Me despertó el ruido. Otra vez había música a las tres de la mañana en el cuarto de Ignacio. El que fuera el cuarto de mi hijo. No puedo llamarlo el departamento de la familia Martínez. Ahora lo ocupa una familia introducida por el gobierno al amparo de la Constitución de 2027.

Ignacio también ponía música, muchas veces a gran volumen. Si me despertaba le podía pedir que la bajara. A veces me hacía caso, y el asunto quedaba olvidado. Otras, con mi mal humor exacerbado por la interrupción de mi superficial sueño, se lo decía a gritos, nos enojábamos y pasábamos unos días molestos. Luego se olvidaba. 

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Ilustraciones: Alberto Caudillo

Ahora no me puedo enojar. O no me conviene. Una vez lo hice y el pleito casi termina en madriza ante la mirada de júbilo de varios de los moradores de la casa. Ya no mi casa, sino Residencial Solidaria Gutiérrez, en memoria de no sé qué funcionario de la primera presidencia de izquierda.

Me salvó de la golpiza mi abyecta actitud de sumisión y una señora bastante mayor que alguna vez fue fan de un programa en el que salía ridículamente vestido de negro con una cámara en cerrado primer plano, que le permitía al público conocer el estado de mi acné y la limpieza de mis dientes. Un programa para dermatólogos y dentistas, decía mi hermana. Pero gustaba, y entre cierto público femenino de cierta edad, incluso se celebraba. Alguna vez hasta me mandaron dulces a la casa con cartas de amor. Una experiencia de terror. Pero más habría sido que en ese pleito con el joven Martínez no hubiera tenido el apoyo de unas de mis antiguas fans.

Desde entonces sé que soy la víctima ideal para cualquiera de los matones que habitan en la Gutiérrez. Pero no me queda más que agachar la cabeza. El gobierno no está para intervenir en las residencias solidarias. Tienen su comité de defensa de la solidaridad en cada una de ellas. En la nuestra es una señora simpática que busca evitar problemas con el tradicional método de no hacer nada.

Llevar el asunto a las autoridades sería inútil. Me ven con desconfianza. Les basta leer algunos de mis artículos del pasado, todos debidamente archivados en la red contra el libertinaje que sólo puede consultar el gobierno.

Desde joven he tenido sueños recurrentes. Estoy en mi casa, pero hay cuartos cuya existencia desconozco. Su mera existencia es angustiante. A veces están vacíos. Otras, ocupados por personajes que veo al abrir la puerta, misma que cierro a toda prisa. Apenas atisbo la imagen de alguien dormido en la cama. El sueño transcurre siempre en zonas de la casa desconocidas para mí. A veces ni siquiera es la casa en la que vivo, sino alguna imaginada por mi cerebro. No me sorprende tenerla, sí las zonas nuevas que descubro. Tu casa de más de quince años habitada por desconocidos con los que te topas cuando vas a la cocina es una pesadilla diurna y depresiva.

Llevo años tratando de escribir otra vez. Los medios de comunicación fueron gradualmente limitados en Estados Unidos a partir del 20 de enero de 2017. Primero, invitando a las conferencias de prensa sólo a los medios amigos, luego con brutales demandas judiciales contra quienes se atrevían a criticar al presidente Trump en los medios tradicionales. La plaga se fue extendiendo a México poco después, con el ánimo del gobierno de controlar el proceso electoral y buscar dejar en el poder al joven presidente del PRI. Lograron el control de buena parte de ellos, en eso fueron muy eficaces.

Las cuentas de las redes sociales también, tan disruptivas y claves para entender el triunfo de Trump se fueron limitando poco a poco. Ahora hay de dos tipos: las que sólo pueden reenviar lo elaborado por otros, como la que tengo autorizada, y las de quienes sí pueden incorporar contenido nuevo, en manos sólo de los cercanos del régimen.

El deterioro a la libertad de pensamiento fue gradual, pero constante. El gobierno ha sabido explotar los nuevos instrumentos que da la constitución del 27. Facebook es hoy Nuestro diálogo. Twitter, La paloma. Cada país tiene un sistema de redes sociales propio y que no se comunica con el de los otros países.

La paloma era el pájaro preferido del precandidato presidencial de la contienda de 2018 muerto en un infarto ya iniciada la contienda electoral. Un extraño promocional electoral de 2016 lo mostraba siguiendo a una paloma sin mucho sentido. El candidato y su paloma quedaron en el imaginario de sus seguidores como un acto místico en su búsqueda de la paz y del espíritu santo.

Las ideologías ya no son lo de antes. Nos gobierna una izquierda cristiana y aislacionista. Quien lo sucedió como candidato presidencial de Mestizo, el partido del difunto precandidato, ganó la presidencia usando su imagen como la de un santo, un poco como el cura Hidalgo lo hizo con la virgen de Guadalupe. Lo hizo sin violencia y arrasó en las elecciones de 2018. Yo también voté por él. O eso digo ahora.

Nuestra actual presidenta es la primera mujer que nos gobierna. Fue electa en 2024 y se encargó de hacer una nueva Constitución. No gobierna con dulzura. Es intransigente. Su sequedad y necedad es la combinación adecuada para una población que requiere un líder honesto, tanto en su modo de vida como en lo que dice. Su objetivo central es imponer su visión del mundo. Lo hace de forma sistemática y eficaz, dentro de la lógica absurda de quien pretende controlarlo todo y termina por arruinarlo casi todo. 

Si bien en el sexenio pasado utilizaron el sorteo como criterio para repartir un bien escaso, siguiendo las enseñanzas del líder que así determinó debía de seleccionarse a quienes ingresaban a la universidad que él fundó o para ser candidatos de su partido, ahora importa más tener el contacto adecuado y pagar el moche correspondiente. En eso no hemos cambiado tanto. La diferencia es que ahora se reparten fundamentalmente los activos del pasado, no hay mucho nuevo que repartir.

Así como mi casa ya no es mía, mis libros se han distribuido, y el dinero de mi cuenta de inversión ha sido sustituido por acciones de las empresas productivas del Estado. Bonito nombre. No han dado dividendo alguno.

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Las empresas privadas fueron expropiadas. Los bienes de producción debían estar en manos del Estado. Muchos de los nuevos funcionarios se habían educado con los textos de Marx en aquellas escuelas privadas de izquierda de los años ochenta, donde se guardaba un minuto de silencio antes de entrar a clases por la muerte del camarada Brezhnev. Era tal la desconfianza a la mafia en el poder, en la cual fueron incluidos todos los empresarios hecho ricos al cobijo de ese poder, que no hubo muchas resistencias a la expropiación ni entre las clases medias normalmente tan sensibles a estos temas.

Tras la salida de Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio, después de un largo proceso de negociación que no lo ratificó el primer gobierno de Mestizo electo en 2018, no hubo restricción para expropiar también a las empresas extranjeras. Estados Unidos también puso acá el ejemplo, expropiando las propiedades de mexicanos para pagar el muro, se dijo, aunque las cuentas no están claras. El grupo Trump tiene ahora un stock de vivienda Premium para renta en las zonas donde antes los mexicanos tenían sus residencias. 

La economía se encuentra estancada. Si bien las expropiaciones de las plantas de manufacturas permiten producir algunos bienes manufacturados para el mercado mexicano, éstos son cada vez más malos y escasos, por la falta de refacciones, de insumos de importación, y por la pobre administración. Quien fuera el chofer del precandidato muerto es hoy el director de Empresas Automotrices de México, el monopolio estatal a cargo de las antiguas plantas de automóviles de las empresas extranjeras. 

Ir de compras fue al principio una experiencia similar a la de los años setenta. Pocos productos importados, marcas mexicanas, tecnología algo obsoleta. Para algunos era un momento vintage que llegaron a celebrar. Ahora, es la típica experiencia de las economías centralizadas, colas y colas para encontrar cada vez menos y de peor calidad.

 

Escribo esto en mi vieja computadora. Ya no está en mi despacho, ahora departamento de Juan Vergara y su familia, unos amigos que vivían no lejos de la casa, a quienes se les tildó de ser parte de la mafia del poder. Quizás lo eran. Su fortuna venía de un padre español comunista refugiado que pasó la vida tras un mostrador comprando barato y vendiendo a buen precio. Juan Vergara fue un joven rebelde que simpatizó con la izquierda radical mexicana. Luego heredó los negocios del padre y los hizo crecer. Aprendió a disfrutar y beneficiarse de  la cercanía con el poder. Su apoyo a un candidato independiente fue lo que verdaderamente selló su destino. Es más fuerte el resentimiento político del gobierno que el celo ideológico. Yo, por lo menos, fui acusado de intelectual confundido.

A los Vergara no los dejaron ni mantener un cuarto de su antigua casa. Una residencia en una sola planta muy apta para Residencia Solidaria Individual, es decir, las casas que se destinan para los funcionarios de alto nivel del gobierno. En casa de Vergara vive ahora un viejo activista social de Iztapalapa, hoy director adjunto de Precios Controlados en la Secretaría de la Autosuficiencia Alimentaria.

Tuvieron suerte de lograr un buen número en la lotería. Escogieron pronto y ahora vivimos en la misma casa. Juan es una de las pocas amistades que me queda. Pasamos horas recordando el pasado, arrepintiéndonos por haber creído que el gobierno sería moderado y buscaría gobernar para todos.  No salimos a tiempo, aunque tuvimos la opción. Acá estamos.

Muchos otros lograron salir. Compraron su entrada a Estados Unidos a cambio de desistirse de demandarlos por haber expropiado su casa para pagar el muro. Con las cuentas que tenían en algún paraíso fiscal suelen vivir bien, aunque con la nostalgia de todo exiliado.

De nuestros amigos que se quedaron en México, la mayoría vive deprimido con algún trabajo menor y con su casa invadida. No faltan quienes se han convertido a la ideología del nuevo régimen y tienen posiciones importantes. Mauricio maneja el programa nacional antimafia del poder. Esteban el de la armonía cristiana.

Unos cuantos están presos. Como el viejo PRI, la cárcel es sólo para los casos más extremos, para los más necios e irredentos, como Adalberto, el candidato independiente que quedó en un distante segundo lugar en las elecciones de 2018 y se negó a reconocer el triunfo de Mestizo y anduvo por años protestando contra la ilegitimidad de un presidente que no había estado en la boleta, por ser el sucesor del caudillo muerto. Hay tantas otras formas de control más efectivas que la prisión.

La computadora está en mi cuarto, o más bien el departamento en el que vivo con mi esposa. Ella sigue de profesora de biología de la UNAM, la cual no ha perdido del todo sus privilegios. Se le ve incluso más ordenada. Lograron sacar a los estudiantes que habían tomado el emblemático auditorio. Fue fácil hacerlo, la mayoría de sus ocupantes hoy son celosos funcionarios del nuevo gobierno.

Abril tiene el privilegio de seguir haciendo investigación.  Si bien es más difícil encontrar los reactivos para sus experimentos, hay mucho interés del actual gobierno en la ciencia. Se espera de ella el motor para un crecimiento más autónomo y vigoroso.

Ya nadie lee libros ni revistas físicos. Al enamoramiento con las nuevas tecnologías siguió la crisis mortal de la industria de libro tradicional cuando se acabó el papel. Venía casi todo de Estados Unidos. Cuando se cerró la frontera nos terminamos los bosques en unos años, ayudados por el aumento constante en las temperaturas del planeta a lo largo de la última década.

Toda información se transmite por vía electrónica. El gobierno mexicano mantiene un férreo control sobre la red, aprendió de los cambios que hizo Trump en Estados Unidos. Al muro de cemento que construyó en la frontera pronto le siguió un muro virtual, justificado, cínicamente, para evitar la intervención de Rusia u otro país en la política de Estados Unidos.

Todo el material electrónico que circula en la red en México está filtrado a través de un poderoso algoritmo. Una hipercomputadora encuentra con facilidad cualquier alusión contraria el régimen, cualquier indicio de depresión de un ciudadano, cualquier poesía potencialmente subversiva. Basta conectarse a la internet para que esta hipercomputadora, llamada amigablemente “la mirada del pueblo”, escanee tu disco duro. También lee cada foto, video, mensaje, búsqueda o plática en tu teléfono inteligente, o inclusive cerca de él cuando hablas con alguno de tus pocos amigos.

La depresión me quitó por varios años toda energía para escribir. He pasado los días dando clases en mi vieja universidad, el ahora Campus Santa Fe de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. No tengo derecho a investigar ni a impartir cursos en Ciencia Política. Eso es privilegio de los intelectuales comprometidos con el actual régimen. Estoy autorizado a dar clases de español y argumentación y puedo discutir los textos que otros maestros les han dejado en sus cursos. No puedo opinar del contenido, sólo de la forma en la que están escritos. Tengo que enseñarles a redactar con corrección. Tengo unos cincuenta alumnos. Entraron a la universidad a través de un sorteo, aunque hay tantos lugares disponibles y tan poco interés por estudiar que ya entran casi todos los interesados. Para no caer en los horrores de la competencia no hay calificaciones, sólo reportes de progreso. A todos les subrayo su mejoría, aunque el progreso sea comer sin hacer ruido en la clase. No quiero problemas con ellos, como los tuvo mi antiguo colega, quien fuera miembro de la Academia de la Lengua, relegado a la misma función de enseñar nuestro idioma, pero mucho más severo a la hora de calificar. No sólo porque escribe mejor que yo, sino porque es mucho más intransigente con la mediocridad. Una virtud para otra época. La comisión mixta de la universidad, donde los estudiantes están paritariamente representados, decidió despedirlo por su actitud poco comprometida con la superación del pueblo. Dicen que ahora trabaja como asistente en un gimnasio cercano a Palacio Nacional. Me imagino lo que debe ver y oír. Pero saber algo potencialmente subversivo de poco sirve. No se puede compartir.

Nuestros hijos lograron salir a tiempo del cierre de fronteras que se fue dando a partir del triunfo decisivo de Mestizo en 2024. O, para ser más precisos, entrar a tiempo a otro país. Eso es hoy la parte más difícil. Todas las puertas se fueron cerrando, unas más rápidas que otras. El flujo de personas entre países se ha reducido de forma importante. El turismo extranjero en México se ha limitado a algunos destinos de playa en el Pacífico, pero son poco importantes. Con las dos penínsulas en manos de los Estados Unidos, nuestros destinos de playa lo único que pueden ofrecer es un precio bajo y actividades ilegales.

Javier  vive en Vancouver como chef de un restaurante postmolecular. Si bien ya no es la liberal ciudad de antaño, ha logrado mantener algo de diversidad cultural frente a la ola moralizadora de los valores cristianos y el énfasis en la superioridad de los blancos impuestos por el gobierno de Trump, y con más fuerza por su sucesor, el ahora presidente Pence. Canadá es una especie de Puerto Rico bajo la tutela de Estados Unidos, pero con cierta libertad frente al integrismo cristiano de su vecino y protector.

La renuncia de Trump a competir por un segundo periodo no fue por sus diversos conflictos de interés, ni por los juicios que arrastraba del pasado, ni por haber negociado con los rusos un acuerdo de cooperación que parecía capitulación. Meses después los rusos invadieron los países bálticos ante el silencio del gobierno de Trump. Ni el escándalo de la voluptuosa torre Trump frente al Kremlin erosionó su popularidad. Mientras estuvo en la presidencia fue un mago para convencer a sus seguidores de cualquier cosa, incluso de la más abyecta. Renunció a buscar la reelección porque se aburrió. Tras el inicio de la edificación del muro, la expulsión de los migrantes y la guerra comercial con China, Trump declaró el trabajo estaba estupendamente terminado y se regresó de tiempo completo a sus negocios. ¿Para qué todas las responsabilidades y limitaciones que conlleva el cargo si lo importante ya se había logrado? La coalición de blancos supremacistas controla hoy el gobierno y han ido tejiendo una red de empresas privadas dependientes de sus favores.

Nuestras dos hijas, Camila y Yael, lograron entrar a la Unión Europea amparadas en su pasaporte europeo. Ambas estaban contentas, Camila en París iniciando una ONG para el apoyo de árabes desplazados por la política de integración social de su presidenta, y Yael en Berlín haciendo ficción para un sistema de realidad virtual.

El gusto no les duró mucho. Ante la disolución de la Unión fueron remitidas con lujo de violencia al país del que era su pasaporte, es decir, el origen nacional del abuelo del que lo habían obtenido. Camila vive en España. Una desempleada más.  Por lo menos tiene una tía distante que le da algo de apoyo. Yael pasa sus días en Polonia aterrada con la posibilidad de una invasión rusa. Ha tratado de regresar contra todos nuestros consejos, no por falta de ganas de verla, sino porque acá no hay futuro, menos para una mujer de piel clara y pelo rubio. La supremacía mestiza es la ideología del régimen.

Su deseo de regreso es lo de menos. No puede ya hacerlo. México no acepta a quienes traicionaron a la patria aceptando pasaportes de otras naciones, una muestra de su falta de lealtad con la nación mestiza que les abrió las puertas a sus abuelos hace décadas. Viven muy solas, no del todo aceptadas por sus patrias ancestrales.

 

En este nuevo mundo, salvo para quienes abrazan con entusiasmo los movimientos nacionalistas o de reclamo de alguna identidad aún más estrecha, el signo de los tiempos es la soledad. Las familias están dispersas. Las comunicaciones del mundo moderno, que prometían la conversación instantánea y permanente, no cruzan ya las fronteras, salvo a través de espesas redes de hackeo. Nunca sabes si lo que te llega es verdadero y llega fragmentado y en desorden.

Entre quienes nos quedamos en México las relaciones se mueven con otra lógica. La obligación de defender los derechos colectivos sobre los individuales fue incorporada en México por primera vez en el borrador de la constitución capitalina de 2017. No lo lograron imponer. Pero la semilla fue germinando. El segundo gobierno de Mestizo lo resolvió convocando una Congreso Constituyente Solidario. Hoy eso se espera de los ciudadanos en la Constitución del 27. Hay algunos fervorosos y otros oportunistas que siguen ese principio. En general ha servido para distanciar a las familias y a los amigos por los recelos y suspicacias que convoca un Estado preocupado por la salud moral de sus habitantes.

Para quienes llevábamos una vida cómoda, muy cómoda frente a la que sufría la mayoría de los mexicanos en una sociedad desigual, asediada por la violencia, presa de redes clientelares y con pocas posibilidades de ascenso social, el cambio ha sido aún más duro. Si hoy mi casa es una vecindad ocupada por cuatro familias, es porque tenía tres recámaras con baño y un estudio amplio, con medio baño. Los espacios comunes los ocupa quien se despierta más temprano, es más persistente, o más violento. Nosotros ya no usamos la cocina, todo lo preparamos con horno de microondas. Tenemos una pequeña lavadora-secadora coreana, el último bien importante que compramos hace ya cuatro años.

La pérdida material en sí misma es lo de menos. Lo grave es los cambios que provocan en las relaciones. Éstos se dan por las vías más impredecibles.

Vivo con Abril porque no nos queda de otra. Moverse de casa requiere un permiso oficial y lugar a dónde ir. La crisis de pareja se inició por mis constantes ronquidos. O no dormía ella, o no lo hacía yo. Niños mimados, acostumbrados a dormir en lugares silenciosos y cómodos. Criados en su cuarto particular, sin hermanos y mucho menos padres haciendo ruidos extraños. Antes lo resolvíamos con uno de los dos durmiendo en el cuarto de Ignacio. Ahora ahí se encuentra la familia Martínez. El mal humor producto del mal sueño ha ido escalando hasta hacer nuestras vidas en común un infierno.

Ella está el mayor tiempo posible en la UNAM, disfrutando de su espacio de trabajo y sospecho de algo más. Yo no tengo oficina en la universidad, así que paso la mayor parte del tiempo en casa. En cuarto, habría que decir.

He escrito sin conectarme una sola vez a la red, en un esfuerzo para que se conozca en el futuro un fragmento de la vida en México de fines de la década de los veinte. Mi esperanza es que este manuscrito se lo pueda llevar a Cuba una antigua estudiante, ahora subsecretaria en el Ministerio de Asuntos Extranjeros. Estará en México en visita oficial en unos días, según he leído en el Blog Nacional. Mi sueño mayor es que me inviten a una visita de escritores a Cuba y ya no regresar más. Esto no se lo puedo contar a nadie. Ni a Abril.

Cuba es de los pocos espacios de libertad que quedan. Tras la muerte de Raúl, la isla abrazó el cambio. El muro acuático decretado por Trump evitó que se fueran a Florida los jóvenes hartos de vivir en el encierro, pero también los protegió de la invasión del exilio cubano. Viven limitadamente, la cicatriz de sesenta años de comunismo no se esconde fácilmente. Menos en un mundo donde el comercio internacional está tan limitado. Las décadas de aislamiento los prepararon para este nuevo mundo.

Se lo daré en papel si logro colarme al miércoles ciudadano internacional. Encontré en un closet un viejo paquete comprado en Cosco hace años. La impresora tiene poca tinta, pero confío en que sea suficiente. A nadie se le ocurrirá revisar un bonche de papeles de una funcionaria de Cuba, de los pocos países donde el papel aún se utiliza. Sólo documentos del pasado están escritos así. Temo sea la última oportunidad que me queda.

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey.

 

Un comentario en “Utopía mestiza

  1. Una buena historia hecha novela, confunde los momentos que no ha vivido, tiene ciertos traumas por su egoísmo, sin embargo el tiene razón, se puede hasta enfermar de depresión si la derecha no gana, amigo si la izquierda gana no pasa nada, acuérdate de que la política es el arte de comer caca sin hacerle gestos, el que llegue tiene primero que luchar por la igualdad, por equidad, por los pobres, porque tengan salud completa, porque se eduquen y porque tengan una casa digna donde vivan; todo eso es poco a poco, no es violentando la propiedad privada, duerme tranquilo amigo tus ganancias seguirán siendo las mismas por algunos años. acuérdate debe avergonzarte primero la pobreza de tu país, y para eso debes ser más solidario con los gobiernos que estén. buen artículo felicidades.