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El fulgor de la noche. El comercio sexual en las calles de la Ciudad de México
Marta Lamas, Océano,
México, 2017, 250 pp.


Hace unos años leí a Arthur Koestler y decía (cito de memoria): que  las “buenas conciencias” querían colocar a la pobreza y la prostitución debajo de la alfombra. Eran asuntos que si se mantenían fuera de su campo de visión no les preocupaban. Podían fingir que no existían, vivir sin afrontarlas. Creo entonces que el primer mérito de Marta Lamas es intentar ventilar de manera pública un tema espinoso, controvertible, que muchos desearían que se mantuviera en la penumbra.

Y la forma en que lo hace es su segundo acierto. Observa, escucha, lee, reflexiona, estudia las experiencias de otros países. Acompañó a un grupo de trabajadoras sexuales en la noche de la Ciudad de México y ha estado en contacto con asociaciones que han intentado regularizar el comercio sexual. Recogió testimonios para entender el porqué se arriba a la prostitución y cuál es su mecánica. Su bibliografía es vasta, compleja, diferenciada (acude a autores y autoras que utilizan filtros muy diversos para acercarse al fenómeno). Los procesa, desmenuza, estudia, es decir, utiliza su propio cernidor para filtrarlas y evaluarlas. Y documenta lo sucedido en muy diferentes latitudes para rebasar una visión provinciana, ensimismada, porque sabe que no se está hablando de un asunto mexicano sino universal. Esa fórmula hace que nos entregue una especie de compendio erudito, sensible y sobre todo intencionado. Porque Marta Lamas no quiere (creo además que no puede) ofrecernos solamente un trabajo académico (que lo es), sino una iniciativa política: la de reconocer y regular el comercio sexual, para evitar abusos, combatir la trata, generar derechos. Pero vayamos por partes.

Luego de una introducción en la que Lamas plantea la necesidad del trabajo que presenta a partir de los debates que hoy están en curso (y a los que me referiré a continuación), nos entrega una historia panorámica y general del comercio sexual en México y en algunos otros países. No es una historia exhaustiva pero sirve para ilustrar los vaivenes de un oficio añejo y las formas diversas en que desde el Estado se le ha enfrentado y modulado. Se trata de una puerta de entrada para comprender de mejor manera lo que hoy se encuentra confrontado: “dos posturas: la neoabolicionista y la que defiende los derechos de las trabajadoras”.

A continuación Marta Lamas cuenta cómo llegó al ambiente de la prostitución. Se trata de un capítulo narrado en primera persona del singular que resulta elocuente e ilustrativo. En medio de la epidemia del SIDA, y estimulada por el director de Epidemiología de la Secretaría de Salud, Lamas se dedicó a investigar el uso o no uso del condón entre las trabajadoras de la calle en un punto específico de la Ciudad de México. Se trataba —nos informa— de “detectar y registrar las modalidades de negociación del uso del condón”, la forma consagrada para intentar frenar la expansión del SIDA. Y  pudo constatar que “el impacto de la epidemia en sus vidas y la muerte de compañeras cercanas fue lo que realmente transformó sus actitudes y prácticas”. Fue la muerte cercana y acechante, más que las prédicas, lo que sirvió como catalizador de las conciencias. Pero además pudo observar los pleitos por los territorios, la actuación de los policías, el comportamiento distinto de los diferentes clientes, el papel de los padrotes o representantes y hacerse una idea cabal de las condiciones en las que las mujeres prestaban su servicio. Pero no se quedó ahí: indagó por qué algunas mentían o de plano se negaban a utilizar el condón y encontró autoengaño, fatalismo, fe, autodenigración que confluían hacia un cierto desprecio por la protección de sí mismas.

Como buena antropóloga dedica un capítulo a darles la voz a las trabajadoras sexuales. Se trata de escuchar sus relatos de cómo ingresaron a ese oficio, las necesidades económicas que disparan esa opción, las fórmulas utilizadas para legitimar su decisión (el sacrificio familiar de manera destacada), su papel como madres, el entorno familiar, las condiciones de trabajo, las apariencias, las vergüenzas; su evaluación de los clientes, las autoridades, las representantes; su propio comportamiento, la relación con sus parejas. Lamas concluye: estamos frente a un oficio estigmatizado, que produce resignación o cinismo, con trabajadoras que viven al día y prefieren no pensar en el futuro. Un trabajo en el cual no se valora la experiencia, al contrario; un trabajo sin posibilidad de pensión y con la promesa de una vejez dura. Un trabajo que se ejerce en condiciones peligrosas tanto para la integridad física como para la salud.

Luego estudia la otra cara de la moneda: los hombres que demandan servicios sexuales. Porque como bien apunta es hora de dejar de hablar sólo de “las mujeres que venden sus cuerpos” callando sobre “los hombres que los compran”. Luego de develar una legislación ambigua en México que no persigue la prostitución pero sí el lenocinio y que construye fronteras porosas entre la trata y la prostitución, Marta Lamas, siguiendo a Mansson, apunta que las tres razones fundamentales por las cuales los hombres compran sexo son: 1) el ejercicio de la sexualidad sin compromisos, 2) la soledad, y 3) la compensación de una vida de pareja insatisfactoria sexualmente. Por supuesto hay clientes habituales y ocasionales, de todos los estratos y edades, amables y violentos. Y más allá de los resortes visibles de esas conductas, Marta Lamas acude a Freud e indaga en las motivaciones inconscientes, profundas, no manifiestas. Como desenlace de ese apartado, Lamas nos informa que en algunos países (destacadamente Suecia), al amparo de las pretensiones abolicionistas se ha empezado por criminalizar a los usuarios de servicios sexuales con la esperanza de acabar con ese añejo oficio.

Luego de esos tres capítulos que pueden leerse como introductorios, Marta Lamas entra de lleno a la polémica que le interesa destacar: lo que significa el nuevo abolicionismo y sus derivaciones perversas y la confusión entre trata y prostitución. Comento esos temas, pero antes una muy breve introducción: en 2014, al igual que ahora, Marta me invitó a presentar su libro Cuerpo, sexo y política (Océano-Debate Feminista), un conjunto de ensayos diversos sobre las orientaciones sexuales, el aborto, la bioética, la adopción por parte de parejas homosexuales, la prostitución y otros. Aprendí mucho de él, en la inmensa mayoría de los temas los argumentos de Marta Lamas me parecieron pertinentes y contundentes. Pero en relación a la prostitución, aunque llegábamos a la misma conclusión: debería ser legal si se da entre dos adultos de manera consentida y sin coacción alguna, planté dos divergencias: no compartía lo que me pareció una visión casi determinista de la prostitución y menos aún lo que me resultaba una especie de apología de la misma. Al leer su nuevo libro creo que nuestras posiciones se han acercado aún más. Trataré de explicarme.

El nuevo libro es sin duda producto de un contexto. Un debate cruento por discernir las diferencias entre la trata sexual y el comercio sexual y entre las corrientes que pretenden abolir la prostitución y las que intentan reconocerla y reglamentarla.

La esclavitud sexual, el sexo coaccionado, es decir, la trata existe y no hay quien la pueda defender. Es una de las prácticas más aberrantes puesto que convierte a las mujeres en esclavas, privadas de todos sus derechos (incluyendo la libertad) y las trueca en mercancías desechables. No hay escape ni coartada para no combatirla y permitir su expansión no es más que complicidad asesina. Pero como bien detecta Marta Lamas, hay un resorte retórico y mental que convierte todo comercio sexual en trata, y por esa vía, que no distingue entre una y otra, se persigue la compra-venta de sexo consentido con repercusiones nefastas. Es necesario entonces separarlas y ofrecer un estatus legal cuando el comercio se realiza de manera voluntaria. No es un debate meramente conceptual sino que tiene repercusiones importantes. Si a la prostitución se le persigue como si fuera trata lo único que se logra es mandarla a las catacumbas, desde donde entonces sí se reproducen todo tipo de abusos contra las sexoservidoras y se les vuelve más vulnerables. Porque la semiclandestinidad tiene consecuencias: los abusos pueden ser más agudos por parte de los padrotes, las autoridades de todo tipo tienen alicientes para el chantaje y la extorsión, la protección a la salud se vuelve más complicada y, en suma, las condiciones de trabajo se tornan mucho más adversas.

Las otras coordenadas del debate son las que construyen quienes quieren abolir la prostitución y quienes proponemos despenalizarla y normarla. Lamas detecta y expone cómo las posiciones abolicionistas han venido tomando fuerza no sólo entre corrientes feministas, sino también en las reglamentaciones de algunos países (que convierten a los “clientes” en criminales) y en ciertos protocolos internacionales. Tengo la impresión que se trata de un debate que por desgracia no corre en un mismo plano. Creo que el horizonte fundamental de los abolicionistas se plantea como un ideal último sin hacerse realmente cargo de su viabilidad; mientras el de la reglamentación, por su parte, se diseña como la mejor política posible, dada la imposibilidad de desterrar el fenómeno.

Comparto con las abolicionistas la pretensión de que la prostitución no debiera existir. En efecto, me gustaría que ninguna mujer tuviese que vender servicios sexuales. Es una actividad que no puede equipararse a otras. No comparto la idea muy en boga de que el mercado todo lo legitima. Y que si hay compra-venta consentida no existe mayor problema. Creo que uno de los aciertos de Marta en este libro es el de inyectar la noción de los “mercados nocivos”, retomada de Satz, es decir, mercados que producen consecuencias indeseables. Y en efecto así es en muchos casos, no sólo en el comercio sexual. Creo, por ejemplo, que no deberíamos permitir que existiera un mercado de órganos, así como no aceptamos la compra-venta de exámenes académicos o nos repugna que un escritor firme libros que escriben otros. En todos esos casos puede existir una transacción comercial consentida, pero (creo) que nos parece éticamente inaceptable.

Pero las abolicionistas (creo) deberían plantearse seriamente si su ideal es posible en el corto plazo y en nuestras circunstancias. Y como no resulta alcanzable creo que deberíamos optar por el mal menor y ese es el de la reglamentación de la prostitución, que entonces se ejercería de manera “libre”, sin coacción, sin amenazas y persecuciones, con un estatus favorable tanto para las trabajadoras como para los que requieren de sus servicios.

Platicando con Marta me decía: es necesaria una política realista y posible similar a la de la despenalización del aborto. Nadie anda por el mundo promoviendo el aborto, pero cuando los anticonceptivos fallan o por descuido la mujer queda embarazada y no desea “dar a luz”, entonces el expediente de la interrupción del embarazo legal y en buenas condiciones de higiene y salud es la mejor opción. Podemos hacer una analogía. No se trata de hacer la apología de la prostitución. Pero dado que nadie con dos centímetros de frente puede creer que hoy se le pueda abolir, lo mejor es ofrecerle un estatus legal que impida —hasta donde esto es posible— todas las derivaciones perversas de mantener ese oficio en la ambigüedad normativa y la semiclandestinidad.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

2 comentarios en “Pensar, despenalizar y regular el comercio sexual

  1. Buen artículo de José Woldenbertg, es interpretación muy preocupante, en la que están embarrados grupos difíciles de la sociedad y gobernantes, hablando de la regulación normativa si el PRI y el PAN no quisieron hacerlo menos lo hará el
    PRD; es un tema que lo han dejado ser un negocio, ahora un crimen con la trata.