Para Alberto Manguel la memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. Afirma que el acto de leer nos ofrece también el placer de la inteligencia. El autor de Una historia de la lectura (Almadía) fue galardonado con el Premio Formentor de las Letras 2017 —recibido e inaugurado por Jorge Luis Borges y Samuel Beckett en 1961—. Lo celebramos con esta conversación

Alejandro García Abreu: Una historia de la lectura nació bajo la premisa de que los seres humanos somos esencialmente seres lectores “cuya voluntad primera es descifrar los vocabularios que creemos reconocer en el universo que nos rodea”. ¿Cómo se ha modificado su visión de la lectura desde la publicación del libro, a través de los capítulos que ha ido agregando bajo la forma de ensayos, crónicas, prefacios y reseñas que, en sus palabras, pretenden completar algo que afortunadamente no tiene fin?

Alberto Manguel: Fundamentalmente no ha cambiado. Mi visión de lo que es ser lector, de lo que es la lectura no ha cambiado. Lo que ha cambiado por supuesto es el contexto en el que leemos. Yo diría que es casi como si considerásemos la lectura en la sociedad ilustrada francesa del siglo XVIII y la comparásemos con la lectura en la sociedad polinesia del siglo XIX. Creemos que hay aptitudes distintas, problemas distintos, pero esencialmente el acto es el mismo. Nosotros hoy vivimos en sociedades formadas por la tecnología electrónica. Todo lo que hacemos lo hacemos bajo la influencia de esta tecnología. En los casos de la influencia de tecnologías anteriores, las características eran mayormente intelectuales y estéticas si bien que también eran económicas y políticas. La imprenta, por ejemplo. Con la tecnología electrónica la gran fuerza es económica. Es una tecnología que cambia y que se impone por razones que son casi esencialmente económicas. Que no son tecnológicas, ni estéticas ni culturales. Eso significa que las decisiones que tomamos dentro de esas estructuras no están influidas por nuestros valores intelectuales; quiero decir que si yo decido leer o no un texto de forma electrónica, si decido que en lugar de comprar un libro de bolsillo yo voy a descargar el texto en el Kindle, mi decisión no es primordialmente intelectual o estética. Primordialmente es porque me llenan los oídos de publicidad diciéndome que si no tengo un Kindle no soy moderno, no estoy actualizado, me pierdo de ser parte del gran universo electrónico. Creo que es importante detenernos un momento y reflexionar sobre esas elecciones y entonces sí podemos comentar sobre los aspectos intelectuales, estéticos, culturales, políticos que cambian a partir de esa nueva tecnología.

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Ilustraciones: Gonzalo Tassier

AGA: Celebra que la lectura tradicional es lenta, profunda, individual, exige reflexión; y la compara con la tecnología electrónica. Afirma que entre las dos no hay rivalidad porque sus campos de acción son diferentes. ¿Cómo lo relaciona con la gestación de Una historia de la lectura?

AM: Esa pregunta no me la hacía al momento de escribir Una historia de la lectura porque la tecnología electrónica no se había impuesto hasta tal grado en el campo de la lectura. Entonces no me preocupaba que hubiese otras formas de leer propuestas por la tecnología puesto que todo el mundo seguía leyendo de la misma forma. El peligro estaba en la dirección hacia una literatura de consumo; pero ese es otro problema, no necesariamente relacionado con la electrónica. Esto es bastante complejo porque para hablar de lectura profunda podemos hablar tanto de un contenedor electrónico como de uno impreso. Para hablar de literatura de consumo, lo mismo. Entonces depende de qué estemos hablando. Pero en cuanto a las definiciones de esa lectura profunda que yo decía era la dificultad, el detenimiento, un cierto ritmo que se le da a la repetición. Eso sigue siendo válido.

AGA: ¿Cómo influye el libro electrónico en las categorías que un lector aporta a la lectura, y en las categorías en que se sitúa la lectura misma, que se modifican entre sí constantemente?

AM: Yo no creo que el libro electrónico cambie o afecte esas categorías. El libro electrónico por su naturaleza elimina las categorías. Uno puede imponerlas sabiendo que si uno va a leer el Quijote en un libro electrónico sabe lo que es el Quijote y lo llama un clásico, y si uno va a leer un manual de electrónica sabe que es un manual de electrónica. Pero esta es una definición que aporta el lector. El libro electrónico mismo es todo igual, es todo texto; se parece. No hay ninguna diferencia jerárquica entre la presentación de uno y de otro. Eso puede ser una buena cosa y una mala. Puede ser una buena cosa en el sentido de que ciertos libros se benefician de un prestigio atribuido que no necesariamente justifican; quiero decir que si usted lee en una colección de clásicos un libro sabe que éste tiene cierta importancia. Me tendría que gustar, yo tendría que sentir su importancia, si no la siento me siento un poco culpable. En cambio si usted lee ese mismo texto en un libro electrónico esa atribución no está presente. Entonces estamos libres para leer el texto fuera de esos contextos jerárquicos. He dicho alguna vez que me gustaría haber leído ciertos textos como anónimos, me gustaría haber leído las novelas de Vargas Llosa sin saber que son del hombre Vargas Llosa, porque la actitud política del hombre Vargas Llosa me parece repugnante y la actitud política del novelista Vargas Llosa me parece profundamente humanitaria. Sin embargo ésta es una ilusión imposible. No podemos leer fuera de contexto. Ya sabemos que el Quijote es un clásico. Ya sabemos que Travesuras de la niña mala fue escrita por Vargas Llosa. Entonces el libro electrónico ayuda a hacer de la literatura una obra casi anónima.

AGA: En Diario de lecturas reproduce la variación del lema de la abadía de Thelême de Rabelais —“lys ce que voudra” (“lee lo que quieras”)— que escribió en la puerta de su biblioteca. La variación del lema resulta una cálida invitación. ¿La considera un epígrafe de su obra?

AM: La considero un epígrafe y un colofón, porque está al principio y espero que esté al final de mis lecturas.

AGA: Plantea —en Diario de lecturas— que Machado de Assis se limita a colocar, en manos de los lectores, un libro de recuerdos y observaciones anotadas al azar y que depende de los lectores apropiarse de las remembranzas del autor, relacionar o no las instantáneas dispersas. Afirma que Machado de Assis espera de sus lectores la constancia de la amistad. Como Machado de Assis, ¿espera que los lectores reconozcan los fantasmas de sus propias ideas y pasiones en la página?

AM: Ojalá que sí. Uno quiere ser amigo del lector. El peligro está en que cuando uno escribe con la idea de amistarse con el lector se corre el riesgo de traicionarse a sí mismo. De no querer ofender, de no querer escandalizar. Uno teme también la infidelidad del lector. Uno le va a confesar algo muy íntimo y quizás el lector tome esa confesión como una broma o como una demostración de estupidez. Hay una suerte de código de conducta que uno crea al escribir para establecer esa relación con el lector que desconoce y que espera. A mí me sorprendió mucho con Una historia de la lectura reconocer después la camaradería de los lectores, lectores que descubrieron que podían traducir mis experiencias en sus experiencias, hacer de Una historia de la lectura su “historia de la lectura”. Con otros libros es más difícil. En Diario de lecturas yo quise mostrar qué sucedía con la lectura como actividad material, cómo lectura y mundo se confunden para mí cotidianamente. En mi ficción eso es más difícil porque ya no soy yo quien está hablando, definiendo o tratando de definir mis reflexiones frente al lector sino que estoy inventando una historia en la cual personajes hablarán, que yo no puedo defender ni atacar pero que no son yo, y sin embargo quiero que el lector entre conmigo en la complicidad de la historia. Eso es mucho más complicado. Tengo una novela que se llama Todos los hombres son mentirosos en la cual uno de los personajes es Alberto Manguel, y ese Alberto Manguel no soy yo, está allí para afirmar de alguna manera la realidad de esa ficción, para engañar al lector, pero el lector sabe que está siendo engañado. Entonces se trata de demostrar a través de la escritura la historia que cuento, que es sobre la imposibilidad de contar historias. No sé si lo he logrado.

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AGA: ¿Qué lo condujo a incluir las fotografías de Ana Obiols en Diario de lecturas?

AM: Mi editor. Alianza había hecho una edición de bolsillo y quería hacer una edición un poco más importante y entonces me pidió fotos. No sé si el diseño quedó perfectamente bien, pero las fotos de Ana Obiols son excelentes, es una fotógrafa magnífica.

AGA: En el bosque del espejo. Ensayos sobre las palabras y el mundo incluye la expresión que acuñó Henry James para designar el tema recurrente que atraviesa la obra de un escritor como una rúbrica secreta: “la figura en el tapiz”. En su obra se vislumbra esa figura: el oficio de leer.

AM: Yo diría que cada lector reconoce en la obra de un escritor una figura del tapiz que es distinta. Yo reconocería otra en la mía y es sobre la imposibilidad de poner en palabras la experiencia vivida. La duplicidad de toda cosa. Ésta es la única joya que yo tengo. [Me muestra un anillo colocado en el dedo anular de su mano derecha.] Es un anillo que yo quiero mucho. Es un anillo romano con una moneda griega del siglo IV antes de Cristo. Muestra dos caras invertidas. Para mí ése es el símbolo de mi posibilidad de conocer la realidad. Siempre hay una cara que no será la que yo estoy viendo. Y si le doy vuelta para ver esa cara, la otra se convierte entonces en esa cara invertida. Creo que todo lo que he escrito es en torno a ese tema.

AGA: ¿En qué momento intuyó que “un libro puede hacernos mejores y más sabios”?

AM: Que un libro pueda hacernos mejores y más sabios es una posibilidad, una esperanza. Nunca he sentido que eso se haya conformado en mí. En los pocos momentos en los que he pensado “ahora sé algo más” he sabido al día siguiente que sé mucho menos de lo que creía. Pero sigue siendo una esperanza.

AGA: En La novia de Frankenstein evoca las escenas de la película de James Whale en las que el Monstruo ve su reflejo en el agua y rescata a la pastora e impide que se ahogue. Recuerda que la muerte o el peligro de muerte por agua es un tema constante en Whale, como lo fue en Mary Shelley; un tema que presagiaba la muerte de Percy Shelley en el golfo de Spezia, cuatro días después de la publicación de Frankenstein, y la muerte de Whale en su piscina en 1957.

AM: Recordemos que en la película el Monstruo de Frankenstein tira a la niña al agua porque piensa que va a flotar y se ahoga.

AGA: ¿Cómo percibe la muerte de Whale en función del idílico paisaje del filme entendido como un lugar de dolor?

AM: Como lector de ficción me parece apropiada porque, como decía Borges, a la historia le gustan las repeticiones y los reflejos. Whale, en la homosexualidad que él tenía que ocultar, sentía en carne propia lo que es construir una relación amorosa entre hombres. Identifica en la novela de Mary Shelley la relación amorosa masculina. Porque finalmente el universo de Frankenstein es eso, es un mundo homosexual, no en el sentido sexual, sino en el sentido de que el doctor crea su propio compañero de su mismo sexo y que el reflejo de eso es el doctor Pretorius, que no está en la novela de Shelley sino en el filme de Whale, que también crea vida, tiene relaciones dentro de su propio sexo. Las mujeres están excluidas de ese círculo y es el Monstruo el que pide que entre en ese mundo una persona del otro sexo. Entonces Whale debió haber sentido que la ficción relataba su propia vida, que él también en algún sentido era un monstruo. Las escenas de persecución del Monstruo por la sociedad, que Whale identifica con las de Cristo, son también la persecución del homosexual en la sociedad, identificación que ya hizo Oscar Wilde. Oscar Wilde también se veía como alguien que sufría por su sociedad como Cristo. También habla de eso en De profundis. Entonces, viendo todo eso, la muerte por agua que también es la muerte por agua de Whale en su piscina, asesinado probablemente por un chico que él llevó a su casa, es coherente con esa relación que hay entre ficción y realidad. Lo único que yo diría a ese propósito es que uno de los cambios que ha habido en nuestra percepción narrativa de la realidad es que hasta mediados del siglo XX el destino del gay era morir o desaparecer de alguna manera. La posibilidad de una felicidad banal u ordinaria, cotidiana, no era concebible. No hay ninguna historia en la narrativa gay que proponga esa conclusión. Y es solamente a partir de fines del siglo XX que esa narrativa es posible. Ahora por supuesto hay muchas novelas en las cuales la relación gay es banal y son otras las situaciones que se convierten entonces en trágicas.

AGA: ¿Cómo recuerda la última vez que le leyó a Jorge Luis Borges, en 1968, y su elección de esa noche: el cuento de Henry James “The Jolly Corner”?

AM: Borges dice en un poema que no sabemos nunca en esta casa de quién nos hemos despedido. Nunca sabemos qué libro hemos abierto por última vez, qué puerta hemos cerrado hasta el fin del tiempo. Ése no fue mi último encuentro con Borges. Yo después lo vi muchas veces en Europa, en otras partes. Pero sí fue nuestra última sesión de lectura. No la recuerdo con características particulares. Fue muy similar a todas las otras. Con la excepción de la despedida, en la cual Borges por primera vez me abrazó y quiso darme un regalo y sacó de la estantería —porque él sabía dónde estaban todos sus libros— un libro de cuentos de Rudyard Kipling, Stalky & Co., que no habíamos leído. No habíamos leído cuentos de ese libro que él había leído en su adolescencia. Era el ejemplar que él tenía desde entonces. Y claro, a mí me emocionó mucho recibirlo. Y ésa fue nuestra despedida.

AGA: En Con Borges plantea que hay escritores que tratan de reflejar el mundo en un libro y que hay otros, más raros, como el autor de Ficciones, para quienes el mundo es un libro. ¿Comparte con Jorge Luis Borges la creencia de que la felicidad puede hallarse en los libros?

AM: Sí, por supuesto, para mí ésa es la única forma segura de felicidad. En las relaciones humanas esa felicidad nunca es asegurada para siempre. En cambio, hay libros que siempre nos hacen felices. Hay algunos con los que cambiamos de opinión, pero para mí hay ciertos libros que me garantizan un momento de felicidad cuando estoy con ellos.

AGA: ¿Y qué opina de la idea de que el mundo es un libro?

AM: El mundo es un libro. Eso es una intuición muy antigua. “El mundo es un libro” es una metáfora muy antigua para explicar esa relación que tenemos con la realidad. Nuestro impulso de encontrar narrativa en todo. De pensar que hay una secuencia narrativa en los árboles que están allí, luego en los árboles que están del otro lado y en estas piedras y nosotros sentados aquí. Para el universo eso no tiene ninguna importancia pero para nosotros como seres humanos sí.

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AGA: ¿Cuál es el origen de su vida como escritor?

AM: No sabría decirlo porque supongo que cuando aprendí a leer aprendí a escribir, pero nunca quise realmente escribir como todo el mundo escribe algunas cosas cuando era adolescente y demás. Nunca sentí ese impulso de tener que escribir. Escribir siempre ha sido un esfuerzo físico muy grande. Me cansa muchísimo. Me obligo a hacerlo. Me obligo a sentarme y escribir. Pero si pudiera elegir, yo no escribiría; yo leería en mi casa, tranquilo. Tomaría algunas notas, anotaría quizás algunas ideas, pero ya con eso bastaría.

AGA: ¿Cómo es su método de trabajo?

AM: No tengo realmente método de trabajo. Tengo una disciplina cuando no tengo que viajar, que desgraciadamente es demasiado. Me despierto muy temprano, leo uno de los cantos de la Divina comedia, tomo el desayuno y me pongo a trabajar hasta más o menos mediodía. Ése es mi momento de escritura porque es el momento en el que siento que tengo el cerebro más o menos despierto. El resto del día leo, tomo notas, pienso, pero la escritura sólo siento que la puedo hacer en la mañana.

AGA: En la séptima parte de Para cada tiempo hay un libro escribió sobre nomadismo literario y afirmó que “todo libro es migratorio”.

AM: Todo libro es migratorio y eso es una calidad en el espacio. Entonces eso hace que todo libro sea infinito, todo libro se extiende en el tiempo y tiene una inmortalidad que le es otorgada por cada lector que abre el libro. Cada vez que un lector abre el libro, le da al libro una nueva vida. Hay un género de lectores que son aún más importantes que el lector común para esta inmortalidad modesta. Son los traductores. Sin los traductores no existiría la literatura. Nosotros nos olvidamos de que cuando decimos que hemos leído a Dostoievski o hemos leído a Kafka no hemos leído a Dostoievski, no hemos leído a Kafka, hemos leído a los traductores de Dostoievski y de Kafka. A medida que pasan las generaciones de lectores los traductores también se renuevan y otorgan al libro una nueva vida, pero una nueva vida más allá del texto original. El lector que lee en el siglo XXI el Quijote lleva ese texto a su siglo, pero el traductor que traduce en el siglo XXI el Quijote crea un nuevo Quijote que tendrá, a su vez, sus propios lectores. Entonces el nomadismo otorga, extiende la vida del libro en el espacio. La lectura —la traducción, sobre todo— extiende la vida del libro en el tiempo.

AGA: “El lector enamorado busca en las palabras decir lo indecible”, escribió en la novena parte de Para cada tiempo hay un libro.

AM: El ser humano está limitado por el lenguaje, desgraciadamente es nuestro único instrumento de comunicación. Si bien leemos los rostros de los otros, los gestos de los otros, hemos confiado al lenguaje de las palabras la tarea de fijar, de definir nuestras experiencias. Sólo que ese instrumento no es muy fiable, ese instrumento es débil y entonces cada vez que intentamos decir lo que pensamos, lo que sentimos, lo que tememos, lo que ansiamos, recurrimos a palabras que en su mejor o más poderoso momento apenas pueden aludir. Flaubert decía que intentamos escribir con palabras que sean una música que conmuevan a los astros y lo que logramos hacer es batir un tambor para que bailen los osos.

AGA: En la onceava parte aseveró: “Para su lector, la cubierta de un libro tiene algo de documento de identidad, emblema y resumen del libro mismo, una imagen que define y tal vez hasta usurpa la autoridad del texto”. ¿Cuál es la cubierta que más le gusta entre sus propios libros?

AM: La de Una historia de la lectura de Almadía es magnífica. Las cubiertas de Alianza son extraordinarias, me gusta mucho la edición de bolsillo de Guía de lugares imaginarios —escrito con Gianni Guadalupi e ilustrado por Graham Greenfield— que han hecho, donde hay un globo terráqueo muy extraño con cuadrados. Me gusta mucho la cubierta de Una historia de la lectura de la primera edición canadiense, que es una cubierta toda blanca con una franja de color y las letras están como en relieve Braille, pero no duró mucho porque era demasiado frágil.

AGA: A mí me gusta la de Diario de lecturas de Alianza. La cubierta es muy atractiva.

AM: Sí, es muy, muy bonita.

AGA: En la segunda parte escribió: “Sin embargo, sabemos que en un rincón secreto de la biblioteca nos espera el libro verdadero, escrito sólo para cada uno de nosotros”. ¿Cuáles son los libros escritos para usted que le vienen ahora a la mente?

AM: Es una selección muy extraña de libros, porque el libro que fue escrito para nosotros individualmente fue escrito para nosotros en un momento particular de nuestra vida. Entonces no hay un libro que fue escrito para el recorrido de mi vida, a menos que fuese Alicia en el País de las Maravillas, pero hay momentos en los que un libro nos da las palabras para nombrar lo que estamos sintiendo. Y puede ser un libro completamente inesperado, un pasaje en una novela policial, una referencia, una nota en un ensayo histórico, no importa. Doy un ejemplo banal. Tuve —como todos— problemas con la burocracia, que son la maldición de toda sociedad en cada continente en todas las épocas, y en el momento de desesperación estaba leyendo una historia de la literatura policial que empezaba con una anécdota de algo que sucedió en la isla de Malta a principios del siglo XX. Un juez vuelve a su casa por la noche y ve a un hombre que está asaltando a otro. A la mañana siguiente en su juzgado la policía le trae para juzgar a un personaje acusado de ese crimen y el juez sabe que no es ese hombre, porque vio, pero como juez no puede intervenir y la burocracia le impide declarar y ser testigo y juez al mismo tiempo. Entonces escucha las pruebas, las admite, pasa al jurado, el jurado declara que el hombre es culpable y el juez lo condena. Es un pasaje que está allí y sabemos que fue escrito para nosotros en ese momento.

AGA: ¿Cómo fue el desarrollo de Para cada tiempo hay un libro con las fotografías de Álvaro Alejandro?

AM: Álvaro Alejandro, que no conocía, me envió a Francia en cierto momento una carta preguntándome si me podía mandar fotos; le dije que sí, me envió las fotos y le dije que me gustaban. Luego me preguntó si quería hacer un libro con él, le dije que no tenía tiempo, estaba acabando un libro, y entonces tuvo la idea de montar el volumen de sus fotos y me pidió algunos textos. Y yo tenía pequeños textos que había escrito antes y entonces se los di y con eso Álvaro montó el libro.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.