El 12 de septiembre de 1919 Gabriele D’Annunzio inició el asalto a la ciudad de Fiume, en el golfo de Carnaro. Era un gesto disparatado, de un dramatismo grandilocuente, ostentoso y colorido: operístico. Fiume era una pequeña ciudad de poco más de 35 mil habitantes; entre ellos, alrededor de 22 mil hablantes de italiano, el resto: croatas, alemanes, húngaros, serbios. A rebufo del confuso fervor identitario de la Primera Guerra Mundial, el ayuntamiento había proclamado su anexión a Italia, en octubre de 1918. Pero las potencias que estaban dibujando el nuevo mapa de Europa en París querían un Estado eslavo fuerte, capaz de dar estabilidad a los Balcanes —y eso significaba integrar en Yugoslavia la costa dálmata, y todo el oriente del Adriático, hasta la península de Istria. Incluida Fiume.

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Ilustración: Estelí Meza

Al parecer, un grupo de granaderos italianos destacados en la ciudad durante la guerra habían jurado, en nombre de todos los muertos por la unidad, dedicarse a “la santa causa de Fiume”; su lema: “¡Fiume, o la muerte!”. Escribieron a D’Annunzio para exigirle que recordase a los italianos que habían combatido por la libertad, pero Fiume no era libre, porque no era italiana.

D’Annunzio era el mayor poeta de Italia: histriónico, provocador, parte en toda clase de escándalos, gran propagandista de sí mismo, compaginaba una estética decadentista, afectada, morbosa, con un nacionalismo estridente y retórico. Piloto aviador, herido de guerra, condecorado varias veces, se convirtió en el abanderado de todos los irredentismos. Y conforme avanzaban las negociaciones de París, contribuyó a popularizar en Italia la idea de la “victoria mutilada”.

Amotinado, el Primer Batallón de Granaderos de Cerdeña, del mayor Carlo Reina, avanzó sobre Fiume: 282 soldados, 20 oficiales, en 35 camiones, con cinco blindados. Al frente, el FIAT 501 rojo de D’Annunzio, cargado con un inmenso ramo de flores. Nadie, en los retenes militares que había en el camino, nadie se atrevió a disparar sobre el poeta. Y así entraron en Fiume: y “con la risa de la juventud”, escribió, pasamos por encima de las cuatro potencias: Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos.

En su habitación de hotel, D’Annunzio recibió con fingida sorpresa la noticia de que el consejo municipal lo había nombrado gobernador de la ciudad. Y salió al balcón, a hablar con una muchedumbre entusiasmada. Algo decisivo del ritual político del siglo XX nació en ese momento, en ese balcón: “En un mundo loco y envilecido hay una sola cosa pura: Fiume; hay una sola verdad: y es Fiume; hay un solo amor: ¡Fiume!”. Y, repentinamente, un cambio de registro, se dirige a la multitud en un tono íntimo, conversa: “¿Confirmáis vuestro voto del 30 de octubre?”. Y es un “sí” frenético.

El gobierno de Italia rechaza la anexión de Fiume. D’Annunzio decide entonces fundar una ciudad-Estado que sea modelo de una nueva forma de vida colectiva. Repentinamente desaparece el feroz nacionalismo de los días anteriores, la causa de Fiume “no es la causa del suelo, sino la causa del alma, de la inmortalidad”, emblema “de todas las insurrecciones del espíritu contra los devoradores de carne cruda”. Y a partir de esa imagen se forma la Liga de Fiume, representante de todos los pueblos oprimidos. Se invita a los nacionalistas de Dalmacia, Albania, Malta, Marruecos, Irlanda, Cataluña, India, Egipto, Afganistán, con un denso pastiche retórico: bíblico, romano, antiimperial, esotérico, libertario.

Durante unos cuantos meses Fiume es cualquier cosa, y todas. Llegan a la ciudad socialistas, anarquistas, fascistas, bolcheviques, sindicalistas, representantes de India y Egipto, y espías de todos los países de Europa. También desertores, veteranos de guerra, aristócratas quebrados, traficantes de droga, poetas. El primer notable que se presenta es el futurista Filippo Tommaso Marinetti. Pero después es Lenin quien dice que el único verdadero revolucionario de Europa es D’Annunzio. El Club DADA de Berlín celebra la ocupación de la ciudad como “una grandiosa empresa dadaísta”. Transmite su apoyo el anarquista Enrico Malatesta. Y Gramsci escribe: “la revuelta dannunziana… también es nuestra revuelta”. Acude Marconi, para instalar una emisora de radio. El conde Guido Keller von Kellerer, piloto también, y organizador de la marcha del 12 de septiembre, funda junto con Giovanni Comisso la Unión de los Espíritus Libres que buscan la Perfección para enseñar “la ciencia del amor”, y liberar a los hombres de la “sexofobia enferma e inmoral” —su emblema es una esvástica engarzada en una rosa de cinco pétalos.

Todo es nuevo, todo invita al entusiasmo: uniformes negros, insignias, emblemas, desfiles y discursos, un permanente teatro callejero, el culto a la juventud, el espectáculo militar, la evocación de Roma —y algunos croatas y judíos golpeados de vez en cuando, para ponerlos en su sitio.

Arturo Toscanini también viajó a Fiume con toda su orquesta, ofreció un concierto público el 18 de diciembre de 1920, bajo la amenaza del ultimátum del gobierno italiano. El 23 de diciembre el Andrea Doria bombardeó la ciudad, que se rindió cinco días después.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.