De Occidente son los conceptos de democracia, libertades, derechos y República, pero también el medioevo. Son muchas las virtudes de ese modelo que quizá nació con la era común, tantas como sus defectos.

Conozco a pocos, aunque cada vez hay más —por eso estas líneas—, de México a Estados Unidos y Europa, que defenderán los idearios del totalitarismo o la teocracia por encima de los del demócrata, resistente pese a sus evidentes imperfecciones y naturaleza, que mantienen a la democracia y el laicismo más cerca de la aspiración que de la realidad. Sí, México con todo y sus pasados y futuros, se desarrolla en el hemisferio de lo occidental que busca ciertas garantías en la vida pública y privada. Sin embargo, el tercer milenio le da la bienvenida a otros cuantos, optando por el provincianismo que se combatió durante siglos en un mundo donde los localismos resultaban peligrosos, porque cerraban las posibilidades de un terreno común en el que algunos mínimos se mantendrían indiscutibles. De nuevo, incluso si estos sólo vivieran en los objetivos o ideas antes que en el día a día: equidad, igualdad, libertad. Lo más importante, siempre: el ciudadano.

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Eso que llamamos Occidente es un conjunto de multiplicidades que vale la pena considerar en lugar de despreciarlo, cuando, con o sin intención, con o sin conocimiento o entre buenas voluntades, se le pone en la balanza junto a otros esquemas que sin su infinidad de errores cierran las puertas que en él se llegan a encontrar entreabiertas. Occidente no es un concepto único, ahí la primera falla al intentar comprenderlo. Su totalidad es imposible, los matices se hacen historia. Sí, es el colonialismo. Sí, también es el abuso y la injerencia. Nadie está defendiendo eso, la parte vergonzosa, evidentemente. Sí, es la desigualdad y un modelo que se antoja añejo y urgente de cambios, pero aún mantiene la posibilidad de formar la esperanza de lo ciudadano y la administración política del bien común.

Pero no puedo olvidar lo que escribí al empezar este texto. Occidente también es el medioevo.

Lo peor de sí mismo se vivió durante mil años. Se necesitaron diez siglos para darle cabida a sus cualidades más positivas: el Renacimiento. Ahora, sin ánimo de ser fatalista o exacerbar mi pesimismo, todo lo contrario, veo con preocupación el retorno a ciertos elementos de una época de fracasos en la que lo civilizatorio da vuelta y regresa a sus principios menos orgullosos.

No son sólo los crecientes nativismos y su rechazo a las vías políticas, ni siquiera la permanencia de aquellas mezquindades capaces de exigir la supresión de los derechos de terceros en pos de sus propias creencias. Ésos son los últimos síntomas. Son las pequeñas y no tan pequeñas cosas que, convertidas en caldo de cultivo, propiciaron las manifestaciones del oscurantismo. Ahí nuestra pequeña Edad Media. Es la brutal inacción ante las tragedias del siglo XXI. La inmunidad a la tragedia de las guerras en África y los países árabes, a los asesinatos en éste, el país que elegí para vivir y donde escribo. La poca consternación ante los miles de migrantes ahogados en el mediterráneo. Ciento y tantos más mientras reviso este párrafo me obligan a añadir estas palabras. Unos piratas les robaron el motor de su lancha, murieron a la deriva. Las culpas son variopintas. La indiferencia es medieval.

De esa época oscura que terminó en el siglo XV, la simpleza lleva a recordar la brutalidad de las doctrinas. Había un origen de todo, una sucesión de causas que se transformaron en rasgo determinante de diez siglos y que de alguna manera me da la impresión de que nos arriesgamos a retomar. Por poco que lo hagamos, es suficiente para fruncir el ceño. Era la defensa y devoción por la plaza pequeña. El principado de esos días, la colonia que no ve a otras colonias de hoy; la ciudad ajena a las demás ciudades, el país que se excluye de sus vecinos.

La Edad Media se hizo de grupos al margen de las sociedades, los gobernantes de un lado, los desechables del otro. Eran los inmunes a los malestares, eran los resúmenes de todos los daños y malestares.

Un elemento madre del oscurantismo fue la defensa de los principados sobre los proyectos más grandes. Buscaban justificación en el dogma y anulaban las posibilidades de igualdad entre los extremos. La acentuación brutal de la diferencia y la distancia. Con ellas y desde el miedo, el fantasma de la seguridad se transformó en principal preocupación. Unos temían a los de arriba y los de arriba a los de abajo. Los de los lados a los de otros lados. Cada quien tenía a quién temer y sin administración de la violencia se industrializó la violencia. Los bárbaros y los piratas como el narcotráfico y el terrorismo, los defensores sin límites de un terruño mal ganado. El fracaso social se alimentó del miedo con que desapareció cualquier vislumbro de piso común, en virtud del advenimiento de la pequeña provincia medieval que sólo se veía a sí misma. Al siglo que corre le costará convencerme de la amplitud de nuestra mirada.

No hay introspección en la vista que se asoma sin dudas hacia dentro. Cuando se establece la mecánica de reafirmarse, la del narcisismo que triunfa sobre el cansancio, la complacencia de lo chico en la ciudad grande no encuentra razón para evitar la réplica en los interiores de las sociedades. Los gobiernos se afirman impolutos, ¿para qué escuchar afuera?, los pueblos responden buscando administrarse sin ellos, ¿por qué aceptar afueras? Antes eran los guetos, ahora son los barrios con sus propias leyes, con sus propias violencias y desamparos. Desde Venezuela a Sudán y Siria, pasando por Allende, Piedras Negras, San Fernando. En Libia o en Mosul. Las fronteras dentro de las fronteras.

La religión explicaba todo en la Edad Media, todavía están algunos que creen puede hacerlo. Incluso con su declive, el pensamiento religioso surge sin altares evidentes. Hay angustia y la razón es frágil frente a ella, escuché en mi casa y era una casa que como todas las medio orientales conocía los espantos de la violencia. Una angustia similar acompañó el abandono de la razón: fue la entrada del medioevo. Entre esos pocos del principio, esos que se hacen más, veo y leo que se duda de la democracia, de las libertades, de los derechos humanos, de los significados y significancias. A la primera se le transformó en fe para dejar de creerle lo que no había prometido, con la segunda hay dispuestos a cambiarla por seguridad. ¿Cuántos siglos se necesitan para entender que la libertad no es negociable? Permuta cicatera. A aquel triunfo de la razón que son los derechos le vino el agotamiento del tiempo que requiere su existencia.

¿Con qué explicación nos conformamos?

La razón se desvanece y disfraza de una supuesta razón que tiende a lo mágico. Se articula en el lenguaje apropiado, explota la lógica de las convenciones viendo lo que quieren ver. Su magia no depende de inexistentes o incomprobables, sino de una legitimidad que ya no requiere un sustento verdadero. En la fascinación por el personaje, la característica se le otorga a quien lo dice por ser quien es y cada vez menos, a través de lo que ha hecho quien lo dice. En esto aún hay excepciones, pero no siempre convencen. Buscamos, como en aquellos tiempos, razones absolutas. Ni la ciencia del siglo XX había sido tan soberbia; sólo las religiones encuentran respuestas totales a la infinidad de incertidumbres. ¿Quién puede explicar los más íntimos porqués de una guerra?, ¿de la injusticia?, ¿de los motivos que llevan al conflicto de los hombres? No es sagacidad, es prisa. Sin dioses a los que depositarles universalidades, ahora las personas quieren ser adoradas y se ungen todólogos. Ha ganado la banalización de las noticias, no se ha normalizado la violencia. En muchos casos eso es falso. Desde nuestro principado moderno ya todo queda lejos y, sin importar la distancia, nuestra burbuja hace rutina. Quién va a perder tiempo reflexionando, no informado ni diseccionando, sino pensando los eventos cuando está la exigencia de otro suceso que pasa con las consecuencias de la costumbre. ¿Qué razón es más fuerte que la inercia?

La Edad Media se terminó al plantear el futuro. Tal vez nadie imaginó el Renacimiento, pero hubo un momento en que nos atrevimos a pensar un proyecto. ¿Cuál tiene ahora Occidente? ¿Cuántas voces públicas hablamos de él? Un ejército de solucionólogos que operamos como brujos, no somos mucho más que eso.

El viejo medioevo occidental tuvo en oriente una ruta de escape. Me sale el origen, lo siento. Estaban Damasco y Bagdad, con su Casa de la Sabiduría. Asientos del conocimiento y la razón mucho antes que el Siglo de las luces europeo. Supongo que nadie esperará de Levante el equilibrio que evite el triunfo de la demencia. Para ese entonces, seguramente había también algo a la derecha, en esa Asia aún más oriental que no conozco suficiente para hablar de ella.

Espero equivocarme, pero hoy no descubro orientes. Salvo uno solo. Repensar lo que nos dejó la respuesta afortunada al oscurantismo, dejar la trivialización de la palabra para volver a entender qué se buscaba con la concepción y responsabilidad del ciudadano. El que quería construir porvenires en comunidad antes que esperar el destino de sus resignaciones. Ese que construiría estructuras para evitar el daño y, a la vez, limitar esas estructuras para impedir su omnipresencia y el desdén a los entornos.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio Oriente y El jardín del honor.

Twitter: @_Maruan

 

Un comentario en “Nuestra Edad Media

  1. Hola Maruan. Me ha parecido muy interesante tu artículo. Sobre todo porque haces evidente una suerte de retorno al provincianismo feudal y estamentario del mundo medieval, a la superchería depositada en los líderes y, en fin, al recurso a la religión y a los fundamentalismos. Sin embargo, creo que hay una razón en este retorno que debemos analizar con detenimiento, si nos lo permite la prisa. Este resurgimiento ¿no es quizás la evidencia de que, después de todo, lo que sigue rigiendo al mundo son las autoridades, las potestades, los derechos divinos, las artistocracias (oligarquías), etc. y no el pueblo llano? Todo indica que la democracia, con todo y el valor que ha tenido como ideal, tiene una construcción disfuncional de inicio. Ese poder del pueblo o convertir al pueblo en poder tampoco ha solucionado los problemas de desigualdad, solamente los ha extendido, normalizado. Pienso en releer la Rebelión de las masas de Ortega y Gasset, para recordar que una sociedad debe encausarse por lo mejor y no por lo masivo. La crisis de la democracia es la crisis de un poder mal entendido, el poder de la ignorancia, de los valores villanos. No nos extrañe que hoy nuevamente despunten las ideas de supremacía por cuestiones de raza, herencia, u otros primitivismos como contraposición. Me parece que si algo está ausente en nuestros debates es el problema de la libertad, no del poder, y eso implica un esfuerzo mucho más difícil; convertir a las masas en entidades de personas que están bien alimentadas y son conscientes de sus derechos. Una libercracia tal vez, si es posible la contradicción. Saludos.