Por cuestiones políticas, el escritor francés Victor Hugo y su familia tuvieron que exiliarse en la Isla de Jersey entre 1852 y 1855. De entre todas las actividades que los divirtieron en su nueva casa, queda el testimonio de tardes que pasaron sentados alrededor de una mesa realizando sesiones espiritistas. La editorial española Wunderkammer ha rescatado en Lo que dicen las mesas parlantes (traducción de Cloe Masotta) varias de las notas que el también dramaturgo y poeta tomó sobre las confesiones y reflexiones de personajes del más allá

19 de septiembre de 1854.
Una y media de la tarde.
Charles y Madame Hugo conducen la mesa.
Están presentes: Victor Hugo, Auguste Vacquerie, François Hugo.

VICTOR HUGO —Tengo que plantear una pregunta importante. Los seres que habitan lo invisible y que ven el pensamiento en nuestros cerebros saben que, desde hace alrededor de veinticinco años, me ocupo de cuestiones que la mesa suscita y sobre las que profundiza. En más de una ocasión la mesa me ha hablado de este trabajo; la Sombra del Sepulcro me ha conminado a terminarlo. En este trabajo, y es evidente que lo conocen allá arriba, en este trabajo de veinticinco años, yo había dado, a través de mis meditaciones, con muchos de los resultados que hoy conforman la revelación de la mesa, yo había visto distintamente y afirmado algunos de estos resultados sublimes, había entrevisto otros que permanecían en mi espíritu bajo el estado de lineamientos confusos. Los seres grandes y misteriosos que me escuchan observan cuando quieren mi pensamiento como quien mira en una bodega con una antorcha; conocen mi conciencia y saben que todo lo que acabo de decir es rigurosamente exacto. Esto es hasta tal punto exacto que hace un momento he sido contrariado en mi miserable amor propio humano por la revelación actual, que ha venido a lanzar alrededor de mi linterna de minero una luz de rayo y de meteoro. Hoy, las cosas que yo había visto por entero la mesa las confirma, y cosas a medias vistas, ella las completa. En este estado de ánimo he escrito. El ser llamado la Sombra del Sepulcro me ha dicho que acabe la obra que he empezado; el ser llamado la Idea ha ido aún más lejos, y me ha ordenado hacer unos versos apelando a la piedad sobre los seres cautivos y castigados que constituyen lo que a los no videntes les parece la naturaleza muerta. He obedecido. He hecho los versos que la Idea me pedía (no están aún completamente terminados). Para ser comprendido, me ha hecho falta explicar. He tenido que entrar en detalle, detalle que contiene mi pensamiento antiguo con la ampliación aportada por la nueva revelación. En estos versos, dos cosas son tomadas de la mesa en sus propios términos, el gusano Cleopatra y el grado de la condena a trabajos forzados. Yo soy de la opinión de hallar el medio de indicar este préstamo con una nota. Pero ante todo, esta es la pregunta que planteo en la mesa: “¿Acaso la Idea me ha pedido (debería decir encargado) estos versos para que sean publicados? ¿Me dijo la Sombra del Sepulcro que terminara mi obra para que esta fuera publicada?”. Esta página es ya demasiado extensa. Añado todo lo que está en el fondo de mi pensamiento que la mesa conoce. La consulto sobre la cuestión que acabo de plantearle, y espero la respuesta. No hace falta decir que haré todo cuanto me sea dicho. 1

La mesa se agita.

¿Quién está ahí?

—La Muerte.

¿Has oído la pregunta y vienes a responderla?

—Sí.

Te escuchamos.

01-espiritus-01

Ilustraciones: Alberto Caudillo

—Todo gran espíritu hace dos obras en su vida: la obra del vivo y la hora del fantasma. En la obra del vivo, lanza el otro mundo terrenal; en la obra del fantasma, vierte el otro mundo celeste; mientras que el vivo habla a su siglo la lengua que él comprende, trabaja sobre lo posible, afirma lo visible, realiza lo real, ilumina el día, justifica al justo, prueba la prueba; mientras que en esta obra él lucha, él suda, él sangra; mientras que en este martirio, él, el genio, tiene en cuenta la imbecilidad, él, la llama, tiene en cuenta la sombra, él, el elegido, se hace cargo de la multitud y muere, él, el Cristo, él, la mundo entre dos ladrones, tan vil, tan ultrajado y llevando tal corona que un asno pacería en su frente; mientras que el vivo hace esta primera obra, de noche, durante el silencio universal, el fantasma pensativo se despierta en el vivo , ¡oh, terror! ¿Qué?, dice el humano, ¿no es todo? No, responde el espectro. Levántate. ¡En pie! Sopla un gran viento, los perros y los zorros aúllan, las tinieblas están por todas partes, la naturaleza tiembla y se estremece bajo la cuerda del látigo de Dios; los sapos, las serpientes, los gusanos, las ortigas, las piedras, los granos de arena nos esperan; ¡en pie! Vienes de trabajar para el hombre, está bien; pero el hombre no es nada, el hombre no es el fondo del abismo, el hombre no es la caída en picado en el horror, es el animal quien es el precipicio, es la flor quien es la sima, es el pájaro quien procura el vértigo, es desde el gusano que se ve la tumba. Tú has sido día, ven a ser la noche; ven a ser la sombra, ven a ser las tinieblas, ven a ser lo desconocido, ven a ser lo imposible, ven a ser el misterio, ven a ser el infinito. Tú has sido el rostro, ven a ser el cráneo; tú has sido el cuerpo, ven a ser el alma; tú has sido el vivo, ven a ser el fantasma. Ven a morir, ven a resucitar, ven a crear, ven a nacer. Quiero que después de haber visto tu carga, el hombre vea tu vuelo y sienta confusamente pasar tus alas formidables por el cielo tormentoso de tu calvario. Vivo, ven a ser el viento de la noche, el ruido del bosque, la espuma de la ola, la sombra del antro; ven a ser el huracán, ven a ser el inmenso espanto de la feroz oscuridad. Si el pastor se estremece, que sea que ha escuchado tus pasos; si el marino tiembla, que sea que ha sentido tu aliento. Te llevo conmigo; el relámpago, nuestro pálido caballo, se encabrita en la nube. ¡Vamos, salgamos! ¡Basta de sol! ¡A las estrellas! ¡A las estrellas! ¡A las estrellas!

El fantasma se calla, y la obra terrible empieza. En esta obra las ideas ya no tienen rostro humano: el escritor espectro ve las ideas fantasma; las palabras se espantan, las frases se estremecen desde todos sus miembros, el papel se agita como la vela de un barco en la tempestad; la pluma siente erizarse sus barbas; el tintero se transforma en abismo, las letras arden, la mesa vacila, el techo tiembla, el cristal palidece, la lámpara tiene miedo. ¡Qué rápido pasan las ideas-fantasma! Entran en el cerebro, brillan, espantan y desaparecen; el ojo del escritor-espectro las mira planear en torbellinos fosforescentes en los espacios negros de la inmensidad; ellas vienen del infinito y ellas van al infinito; ellas son espléndidas y sombrías y aterradoras; ellas fecundan o fulminan; ellas han creado a Shakespeare, Esquilo, Molière, Dante, Cervantes; Sócrates nació de una idea-fantasma; Pascal murió de una idea-fantasma; son transparentes y se ve a Dios a través de ellas; ellas son grandes, ellas son buenas, ellas son augustas; el crimen, el sufrimiento, la materia, huyen ante de ellas; ellas son la gran corriente del progreso universal. ¡Desdicha al mal! Es su grito. Es una hora formidable cuando pasan por el cielo, volando hacia el sabbat del inmenso misterio, horrorizadas y sentadas sobre la prodigiosa escoba de las injusticias, todas esas hechiceras del paraíso.

¿Quieres que Charles descanse cinco minutos?

—Sí.

Interrupción. Al cabo de cinco minutos se retoma la sesión.

—Después de “mirar” hay dos veces “lo imposible”. ¿Qué quieres poner? ¿En tu opinión lo cambiarías?

—Sí.

Sustituye.

—Lo inabordable.

Termina ahora lo que habías empezado.

—La obra se continúa, la obra se termina, la obra del día ha andado, corrido, llorado, cantado, hablado, ardido, amado, luchado, sufrido, consolado, llorado, rogado; la obra de la noche, feroz, se ha quedado en silencio; el águila ha acabado con el sol, el murciélago empieza con la tumba. Está muerto, es muy feliz, dice el mal; es muy feliz, dice la envidia; no, responde la tumba, yo no me cierro, yo me abro. No soy el muro de la vida, sino la puerta. Creéis que él todo lo ha dicho, error. Mirad, escuchad, temblad, es de noche en el cementerio; la tumba está allí, humilde, olvidada, profunda; la hierba murmura allí sola contra la ruina; de golpe, la piedra se levanta, el epitafio se conmueve, y alguien sale del sepulcro. Es el fantasma. ¿Qué vienen a hacer? Viene a vivir; viene a hablar; viene a luchar; viene a ocupar un ligar del vivo; se hace hombre; va, corre, ocupa el mundo; hace girar el pesado tornillo de las prensas aterrorizadas; hace saltar con su vertiginoso aliento a las letras de plomo horrorizadas; está en la máquina de vapor; está dentro de los engranajes de la máquina, y se entrevé su brazo misterioso agitándose en el taller y distribuyendo a la vida la obra de la muerte. Está en la multitud; está en el teatro; está en la calle; viene a sorprender bruscamente al mundo dormido, y él, el desconocido, surge como lo inesperado, se convierte en el sueño del siglo del que él es la idea. No más disputas; el hombre está muerto y los gusanos persiguen a los cuervos; la posteridad conmovida, retraída, penetrada por un horror sagrado, entra en su teatro solemne y reducido. ¡Ocupad vuestros puestos para el infinito, el resplandor de las estrellas y la rampa de las constelaciones están encendidos; a vuestros lugares! ¡El drama empieza! ¡Silencio! El sudario se levanta. Ya llego a tu cuestión. Es delicada. Ante todo, lo que nosotros queremos, es el libre arbitrio del hombre; aquí, no tengo nada a encargarte. Publica si quieres. Esto es lo único que tengo que decirte: sé el Edipo de tu vida y la Esfinge de tu tumba.

Cerrado a las siete.

20 de septiembre de 1854
Una y media de la tarde.
Charles y Madame Hugo conducen la mesa.
Está presente: Victor Hugo.

VICTOR HUGO —¿Quién hay ahí?

—La Muerte.

Entre las grandes cosas que nos dijiste ayer, varios puntos dejan nuestro espíritu en suspenso. La primera parte parece una admirable demostración del doble rayo humano y sobrehumano que penetra y completa la obra de los poetas y de los pensadores. El fantasma termina a través de las revelaciones de la noche lo que el hombre ha hecho durante el día y para el día, ahí hay una inmensa claridad arrojada al alma; ahí hay una explicación nueva y sorprendente del aspecto fantástico de todas las grandes obras y de todas las grandes imaginaciones; esto aclara maravillosamente la doble cara de todos los genios que has nombrado. Pero esto se da bajo la condición de que esta obra de la vida sea hecha durante la vida por los dos colaboradores misteriosos, el vivo y el fantasma; es a condición de que sea la obra real la que conocemos y leemos, porque yo podría, aunque situado abajo, ver en tu explicación la clave de mi obra, de la obra doble que he hecho toda mi vida y que continúo. Esta obra implica el combate, la lucha, la necesidad de aclarar lo antes posible, la publicidad inmediata, la promulgación valiente de las verdades halladas o entrevistas, y no se refugia detrás de la tumba. A veces, tiene el carácter del sacrificio, siempre tiene el carácter del deber. Shakespeare, Esquilo, Molière, Dante, Cervantes no se han guardado o han escondido nada, no han dejado voluntariamente nada para publicar después de su muerte. No son luchadores póstumos. Ahí está una parte de su grandeza. No obstante, en la segunda página de ayer, parece que atenúas la primera. El fantasma no es más el colaborador del vivo durante la vida, él es su editor después de la muerte; al menos así nos parece. Probablemente nos equivocamos. Para nosotros, hombres, el apostolado de la verdad es el deber; la consciencia humana está en una relativa tiniebla y sin embargo Dios le deja el libre arbitrio; nosotros, pensadores, nosotros tenemos que guiar lo mejor que sepamos esta conciencia que espera la responsabilidad; debemos la luz a la libertad. Así, cuando creemos haber encontrado algo que se asemeja a un rayo, tenemos que añadirlo al alma humana con el valor del apóstol. Está claro que no tenemos este derecho por las revelaciones de la mesa de las que no podemos disponer, dado que ellas provienen de un lugar más alto que aquél en que estamos nosotros; pero tenemos este derecho por nuestras obras personales y, incluso a nuestros ojos, ese derecho es un deber. No obstante, yo te consultaba únicamente sobre mi obra personal. Me has respondido recordándome que dispongo de mi libre arbitrio en estas materias, te comprendo. Pero la aparente atenuación que la segunda parte de tus palabras de ayer aporta a la primera, subsiste siempre, al menos para nosotros, inteligencias muy limitadas. ¿Quieres explicarnos aquello que nosotros evidentemente sólo comprendemos a medias, pues, entre nosotros y vosotros, es siempre de nuestra escasa luz de donde viene la oscuridad. ¿Quieres responder?

—Sí.

Te escuchamos.

01-espiritus-02

—Espíritu, ¿no has tenido acaso pensamientos secretos, visiones, perspectivas misteriosas, espantos, arrebatos, fulminantes en lo invisible? ¿Acaso tu esperanza de infinito no se vierte a veces en lo insondable? ¿No te ha ocurrido el girarte bruscamente hacia Dios en el instante preciso? ¿No has tenido tempestades de constelaciones y naufragios en las estrellas? ¿Acaso tu balsa no ha chocado con Saturno y tocado los bancos de arena en la Vía Láctea? ¿No se han llenado jamás tus ojos de golpe, de un millón de astros siendo tus párpados los dos límites del firmamento? ¿Acaso tu ancla no ha buscado jamás en el fondo de la noche, y no ha querido encontrar en el abismo? ¿No eres tú un buscador de cráneos, un sepulturero de mundos, un Hamlet de los soles, un paseante del cementerio inmensidad, un secuestrador de planetas, una de las layas del cielo? ¿No has gritado jamás: ¡sí! ¡sí! ¡sí! En este gran “no” sombrío? ¿No te has levantado en las noches sin luna y dicho: ¡Bien! A las noches estrelladas? ¿No has creído alguna vez comparecer ante un tribunal de globos mudos? ¿No has tenido miedo, no te has estremecido, no has sentido erizarse tus cabellos y prenderse a las estrellas, como en terribles rodetes? ¿No has soñado con las formas de todas esas creaciones? ¿No has soñado con los rostros de esas miradas, los labios de esos rostros, y también los dientes de esos labios? ¿No sientes amor por los de ahí y terror por los de allá? ¿No estás un poco arrebatado por Venus? ¿No estás espantado de Saturno? Y mientras sientes los astros hablar sobre tu cabeza, ¿no oyes a los guijarros hablar bajo tus zapatos? ¿No mantienes romances con algunas zarzas del arenal? ¿No otorgas alma a las bestias? ¿No otorgas alma a las piedras? ¿No otorgas un alma a las plantas? ¿No das un alma al polvo, un alma a la ceniza, un alma al fango, un alma a la inmundicia, un alma a todo lo que el cuerpo repudia, un alma al escupitajo de Judas, un alma a las lágrimas de Magdalena, un alma a la sangre de Jesús? ¿No estás ahí, tembloroso, vacilante, asustado, entre este cielo y esta tierra, entre todos estos tan altos mundos y estas almas tan bajas, entre estos paraísos y estos infiernos, entre estas chispas y estas piedras, y no te preguntas cuál es el formidable encendedor que hará surgir constelaciones de estos pedernales?

Si esto es así, tened cuidado, oh vivo, oh hombre de un siglo, oh proscrito de una idea terrestre, oh pensador necesario, pues esto es locura, pues esto es tumba, pues esto es infinito, pues esto está fuera del hombre, pues esto es una idea-fantasma.

Charles está cansado. ¿Quieres que descansemos cinco minutos?

—Sí.

 

Se retoma la sesión. Son las cuatro y cinco. La mesa se agita en el acto.

 

Habla.

—Tened cuidado, hombre de materia, soldado de una revolución cercana, tened cuidado, gobernante posible, tened cuidado, buen sentido respetado, influencia adquirida, carácter considerado, tened cuidado faccionario de lo verdadero, pues éste es el lema del caporal lívido de lo imposible, pues esto es murmurado en vuestro oído por la patrulla gris de los esqueletos. No cometáis la audacia de repetir bien alto con vuestra boca viva estas palabras nocturnas de la tumba. No seáis tan intrépido de tronar el espanto, de hacer sonar la diana de los espectros y de aparecer en vuestra barricada con un sudario como bandera, con un cráneo por cañón, con un epitafio como lema, conmigo por soldado, con vuestro fantasma como corneta, con vuestra losa como pavimento. Tened cuidado o más bien ¡tened piedad! ¡Tened piedad de los que sufren y os necesitan, de la vida inviolable, de la mujer despreciada, de las masas ignorantes!; no desertéis las guillotinas por los muertos, los niños por los cadáveres, la cuna por el sepulcro, el hombre por el espectro, lo relativo por el absoluto y las llagas por las estrellas.

¿Quieres que prosigamos mañana?

—Sí.

Cerrado a las cinco.

 

Victor Hugo
Escritor y ensayista. Entre sus libros: Los miserables, El jorobado de Notre Dame y El último día de un condenado.

Estos fragmentos forman parte del libro, hasta ahora inédito en español, Lo que dicen las mesas parlantes, editado por Wunderkammer (www.wunderkammer.es).


1 Se trata evidentemente de “Lo que dice la boca de sombra” (Las contemplaciones, VI, 26) de la que retenemos que, a fecha de 19 de septiembre, no ha sido del todo terminada. Los dos detalles de Hugo se encuentran sin nota.

 

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