Gracias a Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas que seleccionaron los textos y al esfuerzo conjunto de las editoriales Era, de El Colegio Nacional y de la UNAM, contamos con una suculenta selección de las columnas del Inventario que a lo largo de cuatro décadas realizó José Emilio Pacheco. (Tres tomos, 1973-2014.)

Ya se ha escrito, y con razón, sobre la erudición de JEP. El abanico de sus temas y autores, el tratamiento de las corrientes intelectuales y artísticas o de los acontecimientos políticos y culturales es vastísimo y la forma documentada en que los aborda deslumbra a cualquiera. Su prosa transparente, nítida, se encuentra en las antípodas del neolenguaje académico confuso, profuso y difuso. Su bonhomía es singular en nuestra tradición: encuentra y rescata virtudes y aportes incluso en los autores más controvertidos si no es que excluidos del mundo de los bienpensantes (por ejemplo: Federico Gamboa o Salvador Novo). No es una generosidad impostada, menos naíf, sino fruto de su comprensión de los otros, de su  contexto político-cultural, sus biografías y resortes anímicos.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Pero de la revisión del primer tomo del Inventario me ha llamado la atención el uso constante de las efemérides como fórmula para alimentar la memoria, una labor insustituible si se quieren rescatar las tradiciones intelectuales y políticas de las que somos herederos. “Manuel Acuña, a un siglo de su muerte”, el centenario del nacimiento de Chesterton, los seis siglos de la muerte de Petrarca, los cien años del nacimiento de José Santos Chocano o de Thomas Mann o de Antonio Machado o de Rainer Maria Rilke o de Jack London o del teléfono, lo mismo que los quinientos años de las “Coplas” de Jorge Manrique o los doscientos del nacimiento de Lizardi y muchas más, son la puerta de entrada a biografías, obras y situaciones que son iluminadas por el conocimiento y el tratamiento de JEP.

Son, seguramente, textos preparados de antemano: trabajados, pulidos, estudiados. No son “maquinazos”, sino pequeños ensayos cargados de sapiencia y sensibilidad. Pero que irradian además pedagogía de la buena, es decir, se convierten en una invitación a conocer de primera mano a los autores y sus textos. JEP sabía que no existe tradición cultural sin el rescate perpetuo de quienes lo precedieron. Esa tradición —para estar viva— reclamaba lecturas y relecturas, nuevos acercamientos, nuevos enfoques. El tiempo ofrecía inéditas perspectivas, pero ello sólo era posible si la memoria se mantenía viva. Y no existía nada más devastador en el terreno cultural que la pretensión de fundar cada día una escuela incontaminada, pura.

Podía, por supuesto, hacer columnas sobre la marcha. Ahí están los obituarios de Salvador Allende o de Pablo Neruda, Jaime Torres Bodet o Rosario Castellanos, Hannah Arendt o Martín Luis Guzmán como botones de muestra. Pero —insisto— su obsesión por ver a la cultura como un continuum de aportaciones marcadas por el entorno y las trayectorias individuales particulares e intransferibles, son lo que hacen del Inventario una especie de enciclopedia personal cuyo aliento es omniabarcante.

En tiempos —quizá todos— en los cuales las memorias se encuentran más que reblandecidas, en los que la inmediatez premia ocurrencias que en un instante vuelven a caer en el olvido, a personajes patéticos cuyo mérito es plantarse en la mitad del foro para sorprender con alguna audacia sin sustancia, JEP rescataba biografías intelectuales, obras ambiciosas y trascendentes, episodios que dejaron huella en la historia, innovaciones que transformaron la vida.

La reconquista de la memoria era una de sus fortalezas, intentaba que las nuevas generaciones de lectores tuvieran sentido de su propio pasado, porque lo acaecido no cesaba de modificarse con los inéditos filtros que el paso del tiempo iba construyendo. En ese sentido era un excéntrico. Alguien ajeno al ansia de novedades efímeras y sin sentido que todos los días aparecen y se esfuman. El pasado era un cofre de tesoros y de sorpresas, de lecciones y absurdos, que había que recorrer e incluso habitar, porque muchas de las claves del presente se encontraban en él. No era sólo curiosidad, sino la intensa necesidad de trascender la necia idea de un presente “adánico”.

El pasado merecía descifrarse, contarse y volverse a contar, intentando trascender conjeturas, dimes y diretes inconsistentes, opiniones caprichosas. Era menester “tener los pelos de la burra en la mano” y ello reclamaba estudio, dedicación, paciencia y gusto por los ayeres.

Porque sabía, como algún día escribiera Arthur Koestler, que “la memoria constituye un ejemplo inestimable de la ley de rendimientos decrecientes” (Jano), había que dar la lucha por evitar que se desvaneciera por completo. No sé si creía en esa ficción a la que llamamos “memoria colectiva”, pero estoy convencido que apostaba por memorias individuales ilustradas y complejas capaces de generar un contexto de exigencia a las expresiones culturales (y políticas).

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

Un comentario en “JEP y la memoria

  1. Interesante articulo y siempre revelador de la grandeza de Jose Emilio Pacheco.