“Y luego gimió cuando todas las moléculas que la formaban se desintegraron: átomos, núcleos, todo se diseminó, se hizo pedazos…”. Ninguna como Susan Elizabeth Phillips, en novelas como Nadie como tú, para presentarnos la química entre Jane Darlington, doctora en física poseedora de un coeficiente intelectual superior a 180 (arriba de 140 ya puede un presentarse como un genio sin ningún pudor intelectual), “que se había acostado con sólo un hombre”, y un “jodido quarterback” de la NFL, “fuerte, resistente y con un coeficiente intelectual bajo” (“que esté bueno es un valor adicional”), un “guerrero sexual que había escogido el sexo como arma para someterla”, quien la hizo darse cuenta de que “la física no llena tu cama cada noche”.

A pesar de que no es muy común, ni siquiera en las novelas rosas, un romance entre científicas y atletas (abundan los segundos, pero no las primeras), tampoco hay nada sobrenatural en ello, como sí ocurre, por definición, en el género que ahora conocemos como novelas románticas paranormales.

Y es que quarterbacks y otros tipos rudos (en especial vaqueros), doctores en medicina, altos ejecutivos, abogados y hasta reyes y otros personajes de la corte ocupaban en el romancero del siglo pasado, de manera casi exclusiva, el nicho de los machos alfa, los depredadores (sexuales) tope, los grandes seductores (y no, los profesores universitarios no están incluidos; de hecho, según un estudio que detallaremos más adelante, se hallan en el otro extremo del espectro). Estos protagonistas de colecciones tan populares y con nombres tan apropiados como Superromance están siendo sustituidos por completo por superamantes de naturaleza, a primera vista, muy distinta: vampiros, hombres lobo, ángeles, fantasmas, demonios y hasta zombis, que se han convertido en las parejas de ensueño de varias millones de lectoras jóvenes —y no tanto— de este siglo.

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Ilustración: Oldemar González

Podría ser que la naturaleza sobrenatural de amantes que eran impensables por la amplia gama de autoras que va —con más que sólo siglos de diferencia— desde Austen y las hermanas Brontë hasta Corín Tellado y Danielle Steel ocasione una dinámica muy distinta en las relaciones de pareja humano-monstruo dado que, si uno se pone a pensarlo, el comportamiento amoroso de seres inmortales —como los vampiros—, no muertos —como los zombis— o incorpóreos —como los ángeles— tendría que diferir bastante de aquel que nosotros los mortales —o, si queremos ser más precisos, aquellos que son psicólogos evolutivos— podemos achacar en buena medida a la evolución por selección natural.

Dado que la teoría darwinista no funciona en criaturas como las enlistadas, tal vez a un ángel le interese proporcionar/recibir placer únicamente de tipo espiritual (y, por consiguiente, completamente asexual) de/a su pareja, quizás a un vampiro le repela más que el ajo la posibilidad de vampirizar a alguien con quien casarse y cohabitar no uno ni diez y ni siquiera cien años: por el resto de la eternidad. Y puede ser que la paciencia de un zombi hacia su amada en una discusión sea imposible de alcanzar para quienes aún tienen sangre en las venas (y en el cerebro). Aunque también es posible que estemos llenos de prejuicios (y celos) hacia estos amantes sobrenaturales; que sólo conozcamos los estereotipos provenientes de la literatura clásica. Para evitar condenar previamente estas uniones de ultratumba es aconsejable mantener una actitud escéptica y permitir, al menos en estas páginas, que expertos como Stephenie Meyer sean quienes se encarguen primero de mostrarnos cómo sería, a su juicio, una “auténtica” relación paranormal. Ya con los colmillos del vampiro en la mano, no queda más que invocar a toda una horda de psicólogos y sociólogos, quienes están naturalmente interesados en explicar los posibles y muy reales efectos de estas relaciones monstruosas en sus lectoras.

La normalidad dentro de los romances paranormales

Como más tarda uno en terminar de leer el primer libro de la saga de Crepúsculo que las editoriales en publicar decenas de títulos similares y las librerías en crear una sección de Romance Paranormal, el material de estudio abunda y sobre éste pueden escribirse tesis enteras; una de ellas es la de la socióloga Shannon Russell, a quien le interesó este fenómeno de enamoramiento entre lo que en la mayoría de las novelas es una joven humana y un joven de naturaleza y con poderes sobrenaturales.1

Russell analizó el contenido de 10 novelas de romances paranormales publicadas entre los años 2003 y 2010 para determinar, entre otras cosas, cómo se presentaba en ellas la sexualidad de sus protagonistas, que en las novelas suelen ser jóvenes con una edad de entre 14 y 18 años (o, al menos, aparentan una edad similar, sin importar que, como los vampiros, supuestamente lleven siglos deambulando por la Tierra). En el catálogo de estas parejas paranormales tenemos, por ejemplo, a:

• Dos hadas (princesa y príncipe). El príncipe-hada quiere matar a la princesa-hada, pero se enamoran y terminan derrotando al malévolo rey-hada (El rey de hierro).

• Una humana y un ángel caído. Para regresar al cielo, el ángel tiene que matar a la joven, pero se enamoran y cambia de opinión (Hush, Hush).

• Una humana y un demonio. En rigor, él podría o no convertirse en un demonio; si lo hace, ella tiene que matarlo, pero se enamoran en medio de una invasión zombi (Infinity)…

… y bueno, no todas son así, pero ya podemos darnos una idea de que, si somos jóvenes y alguna vez conocemos a alguien que parece de nuestra edad y que resulta ser un ser paranormal, enamorarlo podría salvarnos la vida. Esto no es una exageración ya que, de acuerdo con Shannon Russell, estos romances paranormales presentan a jóvenes sobrenaturales que son tan peligrosos como excitantes y atractivos. El problema estriba en que, en la vida real, las jóvenes lectoras concluyan que aquellos jóvenes con comportamientos peligrosos son igualmente excitantes y atractivos.

Para ser justos, habría que añadir que, de entrada, los hombres lobo, demonios y demás jóvenes protagonistas no sólo son peligrosos, sino también altos, hermosos, esbeltos y musculosos —estos adjetivos y otros similares rebosan en las descripciones de ellos—. Son, además, más que protectores, sobreprotectores de sus frágiles parejas humanas. Las jóvenes enamoradas, en la mayoría de las novelas analizadas, son independientes, suaves (aunque también guerreras), bellas y fuertes, pero no es raro que no sean conscientes de poseer ambas cualidades; además, aunque sean fuertes y sea completamente innecesario, los hombres siguen exhibiendo la necesidad (¿innata? ¿Un vestigio de cuando eran machos humanos?) o responsabilidad de protegerlas.

Como en otras novelas románticas contemporáneas no-paranormales, las jóvenes protagonistas son en su mayoría sexualmente inexpertas; sus parejas, de manera bastante contrastante, dominan extensamente el tema y, como varios de ellos tienen siglos de vida (pero, no lo olvidemos, rostro y cuerpo de Robert Pattinson) hasta es posible que conocieran al autor del Kamasutra en persona.

En las románticas y paranormales páginas de estos libros las mujeres tienen un problema muy grave: no controlan los efectos que su cuerpo provoca en los hombres. Así, aunque fuesen sexualmente pasivas —que no lo son; de hecho, son todo lo contrario—, la pura visión o el olor de su cuerpo bastan para que sus monstruosos amantes las adviertan de que liberar su bestialidad sería muy peligroso para ellas. Así, gracias a estas obras uno aprende que es parte de la naturaleza sobrenatural de los jóvenes machos que las pueblan la durísima y en muchas ocasiones casi imposible necesidad de autocontrolarse. Al parecer, es una tarea casi tan difícil como lo es, fuera de la ficción y para varios machos mortales, el abstenerse de gritarle “¡guapa!” a una muchacha. Vampiros, hombres lobo y otras criaturas del Señor (de los Infiernos) simplemente no pueden evitar querer comerse a su pareja —en todos los sentidos posibles— si no hacen un esfuerzo, literalmente, sobrehumano. En todo caso, así los imaginaron Meyer y compañía y, como veremos enseguida, un noviazgo así puede ser bastante problemático dentro y fuera de estas novelas.

Lo que ellas quieren: ¿Vampiros, vaqueros o profesores?

Para tener atributos fuera de este mundo los machos para- normales se comportan de manera bastante similar a la de los machos que han atraído a las lectoras de novelas románticas desde hace siglos. Averiguar cuáles son estos rasgos masculinos tan deseables fue precisamente el objetivo de un estudio que, basado en la psicología evolutiva, analiza los títulos de 15 mil 19 novelas románticas publicadas por la editorial canadiense Harlequin de 1949 a junio de 2009.2 Anthony Cox y Maryanne Fisher, los psicólogos evolutivos autores del artículo, asumen que, para maximizar el éxito de la supervivencia de sus genes, hombres y mujeres han desarrollado diferentes estrategias cuando llega la hora de aparearse. Desde esta perspectiva, las mujeres tienen que ser mucho más selectivas a la hora de buscar una pareja con la cual combinar sus genes, ya que, al ser ellas quienes se embarazan y tienen hijos, invierten en ello una cantidad muchísimo mayor de tiempo y energía, en tanto que, para los hombres, combinar sus genes con diferentes mujeres, con una menor inversión de recursos, aumenta la probabilidad de que éstos se transfieran a un mayor y más diverso número de vástagos. En consecuencia, las mujeres preferirán hombres que las provean de recursos necesarios para la supervivencia tanto de ellas como de sus hijos. Que el proveedor de estos recursos puede ser diferente al proveedor de los genes es un tema que ya hemos tratado en otra ocasión (ver el Breviario de darwinismo literario).

Varias son las ventajas de estudiar qué es lo que atrae a las mujeres de los hombres en la ficción romántica publicada por Harlequin, entre ellas el que: 1) en el intervalo de 60 años analizado se ha vendido una cantidad de libros (cerca de seis mil millones) equiparable a la población mundial en 2009, y que 2) un tercio de las mujeres canadienses y estadunidenses han leído al menos una de estas novelas. Cox y Fisher consideran que el éxito de Harlequin se debe a que sus libros responden a los intereses femeninos evolutivos, de apareamiento, específicos de su sexo, y que los títulos indican estos intereses de manera objetiva dado que han sido moldeados por la demanda de las consumidoras, que compran las novelas que más les interesan con sólo leer dichos títulos.

Cox y Fisher supusieron que las palabras más frecuentes en los títulos tendrían que ser aquellas asociadas con: 1) la reproducción, ya que las mujeres invierten más que los hombres en hacer y criar hijos (palabras como bebé y paternidad); 2) la riqueza económica de los hombres, puesto que, como las mujeres tienden a ocuparse en su mayoría del cuidado de los hijos, deben elegir cuidadosamente a sus parejas proveedoras de recursos (palabras como rico y millonario); 3) el compromiso a largo plazo de su pareja, como consecuencia de la inversión de recursos que garanticen la supervivencia de sus hijos (palabras como matrimonio y novia); 4) el atractivo físico masculino, que es una indicación de la calidad de los genes de su amante (palabras como guapo y atractivo).

Las 20 palabras más comunes en los títulos de Harlequin confirmaron directamente las primeras tres hipótesis. Y las 20 profesiones más citadas en los títulos lo volvieron a hacer con la segunda, ya que, entre ellas, doctores en medicina, cirujanos y directores ejecutivos están asociados con altos ingresos. Sobre la cuarta hipótesis, a pesar de que no hay en los títulos adjetivos que describan el atractivo físico masculino, sí hay profesiones que están relacionadas con éste dado que, por lo menos, los hombres que las ejercen requieren de una buena condición física; entre estos últimos destacan los vaqueros.

Un resultado que puede ser valioso para aquellos escritores que, sin escribir novelas rosas, se empeñan en narrar cómo una joven estudiante se enamora perdidamente de su profesor universitario, es que esta profesión apareció únicamente en seis títulos (recordemos: son seis de más de 15 mil). La crudeza de estos datos demuestra que, para las mujeres, al menos en las novelas románticas los profesores son apenas más atractivos que los traileros, que son mencionados en dos títulos (ya nadie recuerda a Erick Estrada en Dos mujeres, un camino).

De vuelta al mundo de los amantes supernaturales, tenemos que los cuatro temas de Harlequin (que desde 2006 tiene en Nocturne su propia colección de novelas paranormales) siguen siendo fundamentales dentro de estas historias. Trátese de cirujanos o de vampiros, los protagonistas no dejan de ser ricos, guapos y de tener cuerpos atléticos y abdomen de Zac Efron.

La violencia de un noviazgo crepuscular

Otros investigadores, como las sociólogas Victoria E. Collins y Dianne C. Carmody, han alertado sobre la presencia ubicua de violencia en el noviazgo en la saga de Crepúsculo.3 Collins y Carmody identificaron, en los cuatro libros de esta serie, 80 situaciones que involucran violencia física o amenazas de ella; en 66.7% de los casos la violencia fue perpetrada por el vampiro Edward sobre Bella y en el 33.3% por el licántropo Jacob sobre Bella.

Preocupante para las autoras es también el deseo de Edward de beber la sangre de Bella como mecanismo para controlarla o como recordatorio de la diferencia de poder entre ambos. Y aunque no fue su intención lastimarla, en 16 ocasiones lo hace. Hay además cinco casos de violencia sexual contra Bella por cortesía de Edward o de Jacob y, cuando finalmente copulan, su relación sexual es extremadamente violenta. En 28 ocasiones Edward o Jacob controlan físicamente a Bella, en 31 ocasiones Edward lo hace verbalmente y son 58 las veces que la controla emocionalmente.

En los cuatro libros hay 60 referencias a lastimarse a sí mismo o al suicidio (y eso que aún no existía el reto de la ballena azul). En repetidas ocasiones se rodea de un aire romántico a estas actitudes. Son 14 las veces en que un personaje acosa a otro (78.6% de ellas de parte de Edward hacia Bella, quien emplea el acoso como técnica de manipulación y control hacia ella). Hay 183 escenas de agresividad masculina y 43 escenas en las que un macho exhibe dominancia territorial sobre una hembra.

En conclusión y en vista de toda esta estadística, para Collins y Carmody es claro que la relación de Edward y Bella es lo contrario de una sana, igualitaria y no violenta. Dada la popularidad de estos libros en los que se minimiza o se considera como normal para una pareja (así sea una en la que una de las partes no es humana) este tipo de comportamientos agresivos de control, abuso e intimidación, la solución propuesta por las investigadoras no es censurar la saga, sino aprovecharla para abrir una discusión sobre el tema entre las jóvenes y, entre otros, familiares, maestros y trabajadores sociales. Después de todo, paranormal o no y como cualquier otro género literario, la novela romántica tiene el poder de influir en nuestras ideas, actitudes y conductas en el mundo real.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Russell, S., “Themes of Female Sexuality and Masculinity in Paranormal Romance Novels for Young Adults”, tesis de maestría en sociología, University of Ottawa, 2014, 108 pp.

2 Cox, A. y M. Fisher, “The Texas Billionaire’s Pregnant Bride: An Evolutionary Interpretation of Romance Fiction Titles”, Journal of Social, Evolutionary, and Cultural Psychology, 3(4), 2009, pp. 386-401.

3 Collins, V.E. y D.C. Carmody, “Deadly Love: Images of Dating Violence in the Twilight Saga”, Journal of Women and Social Work, 26(4), 2011, pp. 382-394.