Para Maribel Torre y Eugenio Elías

Este 9 de junio celebramos el centenario del nacimiento de Eric Hobsbawm, uno de los más grandes historiadores contemporáneos.

Su propia biografía es una pequeña y fascinante historia que lo convierte en observador participante de la historia que años más tarde habría de narrar y analizar.

Sus padres, un comerciante inglés, y una muchacha austriaca perteneciente a una próspera familia de joyeros, se conocieron en 1913, en Egipto, que entonces formaba parte del imperio británico. Dado que la Primera Guerra Mundial enemistó a sus países en el verano de 1914, la pareja tuvo que casarse en la siempre neutral Suiza, en 1915, y residir en Alejandría hasta 1918, año en que se trasladó a Viena. Eric creció en Austria hasta 1931, cuando la temprana muerte de sus padres lo llevó a vivir con tíos de la rama paterna, en Alemania, donde comenzó a estudiar la obra de Marx. El desplome económico internacional iniciado en 1929 obligó a sus parientes a volver a Inglaterra en 1933.

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A los 16 años de edad, sin amigos y en un entorno prácticamente ajeno, el joven Hobsbawm se refugió en los libros y en el jazz. Louis Armstrong se convirtió en uno de sus compañeros permanentes.

En 1936, cuando estudiaba en Cambridge, se afilió al Partido Comunista Británico, en el que militó hasta su muerte, lealtad que asombra a sus críticos y a muchos de sus lectores por igual. Pero Hobsbawm estuvo lejos de ser un comunista ortodoxo. Y aunque alguna vez dijo que se sentía atado por un cordón umbilical a la esperanza en la revolución mundial y a su punto de origen, la Revolución de Octubre, las incisivas páginas que escribió sobre ésta muestran la extraordinaria claridad con que la veía. Hobsbawm estuvo lejos de ser un estalinista y, de hecho, con el tiempo habría de convertirse en uno de los comunistas más heterodoxos de nuestro tiempo.

Caracterizado generalmente como un historiador de economía, Hobsbawm es en realidad mucho más que eso: un sociólogo lleno de imaginación y curiosidad, un atento espectador de nuestra civilización. En su obra se combina la capacidad de síntesis con la precisión en el detalle, y su interés en la cultura popular es tan grande como su amor por el arte clásico. La lectura de sus libros es un deleite. Quizá para el lector no especializado la mejor puerta de entrada a su obra sea su autobiografía, Interesting Times, cuyo título es un eco de la proverbial maldición china: “Ojalá te toque vivir tiempos interesantes”. (Misteriosamente, la traducción al español impresa en el 2003 por la editorial Crítica lo tradujo como “Años interesantes”.)

Justo en Interesting Times Hobsbawm cuenta cómo se inició su romance con el jazz:

En mi caso, virtualmente sustituyó al primer amor pues, avergonzado de mi apariencia, y por ende convencido de carecer de atractivo físico, de manera deliberada reprimí mi sensualidad y mis impulsos sexuales. El jazz me dio una dimensión de emoción física sin palabras y sin cuestionamientos a una vida que de otro modo estaba casi monopolizada por las palabras y los ejercicios del intelecto.

En 1956, a los 39 años de edad, Hobsbawm comenzó a escribir crítica de jazz para The New Statesman, el conocido semanario inglés de izquierda fundado en 1913. Lo haría bajo el pseudónimo de Francis Newton, nombre que tomó del trompetista que grabó con Billie Holiday una de sus canciones más célebres y críticas: “Strange Fruit”, acerca de los linchamientos que todavía en los años 50 eran frecuentes en el sur de Estados Unidos.

A lo largo de 10 años se convirtió en el crítico de jazz de esa revista, en cuya concurrida página electrónica hoy pueden encontrarse algunos de sus artículos (como este ejercicio de revisión de una década, publicado en enero de 1960, que ahora ofrecemos al lector).

Pero sus escritos sobre jazz no se reducen a esas colaboraciones. En 1959, siempre firmando como Francis Newton, publicó The Jazz Scene, un extenso ensayo de historia social del jazz que se ha convertido en una suerte de referencia obligada para los aficionados a tal género musical, como lo prueban las sucesivas ediciones que se han hecho, invariablemente revisadas y actualizadas, a lo largo de 40 años. Es uno de los pocos libros de Hobsbawm que no han sido traducidos a nuestro idioma. Y también hay notas y ensayos suyos sobre jazz en The New York Review of Books.

Junto con el centenario de Hobsbawm, cabe apuntar que también celebramos los cien años de la primera grabación de jazz —hecho cuya trascendencia merece nota aparte.

 

Rafael Vargas


Un ejemplo del Hobsbawm jazzista puede leerse aquí.

 

2 comentarios en “Eric Hobsbawm, crítico de jazz

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