Por escurridizo, el ensayo es inapresable. Quien pretende sujetarlo sólo acierta a fijar todo lo que no es. Un género entre negaciones: no es ciencia ni ficción. No es aforismo ni tratado. No es pura constatación de hechos ni libre fantasía. Ni dardo ni bulto. Pero, más que una literatura de ideas, más que una taza de la escritura, el ensayo es tono: una forma de escuchar la inteligencia. Por ello valdría recurrir a otro contraste para perfilar su identidad. Me refiero al panfleto, ese ademán de la vehemencia.

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Ilustración: Adrián Pérez

George Orwell sentía una extraña fascinación por los panfletos. Le atraía su impacto, le repugnaba su estilo. Eran hojas que anunciaban una profecía, que esparcían un rumor, que llamaban a la insurrección, que lloraban el fin del mundo. Los coleccionaba como quien acumula corcholatas, con la persuasión de atesorar un inventario de desechos. Llegó a acumular más de dos mil 700 documentos que hoy cuida la Biblioteca Británica. No elogiaba sus posesiones. Advertía que su tesoro era basura astrológica y política; basura totalitaria y militarista, basura paranoica y supersticiosa. Despojos que eran, a su juicio, retratos de una sociedad consagrada a la mentira siempre que fuera impetuosa; un sociedad deseosa de escapatorias y renuente a la complejidad. Veía una impostada pasión en todos los panfletos pero en muy pocos detectaba auténtica vitalidad literaria. En los panfletos fascistoides o anarquistas, en los panfletos católicos o socialdemócratas escaseaba la imaginación, la inventiva. Unos llamaban a la revolución y otros a la represión de los sediciosos; unos alababan a Dios y otros lo maldecían pero todos se arremedaban en sus exclamaciones. En los panfletos George Orwell ubicaba, tal vez, el sonsonete ideológico que siempre quiso evitar.

El locutor de la BBC, el gran conocedor de los resortes de la manipulación comprendía la esencia de esos libritos sin tapa: la urgencia de decir algo importante a mucha gente. Ensayo y panfleto se acercan en su abrazo de la parcialidad, en la llaneza y brevedad de su expresión, en su afán de comunicarse con el hombre común. Pueden tocarse, invadirse. En un panfleto podrían percibirse devaneos ensayísticos, algún ensayo puede ceder ante la tentación panfletaria pero estos asaltos brincarán al lector atento como intrusiones. No se lee un panfleto para pasar el rato. Como ofensiva, debe tomarse muy en serio. Un panfletario es el soldado de sus convicciones. Combate para terminar el engaño porque tiene plena seguridad de lo que piensa. Desenmascara. Ocupa, por ello, la última estación de la letra: el prefacio de la acción. No puede haber ambigüedad en su llamado. Ordena a hacer, a ir, a sentir. Uno de los panfletos recientes más exitosos nos imponía hace unos años el deber de indignarnos. Porque la indiferencia es moralmente inaceptable, había que enfurecerse. Condena y convocatoria son los dos pies del panfleto.

El panfleto es el arma privilegiada de la ideología: una conclusión imperativa. Por el contrario, el ensayo es reflexión en movimiento; idea, en grado de tentativa. El ensayista no presume en ningún momento haber encontrado la verdad. Su deleite es la paradoja. Lo bueno que hay en lo malo, las dichas de la enfermedad, los placeres del odio. Una antología que Orwell quiso preparar fue la de los buenos malos poemas. Creía que había mucha tela de donde cortar. La literatura inglesa estaba llena de buenos malos poemas, esos “graciosos monumentos a lo obvio”. Imposible imaginar ese juego en el panfleto. Lo malo es sólo malo y, además, muy malo.

No suele correrle prisa al ensayista y, si busca seducir al lector, no es que quiera convencerlo, ni mucho menos ponerlo en marcha. Cuando Orwell enlistaba sus once reglas para una perfecta taza de té, compartía los rituales de un placer íntimo, no imponía una receta. Tenía claro que el té era uno de los pilares de la civilización británica pero no pretendía excomulgar a los bárbaros que encierran el té en bolsitas.

Al panfleto no lo atraen las sutilezas. Suele emplear sólo los colores elementales. Necesita plantarse en el extremo de un duelo. Debe por ello presentar disyuntivas inescapables. La libertad o la tiranía; la revolución o la injusticia, la dignidad o la ignominia. A derrocar con violencia todo el orden existente llama Marx en el más brillante panfleto de la historia política de Occidente. El proletariado ganará el mundo y perderá sus cadenas. ¡Proletarios del mundo, uníos! No hay nubes por delante. Absurdo habría sido convocar a una revolución con inconvenientes. El código del panfleto no se aviene a la prudencia.

Es que no hay panfleto comedido. Es vehemente, incisivo, provocador, subversivo. Denuncia, condena, proscribe. Con fanfarrias arranca su galope. Reitera, enfatiza, grita. Acuña lemas. Asume que ha encontrado la raíz podrida y anuncia que la extirpará definitivamente. Poseído por el espíritu de la vacilación, el ensayo no puede ser vehículo del modo radical de encarar el mundo. Representa otro modo de vivirlo. Ramicalismo podría llamarse esa doctrina de andarse por las ramas y de colgarle a todo un pero. No pretender nunca que se ha encontrado el núcleo de la vida. Advertir que todo conocimiento es mero atisbo; que no hay certezas a nuestro alcance; que no hay razón para el sacrificio. El ensayo es la voz del temperamento ramical.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

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