La democracia mexicana parece ser la obra de Sísifo. Una tarea de nunca acabar. En los ochenta era claro que las elecciones no eran confiables porque un partido hegemónico, fusionado con el Estado posrevolucionario, tenía el control de los comicios. El diagnóstico y el remedio eran claros para todos los actores involucrados. Construir la democracia pasaba por ciudadanizar y dar autonomía al órgano electoral, desvincular al partido del gobierno y asegurar reglas justas para los contendientes. Sin embargo, el antiguo régimen tenía también otras caras. La censura era una de ellas. Durante décadas muchas cosas no se podían decir en la prensa. El sistema era opaco en extremo. Ello permitía la ilegalidad y la discrecionalidad. En los últimos 25 años el país invirtió una cantidad enorme de recursos, materiales y humanos, para tener elecciones confiables, y remontar la parcialidad, la censura y la opacidad. Sin embargo, hay un obvio malestar con la democracia mexicana. En numerosas fuentes de nuestra vida pública parecería haber tenido lugar una peculiar regresión. Hemos hecho cuantiosos retiros de nuestro saldo civilizatorio. No se trata solamente de la catástrofe humanitaria que ha azotado al país durante una década. Algo más perverso y extraño ha tenido lugar. Una especie de reacción autoinmune del cuerpo político, una enfermedad que consume a la joven democracia mexicana.

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Ilustración: Belén García Monroy

Nuestros remedios se han vuelto contra nosotros. Algunos botones de muestra dan cuenta de este lupus. Una de las metas de la transición fue proteger y garantizar los derechos que durante décadas fueron conculcados por el régimen autoritario; entre ellos la libertad de expresión. Sin embargo, por doquier se encuentra asediada esta libertad. Los narcotraficantes intimidan o corrompen a la prensa local. ¿En algún momento fueron tan peligrosos los caciques posrevolucionarios para los periodistas? Pero lo más notable es que los nuevos ciudadanos de esta democracia están hoy más que nunca dispuestos a silenciar a quienes expresan ideas con las que están en desacuerdo. Una de las instituciones producto de la transición, el Conapred, ejerce el papel de censor estatal. Lo perverso es la justificación. Evitar la discriminación es un logro de la democracia. Ahora, en aras de la corrección política, el Estado está dispuesto a silenciar de nuevo a voces incómodas.

Lo mismo ocurre con otras ideas que en principio se presentaron como una profundización democrática. La protección de datos es una garantía de nuestro derecho a la privacidad. Vigilar que esa información sea utilizada de manera correcta es un triunfo de la ciudadanía. No obstante, ahora, bajo la cubierta de esa idea el gobierno amenaza con cerrar los archivos. Censurar los “datos personales” de personajes históricos es una regresión autoritaria de insondables consecuencias. La ley de archivos propuesta ha desatado una comprensible rebelión del gremio de los historiadores. La justificación no es proteger a una dictadura o a una ideología autoritaria; es la muy progresista idea de proteger los datos personales. Otro producto de la democracia mexicana se ha vuelto contra ella misma.

La regresión en la cuestión electoral tal vez sea la más dolorosa de todas. La credibilidad en las elecciones parece ahora un anómalo y breve interludio en una historia secular de desconfianza. Las elecciones se organizan en orden, la parte formal del proceso es transparente y los votos se cuentan. El Poder Judicial sirve como árbitro y en última instancia decide quién gana y quién pierde. Sin embargo, es indudable que hoy las elecciones han regresado al expediente de la sospecha. La parte formal de las elecciones transita por un lado y la real, marcada por el clientelismo, el dispendio y la ilegalidad, por el otro. Reina de nuevo el desprestigio. En cierto sentido estamos otra vez en el punto de inicio. ¿Por qué? Importa de sobremanera el diagnóstico, porque me parece que, a diferencia de lo que ocurría antes, ahora no hay una visión clara del origen del mal. Creo que hay dos causas del descalabro. En primer lugar, la transición generó expectativas equivocadas o incumplibles sobre lo que la democracia podía producir. Así, ha producido indefectiblemente frustración. La supuesta equidad es el mejor ejemplo de ello. La equidad es una ocurrencia mexicana, que no es parte del legado de la democracia liberal en Occidente.1 En segundo lugar, lo que ha puesto en jaque a la democracia mexicana son las dinámicas y los procesos desatados por el propio cambio político. Nuestros problemas no son un rezago del pasado. El mal estado de la democracia mexicana no se explica sin los logros del pluralismo: la descentralización y el federalismo. Tiene razón el economista Shumpeter cuando afirma que la democracia es un tipo de mercado. El mercado político mexicano, como muchos otros, sufre de ausencia de un Estado fuerte que lo regule. Así, se ha desbocado. En ese mercado conviven partidos y ciudadanos. No tuvimos el realismo de aceptar que en un país con instituciones débiles y la mitad de la población en la pobreza era inevitable que existieran altos niveles de clientelismo político.

Nada realmente serio se ha propuesto para remediar nuestro predicamento porque no entendemos cabalmente la etiología del mal. Ni la educación cívica ni una mayor regulación parecerían ser la solución. No tenemos tampoco estándares realistas que nos ayuden a determinar qué podemos esperar de nuestra democracia. Hoy sólo tenemos hartazgo y decepción.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Aquí está mi argumento en extenso sobre la equidad: http://bit.ly/2t1W0mQ

 

3 comentarios en “¿Regresión?

  1. Tanto dinero invertido en tratar de mejorar la democracia representativa, para caer en los mismos vicios de antaño, vicios que quedaron evidenciados en las recientes pasadas elecciones; más acentuadamente en el Estado de México, donde se utilizaron todas las artimañas que ingenuamente creíamos superadas, para que continuara el mismo grupo detentando el poder gubernamental y obviamente enriqueciéndose a manos llenas como lo han venido acostumbrando. Por las actitudes y acciones antidemocráticas puestas en práctica una vez más, se puede prever lo que sucederá el 2018 en la elección presidencial; y realmente desincentiva la participación para emitir el sufragio, eso en lo que a democracia electoral se refiere, ya no digamos a su complemento como debería de ser, que es la democracia participativa.

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