Soy la voz del río.

La vieja voz del bien amado río.

La voz que añora, la que espera.

La voz del que recuerda. La memoria del río. La que sabe cómo fue su canto, la que aún sueña.

La que lo nombra, la que en su nombre quiere hablar.

01-aguam

Ilustración: Gonzalo Tassier

Agua que corre: Atoyac. Así llamaron a mi cauce, los antepasados. Agua que baja de los montes, fui claro tantos años que era impensable imaginar el infortunio. Se acercaban los niños hasta hundirse en mi luz. Con los pies desnudos anduvieron sobre las piedras, acariciándolas, durante siglos, como yo. Y todo era posible en ese juego de pies y piedras, enlazados en mí, confiados a mi estirpe de cristal, al ruido de mi agua humedeciendo los oídos del mundo.

Atoyac se dijo siempre con dulzura, porque mi nombre sonaba altivo y entrañable como la luz que lo rodea. Era yo el río Atoyac, no el río sin nombre, era este movimiento que ahora invoco, no era la necia mugre que hoy me aquieta. Era la vida misma, el suave andar de una fuerza que no se daba tregua, que no interrumpía nadie, que a nadie dañó nunca.

La corriente que hoy soy provoca miedo. Lastimado como ando, parezco sólo miasma y pena. Se habla de mí, como si trajera la muerte, como si nadie me la hubiera puesto dentro, como si culpa de mi voluntad fuera este caos y no culpa del caos mi quebrantada voluntad.

A mí que fui el orgullo de esta tierra, el más noble horizonte, la palabra precisa, la imprescindible ayuda, la mejor compañía, hay ahora quien me teme, porque hubo quienes lastimaron mi andar tranquilo, quien me desprecia porque no supo nunca lo que fui, quien creció a mi vera sin imaginar que alguna vez estuve iluminado, que el sol se veía en mí, andaba en mí, anduvo conmigo. Como andan los amigos cuando se cortejan. Como comparten un imperio quienes lo crean. Sol y río fuimos uno, como ahora somos uno, peste y cauda.

Luz y cauce hacíamos una dicha.

Hoy cauce y luz somos pura añoranza.

Soy un río triste. Agua que corre quiero ser otra vez. Atoyac. Agua que no tropieza con escombros, agua que no pinta la oscuridad, agua que no huele a borrasca, agua que sueña porque acompaña el sueño de otros.

Quiero ser Atoyac, agua que corre sin ser avasallada.

Fui río de luz, río de ustedes, no me dejen morir. Oigan mi voz. Revivan y revívanme. Pongan su añoranza en mi futuro. Y volvamos a jugar entre las piedras, bajo el brillo de lo que puedo ser: Atoyac.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

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