“Estamos viviendo hoy en una época en que nada se considera digno de ser visto, oído o leído si no es escandaloso, y en que nada parece lo suficientemente escandaloso para ser memorable”.
—Norman Menea, La quinta imposibilidad.

Vivimos en una época acelerada dirían los chavos, en la cual la memoria es débil y los acontecimientos se suceden sin ningún aparente sentido. De ello trata el muy sugerente ensayo de Luciano Concheiro, Contra el tiempo (Anagrama, 2016). No comparto sus conclusiones —aunque para él y otros puedan funcionar— pero los primeros capítulos en los cuales recrea  el proceso de  aceleración de la producción, distribución y consumo capitalista, su impacto en el espacio público y en el quehacer político, así como el “tipo de subjetividad que se ha construido” resultan elocuentes y dan mucho que pensar.

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Ilustración: Jonathan Rosas

La velocidad parece ser el signo de los tiempos. Y en política su impacto resulta devastador de las viejas nociones y coordenadas. “La lógica de la aceleración ha impuesto… una política cortoplacista… Si hoy se quiere algo, mañana se quiere otra cosa. No hay plan generalizante, sólo hay soluciones concretas… La pauta es dada por los ciclos electorales… Las soluciones dadas al electorado deben ser rápidamente visibles y explotables…”. La idea de programas que apuntan al futuro se adelgaza y la inmediatez parece ser un imperativo insalvable. Todo ello acicateado por fórmulas de participación que evaden o no requieren de organización ni de la creación de lazos de solidaridad ni de identidades colectivas arraigadas. “Más y más, la participación política se limita a una sucesión de tormentas de indignación que se esfuman a la misma velocidad con la que surgieron… Las shitstorms (como las denominó Byung-Chul Han) suceden en la red… son inestables y efímeras… no construyen la continuidad que cualquier proyecto político necesita… (No se traducen) en acción ni en narración… Son por definición fragmentarias…”.

Se trata de un mural de grandes trazos, sin los necesarios matices, pero que apunta a fenómenos en curso: políticas que sólo reaccionan a lo inmediato y no generan organización acaban por parecerse “a Hollywood: una especie de star system en donde el éxito depende de la fama y popularidad del actor en cuestión. El poder se concentra no en los partidos o en los sindicatos, sino en los individuos”. Las organizaciones cargan con una pésima aura pública y las estrellas de la política —los individuos— requieren visibilidad, exposición y erosionar la fama de sus adversarios. “Este nuevo tipo de política… está configurada por el escándalo. La disputa ideológica pasó a un segundo plano… Lo fundamental se volvió destruir la legitimidad de los contrincantes. El escándalo (sexual, de corrupción, etcétera) es el mecanismo más eficaz para arruinar la reputación…”.

Y es ahí donde los medios juegan un papel relevante. Porque el escándalo para ser tal requiere ser masivo y expansivo (por lo menos por algún tiempo). En los medios “es donde se construyen (o destruyen) la legitimidad y las redes de apoyo…. Los políticos y su imagen son productos mediatizados. Se vuelven una mercancía más… Mediante eslóganes cortos e imágenes memorables, se eleva la popularidad y, en automático, los votos. Los mercadólogos son los que mandan: los ideólogos son algo anacrónico…”. Entramos a una mecánica retorcida. Los medios obligados a ofrecer novedades “necesitan tener constante material fresco para sobresalir frente a la competencia y capturar una mayor audiencia. La cuestión no es la calidad, sino la novedad…”. “Estamos atestiguando el surgimiento de una nueva percepción temporal cuyo primer rasgo distintivo es la erosión de la memoria. La amnesia se vuelve una obligación para soportar la velocidad de la sucesión de la información… El segundo rasgo es la falta de narrativa. La velocidad es tal que vuelve imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y los entreteja en un conjunto coherente… No hay rumbo claro. Anula el futuro predecible y trae uno brumoso e ilegible”. Porque a diferencia de las grandes construcciones ideológicas del siglo XIX que ofrecieron sentido general a los acontecimientos, la velocidad de los sucesos aparece como algo informe, nebuloso, imposible de descifrar.

Aceleración, individualización, erosión de los proyectos generales y memoria corta y volátil, dejan su potente huella. “El hecho de que se olvide con facilidad hace que los intereses y las afinidades políticas sean efímeras. Las causas se adoptan por un periodo breve… No puede construirse un lazo íntimo con ellas. El compromiso también se debilita porque precisa de memoria para existir… Las afinidades políticas se esfuman con prontitud: se tornan débiles y fugaces…”.

Y la aceleración impacta también a uno de los pilares del edificio democrático: “La deliberación y el debate… son procesos lentos… En un mundo en el que se privilegia la velocidad y la agilidad sobre lo pausado y lo meditativo, ciertos procesos que son clave para el buen funcionamiento de cualquier democracia peligran”. Surge un clamor por la eficiencia, se denigra la tortuosidad de los procesos de deliberación, se demanda velocidad, se condena el lento e ineficiente debate. De manera inconsciente e irreflexiva se sientan las bases para que las decisiones las tome uno. Vieja fórmula: rápida y autoritaria.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

Un comentario en “Velocidad

  1. Urge un proyecto que recupere las diversas formas de tejido social de la sociedad mexicana, que fortalezca identidad y solidaridad, y que aporte sostenibilidad a la participación ciudadana. Un frente ciudadano podría ser un primer paso, como el que promueve Cuauhtémoc Cárdenas, pero con un proyecto realmente de la gente.