Una tarde dominical, cerca de las cuatro de la tarde, sentados en una banca de la Alameda Central, se encontraban León y Remy, dos hombres que habían cultivado una larga amistad, desde la adolescencia hasta los albores del medio siglo de edad. La tarde nublada los invitaba a la conversación y a la melancolía. ¿De qué no habrían discutido o charlado ya estos dos hombres en su larga vida? De todo y de nada, pues es evidente que solamente el silencio agota el flujo eterno de palabras y de combinaciones lingüísticas. De ambos personajes, Remy solía ser el más gruñón e incrédulo; se había divorciado dos veces y frecuentaba a una amante casada y menuda de cuerpo y labios. León, en cambio, gustaba de ser más prudente y menos agresivo, pese a su nombre; afirmaba querer a su mujer y serle fiel en la medida de lo humano. Ambos habían obtenido de sus respectivas familias una herencia modesta, suficiente para vivir sin mayores preocupaciones; dedicaban su tiempo a hacer negocios burdos como mero entretenimiento, les gustaba apostar y leían libros por placer. Aquella tarde tuvieron este diálogo deshilvanado y en apariencia sin rumbo visible. El sitio de encuentro lo había propuesto León, quien acababa de tener una fuerte discusión con su esposa acerca de la inconveniencia de dormir en camas separadas. Por supuesto que León no hacía públicos sus asuntos íntimos, pero cuando quería aclarar su mente le gustaba pasear y charlar con sus amigos sin mayor pretensión que tomar distancia de la realidad.

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Ilustración: Sergio Bordón

León: Esta Alameda fue idea del Virrey Luis de Velasco, buen hombre y defensor de los indios.

Remy: ¿Luis de Velasco? No lo conozco, ¿usaba tenis?

León: Era un hombre del siglo XVI. Lo sabes bien; no te hagas güey.

Remy: Entonces no usaba tenis, ese gran invento.

León: En la primera Alameda sembraron álamos, como es obvio en el nombre, pero después los sustituyeron por fresnos.

Remy: Sé poco de árboles, ¿pero se puede sustituir un árbol por otro? O lo que quieres decir es que unos tomaron el lugar de otros. Te doy este ejemplo: una mujer no sustituye jamás a otra, sólo toma su lugar en tu cama.

León: Déjate de tonterías filosóficas, mejor dime que no te importa la historia.

Remy: Sí, me importa, pero sé poco de árboles. Me concentro en los semáforos. Saber si un árbol es un liquidámbar o un roble resulta menos importante que interpretar los colores de los semáforos. Si no sabes que el color rojo quiere decir “deténgase” puedes morir.

León: Eres una rata urbana, lo sé, pero el conocimiento es vasto y complejo. Está plagado de caminos y vericuetos, no carreteras y viaductos.

Remy: Qué frase tan cursi, no estás hablando con un tarado. Eso ya lo sé. El conocimiento… bla, bla, bla.

León: “Conócete a ti mismo”, así comienza la filosofía.

Remy: Me conozco muy bien, al menos sé que no soy un árbol y que el color rojo de los semáforos quiere decir: “Alto, cabrón; o te mueres”.

León: “¿O te mueres?”. Deja la tragedia para otra ocasión; disfruta de las fuentes, tan escasas en esta ciudad hoy en día.

Remy: Si quieres hacer filosofía, conócete a ti mismo; pero si quieres hacer fortuna, conoce a los demás. Es ley de apostadores.

León: ¿Conoce a los demás para saber cómo engañarlos? Me parece una filosofía repugnante. Prefiero confiar en el azar. De esto ya hemos hablado bastante. ¿Has leído Cómo obtener provecho de los enemigos, de Plutarco?

Remy: Sí, claro. Algo aburrido; ahí decía que Pitágoras prohibía que se matara a los animales; o más bien disuadía a los cazadores de hacerlo. No recuerdo por qué lo hacía, creo que sobornaba a los cazadores. En fin… la mayor parte de los hombres inteligentes actúan como si fueran idiotas.

León: Lo sé, por cierto, ¿cómo está la amante?

Remy: No le digas “la amante”, todas las mujeres, incluyendo las esposas, novias o prostitutas son “amantes.”

León: No logro comprender a las mujeres, pero admiro su talento para cambiar de tema cuando les conviene.

Remy: La misoginia se apodera de ti. La mayoría de los hombres que hablan mal de las mujeres hablan mal de una sola mujer. Eso te sucede por ser monógamo.

León: Deja de citar a ese francés… no recuerdo el apellido. No soy misógino, y si lo fuera es porque antes que misógino soy misántropo.

Remy: Deja tú de citar a esa francesa.

León: Es una simple opinión de charla en la Alameda.

Remy: Las opiniones sólo son chocantes cuando se convierten en convicciones. Por eso la gente se sorprende de que los filósofos no puedan convertirse en políticos. Los filósofos saben todo y acaban convencidos de que no saben nada. En cambio, los políticos no saben nada, pero nos hacen creer que lo saben todo.

León: A mi edad los políticos han dejado de interesarme; ¿vamos a comer algo al Horreo? A esta hora hay poca gente. Y luego nos echamos un trago en la barra. 

Remy: Está bien, finjamos que es una buena idea.

León: A mí me parece bien, finjamos y olvidémonos de la realidad.

Remy: Hay que ser dichosos. Nos debemos esto, aunque sólo sea por orgullo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “Diálogos necios

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