Escuchar la voz, la historia, el porqué y cómo de un secuestrador es una de las mejores formas de entender uno de los delitos que más lacera, que mayor daño causa y que más secuelas deja.

Son los contextos y realidades los que nos pueden aproximar a los hombres y mujeres de carne y hueso que han hecho del secuestro su forma de vida.

¿Cómo llegaron a él? ¿Por qué se dedicaron a ese delito? ¿Qué elementos incidieron en ellos? ¿Qué pensaban mientras ejecutaban un secuestro? ¿Qué ven hoy, en retrospectiva? ¿Hay algo que como sociedad podamos hacer?

No hay una fórmula que nos permita acercarnos con precisión científica a las causas y, por tanto, erradicarlas. Pero sí es posible trazar un perfil y radiografía de factores y condiciones comunes, que puedan ayudar al análisis y estudio y, por qué no, a la prevención.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

El secuestro en México se ha diversificado. Pasamos de que fuera un tema exclusivo de los “ricos”, de casos sonados —los de alto impacto—, a un asunto tristemente cotidiano. Más que nunca se vuelve necesario estudiarlo y analizarlo.

The Carstens Institute ha clasificado el secuestro, según su duración y dinámica, en cinco tipos:

1. Exprés: no dura más de 24 horas, jamás hay un lugar fijo de cautiverio y no se cobra más de lo que alguien puede sacar de una tarjeta o tener en efectivo a la mano.

2. Transitorio: inicia como un secuestro exprés, sin embargo transita a un secuestro de corto plazo.

3. Corto plazo: no dura más de dos semanas y quienes lo realizan tienen poca estructura. Se cobran decenas de miles de pesos en rescate.

4. Mediano plazo: su duración es de entre dos semanas y tres meses. Existe mayor estructura y una banda. Se pretende cobrar cientos de miles o millones de pesos.

5. Largo plazo: dura más de tres meses. Se trata de una banda bien organizada —incluso pueden existir células con labores específicas dentro de la misma—. Secuestran a personas de alto impacto, requiere estudio y planeación. También puede llevarse a cabo con fines políticos. Los rescates que se piden son en millones de dólares.

El común denominador, como en toda cadena criminal, pasa por los exorbitantes niveles de corrupción e impunidad que vive México y se alimenta de las condiciones de desigualdad, marginación y pobreza que rompen el tejido social y acrecientan los contrastes. Así que, por más que conozcamos e investiguemos, mientras la brecha de desigualdad no decrezca, apostar por la disminución de este cáncer es casi apostar por un milagro. Hay que ir a la raíz.

 

La comisión de un delito no es justificable. Mucho menos lo son las condiciones de desigualdad. Sin embargo, ciertos factores ayudan a entender por qué hay quienes, en medio de adversidades sociales, educativas o económicas, optan o se ven arrinconados a comenzar una carrera delincuencial.

El contexto violento al interior de la familia o dentro de la comunidad a la que se pertenece, así como las condiciones sociales marginales y precarias, la carencia de valores y la fragilidad educativa, son el común denominador de quienes se inician en la vida delictiva.

Para ilustrar, los resultados de la Primera Encuesta realizada a Población Interna en Centros Federales de Readaptación Social 2012 del CIDE, son contundentes: 87% de los presos en penales federales no terminaron la preparatoria o el equivalente en educación técnica.

Además, más de 50% tuvo que dejar la escuela por la necesidad de trabajar, mientras que la mayoría de ellos se autoempleaba —antes de ser trasladado al penal—, como chofer o comerciante.

En cuanto a la escolaridad, 53.7% de los varones y 60% de las mujeres no lograron completar la secundaria, y 90% de los hombres y 87% de las mujeres comenzaron a trabajar antes de los 18 años.

La desigualdad y falta de oportunidades son la llave que abre la puerta a la delincuencia. Es el punto de partida, pero no de llegada. Como veremos más adelante, quienes cometen el delito de secuestro se iniciaron en la cadena delictiva llevando a cabo otros crímenes y, por factores que en las siguientes páginas analizaremos, escalaron en la pirámide de la delincuencia.

Si bien cada delito tiene características particulares —y quienes los cometen también, claro—, en el secuestro es el resentimiento social y las carencias emocionales y económicas lo que lo determina.

Andrea X, integrante de la Mara Salvatrucha, recluida por el delito de secuestro en un penal estatal de Oaxaca, me habla de su única hija:

Saskia: ¿A qué edad la tuviste?

Andrea: Yo la tuve a los 11 años.

Saskia: ¿Quién es el papá?

Andrea: El marido de mi mamá.

Saskia: ¿Ella creció contigo? ¿Tu mamá te ayudó a cuidarla?

Andrea: Yo cuando la tuve, le ponía el pañal al revés. Te soy sincera. Yo no sabía ni cambiar el puto pañal, no sabía nada… imagínate que yo dormía con ella en el piso porque tenía miedo de que se me cayera de la cama.

Saskia: ¿Y cuando creció se te quitó el miedo? ¿O aparecieron nuevos miedos?

Andrea: Desde que ella nació yo he tenido mucho miedo de que a ella le pase lo mismo que a mí.

Saskia: ¿Qué?

Andrea: Que la violen igual que lo hizo mi padre conmigo.

Saskia: ¿A qué edad te empezó a violar?

Andrea: Él me empezó a violar desde que tenía yo nueve años, y me acuerdo que por eso cuando yo empecé andar en cosas malas yo decía “un día lo voy a matar”, algún día se va a dar el momento, algún día, algún día, algún día… esa era una meta para mí.

Saskia: ¿Y lo mataste?

Andrea: Sí, lo mandé matar.

Otro botón de muestra. Platico con Óscar X, quien se encuentra compurgando una sentencia por el delito de secuestro y delincuencia organizada en el Centro de Readaptación Social Federal de Máxima Seguridad, Altiplano. Él comenzó robando coches a los 13 años, para los 15 asaltaba bancos y a los 19 realizó su primer secuestro.

Óscar: Cuando era pequeño mi familia no tenía dinero. No tenía dinero pero tampoco hacía mucho por conseguirlo. Trabajo y la voluntad de Dios es lo único que los mantenía saliendo día a día. Eso a mí no me gustaba y nunca me gustó.

Saskia: ¿No te gustaba no tener dinero?

Óscar: No. Yo por eso me fui de mi casa muy pequeño, y eso a mis papás no les gustó. A mí lo que me gustaba era juntarme con gente con dinero. Y por azares del destino conocí a los 12 años a gente que se dedicaba al robo de auto.

Saskia: ¿Cómo los conociste?

Óscar: En la calle donde yo viví. Ellos no trabajan, cosa que yo sí hacía. Yo estudiaba y trabajaba en las tardes repartiendo tortillas, cocía muñecos de peluche y así… eso lo hacía para tener dinero para mí porque mis papás no me compraban cosas. Yo me compraba mis tenis ya que en la escuela no me dejaban traer tenis rotos.

Saskia: ¿Te daba satisfacción comprar tus cosas?

Óscar: Sí, pero mis amigos que no trabajaban tenían más dinero, dinero fácil, dinero rápido… mucho más dinero que yo.

Uno de los secuestradores más sanguinarios de todos los tiempos, Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, dice tener la fórmula para terminar con el delito que lo volvió tristemente famoso.

“Todos sabemos cómo se puede acabar el secuestro. En países de primer mundo no existe el secuestro. Aquí también podría suceder eso pero no de hoy a mañana. ¿Por qué no empiezan con los niños, les empiezan a dar de comer bien, les dan buena escuela para que tengan una academia y otra cultura, y se acabe todo esto?

“Aquí en México lo que queremos son esclavos, para tener mano de obra para las empresas, para los gabachos y para los mexicanos. Nace un niño y dicen ‘qué bueno, ya nació más mano de obra’. Aquí no ayudan a los mexicanos”.

 

Nadie se convierte en secuestrador de la noche a la mañana. Son contados los casos de quienes se inician en la cadena delictiva participando en un secuestro o siendo parte de una banda dedicada a este crimen.

Las causas que llevan a una persona a escalar en la pirámide de la delincuencia son multifactoriales, pero se engloban en dos conceptos cruciales: la corrupción e impunidad.

Dentro del trabajo que he realizado en distintas cárceles, y particularmente con diferentes secuestradoras y secuestradores, la constante es que llegaron a este delito luego de trepar peldaños en una pirámide delictiva, y esos saltos se acompañaron de corrupción, impunidad y —cuando fueron detenidos— de un deficiente sistema penitenciario, del que nos ocuparemos más adelante.

Por ejemplo, Arizmendi fue detenido por robo de autopartes y encerrado en el penal de Barrientos, en el Edomex, en 1991. En aquella ocasión, mucho antes de que comenzara a incursionar en el secuestro, pagó 100 mil pesos a un juez y salió libre. Me lo cuenta.

Saskia: ¿Cuánto tiempo estuviste en Barrientos?

Daniel: Uy, así como entré salí.

Saskia: ¿Pagaste por salir? ¿Te acuerdas cuánto te costó eso?

Daniel: Sí, en esos tiempos como 100 mil pesos. O creo todavía era un millón, no, algo así. En el 91. No sé si ya había pasado a pesos. Bueno… 100 mil pesos.

Si bien la lucha de reconocidos activistas, como Isabel Miranda de Wallace, María Elena Moreira y Alejandro Martí se ha enfocado no sólo en el combate directo, sino en limpiar los cuerpos policiacos y fortalecer las Unidades Especiales Antisecuestro, la corrupción y la línea tan delgada que no pocas veces se rompe entre autoridades y delincuentes, lo han impedido.

El Mochaorejas, sentenciado a cientos de años de cárcel, lo explica sin pudor con una frialdad tan nítida como la realidad.

“Yo tenía a la policía comprada. Fíjese, cuando ya empezó a salir mi nombre en los medios y dizque me estaban ya buscando todos, el famoso dizque ‘Superpolicía’ que le decían, me hablaba a mi celular y me daba el pitazo: ‘sabe qué, pélese que ya estamos en Morelos y lo estamos buscando’.

“Así fue desde el 95 hasta el 98 que me agarraron. Si yo no hubiera tenido comprada a toda la policía no le cuento, me hubieran agarrado desde años antes”, remata.

Al escuchar las palabras de Arizmendi es inevitable no pensar en las decenas de víctimas y familias que entre 1991 y 1998 fueron blanco de sus crímenes, que a su vez fueron posibles gracias a la corrupción e impunidad.

Pero también vienen a la mente preguntas obligadas: ¿Qué hubiera pasado si el Mochaorejas hubiera cumplido su sentencia por robo de autos? ¿Cuánto daño se habría evitado si el dinero no le hubiera abierto la puerta de la libertad? ¿Se habría frenado su escalada en la pirámide delincuencial? ¿Habría terminado secuestrando?

No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que decenas de personas perdieron a un ser querido y otros tantos quedaron mutilados y con la huella permanente de un secuestro. Todo, porque hubo alguien que se corrompió.

 

México ocupa el nada honroso segundo lugar en corrupción dentro de los países miembros de la ONU. La inseguridad en nuestro país tiene costos que ascienden los 213 mil millones de pesos anuales y parece que todos en algún momento hemos sido víctimas de algún delito. Las cifras de secuestro en los últimos años van a la alza según informa el Observatorio Ciudadano y ni qué decir la cifra negra (los crímenes que nunca se denuncian).

Corrupción no sólo es robar, también es un sistema que no funciona, que no ofrece salidas ni oportunidades.

De acuerdo con datos del INEGI a 2014, existen sólo tres mil 229 abogados defensores de oficio para atender más de un millón de casos al año. ¿Sus sueldos? Entre 15 y 20 mil pesos, en el mejor de los casos.

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Cifras reportadas por el CIDE sobre su estudio realizado a la población interna de Centros Federales a la pregunta: ¿En algún momento creyó que podía evitar la cárcel si hubiera tenido influencias o dinero para pagar alguna mordida?, 55.9% respondió que “sí”.

No es casualidad que entre las autoridades peor evaluadas por los mexicanos estén los jueces, cuya actuación fue calificada por 45.1% de los encuestados como “muy mala”; para el 40.6% el Ministerio Público también tiene una actuación “muy mala”; la actuación del Ministerio Público adscrito al juzgado es “muy mala” para un 35.1% y de los abogados, según el 34.1% de los encuestados, su actuación es “muy mala”.

Los policías y ministerios públicos de nuestro país no tienen sueldos dignos y tampoco, salvo excepciones, están capacitados para llevar a cabo su labor con seguridad y compromiso.

No pocos de los secuestradores más sangrientos de la historia de México empezaron como policías y aprendieron a distorsionar la justicia con el poder y dinero, con necesidad y la corrupción.

César Freyre es un ejemplo que ayuda a ilustrar. Preso en el penal de máxima seguridad de Puente Grande, por su participación en el secuestro de Hugo Alberto Wallace, me habla de cuando era policía.

“En la policía nunca vives de tu cheque, de tu sueldo. Entre la gasolina, la comida, la ropa… no te alcanza. Obvio te presentan gente y gente que te ofrece mucho más que lo que está en tu cheque.

“Ahí te empiezas a relacionar y se vuelven compromisos porque esa gente hace una pendejada y tú la tienes que tapar. Te vuelves parte de la delincuencia”.

Así como Freyre, también Daniel Arizmendi fue policía. De su paso por la policía estatal de Morelos, me cuenta.

“Un muchacho que dizque había matado a cierta persona, y un conocido de él, o algo así, lo denuncia. Hizo trato con nosotros y nos ayudó a poner a alguien más para que a él lo soltáramos.

“‘No, pues ya sé que está trabajando en Izúcar de Matamoros, por allá tiene una casa, sobre la orilla de una laguna’, me dijo. Y dice el comandante, ‘aquí tenemos una orden de aprehensión hay que sacarle la colaboración para que nos dejen trabajar los de Puebla’. Entonces fuimos a Puebla, nos prestaron unos elementos también de Puebla, fuimos a la aprehensión y sí, vivía en una choza, muy humilde el señor. Ahí vivía el señor con su esposa y… no me acuerdo, creo sus dos hijos. Traía un caballo jalando de la rienda. Iba caminando.

“‘Ahí va, ahí va’, dijo el chivo que lo estaba poniendo. ‘Ahí va, ahí va’ y pues nos bajamos, lo encañonamos y lo subimos. Nos metimos a su casa. ¿A qué nos íbamos a meter? Esas órdenes nos dieron. Es más, esas ni eran mis órdenes, eran del comandante. Y pues le vaciamos la casa, robamos y tenía dos, tres armas. Se perdieron las armas porque el comandante se quedó con ellas.

“Eso era un robo, ¿verdad? Nos metimos a robar a la casa. Bueno ahí, tal vez se nos pasaba el robo, verdad. Pero resulta, que si iban por la aprehensión y ya saben que es culpable, porque trae la orden de aprehensión. Pues no, ahí arriba lo golpearon pero feo, como si fuera un bulto. Le pegaron muy feo y lo torturaron allá adentro”.

 

A sus historias, así como las entrelaza la oportunidad de pagar y/o sobornar a las autoridades encargadas de impartir justicia, también las une la posibilidad de aprender y operar distintos delitos desde adentro de la cárcel: la privación de la libertad vista no como un espacio de castigo y segregación, sino como uno de oportunidad de crecimiento, de mejorar sus relaciones delictivas y de diversificarse en materia de crimen.

Las razones que colocan a la cárcel como el eslabón más débil en la cadena son multifactoriales, pero tienen vasos comunicantes: bajos sueldos de los custodios y sobrepoblación.

El sueldo promedio de un custodio en México es de siete mil pesos mensuales. No sólo eso, es común platicar con ellos y saber que sus superiores les dan prestaciones siempre y cuando ellos las paguen.

La sobrepoblación en los centros penitenciarios es otra constante. A nivel estatal, por ejemplo, es de 400%. A ello hay que sumar que al interior de las cárceles hay lo mismo drogas que prostitución y alcohol. Todo tiene un precio.

No es algo nuevo que la corrupción y falta de gobernabilidad que tienen, en diferentes grados, los reclusorios federales, estatales y municipales, promueven espacios de “profesionalización” de la delincuencia.

Óscar X, acusado de secuestrar a un hombre y a su hijo, lo relata así: “La delincuencia dentro de la cárcel no es una opción, es parte de la dinámica para poder sobrevivir”.

Las cárceles de México se han vuelto espacios donde se articulan bandas de secuestradores. Las más sanguinarias organizaciones de secuestradores, que tanto daño le han hecho a México, los Arizmendi, Caletri, Canchola, Montante… han entrado y salido de la cárcel en busca de continuar con su carrera delictiva. La cárcel no ha sido más que una puerta giratoria que los regresa a la sociedad con conocimiento y posibilidades para seguir delinquiendo.

Según el informe penitenciario de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 80% de nuestros reclusorios están en condiciones de autogobierno. La ingobernabilidad, la sobrepoblación y la falta de oportunidades que hay en nuestras cárceles son un cáncer que lejos de prevenir la delincuencia la alimentan.

Nadie se convierte en un secuestrador de la noche a la mañana. El secuestrador no nace, se hace. El contexto familiar, las condiciones sociales, la corrupción dentro de nuestro sistema de justicia, el fallido sistema penitenciario y la impunidad que campea en nuestro país se han vuelto la mezcla perfecta del secuestro en México.

 

Saskia Niño de Rivera Cover
Activista social. “Odia el delito y compadece al delincuente”.

 

Un comentario en “Una aproximación al secuestro en México

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