El escritor rumano Norman Manea aborda en La quinta imposibilidad. Judaísmo y escritura (Galaxia Gutenberg, IV Premio Internacional Josep Palau i Fabre), personajes como Saul Bellow y Franz Kafka, sumergidos en la niebla de la infancia, del exilio y la literatura. Sobre estos temas discurre la siguiente entrevista

Alejandro García Abreu: En el ensayo “La lengua desterrada” —incluido en La quinta imposibilidad— escribió: “se produjo en mí el milagro de la palabra, la magia de la literatura. Herida y consuelo a la vez”. ¿Cómo contrasta la herida y el consuelo?

Norman Manea: La literatura y el arte en general son una combinación de herida y terapia, así que existe un consuelo en el arte, porque de repente intentas curar la herida de la vida temprana en este caos, y proteger tu imaginación y tu experiencia en otro plano.

AGA: Parto de dos citas. “Sin embargo, la mayoría de las veces la historia se precipita a darte una oscura explicación de lo que significa ser judío. Cuentas tú con apenas cinco años, estás recluido en un campo de concentración y descubres que eres judío; entonces, de repente, te sientes conectado con la ancestral tragedia colectiva que anula cualquier opción posible. A temprana edad, el Holocausto fue mi primera y brutal iniciación a la vida. El totalitarismo comunista significó, después, no sólo el veto y el fin de la tradición, sino también un complicado aprendizaje de la condición de marginal y sospechoso; finalmente, el exilio me ha restituido, al filo de la vejez, mi condición de extranjero y nómada, que yo creía resuelta al echar raíces en la lengua y la cultura del país que me vio nacer”, confesó en “Qué significa ser judío”. Y en “La lengua desterrada” afirmó: “Por perdurables que fuesen, ni siquiera las heridas anulan el don inestimable que es la lengua en que ha latido toda tu biografía”. Según una de las leyendas más antiguas en nuestra memoria colectiva, si somos capaces de contar historias podremos curar a los enfermos o, quizá, rescatarlos de la muerte. ¿Cree que la literatura puede salvar o curar?

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Ilustraciones: Belén García Monroy

NM: La literatura no puede tener un papel importante en la vida social, pero tiene un papel. Para algunas personas que están conectadas con la literatura, que pasan algunas horas al día o incluso algunas horas a la semana con estos amigos desconocidos que son los libros, creo que les ayuda a sobrevivir a la agresión de la vida cotidiana. También es una gran ayuda tener de cuando en cuando estos amigos e interlocutores imaginarios, que se encuentran en un libro y que suelen ser más inteligentes, útiles y aún más fraternales que los amigos habituales que tienes en las calles.

AGA: En el discurso pronunciado durante la ceremonia de entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2016 aseveró: “El regreso al lugar del que fuimos echados fue para mí una mágica resurrección; descubrí de nuevo la maravilla de la banalidad, la comida y el calor, la escuela, la amistad, los libros. Me sería difícil olvidar el día 19 de julio de 1945, cuando cumplía la solemne edad de nueve años y recibí como regalo un libro de relatos del gran cuentista rumano Ion Creang˘a. Fui hechizado al instante por la lengua de la ficción, tan diferente de la de la calle o de la ruidosa retórica política del momento y deseé con desesperación ser aceptado por la familia de los hacedores de libros y evasiones librescas”. ¿Cuál es el aspecto que más destaca de esa familia literaria?

NM: Cuando era niño era un ávido lector, como sucede en la premisa de la vida de cada escritor. El escritor es primero un lector. Yo era un ávido lector y, por supuesto, sentí en cierto punto el deseo y la aspiración de ser aceptado en esta familia de grandes amigos desconocidos que son los escritores del mundo, a quienes tomé como asesores, interlocutores y maestros de la belleza. Este fue mi impulso cuando era niño. Era un chico solitario y la pasé maravillosamente viviendo con y en los libros.

AGA: Dejó Rumania en 1986, pasó un año en Berlín Occidental y llegó a Estados Unidos en 1988. ¿Cómo fue la transición literaria y la percepción del exilio?

NM: Mi cultura o transición literaria fue muy difícil porque cuando llegué a Estados Unidos no sabía inglés. Mi transición a Berlín Occidental fue más fácil, porque aprendí alemán en mi infancia en la región de Bucovina, donde mucha gente hablaba esa lengua. Así que mi estancia en Berlín fue más fácil y resultó una especie de preparación para el verdadero exilio. El verdadero exilio fue Estados Unidos, ya que estaba en otro continente, en otra tradición y en otro ritual diario, diría yo. Fue una conmoción. Sabía que sería un impacto; no quería ir a Estados Unidos, tuve que hacerlo por la situación. Pero después de algunos años comprendí que a pesar de estas desventajas había una gran ventaja: el hecho de que es un país de exiliados. No te enfrentas a los alemanes que tienen una tradición de 300 años en la familia, o a los mexicanos que también tienen su tradición de no sé cuántos años en la familia y el entorno. Hay muchos exiliados, muchas personas que tienen el mismo destino que tú, que perdieron su lugar, dondequiera que estuviera: Nicaragua, India, Rumania o cualquier otro lugar. Y se encuentran como extranjeros en un nuevo país, que no te pide que seas de cierta manera. Estados Unidos no te pide que actúes de cierto modo, sólo te pide respetar la Constitución, y la Constitución está abierta para todos estos migrantes. Muchas personas que viven en la actualidad en Estados Unidos provienen de familias de migrantes. Esto fue algo que de alguna manera me ayudó como migrante.

AGA: En el ensayo “El Libro de los Reyes y de los Tontos” escribió: “La literatura confirmaba, pensaba yo, no sólo su vocación de refugio espiritual en tiempos aciagos, sino también de puente hacia gentes de cualquier lugar, de apertura hacia el ancho mundo. Me resultaba difícil rechazar semejante ilusión infantil”. ¿De qué manera vincula literatura e infancia?

NM: Constantin Brâncuși dijo que cuando el artista deja de ser niño está muerto. Es el esfuerzo del arte y de la creatividad, una cierta franqueza, una cierta infantilidad. Este juego con las metáforas, imágenes y fantasías es muy a menudo similar a los juegos que practican los niños cuando tienen sus herramientas; también imaginan otros mundos y es similar. El arte posee otro tipo de contenido y mensaje, porque suele ofrecer una moralidad implícita, no explícita, porque el arte que ofrece una moralidad explícita no es buen arte. Puede ser pedagógico o ideológico, lo que sea, pero no es la esencia del arte: en su esencia la moralidad está ahí, pero de manera implícita, no explícita. Esto sigue siendo una diferencia importante entre los cuentos de hadas que los niños disfrutan y nosotros como personas adultas jugando con el arte.

AGA: Editó la antología Romanian Writers on Writing, que reúne la obra de 80 autores. En el prefacio escribió: “esta selección ofrece una ventana reveladora hacia la originalidad y profundidad de la literatura rumana”. ¿Cómo fue el desarrollo del libro?

NM: Muchos años después de que ya me encontraba en Estados Unidos pensé que debía hacer algo por mis colegas, los escritores rumanos que se quedaron allí o en cualquier parte del mundo, provenientes de muchas literaturas. Así que hice esta antología con fragmentos y citas sobre cómo los escritores rumanos ven la profesión, la creatividad, el mensaje y la especificidad de la literatura rumana. Es un libro bastante grande, con escritores rumanos del pasado y del presente. Conocía a algunos, pero no a la gran mayoría porque eran de otra época. Pero creo que ayudó a presentar una imagen de la literatura rumana al lector extranjero. Por desgracia la literatura rumana no es demasiado conocida. Incluso en México o en otros países latinoamericanos —que son latinos, como Rumania—. Así que espero que el libro haya ayudado a abrir algunas puertas.

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AGA: En “Ravelstein. Reflexiones sobre Saul Bellow” recuerda una conversación con Bellow en la que él le dijo: “¿Definirnos sea como intelectuales o sea como artistas? Ello nos forzaría a preguntarnos quién de hecho es más ingenuo: el intelectual o el artista. No he llegado a ninguna conclusión”. ¿Usted ha llegado a alguna conclusión?

NM: Estoy de acuerdo con Saul Bellow en que el artista es más infantil que el intelectual. El intelectual se la pasa pensando, el artista es más instantáneo en su obra. No está interesado necesariamente en el significado o lo cerebral de las historias o imágenes. Está interesado en la materia misma, que en este caso es el ser humano.

AGA: En “La quinta imposibilidad” planteó: “La vida y obra de Kafka exploran un no man’s land a un mismo tiempo individualizado y esencial. Un territorio que no pertenece a nadie y que es de todos, pero que en definitiva y sobre todo es suyo: el vasto territorio de la incertidumbre y de la interrogación. Este espacio-tiempo de lo vivido y de la escritura se convierte en algo mucho más dramático porque está marcado por la obsesión y el signo de… lo imposible. Una geografía, una psicología, una terapia, es decir, ¿una teología de lo imposible? Lo imposible preocupaba intensamente a Kafka”. ¿Qué lo condujo a explorar lo imposible en la obra de Kafka?

NM: Kafka es, como tú sabes, un escritor especial que se volvió relevante para nuestro siglo por su contradicción y soledad con las que se identificaron las personas. Y la forma en que utiliza el absurdo de la vida y la singularidad del individuo fue tomada por muchos como su propia interrogante y como su propia duda sobre la vida contemporánea. Sentía —y tenía razón— que la vida perdió paso a paso su significado, su mística, su verdadero y profundo gruñido y sustancia, y que es una especie de vacío. Kafka vivió ese vacío de una manera muy intensa y por eso algunas personas se acercaron a sus libros y su mensaje con curiosidad e interés. En nuestra época, muchos años después de su muerte, siento en cierto modo la soledad del individuo, esta vida cotidiana bastante absurda, el movimiento caótico y la dinámica de las colectividades. Y esto confirma su visión escéptica, melancólica y triste del individuo. Era principalmente un escritor de la individualidad enfrentándose a los seres humanos y a la vida misma. Es un gran emblema, diría yo, de la vida y la literatura modernas.

AGA: ¿Cuál es el origen del profesor Augustin Gora y del joven Peter Gaspar, personajes de La guarida?

NM: Son personajes tomados de modelos reales que formaron parte de mi vida y que incluso conocí en mi exilio. La mayoría de ellos son exiliados, intelectuales exiliados de Europa del Este que se sintieron perdidos en la locura de Estados Unidos, pero que siguieron buscando el sentido de sus vidas para un renacimiento de sus biografías, para un nuevo comienzo de sus existencias. Vemos las dificultades que las personas —principalmente los intelectuales— tienen en su exilio, particularmente durante la primera etapa. Ellos no pueden ofrecer algo como lo haría un trabajador. Él puede decir que tiene una profesión, y le preguntan “¿qué sabes hacer?”. Y él responde: “mira, puedo reparar la electricidad, puedo reparar la tubería de agua, puedo hacer esto y lo otro”. El escritor o el artista no puede decir esto. Y aunque está trabajando con un desempeño importante no está claro si es útil o no lo que está haciendo, y él mismo duda de su misión y se pregunta: “¿lo que hago es realmente necesario? ¿Para quién, cuándo y por qué?”. La situación de estas personas, de este tipo de extranjeros, del artista que viene de otro lugar, mundo o cultura, es, como he dicho, un poco más difícil, y eso es lo que traté de expresar en esta novela.

AGA: ¿Cómo es su proceso creativo?

NM: No sé qué decir. No es regular, ni uniforme, ni convencional; es más intenso en algunos periodos, más depresivo en otros. Hay periodos cuando me siento perdido y no puedo acercarme a mi trabajo, entonces me recupero y empiezo de nuevo, porque no tengo otra solución.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción del inglés de Álvaro García.