Si entre México y Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) se ha establecido una amistad larga y profunda, que se consolida ahora con el premio internacional Juan Rulfo 2004, esa convivencia no se ve reflejada en los anaqueles de las librerías: sus novelas y ensayos no llegan con la frecuencia esperada, y sus títulos ya “clásicos” van desapareciendo de las bases de datos. Parece que de ese modo pagara el novelista el precio de su desapego a un mercado editorial (el de México espejo ahora del de España) que funciona con criterios rígidos de comercialización y ligereza (una cosa por la otra), y para el cual figuras como la de Goytisolo resultan incómodas.

goytisolo

Así se explica que Telón de boca (El Aleph Editores, 2003) sea un libro aún ausente para nosotros, y que por lo mismo no se le haya dado acá la importancia que merece como la novela final de una obra iniciada cuarenta años atrás. “Es mi despedida de la ficción”, anuncia Goytisolo, cuando podría haber dicho que es, además, su despedida del mundo. El riesgo asumido del libro es que, como sucede con Paisajes después de la batalla (1982), se funden o confunden las personalidades del protagonista y del autor. La pérdida repentina de la compañera de una vida pone al narrador en situación de riesgo: el entorno se deteriora, comienza a retirarse: “Él ya no era él. O lo era superficialmente. Desde que ella partió, todo había empequeñecido”. Y: “Anochecía en torno a él y él mismo anochecía”.

Pero la prosa no es lastimera. Telón de boca no se limita a capturar esa tristeza y ese declive. La muerte adquiere resonancias familiares: la dama perdida es la esposa pero también lo fue, en la infancia, la madre. El hombre que camina hacia el vacío es el protagonista y es el conde Lev Tósltoi en su huída de Yasnaia Poliana. La sonata a Kreutzer es a un tiempo una novela corta y una pieza musical que escuchaba en compañía de esa “ella” ahora ausente… Entonces el demiurgo lo busca para confirmarlo en la desazón. “Cuando cagué vuestro físico mundo y desde Mis alturas contemplé la Obra Hecha”, le dice, “me estremecí de horror: aquello era peor que un mojón, que una cagarruta hedionda, que una fétida masa pastosa ovillada como un merengue batido.”

La obra no concluye sino está por comenzar: el telón se abrirá para mostrar un paisaje desolado, ese desierto de piedra que será sepulcro y paraíso perdido.

Telón de boca es el libro de un hombre que se prepara para morir.

Rata de ciudad

En el espacio urbano, Juan Goytisolo se siente como Pedro por su casa. “Me lleva usted al campo y no puedo caminar ni 100 metros y me canso. En una ciudad camino kilómetros y kilómetros sin problema alguno”, confesó hace unos meses, de visita en la ciudad de México. Su álbum familiar incluye una buena lista de espacios preferidos: París, Nueva York, Estambul, El Cairo, Tánger y Marraquech, entre otros. “Me gusta escribir sobre las ciudades. La protagonista de mi novela Paisajes después de la batalla, por ejemplo, es París. Tengo también varios textos sobre la ciudad islámica”.

En sus viajes a México pide que le reserven habitación en un hotel cercano al Zócalo, pues éste le recuerda a la Plaza de su vida y sus ficciones. “El centro de Marraquech, donde he vivido en los últimos años, y el de la ciudad de México son parecidísimos, y no me refiero a la arquitectura sino a la gente: a veces es la labia de los que están vendiendo, y esa venta ambulante en el suelo, o el que ante el grito de ‘¡Operativo!’ todo el mundo corre. Tengo una familiaridad inmediata con el Zócalo de ustedes. Es un país fascinante. México es un continente: la riqueza cultural y la diversidad que hay aquí es increíble.”

Sus relaciones con México no son, por cierto, nuevas. Hizo un primer viaje en enero de 1962 a invitación del productor cinematográfico Manuel Barbachano Ponce, para un proyecto que no se llevó a cabo. Recuerda que una tarde paseó por Garibaldi con Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, e hicieron parada en el teatro Blanquita. “El público era tan interesante como el espectáculo”.

Luego ocurrió que ante la censura franquista sus novelas tuvieron que ser editadas de este lado del Atlántico por Joaquín Mortiz. Y también que siendo profesor en California acostumbrara cruzar la frontera cada fin de semana. “Algo inolvidable de Tijuana fue una corrida de toros de El Cordobés, con la llegada de decenas y decenas de limusinas de señoras de Los Ángeles disfrazadas de españolas, con peineta y mantilla. Era una pena que nadie filmara eso porque era la locura dentro de la locura”.

Para Goytisolo había dos Tijuanas: “Una era la de los bares y cafés, donde se pagaba por bailar. Otra era la que llamábamos la Tijuana de Galdós: la de las viejas familias de la región… En Tijuana podía ocurrir de todo”.

Esas son sólo algunas imágenes que guarda de México. Hay otras: con su mujer Monique Lange recorrió Yucatán en el 72 o el 73. Estuvo una vez en Monterrey, dos en Guadalajara…

La charla ocurrió en la terraza de ese hotel cercano al Zócalo en el que pidió ser hospedado, a pesar de que sus anfitriones podían haberle conseguido algo de más estrellas y en un barrio más seguro. Días antes había leído en el Centro Cultural de España fragmentos de Telón de boca, libro que llama su despedida de la ficción: un canto triste a la viudez repentina. Luego iría a Oaxaca a impartir un curso sobre La Celestina.

El atardecer en la terraza fijó las coordenadas del diálogo: un centro móvil que le recordó otros centros, de la realidad y de la literatura, para hacerlos a un lado…

Eterno viajero

—Hay ciudades caminables y otras donde es peligroso hacerlo.

—La primera vez que estuve en Manhattan fui a pie desde Battery, en la parte baja de la isla (donde estaban las Torres Gemelas), hasta Harlem: caminé a pie para tomarle el pulso a la ciudad, para sentirla. Mucha gente me decía que estaba loco por pasearme por barrios peligrosos. Nunca he sido asaltado ni nada parecido. Y tengo un buen sentido de la orientación, es la única cosa práctica de la que la naturaleza me ha dotado. Soy incapaz para cualquier cosa pero mi sentido de la orientación es bueno.

—¿Qué es lo que le atrae de una ciudad?

—El espacio en movimiento, la variedad, la transformación. La gran lección es la de Baudelaire: en una época de cambio, supo captar de forma extraordinaria la transformación de París. En Estambul me ha interesado mucho ver la superposición, la estratigrafía de la ciudad: lo que perdura de la época de Bizancio, de la época otomana… De no haber sido escritor hubiera sido urbanista. Incluso a raíz de los textos que he escrito en Buenos Aires me invitaron no a la facultad de literatura sino a la de arquitectura. Es un tema que me interesa mucho. De Marraquech me ha interesado la plaza: la gente no va a ver los edificios sino lo que ocurre ahí. Los edificios son una fachada neutra. Hace unos años quisieron construir un estacionamiento subterráneo y un edificio de 15 metros. Inicié una campaña de rebelión cívica en contra de ese proyecto, y con el apoyo de la Unesco se paralizó todo.

—Usted vive cerca de la plaza central de Marraquech.

—Muy cerca, en línea recta unos cien metros. Mis dos cafés preferidos, que eran los más populares, han cerrado. Ahora voy a uno que se llama Café de France, pero siempre al nivel de la plaza.

—Y antes que Marraquech fue París.

—He vivido en París la mayor parte de mi vida. Digamos que entre 1956 y 1976 residí en París, aunque pasé algunos semestres en California, en Boston y en Nueva York. Después empecé a ir a Tánger, pues quería aprender el árabe dialectal. Ahí me fue difícil y me cambié a Marraquech, donde no conocía a nadie. Y fingí que no sabía francés. Por fortuna en el año 76 tenía mejor oído que ahora, e iba a la plaza a escuchar a los cuentistas. Tomaba notas en un cuaderno. Me dije: no me voy de aquí hasta que no entienda lo que dicen. Y así aprendí el árabe dialectal.

Instantánea de un escritor

Las relaciones de Goytisolo con la imagen parecen no ser tan cordiales como las que establece con la palabra o con las ciudades. La cámara que intenta retratarlo tiene un dispositivo láser que le agrede el rostro, y él reacciona.

En lo fotográfico, pues, la sesión se vuelve problemática. Pero su incomodidad no es de ahora. Tiene historia y, sobre todo, una anécdota que cuenta como para aliviar la tensión creada luego de un raro estira y afloja para retratarlo. Es acerca de un hombre que se le acercó en París: sabía de su amistad con Jean Genet, y quería regalarle unas fotos que le tomó al escritor en un banco público antes de que se fuera a París, donde falleciera. También le contó que había sido amigo de Roland Barthes, al que fotografió justo antes del accidente con el autobús que lo llevó a morir. Goytisolo empezó a inquietarse.

—Y he venido a fotografiarlo a usted —dijo el hombre.

—Ni hablar, ni hablar —reaccionó Goytisolo.

En el exilio

—Sus orígenes están en Barcelona. ¿No ha sentido la necesidad del regreso a casa?

—En los últimos años me gusta muchísimo volver a Barcelona. Es como si quisiera recuperar el tiempo que no he vivido ahí. La verdad es que en toda la parte de la Rambla y la ribera me encuentro muy a gusto, situación que no ocurre en Madrid, donde siempre me he sentido extraño. Pero es imposible que vuelva a vivir en España: vivo en Marraquech y tengo un estudio en París al que voy de vez en cuando.

—Vive aún en el exilio.

—Lo fui en la época de Franco por necesidad y ahora lo soy por decisión propia. Los seres humanos no somos árboles, tenemos pies y caminamos. Estoy en el lugar donde me conviene y donde me gusta estar. He compensado mi ausencia de la sociedad española con un contacto más profundo con su cultura. Toda mi vida ha sido una labor de contacto con esa cultura y un intento por ensanchar sus bases, fuera de la norma rígida del nacional catolicismo que indica lo que es y no es español, lo que se lee y no se lee. He procurado ampliar esta imagen icónica que es incapaz de abarcar la riqueza de su propio contenido. He buscado ver la cultura española desde París, desde Nueva York y, finalmente, desde un país árabe como Marruecos. Aprender el árabe dialectal ha sido extraordinario porque me enseñó a ver una gran cantidad de cosas de la lengua castellana, y no sólo el hecho de que haya 4,000 palabras de origen árabe en ella. Una cultura es la suma de sus influencias exteriores. La búsqueda de la pureza cultural conduce al vacío completo. Yo he buscado siempre la polifonía.

—Su lejanía física fue finalmente como un acto de amor hacia España.

—De amor a la cultura. La historia de España es muy compleja y a menudo, como decía Jaime Gil de Biedma, termina mal. En mis obras está reflejado ese movimiento hacia afuera. Termino Señas de identidad con la despedida de Barcelona. Don Julián es Tánger. Juan sin tierra es la diseminación total. Makbara ya es Marraquech. Paisajes después de la batalla es París. Y El sitio de los sitios es Sarajevo… La mirada de la periferia al centro es mucho más interesante que la del centro a la periferia.

—Ese ejercicio plural o abarcador tiene su mejor resultado en la prosa de Goytisolo.

—Cualquier persona que lea lo que escribo desde Señas de identidad verá que es algo muy distinto de la facilidad desastrosa de la mayor parte de los escritores españoles. Obviamente hay excepciones, nuevos narradores que no siguen el canon comercial. El medio editorial español es una industria, una fábrica en la que se mezcla el texto literario con el producto editorial y donde se favorece a este último, el que rinde más. Jean Genet me decía que la dificultad de un texto es una cortesía del autor con el lector. Para mí el compromiso del escritor está en devolver a la comunidad lingüística a la que pertenece una lengua distinta a la que ha recibido. Si no has cambiado nada podrías no haber existido y la literatura española habría seguido igual.

2004

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.