02-tedio

Hace algunos días que la mitad a lo menos de los habitantes de este puerto (Mazatlán) tenemos los ojos fijos en el barómetro, casi sin interrupción. Ni los antiguos iban a consultar el oráculo con la fe y el interés con que nosotros recurrimos a ese instrumento que al fin y al cabo nos deja siempre en la duda.

Sopla un poco de viento, se nubla el cielo y ahí nos tienen ustedes frente a la columna mercurial. ¿Que baja? Dios mío, chubasco seguro. Y nos vamos en pos del amigo que más cerca de nosotros vive y le decimos: ¿no sabe usted? El barómetro está bajando. Luego, si vivimos a inmediaciones del mar, lo inspeccionamos con mirada inquisidora: Hay viento fresco del sur, las olas muestran un color gris sospechoso, los buques anclados cabecean tristemente, el cielo está entoldado por nubes gruesas y, de vez en cuando, un relámpago lívido llena la extensión. “No tarda, no tarda el temporal”, decimos moviendo acompasadamente la cabeza. Y se pasan los días y el barómetro baja que es un susto, y luego sube que es un contento, y nada sucede. Nada absolutamente.

No parece sino que el oráculo se divierte con nosotros. Después de todo, esa vida de continuas emociones es bella, distrae bastante; así ni se siente el calor y el apetito se abre. El opulento Kin Fo [en la novela de Julio Verne Las tribulaciones de un chino en China] ya se moría de tedio y sólo encontró un medio de destruir la monotonía de su vida, cuando el filósofo Wang Le prometió que el día menos pensado lo asesinaría. El barómetro hace para nosotros las veces de Wang. ¡Qué sería de los mazatlecos sin el barómetro! Nos moriríamos de spleen. La continua amenaza de un chubasco nos hace vivir, ya que nos proporciona emociones intensas.

 

Fuente: Amado Nervo, Lunes de Mazatlán (crónicas: 1892-1894), Edición, estudio y notas de Gustavo Jiménez Aguirre, UNAM, 2006.