Toda la noche dijo su nombre. Murió al amanecer mientras sus hijos dormían y ella lo perdonaba.

Nunca voy a escribir la novela de mis padres. Tengo muchos principios como éste, pero salto de párrafo en párrafo como quien ve las fotos en desorden que va encontrando en una caja vieja. ¿Por qué tenía que perdonarlo? Por todo y nada. Por morirse. Por dejarla con cinco hijos, a los cuarenta y seis años, bella como una llama, lívida, valiente y orgullosa.

Nadie iba a mantenerla, ni a ella ni a sus hijos. Raros sus padres que creyéndose generosos no se dieron cuenta del tamaño de su indefensión. Ella nunca puso cara de mártir, ni penó a gritos. Ni pidió ayuda. No sé si temería que alguien le reprochara haberse casado con un hombre que no le dejó nada. Ni un centavo partido a la mitad. Quizás la renta del siguiente mes. Porque ellos y sus hijos vivían al día, aunque comieran mejor que en ninguna de las otras casas. Nada creían que les había dejado, porque ni quién pensara en el terreno solitario y remoto que ella salvó de malograrse junto con todo lo que su marido perdió con la guerra de su posguerra en Puebla.

01-tregua

Ilustración: Gonzalo Tassier

Deshojar a mis padres en el mes que las tiendas dedican al padre. No sé por qué se me ha pasado por el alma de la memoria. Será que con los años he ido aprendiendo que tuvimos dos padres. Cuando perdimos a uno, la otra se convirtió en la proveedora, se hizo cargo, se hizo de la carga, y siguió siendo tajante y preciosa, como las alas de su nombre, hasta el día en que murió sin conocer a sus bisnietos, sin oír a la mayor de sus nietas descubriendo el encanto, sin ver a la menor, con el pelo en rizos cortos, acompañada de un novio de larga melena lacia, como la de un apache.

Capítulos desordenados. Mi hijo, el niño de sus ojos, acaba de tener un hijo que se parece a él. Y otro con una cabeza grande, como son grandes sus ojos, con la que ha de pensar alguna maravilla. Empiezan a descubrir que es de buenas personas reírse cuando los demás les sonríen. Tienen apenas cuatro meses. Como son cuatro mis hermanos.

Entre todos le dimos a mi madre catorce descendientes. En cambio sus padres tuvieron veinticinco del mismo número de hijos y nosotros sumaremos cada uno cuando mucho seis nietos. Yo me conformaría con cuatro, para volver al número de meses que tienen mis cuates, los que sumados a los dos de mi hermana vuelven a dar cuatro.

Mi madre podría tener cuatro bisnietos. Los hubiera gozado. Sé que verla mirarlos sería como tener el arcoíris sobre el escritorio. Los habría visto si tan sólo hubiera conseguido vivir noventa y tres, como era su ambición y su certeza. Pero para seguir vivos cuantos años se quiera no bastan los deseos. Tampoco mi padre alcanzó a vivir tanto como hubiera querido, por más que sus hijos hayamos creído siempre que murió tan joven porque ya no quería vivir. También la memoria miente. Recuerdo que eso creíamos y por eso lo creo, no porque sea verdad. Así que corrijo con la fe del ahora. Imposible que él hubiera querido perderse la expresión de su nieta cuando mira por el ojo de una cámara. Lo hubiera deslumbrado. Se la perdió, pero no por su gusto, sino porque el azar hace con cada quien lo que bien le parece.

¿Qué tal si los padres fueran eternos? O casi eternos. ¿Darían mucha guerra? Yo sí daría mi guerra. Si me quedara viva hasta ver a los nietos de mis nietos tener nietos, tendría que vivir más de doscientos años. Se iban a cansar de oír mis cantos. Porque eso sí, hasta el día en que me muera yo quiero amanecer tarareando. Aunque sea una canción triste: Dicen que me han de quitar, las veredas por donde ando, las veredas quitarán, pero la querencia cuándo.

“Ya, querida tataratatarabuela, déjate ir”, me dirían, “si desde que nacieron tus nietos temías no verlos llegar a la preparatoria y ahora mírate nada más, durmiendo en un caja de cerillos, cada día más chiquita. ¿Hasta cuándo piensas vivir? ¿Hasta que te conviertas en la punta de un bolígrafo? ¿Tanto así te quieres encoger? ¿Hasta que incinerarte cueste menos que incendiar una luz de bengala? Tendrías que morir cerca de Navidad, para echarte al aire en una fiesta, cuando los niños estén jugando a ver estrellas en la punta de su varitas iluminándose?”. “Sí”, diría yo, “quiero morirme cuando quede tan poco de mí que pueda perderse en la chispa de una luz de bengala?”.

Qué sueño éste. Vivir sin tregua.

En mi casa las puertas que dan al patio son, a un tiempo, ventanas. Por la que estaba abierta, entró un pájaro. Un pequeño gorrión desorientado quiso participar en el coloquio de la comida. No supo el lío en que iba a meterse. Cuando se vio entre cuatro paredes empezó a revolotear tan asustado como estábamos nosotros por él. Los dos hombres más piadosos de la familia trataron de ayudarlo a salir, pero lo único que lograron fue hacer que volara a esconderse en el pretil más alto de una pintura de José Lazcarro. Hasta allá arriba se veía diminuto. Era parte del paisaje. Cerca de la boca del volcán que se cuela entre las nubes bajo las que se pierde la mujer dormida. Ese cuadro es mejor cada año. Se va llenando de significados. Abajo del volcán, sobre su estampa, se ve el cerro que fue la pirámide de Cholula con la iglesia de los Remedios en la cumbre. Y ahora que mi amiga Elena ha dado en subir al cerro para despedir el sol de los lunes, tomada por un dolor que ha de callarse, porque así de cruel es vivir en nuestro país, yo miro el cuadro durante las comidas y pienso en ella y en mi hermana que han fundado un grupo para recoger la basura que no logran quitar del cerro ni el INAH, ni el municipio de San Pedro, ni el de Santa Isabel, ni la Secretaría de Turismo del estado, ni el arzobispo, ni los mayordomos del templo. Todos con alguna injerencia y con ninguna.

Nos sentamos a comer a la sombra del volcán, del cerro y los pinceles de Lazcarro, mirando de reojo y de vez en cuando al nuevo inquilino del cuadro, quieto en una esquina, como mandado a hacer para completar el hechizo. 

Tiene miedo. A veces da miedo vivir aquí. Miedo, como el suyo, de no poder salir volando. Pero ¿a dónde? ¿A qué mar? ¿A cuál tierra? Pobre gorrión éste que somos. Detenidos en el alero que rodea los diez y seis millones de años que suman los volcanes. Ni pensar en eso. Mejor asirse al día con día. Estaban los dos niños de visita. Dormidos en sus pequeños columpios cuya cuerda los mueve mientras hace sonar a Mozart. El pájaro perdió la timidez y voló hasta detenerse en la trabe que sostiene uno de los juegos. Miró a los niños con sus ojos de niño, dio la vuelta a su alrededor, le hizo confianza al mundo. Bajó volando a buscar unas migajas en el suelo. Desde ahí vio abrirse la ventana que al tiempo es puerta. No voló. Empezaba a sentirse tranquilo. Dando brincos buscó acercarse a la luz, llegar al umbral por el que había entrado.

Ya casi andaba en alianza con la serenidad cuando sintió a un montón de pelos despertar de su letargo para ir tras él. Y otra vez el espanto. La perra es chica, pero propició un alboroto. Breve porque su dueña la detuvo antes de que los niños lloraran y su abuela perdiera el sentido de sólo imaginar al gorrión hecho añicos.

Pero él había volado tan a tiempo, con tal elegancia, que una paz de cielo claro se adueñó de la sala. Sin más.

Nuestro país soliviantado da tristeza, da furia, muchas veces da miedo, pero también da tardes como las del domingo, pájaros y pintores, perros y niños. Aquí los hemos puesto vivir sin darnos tregua, siguiendo el mandato de los antepasados. No hemos de darnos por vencidos. ¿Qué tal si los padres fueran eternos? ¿Qué nos dirían? ¿A dónde van? ¿A cuál mar? ¿A cuál tierra? ¿A cuál terreno recuperado de la nada?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

21 comentarios en “Vivir sin tregua

  1. Para que los padres fueran eternos tambięn tendrian que serlo los hijos, y eso ya es mucha trabajera. Eso sī que serïa vivir sin tregua.
    Un gran abrazo.

  2. ¡Cómo hubiese gozado a estos primeros cuatro bisnietos! Sus abuelas los tendrán que gozar por ella.

  3. Siempre presente deleitándome con sus bellas letras,mí admiración a usted y a su Héctor.

  4. Siempre te leo. Y siempre me cautivas. Mi papá Era poblando como tu y vas que describes un pasaje poblando como Cholula, me llevas a el. Gracias.

  5. Escribes con tal claridad y sensibilidad que nos permites adentrarnos en tus pensamientos
    Eres grande, gracias por tus libros que me transportan a mis recuerdos

  6. No le falta nada ni le sobra nada a este texto precioso, aunque deja sembrado el anhelo de lo imposible, de que retornara el tiempo aunque fuera unos días o unas horas . Nos queda la memoria d

  7. Me llevas a un universo paralelo, y me haces viajar al pasado y al futuro, donde se siente esa nostalgia que mas que triste es muy dulce y a veces hasta sublime….. besos Angelitos!

  8. El mensaje me hace recordar la opinión de Armando Fuentes Aguirre, otro gran escritor:”si hubiera sabido lo maravilloso que es tener nietos, los hubiera preferido tener antes que a mis hijos”.
    También me hizo recordar a otro autor, cuya columna periodística terminaba diciendo: “et punto amigos, et punto, salud te fibra”

  9. Parece
    Que fuera “fácil” describir
    Y hacer sentir de la manera en que lo haces y las “metáforas” como
    Diría el
    Cartero
    Vivir
    De cerca el
    Dolor de Ele y tener que limitarnos
    A
    Solo ser espectadores
    Y no mencionaste todo el
    Apoyo que tú misma le has dado
    Te delito
    Sobretodo por
    Ser
    Tan buena amiga

  10. Ángeles:

    Quizás la historia o novela que piensas hacer de tus papás tendrías que seguirla posponiendo por la historia de tus abuelos paternos, pues el pájaro de los volcanes voló a sus cielos y advierto, sin conocer la de tus progenitores, que tiene muchas nubes donde revolotear. Lo sorprendente es que yo tenga referencias de tus ancestros, y no porque cuenta con la edad de matusalén, sino porque cuando las estrellas se alinean, como dicen los mayas, alumbran imperceptibles puntos lejanos y dan vida al entorno donde las aves de la imaginación se dan vuelo.

    Los días, los meses y los año si importan en el oficio de rastrear datos por gusto por aquí y por allá , bajo este manto, y probablemente bajo la influencia de los astros he encontrado por casualidad, en tanto que estaba buscando otras cosas relacionadas de mi familia, una joya para la tuya, se trata de la crónica de la boda de tus abuelos paternos quienes se casaron en 1905, quizás ya la tengas, si te interesa ponte en contacto conmigo, tengo además otras curiosidades de tus abuelos.

    Saludos

    • Querida Guadalupe: ¡cómo me pongo en contacto contigo? no tengo esa crónica. Ni siquiera tengo idea de quiénes eran, bien a bien, mis abuelos paternos. mil gracias

  11. Leer tus textos es como una caricia al corazón. Gracias por regalarnos un momento de dulce nostalgia.

  12. Ángeles siempre es un privilegio leerte, por el fondo, por la forma, por lo que evocamos, por lo que dentro de nosotros se remueve, alegra y lastima.
    A coincidencia hace unos días encontré en el estacionamiento de mi trabajo dos gorrioncitos caídos de un nido, los libré de los gatos que allí rondan, llegando a casa los metí en un canastito, cada vez que me sentían abrían sus piquitos y a darles agua con gotero y tortilla en morusas, iban bien, iban y venían al trabajo en la canastita,las compañeras los bautizaron Hanzel y Gretel, yo esperaba verlos tomar fuerza y levantar vuelo, uno levantó vuelo y al aire de un salto lo pescó Sherlock, mi frenchmaltés, creo que el susto, mi grito y el terror del momento mataron de infarto al pajarito, creo era Hanzel, el otro lentamente se fue deteriorando por mucho que lo cuidé, lo acomodaba en mi sostén para darle calor y estar al tanto, eso me aconsejó el veterinario de pequeñas especies. Murió en mi mano. En ese momento como un diluvio de agua salada lloré lo que no había podido llorar cuando murió mi madre ni después. Y es que a sus 96 años me parecía una mujer inmortal, invencible,fiel a sus amores y principios.discreta, incapaz de una mentira.
    Todo esto y más me has regalado con tu bella prosa. Un abrazo

    • Pero Rosemary, nada de esto me contaste cuando te vi en chetumal. qué maravilla de historia

  13. Hermosa narrativa carga de emotividad. Las palabras en sus textos, parecieran que vuelan con gran agilidad y hermosura.
    Saludos