Era un viernes de los años ochenta, la lluvia arreciaba por los inhóspitos rumbos de Peralvillo, apreté el paso y pronto crucé la puerta del viejo restaurante español, en donde Francisco Cervantes nos había citado a Raúl Renán y a mí para comer y presentarnos. Estaba empapado, pero el olor de la comida caliente, el calor de los rones “Negrita” que Cervantes nos había dispuesto sin que los pidiéramos y la presencia de esas dos figuras poéticas legendarias y admiradas pronto me restañaron la temperatura. De entrada, resultaba asombroso que entre dos personalidades tan contrastantes —la aparente hosquedad y el sino pesimista de Cervantes y el trato afable y sonriente a la vida de Renán— pudiera haber tan estrecha convivencia y tan genuino afecto. La amistad se consolidó con ambos, aunque a veces exigía distintos espacios y horarios: con Cervantes, la cantina y los recorridos nocturnos; con Renán, el café y la buena mesa. Sin ser hombres de grados académicos, ambos fueron maestros fundamentales en la poesía del siglo XX mexicano. Sin embargo, de manera más literal y permanente Renán ejerció el magisterio en sus numerosos talleres literarios, en el café, en la tertulia o en la simple conversación casual.

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Raúl Renán fue una vocación ejemplar, desplegada en múltiples ramificaciones: Renán fue un poeta de la brevedad y del largo aliento, de la evocación épica y de la vida cotidiana, del homenaje a la tradición y del divertimento experimental. Si lo habitual en muchos autores consiste en buscar “una voz propia”, patentarla y vivir de sus rentas, la vocación poética de Renán era más bien nómada, reacia a numerar y explotar parcelas y muy dispuesta a explorar nuevos territorios. Por eso, este viajero recorrió las más diversas comarcas poéticas sin establecerse definitivamente en ninguna y su voz se adiestró en muy diversas formas, tonos y temas, desde el epigrama hasta los neosonetos, desde el trovar amoroso hasta los experimentos tipográficos, desde la sátira hasta la poesía religiosa.

En todas las estancias que visitó, dejó la constancia de su vocación y cuidado artesanal y la huella de un reposado equilibrio intelectual y vital. Así, en la versatilidad de Renán pueden encontrarse varios rasgos comunes: la preferencia por la brevedad, el rechazo a la grandilocuencia, la contención emocional, el don de la observación, la capacidad lúdica y la búsqueda paciente y sapiente de la palabra justa. Al respecto, nada más lejano del temperamento de Renán que la improvisación o la seducción por la moda y, si bien este poeta cultivó una eterna juventud y sus tonos son alegres, entusiastas y abiertos a la novedad, lo cierto es que su frescura se encuentra sólidamente cimentada en una sabiduría y un oficio poético ancestrales.  En este sentido, la obra de Renán responde a ese criterio que algunos señalan para las obras de arte de excelencia: ser, a la vez, conservadoras y revolucionarias.  Es mucho lo que puede decirse de la poesía experimental de Renán, quizás el rasgo que más ha trascendido de su obra: por ejemplo, su paráfrasis y, en ocasiones, parodia de géneros y obras; su descomposición y recomposición de los moldes clásicos en formas lúdicas e insólitas; su juego con las disposiciones visuales del poema; su audacia en la búsqueda de innovaciones métricas y sonoras, en fin, todos los rasgos que lo convirtieron, aun en su edad más avanzada, en uno de los más jóvenes y vanguardistas de nuestros poetas.

Llama la atención, en la trayectoria poética de Renán, la discreción personal y la evitación, salvo contadas excepciones, del tono confesional. Así, la intimidad del poeta Renán no estaba en las confidencias, sino en el trabajo cuidadoso con el lenguaje, en la delectación con las formas, en ese arte menor, en el más alto de los sentidos, que expresaba su agradecimiento a la vida no con los temas con mayúsculas, sino con la atención a lo pequeño y humilde. No es extraño, por eso, que este extraordinario poeta haya combinado su oficio con los oficios complementarios de editor, maestro y animador del diálogo literario. En efecto, para suerte de muchos, la vocación de Renán no sólo se manifestó en la página escrita, sino también en las formas más cercanas de la sociabilidad y la solidaridad literarias. Cualquiera que haya platicado con Raúl Renán seguramente comprobó con qué naturalidad surgían en la conversación recomendaciones de lectura, reflexiones sobre un problema de forma o invitaciones a uno de esos escritores indispensables que no figuran en la vitrina. Por supuesto, la sabiduría más apreciable de Renán no se limitaba al conocimiento literario, sino que era una sapiencia vital que se expresaba en la calidez de su ánimo, en su preferencia por las expresiones positivas, en su capacidad para ver las mejores virtudes de las personas y en un auténtico desprendimiento, que no era ingenuidad, sino optimismo inteligente.

 

Armando González Torres
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Es el decir el que decide Salvar al buitre.