¿Cómo responder a las preguntas comunes que nos hacen las personas que tienen la intención de conocernos? Una respuesta banal es lo adecuado para tales casos, pero no es suficiente cuando se es un ser nervioso y literario. Hace apenas algunos días he conocido a una mujer que de pronto y sin librar preámbulos me ha preguntado directamente sobre mi edad. Le he respondido: “Nací cien años después de la muerte de Schopenhauer”. Lo mismo podría haberle contestado: “Vine a este mundo un siglo después de que comenzara la guerra civil norteamericana”. Si alguien, de manera amable e inocente, te hace una pregunta tan íntima tienes la opción de darle vueltas al asunto. No es arrogancia o pedantería, sino rodeo; deseos de no ser catalogado por un taxidermista e intentar escaparte de su mira y de todos los lugares comunes que sobrevienen cuando alguien conoce el número de años que has vivido. En el comienzo de su libro Convertir la paja en oro, el escritor Morris Berman nos dice que no fue sino hasta mediados de sus años sesenta, cuando comenzó a adquirir cierta comprensión de su vida; y a tal confesión añade la difundida opinión de que antes de llegar a los cuarenta años nadie sabe nada de nada, los menores de cuarenta andan a ciegas y rebotando como pelotas de frontón en la vida (la figura de las pelotas de frontón es mía). Recuerdo que Carlos Fuentes llegó a decir que las personas comenzaban a morir a los veinte años. Su sentencia me causó una honda impresión en ese entonces, quizás porque según tal cronología tendría yo tres o cuatro años de haber comenzado a caer, y porque mi candidez y buena voluntad me hacía creer religiosamente en la palabra de los escritores. Cada escritor, bueno o malo, que leí antes de los treinta años significó un importante fragmento en la cartografía de mi vida personal. Después me convertí en uno de ellos y todo cambió, me convertí en lo que podría llamarse un lector demasiado interesado. “Toda la literatura consiste en un esfuerzo para hacer real la vida”, había escrito antes, en 1913, Fernando Pessoa. Tenía razón porque los jóvenes, cuando leen con intensa pasión y entusiasmo, tanto que se atropellan a sí mismos, están tratando de hacer real su vida: darle sentido en un mundo de sombras y paradojas. “Nunca aprendí a existir”, exclamaba el Pessoa del Libro del desasosiego, al tiempo que ponderaba el “sagrado instinto de no tener teorías”. Cuántas teorías y juicios aventurados se despiertan cuando uno sabe la edad de otra persona. Los hechos venturosos o lamentables de que el poeta romántico John Keats muriera a los veintiséis años de edad y el estridentista Germán List Arzubide a los cien; o de que Kant escribiera Crítica de la razón pura próximo a sus sesenta años, y Sören Kierkegaard realizara sus obras filosóficas más importantes alrededor de los treinta, son hechos que al menos significan una cosa: los humanos somos un conjunto de excepciones, un cúmulo de orfandades reacias a someterse a la definición estricta.

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Ilustración: Kathia Recio

Un hábito que me ha costado no poco trabajo alimentar es el de responder a las preguntas convencionales con una frase aprendida de memoria. Voy a los ejemplos; a quien me saluda y pregunta “¿cómo estás?”, yo le devuelvo: “En caída libre sin tocar aún el piso”; o también: “Estoy como jabón, disminuyendo todos los días”, frase que, como sugerí alguna vez, tomé, creo, de Jonathan Swift, aunque para no plagiar de forma descarada procuro sumar a lo ya dicho: “…jabón, sí, pero como jabón Rosa-Venus”. Podría simplemente responder “estoy bien” y pasar a lo siguiente, pero como ustedes saben una de las tareas del escritor es complicarse la vida. Si me interrogan acerca de mi trabajo y me espetan: “¿Qué estás escribiendo ahora?”, invariablemente respondo: “Nada… más bien estoy intentando olvidar lo que escribí”. Soy consciente de que no desbordo imaginación ni gracia, pero al menos saldo el asunto sin meterme de lleno a una charla burda de antemano. “¿Cómo te definirías?”, me pregunta una periodista bien intencionada. Y yo le devuelvo: “Como un paréntesis que no se cierra”, y así. No obstante poseer un buen arsenal de respuestas pavlovianas en mi armario mental, siempre me incomodo cuando me preguntan acerca de mi edad. Alguna vez, mientras cenaba con un grupo de personas en Córdoba, Argentina, un hombre moreno, maduro, algo tosco y que se dedicaba a la venta de bienes raíces insistió en conocer mi edad y al negarme a contestar se enfureció y me dijo: “…pero esas son mariconadas, deja esa vanidad a las mujeres, boludo”. Por fortuna había varias mujeres en la mesa que se le fueron encima y lo desplumaron, simbólicamente hablando, claro. La última vez que fui objeto de un cuestionamiento semejante me escuché a mí mismo decir: “He mentido tanto al respecto que he extraviado la fecha verdadera”. En fin, cosas de la edad.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

3 comentarios en “La edad y la mentira

  1. los escritores son como el sol por las mañanas,
    caen sobre las flores y las palabras, y las hacen brillar, como si tuvieran luz propia.