Frecuentar la narrativa de Juan Goytisolo es adentrarse en las dimensiones de un poliedro, una figura de varios rostros. Estamos frente a un autor al que le agrada establecer juegos narrativos, intercalar historias en una misma, revelar, sorprender y ocultar señas de identidad cuando lo considera eficaz. No le interesa describir un historial lineal sino grabar imágenes a destiempo. Realiza experimentos en donde cada fragmento embona con otro, como si el autor fuera una especie de antiguo relojero que con suma delicadeza hace que las piezas de la maquinaria funcionen.

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Ha demostrado que lo suyo es disponer del lenguaje, de una voz que encuentra y que se sustenta bajo una mirada clínica. En cierto modo, el escritor nos guía por un sendero de subidas y bajadas, de múltiples voces, deseos y fantasmas. Lo suyo es ir en contra de lo establecido y va en busca de lectores a quienes también les cautiva contagiarse de la transgresión. Expone una literatura que parece estar en constante evolución, en ese flujo y reflujo del pensamiento. Construye frases vitales que transpiran y plantean dudas más que respuestas. Apela a la conciencia y desmesura de la forma. Desconoce límites y rigores estilísticos.

Juan Goytisolo despliega un rostro de juglar y de goliardo medieval. Pocos autores logran lo que él ha hecho: sus libros son como cuerpos celestes que brillan con luz propia, a una velocidad casi imperceptible al ser humano. Cuenta uno y varios asuntos a la vez, probablemente para que el lector que decida adentrarse en su mundo tenga presente una frase de Galileo Galilei acerca del comportamiento de la Tierra: Eppur si move. Como a muchas otras proposiciones de nuestro tiempo, a su obra hay que leerla siempre estando más allá, adelantándose a una red de prejuicios que se han incrustado en la conciencia. Se requiere paladear el discurso, escrutar tejidos ondulantes en busca de significados inmóviles.

Durante una visita de Goytisolo a la Ciudad de México, en mayo de 2004, el narrador habló de la forma en que asume su compromiso con la escritura. “El dramaturgo Jean Genet me decía que la dificultad de un texto es una cortesía del autor con el lector. Para mí el compromiso del escritor está en devolver a la comunidad lingüística a la que pertenece una lengua distinta a la recibida. Si no has cambiado nada, podrías haber no existido y la literatura española habría seguido igual”.

Por lo visto, Goytisolo asimiló de Genet que el oficio de escritor es como cualquier otro. El novelista, más árabe que español, reconoce la visión que Jean-Paul Sartre tenía de un escritor: “Devolverle a la sociedad lo que ya ha perdido”.

Parar conocer mejor a Goytisolo, se ha vuelto necesario recurrir a un escritor que lo acompaña en varios vicios, cualidades y manías, Julián Ríos. En La vida sexual de las palabras, Ríos inserta un apartado vital, humorístico y socarrón que se titula “El apocalipsis según Juan Goytisolo”. La apuesta de Ríos resulta atinada y original: tres diferentes lectores (A, B y C) dan su punto de vista sobre el corpus novelístico de Goytisolo. En menos de diez páginas se elabora uno de los más acertados acercamientos al autor meteco. El narrador logra una conversación dinámica, antisolemne, lúdica y no menos lúcida al evitar la carrocería de un ensayo académico. Los aspectos que se abordan son vigorosas fotografías del paisaje enmarcadas por los conflictos existenciales del novelista.

Señas de identidad

La prosa de Goytisolo explora en los recovecos de la memoria y al hacerlo se mira a sí misma. Sus libros están regidos por una estratagema de espejos: al escribir se describe y al mirar a los demás resulta inevitable que seleccione la mejor butaca para reírse de sus propios defectos. Antes que alguien lo haga, prefiere exorcizar demonios: nadie mejor que Juan Goytisolo para ejercer la crítica, incluso la propia; el escritor conserva afiladas sus uñas al elaborar una diatriba, en caso de ser necesario, contra sí mismo. Si estuviera en sus manos hubiera borrado de su trayectoria libros como Juegos de manos (1954), El circo (1957), La resaca (1958), Duelo en el paraíso (1959), Campos de Nijar (1959), La isla (1961), La Chanca (1962), Fin de fiesta (1962) y Señas de identidad (1966).

En reiteradas ocasiones expresó que su obra comienza con Reivindicación del conde Don Julián (1970). Ejerció su derecho de esbozar una cartografía literaria, probablemente similar a la de la extinta Unión Soviética, en donde surgen nuevas zonas limítrofes y predominan cambios radicales. Habría que recordar que Goytisolo se negó a que se reeditaran sus primeras obras y que en 2003 su geografía de la novela contó con un territorio distinto: Goytisolo interrumpió en el escenario de la literatura española contemporánea para anunciar la publicación de su novela Telón de boca, misma que acuña su despedida de la ficción.

En el siglo XX, el panorama literario español experimentó una transformación gradual desde la época de la posguerra hasta nuestros días. Los años de la dictadura estimularon el desarrollo de técnicas experimentales de la novela, lo cual concuerda con la idea de que, de basarse estas obras en la fuerza de una temática que critica el sistema represivo de aquel momento, habrían sido prohibidas. Desde el punto de vista de Goytisolo, el error de la producción literaria que se gestó durante la dictadura de Franco fue que los propios autores ejercían la autocensura. Y que, en la mayoría de los casos, cuando se intentaba criticar al sistema, se hacía de forma tan velada que muchas veces no se conseguía su propósito.

Sin embargo, como era de esperarse, con la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975, se pasó al periodo conocido como la Transición, y esto dio como consecuencia una mayor libertad de temas en la narrativa y una relajación de la experimentación técnica, tendencia que aumentó hasta la  época contemporánea. El argumento de la historia que se narra cobró importancia, sin que por ello se dejara de lado la búsqueda de nuevos estilos. Tanto lo que cuenta como la forma hallan en Goytisolo a un escritor que intenta equilibrar ambas partes esenciales, aunque él opta por darle prioridad a la forma.

La guerra civil española puede ser vista como una piedra que es arrojada en las aguas apacibles de un estanque; las ondas que se forjan alrededor del impacto son las novelas del Tremendismo y el Neorrealismo que dieron lugar a las obras de la Generación del Medio Siglo, estirpe a la que pertenece Juan Goytisolo. Para el novelista, las heridas y cicatrices que dejan las dictaduras son difíciles de borrar: “El proceso de curación es largo y aleatorio: en mi caso, aclara el hecho en verdad elocuente porque diez años después de la muerte de Francisco Franco, me sentía todavía más a gusto en París, Marraquech, Nueva York o Estambul, que en las ciudades, lugares y escenarios en donde para bien y para mal se desenvolvieron los miedos de mi niñez y juventud”.

Orgullosamente meteco

A Goytisolo le fascina descubrir ciudades, sentirse extranjero en cualquier parte. En su ficción aparecen varias metrópolis que, en cierto modo, son significativas para el autor. Por ejemplo, Señas de identidad ocurre en Barcelona; Reivindicación del conde don Julián en Tánger; Makbara es Marraquech; Paisajes después de la batalla tiene lugar en París; y El sitio de los sitios es Sarajevo.

Esa condición de eterno extranjero queda acentuada y definida en la novela Paisajes después de la batalla, en donde Goytisolo imprime el término meteco que lo acompañará por el resto de sus días. En la antigua Grecia se usaba esa palabra para referirse a un extranjero residente que gozaba de un estatuto particular. El escritor exhibe con orgullo su condición de meteco en distintas urbes de Europa y África.

Aunque es un autor catalán, se considera más cercano a la literatura de linaje musulmán. Uno de sus orgullos es haber aprendido árabe de forma autodidacta. Juan Goytisolo es (después del Arcipreste de Hita) el primer escritor español que aprendió a hablar árabe dialectal en el norte de Marruecos. En 1956, por su enfrentamiento con la censura del franquismo, el novelista tuvo que emigrar de su natal Barcelona. Desde entonces su vida (y en consecuencia su narrativa) quedó signada por el exilio. Su condición de meteco no conoce límites: está tan alejado de España que cuando vuelve a Barcelona, en lugar de sentirse en casa, experimenta una sensación de extrañeza. Es un eterno nómada.

Julián Ríos (narrador gallego) comparte con Juan Goytisolo la idea de lo meteco y mantiene una distancia con España. Mientras que el autor de Larva descubre que se siente más cómodo y cercano a la cultura parisina, el barcelonés se identifica inmerso en un ambiente musulmán. Goytisolo parece llevar a la práctica una frase de La Celestina: “A más moros, más ganancia”. En Álbum de Babel, Ríos elabora una especie de diccionario (ficcionario) mínimo para entender la apuesta narrativa (y la vida) de Goytisolo. Llama la atención cuando toca el turno de la palabra España, se describe lo siguiente: “Lugar de la mancha original de cuyo nombre no quiere acordarse”.

Bajo sombra de uno mismo

La academia mira con recelo que en el análisis literario se relacione o confunda al sujeto de la narración con la voz de quien escribe, ¿pero hasta qué punto puede marcarse esa diferencia cuando el autor mismo lanza guiños suficientes para no dejar de lado tal cruce de fronteras? En Goytisolo, ¿es esa convivencia un juego más de la ficción? ¿O surge de la necesidad de abrir el discurso, de partir de la fantasía juiciosa para llegar a la última puerta?

Paisajes después de la batalla y Telón de boca pueden ser vistos como dos momentos en una misma biografía. ¿El mismo Goytisolo o alguien afín a él? El fantasma no es sólo un espectro de otro mundo sino también, en términos de imagen, la sombra de uno mismo. Hay obras que construyen realidades paralelas a la vida del autor, y que en la confusión se arriesgan cuando no se trata ya de participar en un juego literario sino de definir un destino.

Por eso en Telón de boca el protagonista recuerda su anterior vida social en París, como si se asomara a Paisajes después de la batalla, cuando los invitados a cenar eran escasos y casi siempre los mismos: “Los dos trabajaban a horas distintas y cuando ella iba al cine con alguna de sus amigas, él salía a pasear por el barrio o tomaba el metro, en dirección a sus zonas de callejeo, por Barbés o la Gare du Nord”. Una ciudad y otra, París y Marraquech; una misma pareja y un destino compartido. La soledad, también, irremediable.

Nerval busca en Aurelia la clave para mantener la vida “real” e idealiza el sueño como un filo de salvación; su discurso conserva la dureza del que se prepara para morir, puesto que “la misión del escritor es analizar lo que siente en las circunstancias graves de su vida.” Si es posible, en Telón de boca, Goytisolo da un paso más: se observa en esa situación del desparejado, del que ha perdido a su acompañante y no ve razones suficientes para mantenerse en el mundo ante la brusca irrupción de su vida afectiva, pero sus reflexiones a la vez que graves son irónicas o sarcásticas.

Sumergido en el río de Eros, el personaje de Paisajes después de la batalla ama el linaje de las niñas que parecen haber escapado de la narrativa de Lewis Carroll, queda seducido por la belleza y el candor de las párvulas. La imagen de la portada de Paisajes… muestra a la pequeña Alicia Liddell captada por Lewis Carroll. Goytisolo seleccionó esa fotografía y le pidió al editor que en las solapas interiores de la novela se incluyera un mapa de París, con el propósito de enseñarle al lector en donde se encuentra ubicado el barrio pluricultural que lo acogió durante algún tiempo: Senter. Nada es gratuito en las obras de Goytisolo, siempre hay un por qué o una obsesión, como en éste y otros casos.

Goytisolo le rinde un homenaje a Carroll, Nabokov y Balthus; este último artista logró plasmar la sensualidad de juveniles y candorosos cuerpos. Los seres que viven en la literatura de Juan Goytisolo adoran a esas niñas, les obsesiona el contacto con esa piel virginal. Sin embargo, esas niñas deseadas ya no son ingenuas sino exigentes; es decir, ordenan y acceden a cumplir los caprichos de sus pretendientes siempre y cuando se haga lo que ellas dicen. Estas escenas podrían tener dos lecturas: la posibilidad de que el varón que las desea imagine diálogos que anhela escuchar de labios de ellas (una mera fantasía sexual), y la otra es que en realidad, lo extraordinario de esas crías es que traen bajo la piel alma de hetairas.

Otra característica de los Paisajes…de Goytisolo es la manera en que el autor aborda las historias. Cuanto más próxima a la crónica conserva su escritura, más interesante y atractiva se torna ésta. Su prosa respira, se acelera y enfatiza en el tono necesario para crear un coro de voces, nosotros, obsesiones, reminiscencias, atavismos.

El telón de la narrativa

Al escritor catalán le interesa experimentar con la fragmentación de la imagen, con ese ritmo vertiginoso. Telón de boca, que es el fin del viaje, remite a una lucha contra dos padecimientos: el desencanto por la vida y la culpa de no haber dispuesto de más tiempo para dedicarlo a su relación de pareja. En medio de una depresión que aparentemente carece de cura, el viudo obtiene en la escritura una salida temporal a un oscuro conflicto.

No es la primera ocasión que la vida del autor está reflejada en su ficción, ya lo ha efectuado varias veces. Para sus lectores no resultan ser inusuales estos guiños. Habría que citar al género literario de la narrativa japonesa que la crítica aplica a Kenzaburo Oé, el shishosepsu, en donde a partir de un hecho real o un recuerdo vivido, se establece la ficción. Éste es el recurso en la narrativa de Oé y, según parece, el que Goytisolo también ha adoptado. Se ejercita un doble movimiento: mirara la vida propia como si fuera ficción y, viceversa; y de asumir un yo a la vez personal y esquivo.

En Telón de boca la muerte de la esposa del narrador provoca que se piense en otra pérdida: el fallecimiento de la madre, ocurrido en plena guerra civil. Uno de los achaques que ronda en la literatura de la nueva centuria es la imposibilidad de crear personajes sólidos. Pocos son los héroes y villanos que están vigentes en la memoria colectiva, unos cuantos pasarán quizá a la posteridad. Entre los aciertos de Goytisolo está contribuir a que se alejen esos males. Su credo deriva de la desolación, erige un espacio en donde el ser humano es presa del abatimiento. La novela es el llanto (o tango) de un viudo y una invitación a escudriñar dentro del baúl de los recuerdos (de amor, cinematográfico, literarios y musicales) que todavía persisten. Figuran tres personajes en la historia: una mujer que murió no hace mucho, el que fue su marido y el doble de éste, un demiurgo que reprende y cuestiona el pasado y presente del esposo desamparado.

Hay una frase de Juan García Ponce vertida en De anima que define con fidelidad lo hecho por Goytisolo en Telón de boca: “¿Qué otra cosa puede ser la literatura sino el hallazgo del pretexto adecuado que nos permite regresar siempre al lugar en el que queremos habitar?”. El lugar donde el personaje desea alojarse es la evocación. En su memoria se dan cita imágenes que lo atormentan, lo subyugan y le hacen cada vez más difícil desprenderse de los recuerdos (un lastre).

En apariencia no sirvieron de nada sus reparos ante la muerte; su manía por coleccionar espejos, ceniceros y pisapapeles era una forma de aferrarse a la vida. Cuando su compañera fallece, algo agoniza también en él: “Su pasado había sido abolido, él ya no era él sino una página en blanco”. El duplicado o alter ego del protagonista reflexiona: “Lo peor que te podía ocurrir ha ocurrido ya. Vives sin ella, lejos de ella y apenas si la ves empequeñecida por la distancia […] No te aferres a lo que pronto dejarás. Cuanto mejor sea tu desarrimo, más fácil te será tu tránsito”.

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La batalla que se libra en las novelas de Juan Goytisolo es una lucha entre culturas que reclaman su autonomía y, al mismo tiempo, necesitan del diálogo con los otros. Sus paisajes son plurales pero únicos, abiertos pero también urgidos de marcar fronteras en ellos para que lo auténtico no se pierda y la diversidad no se disipe. Esto fulgura con los entrecruzamientos narrativos, en ese complejo sistema de ecos que vibra en sus novelas: el yo que es otro. Lo meteco interior, se diría; un “nosotros” personal.

Con un novelista como Goytisolo no puede afirmarse categóricamente que se le conoce, implicaría correr el riesgo de caer en un desatino. Hay que recordar que el poliedro se mueve, posee luz propia y, al parecer, es etéreo como el polvo de estrellas. De su narrativa provienen atisbos y habría que esperar a darse por bien servido, pues cualquier determinismo en un clouse up a Goytisolo sería incurrir en extravagancias, ajenas a la vida y obra del escritor.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz

 

3 comentarios en “Juan Goytisolo: Elogio de la transgresión

  1. Esplendente. En el tema de la afinidad con Carroll me quedé en los aromas. Los temas como el poliedro, la mirada clínica y la cortesía de Genet me deleitaron. Muchas felicidades a la autora.

  2. A mí me encantó todo lo escrito por la autora a quien felicito por lo que describe de Juan Goytisolo….me pegan lo Meteco,las Hetairas pero éso de España…”Lugar de la Mancha original de cuyo nombre No quiere acordarse”…..o aquello de “Lo peor que te podía ocurrir ha ocurrido ya,vivir sin ella,lejos de ella y apenas si la ves empequeñecida por la distancia…No te aferres a lo que pronto dejarás.Cuanto mejor sea tu desarrimo,mas fácil te será tu tránsito”..Gracias!