El Códice de Exeter (de literatura anglosajona, siglo X) incluye noventa y cinco adivinanzas en verso. Aristóteles, en el libro tercero de su Retórica, admitió el placer que dan las adivinanzas y dijo que éstas pueden ser instructivas y metafóricas. En la Edad Media la adivinanza era un género literario y todos percibían su afinidad con la metáfora y la alegoría. Las noventa y cinco piezas del Códice de Exeter carecen de rigor; son menos ingeniosas que poéticas. Algunas son tan vagas que no se ha dado aún con la solución. Esta, que lleva el número ochenta y cinco, se refiere al río y al pez: “Mi morada no es silenciosa ni yo hago ruido; el Señor ordenó que fuéramos juntos; soy más veloz que mi morada, a veces más fuerte, pero ella trabaja más; a veces suelo descansar, pero ella es incansable. En ella habitaré mientras viva; si nos separan, mi destino es la muerte”.

01-adivinanza

La solución de la siguiente que lleva el número ochenta y seis, es un tuerto vendedor de ajos: “Un ser llegó al lugar donde se congregaban los hombres sabios. Tenía un ojo y dos orejas y dos pies, mil doscientas cabezas, panza y espalda, dos manos, brazos y hombros, un pescuezo y dos costados. Dime quién soy”.

La más famosa de estas adivinanzas es la del cisne que lleva el número ocho: “Mi traje es silencioso cuando camino sobre la tierra o bajo sus moradas o agito las aguas profundas. A veces mis adornos y el aire alto me elevan sobre las casas de los héroes, y el poder de las nubes me lleva hasta muy lejos, sobre la gente. Mis adornos resuenan y hacen música; cantan con claridad cuando estoy muy alto sobre el agua y la tierra y soy un espíritu errante”.

Una curiosa adivinanza, la número cuarenta y ocho, es la de la polilla: “Un gusano comió palabras. Me pareció escuchar una maravilla: el gusano, un ladrón en la oscuridad, había devorado el famoso canto de un hombre y su fuerte fundamento. Nada aprendió el furtivo huésped con haber devorado palabras”.

El tema de la número cuarenta y nueve es el cáliz: “Oí que un anillo daba noticias a los héroes, aunque no tenía lengua y no profería fuertes palabras. Silencioso, el círculo de oro hablaba por los hombres: ‘Sálvame, auxilio de las almas’. Que los hombres entiendan el misterioso lenguaje del oro rojo, su palabra mágica; que los sabios encomienden a Dios su redención, como dijo el anillo”.

El enigma siguiente, que lleva el número veintinueve, versa sobre la luna y el sol: “Vi un ser maravilloso, una nave aérea, llevar sobre sus cuernos el botín que trajo la guerra. Quería edificar una alcoba en la fortaleza. Entonces llegó un ser prodigioso sobre las cumbres de las montañas (todos los moradores de la tierra saben quién es), tomó el botín y echó a la viajera, que se dirigió al oeste. Polvo subió a los cielos, rocío cayó sobre la tierra, la noche se fue. Nadie sabe el camino de aquel ser”. Los críticos entienden que el botín que figura en la adivinanza es la luz.

 

Fuente: Jorge Luis Borges, Obras completas en colaboración, vol. 2, Alianza Tres/Emecé, Madrid, 1983.