05-quince

Insomnio. “12 de diciembre. Insomnio. Lucho lo mejor que puedo; me obligo a ‘hacer ejercicio’, a caminar, a tomar una ducha fría al regreso de una ‘carrera higiénica’. Todo es inútil. Cada noche es un poco peor que la anterior y me hace perder una brizna más de lo adquirido este verano. Me parezco al payaso de circo que se está quitando uno tras otro sus chalecos; admiro al mismo tiempo los muchos chalecos de que me había provisto”: André Gide, Diario (Lecturas para mujeres que no duermen), Liliana Lukin, compiladora, Sudamericana, 2001.

 

Militancia. Patria, del escritor Fernando Aramburu nacido en San Sebastián, es la gran novela sobre el paso largo e inaudito del terrorismo de la ETA por este mundo. El narrador escribe: “Un juego de amigos, un deporte. Vas, te arriesgas, de vez en cuando te sacuden un porrazo y a vivir. Después, en la taberna, bebes, comes y comentas con la cuadrilla, y uno nota con una especie de cosquilleo agradable que ha contraído la fiebre que calienta a todos y los une al calor de una causa. Por la noche, tumbado en su cama, Joxe Mari fanfarroneaba. Que si le había arreado con una piedra a un beltza en el casco y había sonado clac. Que si le había pegado fuego a un cajero automático, el quinto en lo que va de mes. Se volvía hacia su hermano para beber admiración en sus ojos adolescentes. Idéntico orgullo mostraba al hablar de sus victorias con el equipo de balonmano. Lo dicho, un deporte, una diversión, hasta que de pronto apareció el abismo”. (Tusquets, 2016.)

 

Yo. “Sobre cómo ser hombre” es uno de los seis ensayos de D.H. Lawrence publicados por Siruela este año bajo el nombre de El amor es la felicidad del mundo. En este ensayo Lawrence escribió: “Cada uno de nosotros tiene dos yoes. Está primero este cuerpo vulnerable que no nos obedece nunca del todo. El cuerpo, con sus afinidades irracionales, sus deseos y pasiones, su forma tan directa y peculiar de comunicación, su desafío a la mente. Y en segundo lugar está el ego consciente, el yo que sé que soy. Nunca podré conocer del todo al yo que vive en mi cuerpo. Lo atraen y lo repelen tantas cosas que yo ignoro, me causa tanto sufrimiento irracional, tormentos tan reales, y algún que otro deleite aterrador, que este yo que hay en mi cuerpo es un animal extraño para mí, un animal latoso las más de las veces. Mi cuerpo es una selva en la que mora un yo oculto, una pantera negra en la mitad de la noche cuyos ojos traspasan, con su verde resplandor, mis sueños; y también mi vigilia si en mitad del día cae una sombra”. (Traducción de Carlos Jiménez Arribas.)

 

Sinestesia. El divulgador de la ciencia José Ramón Alonso escribe en su libro Un esquimal en Nueva York y otras historias de la neurociencia: “Según comenta el neurocientífico V.S. Ramachandran en su libro The Tell-Tale Brain, los sinestésicos habitan una tierra extraña entre la realidad y la fantasía, un mundo donde los sentidos se mezclan produciendo sensaciones únicas. Pueden saborear colores, ver sonidos, oír formas, palpar emociones […]. Curiosamente, la sinestesia es más frecuente, siete veces más, en los artistas que en la población normal. Entre los sinestésicos famosos hay poetas como Baudelaire y Rimbaud, pintores como Kandinsky o Man Ray o músicos como Franz Liszt, Rimsky Korsakov, Duke Ellington o Itzhak Perlman. Perlman decía que cuando tocaba su Stradivarius veía la nota SI de color verde y la nota LA de color rojo. Para él el aire se llenaba de colores cuando interpretaba una obra […]. En su autobiografía y libro de recuerdos titulado Habla, memoria, Nabokov señala que Véra también tenía sinestesia y que al igual que él, asociaba colores a letras determinadas. Cuando fue creciendo descubrieron que su hijo Dimitri compartía este fenómeno y, curiosamente, el color que asociaba a cada letra era como si fuera una mezcla de las tonalidades de cada uno de sus progenitores. Según dijo Nabokov, en una bella metáfora de un poeta sinéstesico, ‘es como si los genes estuvieran pintando con acuarelas’”. (Editorial Guadalmazán, 2016.)

 

Fiebre. “El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la voluntad tome en ello la menor parte”: Stendhal.

 

Historia. En el capítulo “Amor fati” del libro Elogio del olvido. Las paradojas de la memoria histórica, David Rieff explica: “Con la posible excepción de los judíos, para los cuales es sumamente difícil deslindar las cuestiones de la ley, la tradición, la memoria y la costumbre, la memoria histórica colectiva no es respetuosa con el pasado. En efecto, desde el punto de vista histórico, la mayoría de los planteamientos que se formulan sobre su continuidad son en el mejor de los casos en parte engañosos, y a menudo lo son completamente. No se trata sólo de inexactitud, voluntaria o involuntaria, como la que abunda en las numerosas series de televisión que pretenden crear un periodo histórico, como Los Tudor de Showtime o Roma de HBO; la clasicista Mary Beard comentó que el placer de ver esta última se derivaba de los incontables errores garrafales que podían embutirse en cada episodio. Semejantes entretenimientos casi nunca ponen en entredicho el orden convencional, que por lo general reflejan; ahí están las películas de Hollywood de los años treinta, como Tres lanceros bengalíes o Gunga Din, cuyos panegíricos al colonialismo Bertolt Brecht ensartó con tanta moralidad en los diarios que llevaba cuando se exilió en Los Ángeles. En cambio, cuando los estados, los partidos políticos y los colectivos sociales hacen un llamamiento a la memoria histórica colectiva, sus motivos están lejos de ser triviales”. (Traducción de Aurelio Major, Debate, 2017.)

 

Risa. Los escritores argentinos Andrés Gallina y Matías Moscardi se dieron a la tarea de armar un diccionario antes inexistente. Diccionario de separación. “Cuando no es maníaca, estrepitosa, incluso grotesca o histérica, la risa resiste al menos como espasmo desganado, pero nunca desaparece por completo. Henri Bergson explica que los cuerpos que no ríen ostentan la rigidez de la máquina; la risa, en cambio, ablanda, flexibiliza, nos hace olvidar la materialidad de la carne para recordarnos sólo su vitalidad. Por eso la risa posamorosa no es sinónimo de comicidad sino de humanidad: nos mantiene vivos a la vez que nos diferencia de los animales y de las cosas. Esto nos dice la risa: la separación ha alterado radicalmente nuestra subjetividad, nos hemos teletransportado a una nueva era, pero no ha logrado desplazarnos de la especie”. (Eterna cadencia, 2016.)

 

Dolencia. En los relatos del escritor Arnoldo Kraus siempre se transparenta algo de su vida como médico clínico. En “Hipocondría” relata: “Raúl, como tantos hipocondríacos, es obsesivo y entrañable. Algunos suscitan empatía y solidaridad. La mayoría buscan —necesitan— atención. Sin ella languidecen, se apocan. Requieren cariño y apoyo. De otra forma no podrían sobrevivir. Con el tiempo he aprendido que con los hipocondríacos deben aguzarse los sentidos. No es fácil. Sus dolores, su cuerpo enfermo, sus quejas, son distintos. Diagnosticar a un hipocondríaco es un reto: cada quien vive sus dolencias a su modo; además la medicina no ha descubierto los genes responsables, ni cuenta con exámenes de laboratorio adecuados para diagnosticar hipocondría. […] A los enfermos hipocondríacos no les interesa demasiado la sabiduría médica. Desean y buscan atención. No siempre es fácil discernir. Los hipocondríacos plantean dilemas complejos: ¿cuándo es verdad lo que sienten y cuándo es irreal lo que dicen sentir?, ¿cómo saber cuándo es el dolor de la muerte quien habla y cuándo es el dolor de quien calla? (Quizás en otro lugar, Sexto Piso, 2016.)

 

Principios. Siempre suspicaz ante tanta novela negra, leo el principio de Recursos inhumanos, de Pierre Lemaitre, que ha ganado varios premios de novela negra y el Premio Goncourt. Va este gran principio: “Nunca he sido un hombre violento. No me viene a la memoria ningún momento en el que haya querido matar a nadie. Sí que he tenido ataques de ira de vez en cuando, pero nunca la voluntad real de hacer daño. De destruir. Así que, claro, estoy sorprendido. La violencia es como el alcohol o el sexo: no se trata de un fenómeno, es un proceso. Entramos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo. Me daba perfecta cuenta de que estaba enfadado, pero nunca habría imaginado que aquello se transformaría en furia despiadada. Y es eso lo que me da miedo”. (Traducción de Juan Carlos Durán Romero, Alfaguara, 2017.)

 

Extraños. Uno de los personajes del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán da en uno de sus relatos una descripción de un joven observando a sus padres: “Al llegar a casa esa noche, mis pasos me llevaron al cuarto de mis padres, oloroso a menta, mamá y sus cremas y los denodados esfuerzos por detener el paso del tiempo o al menos disminuir su velocidad. Papá roncaba y mamá parecía perdida en un sueño plácido, que seguro mezclaba un vívido incidente de su infancia con uno olvidado del día anterior. Me quedé mirando a esos extraños conocidos un buen rato, velando su sueño y sentí, por primera vez, que habían transcurrido cuatro años sin su compañía. Tuve miedo de lo que vendría, de mi pronta ausencia y de la acelerada forma en que llegaría, para ellos, la edad de los huesos resquebrajándose como polvo y los traicioneros ataques al corazón y el cáncer invisible trepando con sigilo por órganos inermes. ¿Dónde estaría yo, en qué casa prestada del norte me sorprendería un ominoso llamado telefónico? […]. (Tiburón. Una antología personal, Almadía/Secretaría de Cultura, 2016.)

 

Tú. Ediciones El Tucán de Virginia publica ahora a una poeta escocesa: Carol Ann Duffy, primera mujer en 400 años en obtener (2009) el título de Poeta Laureada del Reino Unido. Va aquí su poema “Tú”:  “Sin ser invitado, el pensamiento de ti se quedó hasta muy tarde en mi cabeza,/ así que me fui a la cama, soñándote fuerte, fuerte, desperté con tu nombre,/ como lágrimas, suaves, saladas, en mis labios, el sonido de sus sílabas brillantes/ como un embrujo, como un hechizo.// Enamorarse/ es glamoroso infierno; el corazón agazapado, abrasado/ como un tigre listo para matar; los lamidos de una flama feroz bajo la piel./ Entraste en mi vida, más grande que la vida, hermoso, caminando.// Yo me escondí en mis días ordinarios, en el largo pasto de la rutina, en mis cuartos de camuflaje. Tú te desparramaste en mi mirada, viéndome desde cualquier rostro, desde la forma de una nube, desde la luna lunática que languidece boquiabierta ante mí// cuando abro la puerta del cuarto. Las cortinas se mueven. Ahí estás/ en la cama, como un regalo, como un sueño que se puede tocar. (El poema como una plegaria. Antología, selección y traducción de Eva Cruz y Marina Fe, nota de Víctor Manuel Mendiola.)

 

Burgués. El escritor Alberto Moravia nació hace 117 años. En el libro Grandes autores vistos por grandes fotógrafos Alessia Tagliaventi nos cuenta esto: “Cuando Moravia empezó a escribir Los indiferentes, en 1925, no había cumplido todavía los dieciocho años. A su alrededor, Italia estaba cambiando: la indignación por el caso Matteoti se había olvidado rápidamente, y con la pasividad e indiferencia general, Mussolini instauraba el régimen fascista. Con un argumento que se desarrolla en sólo dos días Moravia presenta en Los indiferentes la historia de unas existencias torcidas y de una burguesía indolente y apática, protagonista de una ruina interior, espejo de la social. El escritor pudo investigar la burguesía desde un punto de vista privilegiado, ya que pertenecía a ella. ‘He podido escribir Los indiferentes porque estaba dentro de la burguesía, no fuera de ella. De haber estado fuera, como parece que piensan algunos al atribuirme intenciones de crítica social, hubiera escrito otro libro […] Que Los indiferentes haya resultado ser un libro antiburgués es otra cuestión. La culpa o el mérito reside, sobre todo, en la burguesía italiana, que no tiene nada o casi nada susceptible de inspirar, no diré admiración, sino ni siquiera la más ligera simpatía’”. (Traducción de Alfonso Rodríguez Arias, Blume, 2014.)

 

Cosas. “No hay que enojarse con las cosas, pues a ellas no les importa”: Eurípides.

 

Amarillo. El escritor, editor y fotógrafo colombiano Umberto Senegal cuenta esta fantasía: “En noviembre 6 de 1990, cinco años antes de fallecer, el filósofo rumano Emil Michel Cioran en su primero y último viaje a Colombia, visitó de incógnito el municipio de Calarcá. Al observar el florecido guayacán amarillo del parque de Bolívar, se detuvo más de media hora bajo éste. Deseaba sentir la pausada lluvia de flores cayendo sobre él. Le acompañábamos Juan Restrepo y Guillermo Sepúlveda, poetas montenegrinos; el aforista calarqueño Carlos Alberto Agudelo Arcila; el narrador Rodrigo Iván López Echeverri, también calarqueño y quien esto evoca. […] Deslumbrado por la leve lluvia de flores, expresó en un castellano descifrable por quienes le acompañábamos en torno al árbol, recreándonos con la hechizante danza del descendimiento de las flores: ‘Díganle a Bach que cuando él se silencia, Dios es amarillo’. Y las amarillas flores eran más amarillas bajo el radiante sol amarillo de la mañana. […] Las once palabras de Cioran pronunciadas en voz baja, las anoté en mi agenda sin alterar un vocablo. […] Sucedió entonces lo inesperado. De las flores cayendo sobre sus brazos alzados, tomó dos y se las comió con evidente placer. […] At-il éte testé?, interrogó el autor de En las alturas de la desesperación, cuando las ingirió. Su ingenua pregunta y el terso amarillo de las flores, fueron una provocación irresistible para los cinco acompañantes del filósofo. Cada uno de nosotros nos comimos una flor. […] Algo análogo tuvo lugar después, cuando a sus 84 años hizo lo mismo con un ramo de flores que le obsequió un admirador. En el Quindío, flores de guayacán. En París, quien relata la anécdota no mencionó el tipo de flor que se comió Cioran. ¿Hay guayacanes en París? ¿Fagoantomanía leve en Cioran? No lo extrañé mucho. Es uno de mis hábitos cuando recorro caminos del Quindío: saborear y comer determinadas flores”. (Alucinamientos, Cuadernos Negros Editorial, 2013.)

 

Genialidad. “Budas verdes/ En el quiosco de las frutas./ Nos comemos la sonrisa/ y escupimos los dientes”: Charles Simic, “Sandías”, Desarmando el silencio, traducción de Juan Carlos Galeano, Editorial Paraíso Perdido, 2006.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

 

2 comentarios en “Las quince letras

  1. Gracias por las lecturas de Delia Juárez G., un enorme placer leer a esta gran lectora. Aguda, certera, sensible, inteligente y amorosa.