Cuando en 2008 el poeta Raúl Renán cumplió 80 años, Julio Ramírez y Luis Alberto Navarro reunieron en un volumen, además de una selección de textos poéticos, una serie de voces que desde la vida y la obra del maestro, lo acompañaron en aquellas páginas celebratorias. Así nació Raúl Renán 80 veces su mundo publicado por el gobierno de Yucatán. Renán había nacido precisamente el dos de febrero de 1928 en Mérida, Yucatán, aunque tengo la sensación de que era uno de esos autores que son de todas partes, ya que muy pronto emigró a la Ciudad de México para ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 

“Canto para que los frutos de los árboles asomen sus cuentas, la miel de las flores se haga accesible a mi succión, el olor levante sus cuerdas eréctiles, las pajas se yergan separadas para yo sorprenderlas con mi pico y llevarlas a la construcción de mi nido…”, había escrito en el poema “Los pájaros cantan”. Un poema en prosa, como gran parte de su producción literaria. Un texto luminoso, ciertamente, como otros de sus textos.

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Y eso era Raúl, un ser luminoso, transparente. No sólo por la sonrisa que lo caracterizaba, sino por su entrega a la palabra, herramienta formal y lúdica que lo acompañó en sus facetas de maestro, coordinador de talleres, editor y lector. Facetas en las que jugó siempre en el campo de lo experimental, lo que no se ajusta a un género literario específico y que se resiste a las camisas de fuerza.

Supe de él desde los años setenta, cuando yo llegaba del campo potosino y tamaulipeco a Monterrey y hacía mis incursiones anuales a la Ciudad de México a comprar libros, curiosear y acercarme de lejos a uno que otro recital y a uno que otro poeta. Dos empresas en las que en esos años estaba metido el poeta Renán me llamaron entonces la atención: unas pequeñas cajas que en vez de cerillos contenían poemas breves (colección Fósforos) y los pequeños libros de La Máquina Eléctrica. En una de esas incursiones debí conocer al poeta, siempre amable, siempre con un libro para regalar o intercambiar, un taller, una revista, una hoja literaria o un proyecto nuevo.

Queda claro que en el medio literario predominan los espíritus pesimistas, sobre todo entre los poetas. Con Raúl Renán pasaba todo lo contrario. Y aunque sus textos aparecían poco o casi nunca en las antologías de poetas mexicanos, no había motivos para amargarse la vida. Su producción literaria es vasta y comprende cuento, poesía y ensayo, básicamente. Su obra está dispersa en todo el país, en ediciones de tirajes reducidos y artesanales, en cuadernos, hojas sueltas y libros. Entre ellos, por señalar su obra poética: Lámparas oscuras (1976), Catulinarias y sáficas (1981), De las queridas cosas (1982), Gramática fantástica (1983), Pan de tribulaciones (1984), Los urbanos (1988), Viajero en sí mismo (1992), Henos aquí (1993), Rama de cóleras (1998), Cuadernos en breve (1999), Los silencios de Homero (1999), Volver a decir las cosas (1999), Parentescos (2003), A salto de río. Agonía del salmón (2005), Rostros de este reino (2007) y Emérita (2007), entre otros.

Raúl Bañuelos ha dicho que cuando conoció a Renán lo que más le sorprendió de él fue su capacidad de síntesis expresada en “hermosos relámpagos verbales”. Y ciertamente Renán solía disparar desde el papel pequeñas joyas que, ya fueran haikús, aforismos o algún género de su invención, tenían un efecto inmediato en el lector. Ya sea por su sentido del humor, por su apego a lo clásico o por su facilidad para el encantamiento. 

Como autor de aforismos Renán solía ir al grano: “Entre el ser y no ser la línea es una tiranía tensa”. “La línea armoniza con otra línea para permanecer.” “Estoy en una línea, transformo el movimiento sin escalas de viaje.” “Entre las líneas la verdad se mueve sigilosamente para no ser descubierta.” Y así, se podría seguir en esta ruta entre lo reflexivo y lo fragmentario, ofreciendo siempre pequeños universos verbales a partir de una idea y llegando siempre a algún punto, no saliendo de la nada para llegar a la nada. Sus puertos eran otros: la lucidez, lo breve en línea recta y en zigzag, lo certero que permanece.

Ernesto Lumbreras ve en Renán al “poeta de la brevedad intensa sobre la insólita cotidianidad…, narrador que trama encuentros furtivos y fértiles entre las dos realidades del espejo, el maestro de jóvenes escritores que con igual pasión muestra caminos, valles y abismos en torno del oficio de escribir, el editor sibarita que sabe de los maridajes del papel y la tinta en esa catedral gótica que Gutenberg construyó para deleite de los insomnes.”

José Emilio Pacheco es certero en esta décima: 

No acepto, Raúl Renán,
Que llegues a los ochenta.
(Yo que araño los setenta,
Me rindo ante el qué dirán.)
Hoy al vernos pensarán
Que siempre fuimos así.
Sabemos de ti y de mí,
En plena similitud,
Que hubo una vez juventud,
La escribiste y la escribí. 

La madrugada del 14 de junio de 2017, después de una prolongada juventud, partió el dialoguista de mirada serena y cabello plateado. Se quedan sus textos, brevemente certeros, luminosos y agudos para hacernos creer, desde una realidad siempre aparente, que estamos vivos y que seguiremos un tiempo más en la fiesta, desde donde, para decirlo con sus claves, “la fibra del alma extiende su hondura sagrada”.

 

Margarito Cuéllar
Radica en Monterrey. Su libro más reciente, Poemas para formar un río, fue publicado por Monte Ávila en Caracas.