Nadiezhda Lokhvitskaya, Teffi, dedica un capítulo de sus memorias a sus dos encuentros con Rasputin. Memorables sobre todo por insustanciales. Eran los últimos tiempos, la guerra, y por eso no había grandes bailes en San Petersburgo —hubiese sido de mal gusto— sino reuniones discretas, de invitaciones muy escogidas.

La fama de Rasputin era estridente y confusa, contradictoria. Según quién hablase, era el favorito del zar o de la zarina. Influyente sin duda, poderoso, un campesino ignorante, vengativo, ambicioso y cruel. Nadie. En los salones, en la prensa, circulaban historias fantasiosas que lo hacían un hipnotizador o un mesmerista, un brujo: según quién, curandero, sátiro, santo o poseído. Así lo ha conservado la fantasía popular, como arquetipo de los poderes que se mueven en la sombra (con el aditamento del fantástico pene, descomunal, exhibido en extraños museos durante más de un siglo).

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Ilustración: Estelí Meza

En las páginas de Teffi no es ese personaje terrible, sino un pobre hombre asustado, confundido, patético. Un hombre de pocas luces, rústico, nervioso, irascible e intranquilo en público, siempre posando, atento a lo que puedan pensar los demás, espiando cualquier gesto, preocupado por decir frases profundas —obsesionado por el efecto que producen. Y que repite, una y otra vez, una rutina ensayada: la voz misteriosa, la mirada de intensa concentración, en un ejercicio de seducción trabajoso, conocido, vulgar, bastante torpe. La mano en el hombro: lo sé todo, sé que sufres, ¡cuéntamelo!

En realidad, Teffi no habla de Rasputin, sino de la sociedad cortesana de los últimos días de los Romanov. La descubre reflejada en la figura de Rasputin. Lo primero, y seguramente lo más revelador, es que el solo nombre provoca un clima de histeria colectiva. En Rasputin se manifiesta la necesidad de algo misterioso: oscuro y profundo, y la posibilidad de aprovechar ese misterio. La sombría voluntad de Rasputin sirve para explicarlo casi todo. Y por eso todos quieren ganársela, y usarla de alguna manera. El abogado en bancarrota, por ejemplo, que se asegura de que su esposa, descotada, adornada, se siente cerca de Rasputin para conseguir algo. O la muy digna dama a la que ha mirado a los ojos y le ha dicho que él conoce el destino.

Rasputin es una pieza clave de un mecanismo mayor. Su influencia real es tan importante como su influencia imaginaria. Sin darse cuenta, o casi sin darse cuenta, el santón siberiano había quedado en medio de una madeja de intrigas: tramas de sobornos, conspiraciones, maquinaciones burocráticas, que era incapaz de entender. No tenía, dice Teffi, capacidad de concentración suficiente para desarrollar ninguna estrategia política, ni comprenderla. Pero esa nulidad hacía que fuese el instrumento perfecto para cualquier cosa. Sus mensajes lacónicos e incoherentes, escritos con una trabajosa caligrafía infantil, parecían deliberadamente crípticos, y eso les añadía un aura de autoridad.

Rasputin era un extravagante engranaje de la política cortesana, de un Estado que había entrado en barrena. Pero también la representación del miedo, de la incertidumbre —de la oscura influencia del más allá. Y de una sexualidad feroz, inagotable.

Muchos de esos cortesanos están, poco después, en las páginas de Teffi, huyendo de los bolcheviques. La imagen que encuentra para describirlos es la de los cerdos de Gadara, los de ese extraño relato bíblico según el cual salió al encuentro de Jesús un hombre poseído por innumerables demonios (mi nombre es Legión), y él los hizo pasar a una piara que salió corriendo hasta despeñarse por un barranco (“Y salidos los demonios del hombre, entraron en los puercos; y el hato se arrojó de un despeñadero en el lago, y ahogóse”, Lc 8:33). Entre los cerdos, dice Teffi, irían mezclados seguramente otros animales, corderos o cabras, que correrían sin otro motivo sino seguir a los demás. Como en Rusia. Escapando de los bolcheviques iban policías, miembros de la Centuria Negra, aristócratas, banqueros, especuladores, y junto con ellos profesores, artesanos, gente común y corriente. Iban juntos los que no sabían por qué estaban huyendo, y los que lo sabían demasiado bien. Poseídos, corriendo todos al borde de un precipicio —los que huían de las ideas de los bolcheviques y los que huían porque la realidad era muy distinta.

Hay un momento conmovedor en el relato, cuando se corre la voz de que los bolcheviques reciben sobornos: ¡reciben sobornos! ¡Es lo de siempre! ¡Se puede vivir!

Pienso en otras cortes, otros cortesanos. En el retrato inolvidable que hace Céline de la Francia de Vichy en el castillo de Sigmaringa: “Pétain, Debeney, estaban se diría más en escena… ¡todavía el acto del Imperio Francés! ¡Telón!…”. Y el castillo como rima de pecios: “la realidad eran los espantados de Estrasburgo, los archi-reservistas Landsturm, los huidos del ejército Vlasoff, los expulsados bombificados de Berlín, los horrorizados de Lituania, los defenestrados de Koenigsberg, los ‘trabajadores libres’ de todas partes, oleada tras oleada, las damas tártaras en traje de noche, artistas de Dresde…”. Cortes, huidas.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

Un comentario en “Cortesanos

  1. “…se corre la voz de que los bolcheviques reciben sobornos: ¡reciben sobornos! ¡Es lo de siempre! ¡Se puede vivir!…” como se ve nada ha cambiado todo sigue igual, pasaje con plena vigencia a pesar de la Revolución.