Michel Serres (Francia, 1930) es historiador de las ciencias y filósofo. Sus aportaciones, Atlas, La guerra mundial, ¿En el amor somos como las bestias?, entre otros libros, le han granjeado prestigio internacional. Después de la publicación de su nuevo ensayo, Darwin, Bonaparte y el Samaritano, aseveró, en una entrevista a Le Monde, que Europa vive “la época de paz y de prosperidad más larga desde la guerra de Troya”. Con respecto al mundo, considera que “la humanidad está entrando en una segunda edad de la historia en la cual la gente vive más y mejor y la concordia va sustituyendo a la discordia que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad”.

Serres ha visto y vivido mucho. Sus opiniones tienen gran valor por su prestigio académico y por haber sido testigo de incontables sucesos, entre ellos la Segunda Guerra Mundial. En esta ocasión es difícil concordar con él. Ni siendo europeo, ni africano, ni latinoamericano. Refugiados sin futuro, fascismo al alza (Europa), hambre, epidemias y 40 años como promedio de vida en algunos países (África), corrupción, impunidad y niveles groseros de pobreza (Latinoamérica), son argumentos antagónicos a la opinión del filósofo francés.

05-optimismo

Ilustración: Kathia Recio

Ni optimismo ni escepticismo son figuras relevantes en ética. Relevante, y eso si se vincula con ética, son las actitudes de la gente, en este caso de políticos, cuando se venden o incluyen dentro de su discurso recetas optimistas para granjearse apoyos. Rechazar eslóganes optimistas cuando la realidad o las realidades muestran lo contrario es ético: mentir es inmoral; bregar por la verdad es ético.

De acuerdo a las reflexiones previas, quien vende ideas optimistas y miente para triunfar es amoral. Los políticos en (casi) todo el mundo, incluyendo en primera fila a los nuestros, mienten, no son éticos. Grosso modo, ser escéptico requiere información, cultura, discusión, academia. Ser optimista, sobre todo desde el poder político, grosso modo, requiere saberse vender, contar con elementos para hablar, inventar posverdades y distorsionar la realidad. Contrapongo a las observaciones de Serres unas reflexiones acerca del optimismo/pesimismo para cavilar, a vuelapluma, sobre la situación actual del mundo y de nuestro país.

Nicola Chiaromonte (1905-1972), activista italiano, antifascista nato (luchó contra Mussolini, Franco y Stalin) es contundente: “… yo creo que, hoy por hoy, el peor enemigo de la humanidad es el optimismo, sea cual sea la forma en que se manifieste. En efecto, equivale pura y simplemente a la negativa a pensar, por miedo a las conclusiones a las que podríamos llegar”.

Pensar en el mundo, en el otro, en el ser humano, suma varios elementos: introspección, capacidad para dialogar, comparar, acumular saberes, estudiar, humildad, escuchar y aceptar errores. Cuando se despliegan esas habilidades, nulas en la mayoría de nuestros políticos, es posible disecar el mundo, es válido manifestar optimismo o escepticismo.

La cita de Chiaromonte la tomé prestada del gran Norberto Bobbio. En De senectute (Taurus, 1997) reproduce otra reflexión imperdible. Gaetano Salvemini (1873-1957), escritor y político antifascista, al igual que Chiaromonte, ahonda en el tema: “El arte del profeta es peligroso y conviene mantenerse apartado de él. De todos modos, cuando se requiere profetizar es más prudente ser pesimista que optimista, pues las cosas de este mundo van siempre de mal en peor”.

Hoy el mundo de los políticos está inundado de una nueva e impredecible camada de profetas. Trump, Wilders, Le Pen, Putin, Netanyahu, Macri, Maduro, y aunque ya sin voz de profeta, achicado y desgastado, Peña Nieto. Las palabras de Salvemini son tristemente veraces y vigentes, “…las cosas en este mundo van siempre de mal en peor”. Sugiero leer y dudar de los datos ofrecidos por el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial acerca de la situación del mundo, y cuestionar sin dejar de cuestionar las peroratas de los políticos optimistas: mejor leer el mundo y juzgar desde la sierra de Oaxaca, desde la pobre Chiapas, desde Ciudad Nezahualcóyotl, desde la montañas de Puebla o de los pueblos vacíos de Zacatecas, o a partir de los cadáveres de connacionales regados en los desiertos de Arizona, así como las desgarradoras historias de los familiares de desaparecidos de nuestro Estado fallido.

Repito lo que escribí al inicio. Ni escepticismo ni optimismo son figuras éticas. Mentir sí atañe a la ética. Mentir desde los púlpitos de la política no es ético. Los vínculos entre escepticismo y optimismo con verdad y mentira, con inteligencia y sapiencia son múltiples. No sugiero incluir al escepticismo y/o al optimismo dentro de los quehaceres de la ética. Sí sugiero defenestrar, encarcelar y exponer a los políticos cuyo poder destruye principios éticos y sume a la población en la desesperanza —en nuestro México más de la mitad de la población vive en situación de pobreza.

Admiro a Serres. En esta ocasión no concuerdo con él. Concuerdo con la realidad y con sus números. Si los políticos leen sus declaraciones seguirán ufanos la misma senda. Ser optimista hoy, desinforma. Ser escéptico hoy es necesario y ético. Construir a partir de la realidad es imperativo.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.