La política exterior de Qatar ha provocado rabia entre sus vecinos en la zona, además de Egipto —todos aliados de Washington—. En días recientes, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin y Egipto rompieron relaciones con Qatar e impusieron sanciones económicas contra Doha por un apoyo supuesto al extremismo.

qatar

En perspectiva, desde 1995, Doha ha desarrollado un activismo autónomo y propenso a ocupar la escena mediática mundial. Ha sido anfitrión de múltiples eventos internacionales de política, medio ambiente, comercio, finanzas y deportes. En el plano económico, Qatar es una excepción en la región: el breve estado peninsular que se adentra en el Golfo Pérsico no tiene mucho petróleo, pero sí más que abundante gas natural licuado. Se descubrió en 1971; desde entonces le representa 90% de sus ingresos públicos y le proporciona la renta per cápita más alta del planeta. Con el fin de capitalizar los excedentes financieros del país, las autoridades lanzaron en 2005 el Qatar Investment Authority (QIA), que actúa como el brazo financiero de la diversificación de las relaciones exteriores del país y que está hoy entre los diez mayores fondos soberanos del mundo.Su modelo y diplomacia económicos, con todo, han atraído críticas internacionales por violar derechos de trabajadores asiáticos y africanos. En efecto, Qatar, como sus vecinos emiratos y saudís, tiene un récord execrable en materia del trato a esa fuerza laboral presente en su territorio. Sin embargo, el programa de renovación de la esfera pública lanzado por el jeque Tamim bin Hamad Al Thani desde mediados de los 1990, aunque muy limitado e impuesto a la sociedad catarí, hizo aparecer a Doha como “progresista” frente a la esclerosis de sus vecinos en el Golfo.

La diplomacia de la dinastía catarí tiende a contraponerse a la de Riad. De un lado, en el plano mediático, con el lanzamiento de la cadena Al-Jazeera en 1996, con que promueven un espacio público árabe transnacional; de otro lado, en el plano de las alianzas regionales. Así, por ejemplo, por lo que respecta al eje de crisis palestino-israelí y sus ramificaciones en Siria y Líbano, Qatar contribuyó ampliamente a la reconstrucción de zonas de Líbano devastadas en el verano de 2006 por el bombardeo que llevó a cabo Israel contra el Hezbolá, e invirtió fuertemente en la economía de Siria. El eje estratégico con Damasco y Teherán fungía como contrapeso de la alianza entre El Cairo, Riad y Ammán. Con Israel, Qatar fue el primer país del Golfo que buscó normalizar relaciones. Desde enero de 1994, aprovechando la euforia de los acuerdos de Oslo y la firma del tratado de paz entre Israel y Jordania, la monarquía catarí se embarcó en una asociación económica con Israel y en septiembre de 1996 recibió en su territorio a la primera representación comercial israelí en el Golfo. Con todo, la guerra israelí en Gaza en el invierno de 2008-2009 enfrió las relaciones bilaterales; la visita, en noviembre de 2012, del jeque Hamad a Gaza, y su apoyo al gobierno encabezado por el grupo islamista (Hermandad Musulmana) Hamás, las congeló. En adelante, el gobierno, algunos medios de comunicación y think-tanks en Israel y Estados Unidos no dejaron de denunciar el activismo de Qatar.

En efecto, Qatar se ha posicionado del lado de la Hermandad Musulmana en varios países de la región, algo que irrita e inquieta profundamente a los gobiernos en Emiratos, Egipto y Arabia Saudí; en menor medida al reino de Jordania. En el marco de la “Primavera árabe”, Doha buscó una vez más afianzar una identidad propia con su política exterior mediante su apoyo a grupos islamistas de la oposición a las dictaduras, cercanos a la Hermandad Musulmana –algunos casos sonados fueron Siria (con la sublevación contra el régimen de Bashar al-Asad) y Egipto (Doha financió generosamente a la oposición islamista contra el régimen del presidente Hosni Mubarak). En 2014, esa política independiente hizo que Qatar se viera criticada y progresivamente marginada por sus vecinos; la tensión en ese entonces culminó con la erupción de una crisis diplomática entre el Consejo de Cooperación del Golfo y Qatar que duró ocho meses (Arabia Saudita, EAU y Bahréin retiraron a sus embajadores de Doha). Así pues, la naturaleza de las monarquías y repúblicas en estos países no puede tolerar la competencia de una organización política organizada, mucho menos si ésta contiende también en el terreno de la interpretación religiosa. En otras palabras, si la Hermandad siempre ha sido un serio problema en estos países se ha debido ante todo a la naturaleza profundamente autoritaria de sus regímenes políticos.

Para agregar a la desazón y la confusión en torno a la crisis de la cual somos testigos desde hace unas semanas, se dio a conocer que uno de sus protagonistas, Egipto, empezó a negociar en mayo la transferencia de las islas Tiran y Sanafir al reino saudí. La noticia empezó a generar indignación y erosionar a la ya de por sí desgastada figura del general Al-Sisi y la junta militar gobernante que encabeza. La ocurrencia del gobierno egipcio no sorprende. Desde su ascenso al poder luego de derrocar, en el verano de 2013, al gobierno electo del islamista Mohamed Morsi, los cerca de 25 000 millones de dólares que el régimen del general Al-Sisi ha recibido de EAU, Kuwait y Arabia Saudí se han dirigido a cimentar sus vínculos comerciales (la mayoría de los megaproyectos se han otorgado a compañías inmobiliarias basadas en el Golfo). Lo que desconcierta más, en cambio, es la posición de la dinastía Saúd de presionar al Cairo en el tema territorial de las islas, pues realmente nada gana, y sí pierde, si su “socio” egipcio se debilita aún más.

Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la presencia militar estadounidense había sido para Qatar garantía absoluta de seguridad. Desde 1995, la alianza estratégica con Washington ofreció a Doha la oportunidad de distinguirse de la dinastía wahabí saudí, ya que la imagen de esta última cayó después de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Durante la década de 2000, la crisis nuclear iraní, la inestabilidad de Iraq y el mayor deterioro en el frente palestino-israelí aumentaron la vulnerabilidad de Qatar; su ejército de sólo 11 000 hombres no le ofrece la disuasión necesaria para asegurar su integridad territorial frente a sus vecinos. Por eso es que ser anfitrión de la base aérea al-Udeid bajo comando estadounidense ha sido hasta ahora reconfortante para Qatar.

El cerco diplomático a Doha que encabezan EAU y Arabia Saudí confirma, primero, la inconformidad no resuelta de Riad frente a la creación de estas micro-monarquías en sus fronteras, que se independizaron en los años setenta, así como la prioridad obstinada en las agendas de Riad, Abu Dabi y Manama, de contener las ambiciones regionales de Irán. En segundo lugar, el cerco también muestra la necesidad permanente que sigue teniendo Qatar de encontrar los recursos que justifiquen su existencia como territorio independiente y soberano, así como de forjar una identidad nacional que se distinga claramente de la de sus vecinos –no sólo para defenderse de las ambiciones y los recelos de la poderosa Arabia Saudí; también para diferenciarse de su gemelo Bahréin o de su otro pequeño vecino, EAU, en particular Dubái. Además, este episodio de crisis es otra muestra, particularmente ilustrativa, de las contradicciones en las que particularmente Donald Trump ha sumido a la política exterior de su país. Así, mientras que el presidente estadounidense hostiga a Qatar por patrocinar el terrorismo, autorizó el 14 de junio pasado la venta a ese país de más de 21 000 millones de dólares de armas estadounidenses. Lo que se acordó durante su vista a EAU y Arabia Saudí en mayo pasado, así como los mensajes discordantes de Estados Unidos en el marco de las acusaciones recientes contra Qatar, sin duda complican más la diplomacia regional.

Igualmente, este episodio reciente es reflejo de cómo la política exterior de los países del Golfo deriva en buena medida de la amenaza interna y transnacional (como la Hermandad Musulmana) a su propia supervivencia. Esta percepción de amenaza es lo que los ha incitado, junto con Egipto, Yemen y Jordania, a coordinar sus políticas a un nivel sin precedentes en la decisión de sancionar a Qatar. En contraste, la convergencia y conexión entre esos mismos gobiernos han estado ausentes para lidiar con graves crisis regionales como la guerra en Siria o el Estado Islámico. Por cierto, respecto a este último fenómeno, merece la pena señalar que reportes internacionales indican que el Estado Islámico recibió, por lo menos hasta aproximadamente 2016, millones de dólares de hombres de negocios, familias ricas y otros donantes provenientes no sólo de Qatar sino también de Arabia Saudita, Kuwait y los EAU.

Por último, y de manera general, este capítulo más de la historia tortuosa de Qatar con sus aliados del Consejo de Cooperación del Golfo y Egipto es muestra evidente de cómo dirigentes de monarquías y repúblicas árabes, o el mismo presidente estadounidense pueden, en el discurso y la práctica (y con el refuerzo de cadenas  de comunicación, como Al-Arabiyya o Fox News), marginar de sus cálculos las causas estructurales de la conflictividad crónica en la región, elaborar una diplomacia comercial y formular una agenda de seguridad que poco o nada se articulan con una verdadera estrategia de desarrollo económico interno, erigirse como campeones del vapuleo y la intimidación de grupos que no piensan como ellos, dar giros inesperados y a veces contradictorios en su comportamiento exterior cuando así conviene a sus intereses personales o clientelistas, y asumir que pueden desvincularse de las consecuencias.

Marta Tawil

 

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