Supongamos que Juan Preciado [el personaje de Juan Rulfo en la novela Pedro Páramo] no va a dar a Comala ni lo rodean los fantasmas ni lo matan los murmullos. Es decir, supongamos que Juan Rulfo no pertenece a esa corriente literaria que ha convenido en llamarse realismo mágico, sino a la otra, a la que se denomina realismo crítico. ¿Cuál sería entonces la historia de su protagonista?

Herido hasta la entraña más honda por el rechazo del que lo engendrara, pero demasiado débil, demasiado inseguro de sí, demasiado temeroso de las consecuencias de sus actos, se protege con el calor de la abyección.

Entra, por la puerta trasera, a ofrecerse para el desempeño de tareas serviles. Y se apega, de una manera total, a quien ejerce el poder. Cumple las órdenes que se le dan con un celo que no deja el menor resquicio a la crítica, a la opinión propia. Que, por otra parte, nadie le solicita jamás.

Anodino, borroso, Juan Preciado es también ubicuo e indispensable. Delante de él se habla sin precauciones, se fraguan planes, se conspira, se urden tramas, estratagemas. Porque, por su naturaleza de hiedra, Juan Preciado ha ido a asirse a buenos árboles y a sus buenas sombras. Robustas figuras de autoridad: hombres de fortuna, de mando, de nervio.

Traspasado por el resentimiento, pero no menos fascinado por la admiración, Juan Preciado copia los ademanes, las actitudes, la retórica de su superior. Gesticula, en fin.

Con el transcurso del tiempo la estrella del superior comienza a eclipsarse. Hoy se trata de una función a la que le es imposible asistir y nombra a Juan su delegado. Mañana será un discurso que no tiene tiempo de redactar y del que Juan se encarga. Más tarde vendrá la elaboración de los programas, la hechura de una imagen pública.

Se piensa en Juan. ¿Por qué no? Es tan respetuoso, tan reconocedor siempre de las jerarquías y los rangos, tan atento a hacer notar las precedencias. Pero ahora Juan tiene algo de lo que antes carecía: subordinados. Y con ellos practica la autoridad, la lleva a los extremos de la humillación. Y él, que tanta necesidad ha tenido de sentirse hijo de un hombre, comienza a actuar como padre de quien es, acaso, también otro Juan igualmente des-Preciado.

Este sistema tiene soles alrededor de los cuales giran sexenalmente los satélites. Es un sistema que se genera en la célula de la familia y alcanza a cubrir el panorama político del país. Que sólo puede llamarse democrático si entendemos el término de una manera muy sui generis.

¿Por dónde empezar a romper el círculo vicioso? ¿Por exigir padres responsables? Está muy verde. Pensemos mejor en madres que no aprovechen el trance de su agonía para cargar a sus hijos con el fardo del rencor bajo el que se doblegaron siempre dándole el nombre de abnegación.

 

Fuente: Rosario Castellanos, El mar y sus pescaditos, SepSetentas, México, 1975; Asociación Nacional del Libro, nota preliminar de Eduardo Mejía, México, 1997.

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