Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables


El aeropuerto de Frankfurt tiene, de entrada, una oferta que pocos otros aeropuertos igualan: sex-shop. El tipo corpulento que hay detrás del mostrador dice que, al menos en Alemania, no hay ningún otro aeropuerto con sex-shop. Y, en cambio, es una idea de lo más lógica. Para matar el tiempo —la vida en los aeropuertos es siempre lo mismo: esperar— hay tiendas, bares, restaurantes, librerías… ¿Por qué no sex-shops? El público es el previsible: ejecutivos en tránsito. El sex-shop se llama Dr. Müller’s, está en la zona A y abre de siete de la mañana a diez de la noche. Al entrar he descubierto con horror que han desaparecido las dos cabinas que hace años había al fondo, para ver películas. Ahora sólo hay revistas y complementos. El tipo corpulento me explica que las han quitado en este sex-shop, pero no en los otros dos que la cadena tiene ahora en el mismo aeropuerto: uno en la zona B y otro en la C, en el nivel 0, con cabinas e incluso una sala de cine.

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Ilustración: Pablo García

El aeropuerto de Frankfurt tiene varios niveles. Uno superior, por donde navega el SkyLine, un metro elevado con estaciones al estilo de las del metro de Toulouse: paredes transparentes a ambos lados del andén y puertas que se abren sólo cuando las del metro encajan en ellas, de forma que es imposible tirarse a la vía. […]

En el nivel 0 […] la luz es más débil incluso que en el nivel 1. Hay un bar y una rampa que baja al parking. Se oye el metro, el S, que lleva a la ciudad. Justo al lado, efectivamente, otro sex-shop Dr. Müller’s con sus seis cabinas individuales (cinco útiles porque en una de ellas guardan el mocho) con treinta y seis canales de películas y, tras un torniquete, una sala de proyección. El acceso cuesta diecisiete marcos y además da derecho a tres cervezas.

En el mismo nivel 0 hay, en un rincón, una puerta de discoteca. Sobre la puerta, un rótulo luminoso —de esos sin fin— anuncia los disc-jockeys de los próximos días. La discoteca se llama DG. Por un momento pienso que hay un error y que en realidad debe llamarse DJ, por disc-jockey. Pero, ¿cómo habrían podido cometer una falta tan grosera? Hasta que en un rinconcito de la puerta veo el nombre entero: Dorian Gray.

Dorian Gray… Oscar Wilde… ¿El nivel infierno del aeropuerto de Frankfurt? Entonces me doy cuenta de que, justo al lado de la discoteca, hay una puerta cerrada y, al lado de esa puerta, un lava- bo de hombres. Me meto en el lavabo. Sólo hay un individuo, tipo ejecutivo, con la cartera en el suelo y haciendo co- mo que mea. Pero no mea. Yo meo, me lavo las manos con calma, me seco con el pañuelo. El tipo sigue en posición y sin mear. Me guardo el pañuelo en el bolsillo trasero y salgo. Justo en la puerta me cruzo con un rubio con bigote y gafas. Me voy al bar de enfrente y pido una cerveza. De cuando en cuando entra alguien y al rato sale. El de la cartera en el suelo no sale. El rubio sale al cabo de casi un cuarto de hora. Medio minuto más tarde sale el ejecutivo, con la cartera en la mano. Me pido otra cerveza y sigo controlando entradas y salidas. El rubio con bigote y gafas vuelve a entrar diez minutos más tarde. Vuelve a salir al cabo de siete. Al cabo de un cuarto de hora vuelve a entrar. Es Joe Orton reencarnado.

Fuente: Quim Monzó, “Eyacular en Frankfurt”, en Catorce ciudades contando Brooklyn, El Acantilado, 2004.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.