Uno de los rasgos más llamativos del paisaje económico posterior a la crisis de 2008 ha sido la omnipresencia de la figura del “emprendedor”, un personaje que inunda lo mismo la televisión que los discursos políticos, la literatura de autoayuda o los programas académicos. Al tiempo que el modelo laboral tradicional entraba en crisis, el imperativo de convertirnos en “empresarios de nosotros mismos”, a entender todas las facetas de la vida como una relación empresarial, ha funcionado como una vacuna contra los cada vez más frecuentes llamados a repolitizar la economía y pensar el trabajo desde otra perspectiva, una que trascienda la lógica del beneficio y la acumulación.

Este es uno de los principales temas tratados en “La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo” (Akal, 2015), obra de Jorge Moruno Danzi. Se trata de un libro escrito por un joven sociólogo abocado al estudio de las relaciones laborales que es también un atento lector de autores como Marx, Lenin y Žižek. El autor es, además, uno de los millones de jóvenes españoles nacidos a finales del siglo XX que, a pesar de formar la generación con los niveles educativos más altos de la historia de su país, han sido condenados a un horizonte laboral de incertidumbre y precariedad.

Moruno, que también es uno de los fundadores de ese “terremoto político” llamado Podemos y fue hasta hace poco responsable del área de argumentario y discurso de ese partido político, habla en esta entrevista sobre su tema favorito: las transformaciones recientes del mundo del trabajo.

trabajo

César Morales Oyarvide: Tu libro comienza con una cita de Lenin: “en el capitalismo la competencia significa el aplastamiento inauditamente feroz del espíritu emprendedor, de la energía y la iniciativa de la mayoría de la población”. ¿Cómo podemos criticar el discurso neoliberal del “emprendedurismo” sin caer en un rechazo de la capacidad humana para crear, para innovar?

Jorge Moruno: Spinoza utilizaba el concepto de “conatus” para describir la fuerza que tiene cada cosa por existir, “por perseverar en su ser”. Esa fuerza es la que impulsa al deseo, al interés. El economista y sociólogo Frèderic Lordon explica que el verbo “conor”, de donde se deduce “conatus”, significa “emprender”, es decir, comenzar algo. Ahora bien, ese deseo, ese interés, mantiene siempre una doble relación, que es una relación natural y una relación social. Aquello que hace de la modernidad un hecho histórico es la existencia de esa doble relación, donde la cualidad intrínseca del ser humano de crear, de comenzar algo nuevo, como es el deseo en Spinoza, o el trabajo en Marx, adopta un significado social, esto es, un modo histórico, no natural sino naturalizado, producido, fetichizado, aunque no por ello falso. La cuestión es cómo articular esa condición humana de estar en el mundo, qué tipo de relaciones sociales e imaginarios pueden dar sentido histórico a una tensión que ha sido constante a lo largo del tiempo: el conflicto entre una forma de riqueza basada en el gasto de tiempo de trabajo humano con la necesidad de acumulación permanente, y la riqueza pensada y centrada en satisfacer las necesidades de la vida orientada a fines comunes.

CMO: Una de las ideas que más subrayas en tu obra es el fin de un modelo de sociedad en la que la principal vía de integración, la fuente primaria de identidad, era el “empleo”. ¿Por qué estamos volviendo a discutir sobre las diferencias entre “empleo” y “trabajo”?

JM: Porque en el mundo de hoy el empleo ya no es la única forma de manifestarse que tiene el trabajo. El empleo es una concepción del siglo XX y aplicada masivamente en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El empleo no es simplemente un puesto estable, un ingreso suficiente, unas perspectivas de ascenso y la posibilidad de proyectar tu vida al futuro, es también la piedra angular de todo el sistema de bienestar, la fuente de identidad, del acceso al consumo y la vía de acceso a la condición de ciudadanía: es un modo de regulación y vertebración de la sociedad. Este tiempo histórico hoy está en crisis. Yo creo que para observar la proliferación de las formas de trabajo y las formas de vida precarias contemporáneas es más útil echar la vista atrás, al siglo XIX.

En el siglo XIX la escuela neoclásica apostaba por reducir el acceso a la asistencia social únicamente a los pobres desvalidos –ancianos, mutilados-, mientras que entendían que hacerlo sobre el resto desincentivaba y debilitaba su carácter con respecto al trabajo. Pensaban que mejores condiciones de vida entorpecían las necesidades que exigía el trabajo, un trabajo que destacaba por su inestabilidad, por la subcontratación y la intermitencia, un trabajo polimorfo. Esta experiencia ayuda a entender lo que ocurre hoy, a describir al trabajo fragmentado y a las nuevas formas de dependencia informal, o la temporalidad y la exclusión del ingreso suficiente de una parte de la población. Se trata entonces de repensar el trabajo más allá del empleo, lo que obliga a pensar la condición de ciudadanía más allá del trabajo que genera valor, más allá del trabajo remunerado y los productos que se mueven por medio de un acto de cambio.

CMO: Esta distinción entre “trabajo” y “empleo” me lleva a pensar en lo que teóricas feministas como Nancy Fraser han llamado una “crisis de los cuidados”, en la que el capital ha entrado en contradicción con muchos de los procesos sociales de “reproducción social” (como criar hijos o cuidar a los enfermos), trabajos tradicionalmente feminizados, no pagados, pero sin los cuáles ninguna sociedad puede sobrevivir. ¿Cómo ves tú esta problemática?

JM: Me parece una problemática central. Una contradicción entre la riqueza que pone en el centro a la vida frente a una riqueza basada en el valor, donde la satisfacción de necesidades es secundaria y la prioridad es la maximización de beneficios. La crisis de los cuidados se basa en la paradoja según la cual, la reproducción social de la vida se presenta como la base que permite el desarrollo de la acumulación de capital, pero ésta mina las bases de la reproducción social futura. El capital pisotea las condiciones de su propia viabilidad futura, por eso necesita constantemente expandirse e intensificarse, ya que no resuelve nunca sus crisis, sino que las desplaza temporal y espacialmente.

CMO: Cuando uno lee tu biografía es inevitable pensar en las novelas de autores como Bukowski, en un “factótum” (o como diríamos en México, un “milusos”): sociólogo y escritor, pero también teleoperador, informador turístico, reponedor, y desempleado. ¿Cómo ha influido esa trayectoria laboral en tu reflexión sobre el mundo del trabajo?

JM: Ha influido bastante y ha sido desde una perspectiva analítica, una forma de aprendizaje, de experimentación y observación. Una de las razones de mi interés por el trabajo y su sentido social tiene que ver con el cruce entre la necesidad por obtener ingresos para poder vivir y la sensación de pérdida de tiempo y ausencia de sentido, no ya en el trabajo concreto que hacía (que también), sino sobre todo porque me parece una forma ineficiente, además de injusta de organizarse en sociedad.

En la medida de lo posible siempre he intentado sustraer parte de ese tiempo para leer. Cuando trabajé de teleoperador tuve la “suerte” de no hacerlo de emisor, sino de receptor, así que en el tiempo que alguien no llamaba, leía. En otro trabajo relacionado con el turismo intentaba hacer lo mismo entre parada y parada del autobús turístico.

Lo curioso es que empecé a escribir y abrí un blog estando en paro, desempleado. Es cierto que el hecho de no tener hipotecas ni hijos me permitía más margen de maniobra, es decir, más capacidad de “darme el lujo” de ese tiempo. En España el que en su momento fuera el presidente de la patronal (que ahora está en la cárcel) denunciaba que el seguro de desempleo era como una renta recibida cada dos años y una conocida política española, Esperanza Aguirre (que acaba de dimitir por verse asediada por la corrupción), comentó que representaba un año sabático. Ojalá fuera así, y la población pudiera realmente ser flexible y elegir tiempos sabáticos y tiempos de trabajo. En 1993 Dinamarca puso en práctica una política donde cada cuatro años se rotaban los trabajadores y disfrutaban de un año sabático ganando el 80% del sueldo, para poder viajar, aprender idiomas, conocer y luego volcar ese saber vital en su país.

CMO: El común denominador de esa trayectoria, así como de las biografías de hombres y mujeres jóvenes que incluyes en tu libro, es que son representantes de lo que Guy Standing llama “precariado”. ¿Cuál es tu opinión sobre este concepto?

JM: Suelo ser bastante flexible con estas cosas, entiendo que puede ser un concepto de análisis útil, yo lo uso a veces para describir una cierta existencia atravesada por la precariedad, pero no tengo tan claro que defina los contornos de una identidad. Si lo hace perfecto, pero si existe otra forma o formas de nombrar la realidad compleja, me parecerá también bien. Desde una perspectiva política lo que importa es su capacidad de invocar.

CMO: En tu libro haces una aseveración muy polémica: que el “inmigrante sin papeles” representa el prototipo laboral del capitalismo actual. ¿Podrías elaborar un poco sobre esta idea?

JM: Creo que el inmigrante ilegal representa de algún modo el extremo de la máxima neoliberal en su forma de entender la movilidad y la forma de comportarse de la fuerza de trabajo. Es decir, el inmigrante sin papeles vendría a encarnar esa total capacidad por “deshacerse” de todo, aceptar lo que sea y asumir “riesgos” y “perseguir sus sueños”. La macabra situación de total inseguridad que vive el inmigrante sin papeles es la cara más dura de la fuerza de trabajo.

CMO: Volvamos al mundo de la empresa. Como decíamos al principio, has sido muy crítico con la ideología del “emprendeurismo”, como un conjunto de ideas aparentemente rebeldes, pero con un fondo sumamente conservador. ¿A qué achacas su éxito?

JM: Exacto, toda esta ideología de la motivación no cuestiona nunca el contexto, es más, hace todo lo posible por despolitizar la economía; sin embargo, reviste la forma de rebeldía en la forma de una “disconformidad” con la “monotonía”, que te anima a cambiar y tomar “tus propias decisiones”. “En lugar de quejarte, actúa”, “desobedece a lo establecido”, son frases que aparecen en los anuncios de coches y se asocian con la libertad. No es sólo una sesión de coaching, o una revista de management, es la pauta cultural dominante sobre todas las facetas de la vida, es ideología inoculada: en la escuela, cuando va dirigida a los padres al mostrarles cómo educar a su hijo para que sea emprendedor, en la televisión, con programas como “El jefe infiltrado”, en la publicidad.

Este control totalitario desde la felicidad, la experiencia y exaltación del yo en búsqueda del éxito hace las veces del látigo del negrero o la libreta del capataz; es la forma contemporánea en la que se expresa el dominio político sobre el trabajo. Se apoya sobre conceptos como la “autonomía”, que bien podrían articularse y pensarse de otro modo. El modo de pensar, el interés asociado al imaginario del éxito, sumado a la extensión del cinismo en ausencia de un horizonte de lo que significa otra forma de vivir la vida, contribuyen a que la combinación entre el deseo de ser el primero y el miedo de no quedar el último funcionen. “El éxito y la responsabilidad están en ti”, “tú tienes en tus manos lo que quieras ser si luchas por ello”, nos dicen. Este imaginario es efectivo tratando de anular el desgarro psicosocial trasladando la culpa al individuo, aunque no es infalible. Todo acaba saliendo, y la política consiste en definir ese descontento, esa crisis.

CMO: Una de las propuestas que planteas con carácter de urgente es la aplicación de una “renta básica universal”. En México esta propuesta suele descalificarse con un abanico conocido de críticas: irresponsabilidad, paternalismo, incentivo a la pereza. ¿Se trata de un tema esencialmente técnico o económico o es más bien un asunto ideológico y político?

JM: La primera reacción ante una medida que, entendida de una determinada manera, puede poner en cuestión la ideología del trabajo forjada desde el siglo XVIII, es el espanto. En España hablar de renta básica universal hace 15 años era poco menos que una locura, pero desde hace unos años hasta ahora y coincidiendo con su repercusión internacional ha ido asentándose con más facilidad, aunque no es todavía una propuesta mayoritaria. Hacer las cuentas es fundamental, en España hay profesores de economía como Daniel Raventós, que llevan años estudiando la viabilidad financiera de la renta básica sin tocar partidas presupuestarias de los servicios públicos ni otro lugar. Pero creo que es fundamental la cuestión ideológica y cultural y la disputa por la construcción de los imaginarios. Asumimos como normal una sociedad que glorifica el trabajo, mientras que quienes más riqueza acumulan menos lo hacen por la vía de los ingresos laborales. La economía de la oferta se basa en la premisa ideológica que confía la dinamización económica en la maximización de los beneficios privados, para lo que es necesario una fiscalidad regresiva, la privatización de sectores públicos y la reorganización de las relaciones laborales con la erosión del poder de negociación del trabajo. Esta operación ideológica presenta al triunfador como el faro a seguir por toda la sociedad, inocula una creencia despolitizadora, que vincula las bajas pasiones al pueblo y le atribuye virtudes a las élites. Bajo la idea de que una renta básica ataca a la “dignidad del trabajo”, se esconde el profundo temor por una población con la vida garantizada al margen del trabajo remunerado.

CMO: Has defendido la necesidad de una nueva manera de repartir el “tiempo de vida” y el “tiempo de producción”. ¿Qué opinas de las alternativas planteadas desde el propio mundo de la empresa, como las del magnate mexicano Carlos Slim, que aboga por la reducción de la jornada semanal a tres días? ¿Compartes la opinión de quienes consideran que los avances tecnológicos contribuirán a dotarnos de una mayor autonomía frente al “tiempo del capital”?

JM: Desde el mundo de la empresa han aparecido propuestas como la de Carlos Slim que busca comprimir en menos días muchas horas de trabajo, y otras que permiten a los trabajadores decidir cuándo tomarse sus vacaciones, en lo que llaman “vacatrabajo”, en una no distinción entre una y otra dimensión del tiempo. Ninguna de estas propuestas permite a la fuerza de trabajo ganar en autonomía en su decisión, porque se limitan solo a organizar el “cómo” en la empresa, sus horas y sus vacaciones, pero no cuestionan nunca el “qué” hacer con respecto a la relación con la empresa.

Respecto a la robotización hay que tener en cuenta los límites energéticos, el agua que consumen todas esas baterías, las condiciones de su producción y las externalidades ecológicas negativas que tiene la tecnoutopía. Dicho esto, las máquinas no son una categoría económica y en sí mismas ahorran trabajo humano, pero en manos del capital se presenta una situación que viene dada a la que debemos adaptarnos, una situación que parece no ser social, sino natural y hace que esa reducción del trabajo socialmente necesario se traduzca en incertidumbre vital para millones de hombres y mujeres.

 

Jorge Moruno Danzi (Madrid, 1982) es sociólogo y escritor. Se formó en la Universidad Complutense de Madrid y en el Instituto de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido, entre otras cosas, teleoperador, informador turístico, reponedor, auxiliar administrativo y desempleado. Además de “La fábrica del emprendedor”, es co-autor de “Cuando las películas votan” (La Catarata, 2013) y “Les raons dels indignats” (Portic, 2011). Cofundador y miembro del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos, hasta 2017 fue el responsable de discurso de dicha formación política.

 

César Morales Oyarvide