinato. Un estudio sobre la tierra (México, Ediciones Frente Cultural, 1940). Regiones del refugio (Xalapa, UV/ Gobierno del Estado de Veracruz, 1967). Otras obras trascendentes: Luis Chávez Orozco, El proceso de aculturación (México, UNAM, 1957); Gonzalo Aguirre Beltrán, Formas de gobierno indígena (México, Imprenta Universitaria, 1953); Medicina y magia: el proceso de aculturación en la estructura social (México, Instituto Nacional Indigenista, 1963); Zongolica: encuentro de dioses y santos patrones (Xalapa,  UV, 1986).

3 Como, por ejemplo, Cuadro de la situación económica novohispana en 1788 (México, Secretaría de Economía Nacional, 1934); Los salarios y el trabajo durante el siglo XVIII (México, Secretaría de Economía Nacional, 1934); Las cajas de las comunidades indígenas de la Nueva España (México, Secretaría de Economía Nacional, 1934); y Orígenes del agrarismo en México (México, Secretaría de Economía Nacional, 1935). En 1945 coordinó La libertad del comercio en la Nueva España en la segunda década del siglo XIX (México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 1943) con documentos del Archivo Histórico de Hacienda.

4 La crisis novohispana de 1784-1785 (México, Banco Nacional de Crédito Agrícola y Ganadero, 1958) y Breve historia agrícola de México en la época colonial (vol. xxi, México, Banco Nacional de Crédito Agrícola y Ganadero, 1958).

5 La civilización maya-quiché (México, Talleres Gráficos de la Nación, 1932), La industria de hilados y tejidos en México 1829-1842 (México, Secretaría de Economía Nacional, 1933), Historia económica y social de México. Ensayo de interpretación (México, Botas, 1938), Historia de México, época precortesiana (México, Patria, 1934).

6 Como, por ejemplo, subsecretario de Educación (1936-1938), jefe del Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas (1938-1940) y secretario general del Comité Ejecutivo Nacional del SNTE  (1943-1945).

7 Cosío Villegas fue un hombre público, crítico y a la vez cercano al poder. Fortaleció y fundó instituciones y revistas. Los cargos que desempeñó incluyen el de director del Fondo de Cultura Económica (FCE), secretario general de la UNAM, consejero de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México, director de la Escuela Nacional de Economía (UNAM); presidente de El Colegio de México (Colmex, 1957-1963), director de la revista Historia Mexicana (1951-1961) además de ser fundador de la revista del Centro de Estudios Internacionales del Colmex, Foro Internacional.

8 Daniel Cosío Villegas, Historia moderna de México, 1867-1910, 10 vols., México, Hermes, 1960.

9 Daniel Cosío Villegas, “La crisis de México”, en Cuadernos Americanos, núm. 32, marzo-abril de 1947.

10 Andrés Molina Enríquez, Los grandes problemas nacionales, México, Imprenta de A. Carranza e hijos, 1909.

11 Daniel Cosío Villegas (ed.), Historia de la Revolución mexicana, 10 vols., México, El Colegio de México, 1977-1981.

12 Historia general de México, 2 vols., México, El Colegio de México, 1976.

13 Enrique Florescano e Isabel Gil Sánchez, “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico”, en Historia general de México, México, El Colegio de México, 1976. El artículo apareció posteriormente corregido y aumentado con Margarita Menegus, “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)”, en Historia general de México, México, El Colegio de México, 2001, pp. 363-430.

14 Historia mínima de México, México, El Colegio de México, 1973.

15 Luis González y González, Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, México, El Colegio de México, 1968.

16 Francisco Xavier Clavijero, Storia antica del Messico (Historia antigua de México), Cesena, Italia, 1780.

17 Algunas de sus obras más importantes son: Fernand Braudel, El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1a. ed. en francés, 1949), México, FCE, 1953; Ruggiero Romano, Moneda, seudomonedas y circulación monetaria en las economías de México, México, FCE/El Colegio de México, 1998 (Fideicomiso Historia de las Américas. Serie Ensayos); Pierre Vilar, Oro y moneda en la historia, 1450-1920, Barcelona, Ariel, 1969.

18 Precios del maíz y crisis agrícolas en México. 1708-1810, México, El Colegio de México, 1969.

19 Ernest Labrousse, Equisse du mouvement des Prix et des Revenus en France Aux XVIIIeme siecles, 2 vols., París, 1933.

20 Precios del maíz, p. 15, citado de Ernest Labrousse, La crise de l’economie francaise, p. 134.

21 La valorización de los precios como forma sistemática de hacer historia económica la inicia Earl J. Hamilton (1928-1929). Sus obras más importantes son American Treasure and the Price Revolution in Spain, 1501-1650 (Cambridge, 1934); War and Prices in Spain, 1651-1800 (Cambridge, 1946). Al utilizar fuentes de archivo, Hamilton construyó series de precios y salarios en España y formuló su teoría sobre el desarrollo económico y el origen del capitalismo en Europa.

22 Precios del maíz, p. 15.

23 Ibid., pp. 95-96.

24 Ibid., p. 17.

25 Algunas obras son: Enrique Florescano (coord.), Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina, México, Siglo XXI, 1975; Enrique Florescano y Fernando Castillo (coords.), Controversia sobre la libertad de comercio en la Nueva España, 1776-1818, 2 vols., México, Instituto Mexicano de Comercio Exterior; Enrique Florescano (ed.), La clase obrera en la historia de México: de la Colonia al Imperio, vol. I, México, Siglo XXI / UNAM-Instituto de Investigaciones Sociales, 1980; Enrique Florescano e Isabel Gil (comps.), Descripciones económicas generales de la Nueva España, 1784-1817, México, INAH-Departamento de Investigaciones Históricas, t. I, 1973, t. II y III, 1976.

26 Se perfilan los intereses filosóficos que le preocuparían a Florescano en su reseña del libro de Lucien Goldmann, Las ciencias humanas y la filosofía (Buenos Aires, Galatea Nueva Visión, 1959), en La palabra y el hombre, núm. 19, julio-septiembre de 1960, pp. 531-549.

27 Ibid., p. 531.

28 Ibid., p. 549.

29 Ibid., p. 534.

30 Silvio Zavala, La “Utopía” de Tomás Moro en la Nueva España y otros estudios, México, Antigua Librería Robredo, 1937.

31 Enrique Florescano, “Tomás Moro, la ‘Utopía’ y el experimento de Vasco de Quiroga”, en La Palabra y el Hombre, núm. 25, enero-marzo de 1963, pp. 21-49.

32 Ibid., pp. 34-35; cita a Max Beer, A History of British Socialism, Londres, 1940, p. 3.

33 Enrique Florescano, “Política y religión en el antiguo Egipto”, en La Palabra y el Hombre, núm. 26, abril-junio de 1963, pp. 209-241.

34 Ibid., p. 209.

35 Enrique Florescano, El mito de Quetzalcóatl, México, FCE, 1993 y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica, México, Taurus, 2004.

36 “Política y religión en el antiguo Egipto”, p. 231.

37 “Notas sobre la producción histórica de México”, en La Palabra y el Hombre, núm. 43, julio-diciembre de 1967, pp. 525-547.

38 Ibid., p. 525.

39 Ibid., p. 526.

40 Ibid., p. 526.

41 Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, 1811.

42 “Notas sobre la producción histórica de México”, p. 527.

43 Ibid., pp. 526-528.

44 Vicente Riva Palacio (ed.), México a través de los siglos, 5 t., México, J. Ballescá y Compañía, 1884; Justo Sierra, México, su evolución social, México, J. Ballescá y Compañía, 1902.

45 Enrique Florescano, Imágenes de la patria, México, Taurus, 2006; La bandera mexicana. Breve historia de su formación y simbolismo, México, fce, 2004; La bandera mexicana, México, FCE, 1998; Taurus,  2000.

46 Alfonso Teja Zabre, Breve historia de México, México, SEP/Talleres Gráficos de la Nación, 1934.

47 “Notas sobre la producción histórica de México”, p. 532.

48 Idem.

49 Enrique Florescano, Memoria mexicana, México, Joaquín Mortiz, 1987; 2a. ed., FCE, 1994; 3a. ed., Taurus, 2001; 4a. ed., fce, 2002. Etnia, Estado y nación. Ensayo sobre las identidades colectivas en México, México, Aguilar, 1997; 2a. ed., Taurus, 2001. Memoria indígena, México, Taurus, 1999. La bandera mexicana: breve historia de su formación y simbolismo, Taurus, 1998. Imágenes de la patria a través de los siglos, México, Taurus, 2005.

50 Memoria mexicana, p. 9.

51 Ibid., p. 11.

52 Etnia, Estado y nación, p. 14.

53 Ibid, p. 15.

54 John Kenneth Turner, Barbarous Mexico. An Indictment of a Cruel and Corrupt System, Canel and Company, Londres y Nueva York, 1911. Citado en Etnia, Estado y nación, p. 511.

55 Enrique Florescano, Memoria indígena, p. 66.

56 Ibid., pp. 165-166.

57 Ibid., p. 218.

58 Ibid., p. 225.

59 La bandera mexicana, p. 13.

60 Ibid., p. 159.

61 Imágenes de la patria, p. 439.

62 Enrique Florescano, La historia y el historiador, México, fce, 1997; Para qué estudiar y enseñar la historia, México, Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, 2000; Historia de las historias de la nación mexicana, México, Taurus, 2002 (Colección Pasado y Presente); La función social de la historia, México, FCE, 2012 (Breviarios).

63 Carlos Pereyra, Historia, ¿para qué?, México, Siglo XXI, 1980, pp. 91-127.

64 La historia y el historiador, op. cit., p. 10.

65 Presentada como ponencia en la VI Reunión de Historiadores Mexicanos y Estadounidenses en Chicago del 8 al 12 de septiembre de 1981. Se publicó en Nexos núm. 46, en octubre de 1981, pp. 27-37. El artículo apareció posteriormente en Roderic A. Camp, Charles Hale y Josefina Zoraida Vazquez (comps.), Los intelectuales y el poder en México. Memorias de la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadounidenses, México, El Colegio de México / UCLA-Latin American Center Publications, 1991, pp. 625-640.